¿POR QUÉ ES NECESARIO QUE LAS PERSONAS SE BAUTICEN?

Marzo 12/2013

Trabajando en la obra misional en mi iglesia, he visto más de una vez que buenos muchachos, aun decidiendo oír y aceptar el mensaje del Evangelio, dejan de ser receptivos a la hora de decidir bautizarse. O sea: no entienden la necesidad del bautizo establecido por el mismo Señor Jesucristo.

Sobre la importancia del bautismo quiero escribir hoy.

El Nuevo Testamento nos relata en Hechos 9, como Saulo, en componenda con el sumo sacerdote judío, recibe las cartas de extradición para las sinagogas de Damasco. Iba con la intención de hallar y llevarse presos a Jerusalén a todos los cristianos, hombres o mujeres. En ese viaje de tuvo un encuentro con el Señor Jesús, quien le amonestó y le dejó ciego, trastocándole todos sus planes.

Al 3er día, Jesús se le presentó a Ananías, un discípulo suyo, para que fuera a donde estaba Saulo, le impusiera las manos, le devolviera la vista, y luego le bautizara.

No fue hasta después de esto, y recibiera la confirmación del Espíritu Santo, que el renacido Pablo, apóstol de Cristo, pudo comenzar su vital misión evangelizadora; solo habiendo renacido de las aguas. Años más tarde fue llevado en Espíritu al 3er cielo; el sitio donde está el Paraíso (2ªCor 12:1-4), el lugar determinado por Dios para el descanso de los justos, luego de la muerte física. Fue un premio a su esfuerzo.

Toda salida es la entrada a otro lugar. Así, no se entra a un sitio si no se sale antes de otro. Esta experiencia de Pablo nos ha sido legada para que sepamos qué debemos hacer si queremos asegurar a nuestro espíritu la entrada a un buen lugar, cuando esté obligado a salir del cuerpo físico en nuestra muerte.

En el artículo de este blog: LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR NOS AFECTA, del 1º/enero/2013, se aclaró lo que quiso decir el Señor Jesús con su parábola de las espigas fructificando al 30, el 60 o el 100% (Mat 13:1-9). Y también lo que quiso decir cada una de las 31 veces que habló en plural sobre “el reino de ‘los cielos’ (Ej: Mat 4:17; 5:11-12; 7:21; 11:11; 13:44; 18:3; 19:23; 23:13; 25:1-13) .

Las espigas fructíferas y el reino de los cielos están intrínsecamente relacionados. Nadie que no se haya bautizado en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, tal cual estableció el Señor Jesús podrá entrar al paraíso cuando muera; o sea: un sitio del 3er cielo, uno de los que habló en plural el Hijo de Dios.

Esto lo sabemos desde que iniciamos el estudio del Evangelio de Cristo. Y responde esto la pregunta original del por qué debemos bautizarnos… pero solo en parte. La verdadera razón, la condición sine qua non la da Pablo en Rom 8:12-14:

Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.”

Y esta es la verdadera importancia del bautismo; al ser sumergidos a la manera de Cristo, su sangre nos limpia de pecado, establecemos compromiso de fidelidad con el Creador, y nos convertimos en sus hijos… sus herederos.

Por Ley Celestial, el bautismo nos hace herederos de cada promesa dada a través de Jesús. Si morimos bautizados, habiendo permanecido fieles, como Hijos de Dios tendremos visa para el Paraíso, para esperar allí la 2ª venida de Cristo.

Y según esa misma ley, nadie sin bautismo podrá ser considerado heredero de la promesa. Al morir se le negará el acceso de su espíritu al Paraíso… y entonces deberá ir a otro sitio, el anticielo, el infierno de satanás, donde morará, pagando un precio de castigo por no haberse arrepentido en vida, ni aceptado a Jesús como su Salvador, permaneciendo fiel hasta que el Señor lo estime necesario.

Por eso Él avisó a los mal autoproclamados ‘cristianos’, en Mat 7:21:

No todo el que me dice: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.

¡Por eso es importante el bautismo, no recién nacidos, sino con conciencia de culpa, tal cual se hizo bautizar el propio Jesús, para sentar cátedra!

La juventud que dispone de salud se siente segura: están jóvenes, no se enferman, corren sin descansar, están toda una noche despiertos en las discotecas y/u otros sitios, dejándose llevar por la riada del mundo, sin pensar en lo efímero de la vida, abrazados a la quimera de lo fugaz, lo que se acaba, vencido por el tiempo.

No piensan en lo frágiles que realmente somos. Un día cualquiera despiertan con un dolor que va a más durante días, sin reacción a los calmantes, y de pronto se ven ante el médico, informe en mano, oyendo el nombre de la dolencia detectada, que hará todo lo posible por sacarlo de la vida. Solo hay que visitar oncológicos, salas de neurología, cardiología, digestivas, traumatología, etc, y contar la gente joven que se ven de pronto enfrentados a la vulnerabilidad humana.

Según datos del Ministerio de Salud Pública, diabetes, hipertensión arterial, enfermedades cardiovasculares, cáncer ictus, y males respiratorios encabezan la lista negra. Hoy, las principales causas de muerte en España y en el mundo son las enfermedades crónicas no transmisibles, que aparecen a edades cada vez más prematuras. Constantemente mueren de infarto en los campos de fútbol, baloncesto, u otras disciplinas, jóvenes considerados sanos hasta ese instante. También de cáncer de distintos tipos, o de asma, sida…

Estudios de la población joven muestran que los predecesores de las enfermedades de corazón empiezan en la adolescencia. El proceso de arterosclerosis dura décadas, y comienza en la infancia. Las determinantes patobiológicas, en estudios basados en jóvenes, demostraron que las lesiones internas aparecieron en todas las aortas y más de la mitad de las arterias coronarias derecha de infantes de 7 a 9 años.

Un informe de la OMS dice que cada año mueren más de 2,6 millones de jóvenes de 10 a 24 años por causas prevenibles. Y cada día más jóvenes padecen muerte súbita tanto en la calle como en hospitales. Si antes los afectados por males superaban los 70 años de edad, actualmente hay muchos que ni siquiera llegan a los 40. Son miles de muertes prematuras diarias.

Y no solo por enfermedades; hay muchas formas de cortar sueños, que no tienen en cuenta los deseos de vivir, ni la fortaleza física o mental, ni que se haya acabado de terminar la carrera y se tenga un buen trabajo; ni proyectos ni la buena racha por la que hasta un instante antes se haya estado viviendo. Se estima que los traumatismos causados por el tránsito provocan la muerte de unos 700 jóvenes cada día.

En España, unos 1.400 jóvenes mueren cada año en accidentes de tráfico; es la 1ª causa mortal en personas entre 15 y 29 años. Pero hay muchas otras que aíslan del hilo de la vida: tabaquismo alcoholismo, accidentes laborales e incluso deportivos, asesinatos… Cada día mueren aproximadamente 430 jóvenes de 10 a 24 años por violencia interpersonal. Así las cosas, y sabiendo que somos parte de la estadística: ¿no es inteligente blindarse contra las posibilidades de que ocurra un imprevisto?

Muchos jóvenes contratan seguros: moto, coche, dental; trabajan para pagarlo. Sin embargo, son reacios a aceptar el contrato más seguro de todos, pese a ser gratuito: el de una vida eterna sin contratiempos ni castigo ni dolor. No hay que firmar nada; solo comprometerse en vivir fiel a las condiciones del seguro: obediencia.

Y esto es lo que hace más difícil la decisión de buenos jóvenes. Es una lástima que el mundo haya logrado ejercer una influencia tan grande, tanto entre la juventud como entre la propia vejez; no se bautizan por temor al compromiso con Cristo. No saben de hecho que, al negar al Señor le están diciendo ‘Sí’, a su enemigo, contrayendo automáticamente un compromiso con él. Jesús lo aclaró en Mat 12:29-30:

“Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa. El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama.”

A todo el que no lo haya hecho ya, le exhorto a romper las ataduras del ladrón para que no saquee el premio de la promesa. Acudan con fe a las aguas del bautismo, en los mismos términos que lo hizo el Señor Jesús; no desparraméis, sino recoged junto a Cristo, con compromiso, para que Él os dé el júbilo de vuestra recompensa.

¡Sed Hijos del Dios Vivo, no bastardos deudores de las tinieblas, el dolor, y la muerte!

 

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