MÁS ALLÁ DEL ARCOIRIS

21/Oct/2018

Chueca hierve; un año más, desde que la osadía venció a la sensatez en 1978, y bajo el lema de ‘Gays del mundo, uníos’ (simil, como no podría ser de otra forma, al de la internacional comunista), ondea la bandera de la desobediencia a Dios, en Madrid. En este mundo globalizado, la internacionalización anti bíblica implica también al antinatural 3er sexo, sólo existente en la mente de quien elige violar la Ley de Dios; no en los cromosomas que definen biológicamente la sexualidad de una persona.

Soy consciente del odio que generan mis palabras; sin embargo, les aseguro que, más allá de que me resulte vomitivo ver las multitudinarias escenas del exhibicionismo anti Cristo, no es el odio lo que a mí me mueve, sino la compasión por el final terriblemente doloroso que yo sé, con toda seguridad, que espera a esas almas. Y no solo a ellos, sino también a aquellos que, aunque sin participar directamente, sí lo hacen explícitamente al apoyarles desde los medios de comunicación, vendiendo su futuro espiritual por unos cuantos euros, así como a quienes aplauden y apuntalan esa paranoia, llevando incluso a sus propios hijos a presenciar los vergonzosos actos, como si se tratara de una fiesta inocente. No sólo se lanzan ellos al castigo, sino que también arrastran a su descendencia, en un ejercicio de irresponsabilidad y egoísmo.

Y lo digo porque fui llevado al infierno (solo a un área, pues es inmenso), el martes 13 de Septiembre del 2011, para testimoniar de todo lo que vi y oí. Era una inmensa cueva; el ambiente tenía un tono verde/amarillo/rojizo. Allí, se me permitió ver una escena de unos diez hombres y mujeres siendo guiados hacia un sitio de suplicio para pagar el precio por pecados de sexo. Al fondo vi un recodo que se abría a otra cueva que no me permitieron ver; pero sí que percibiera un fulgor llameante: lenguas rojo-anaranjadas sobre esa entrada. Pude oír desgarradores gritos de dolor y espanto que jamás olvidaré.

Me hicieron saber que no todos iban allí por homosexualidad, sino por diferentes tipos de fornicación: el pecado por sexo fuera del matrimonio diseñado por Dios: entre un hombre y una mujer, como proyecto del hogar y de la familia. Todos cargaban un enorme tronco sobre sus hombros derechos, encadenados por el cuello al madero.

Sé que lucho contra el capricho obseso de un poderoso lobby atrincherado e instalado en las más altas esferas del planeta, con proclamación de la legalidad del ‘matrimonio gay’ incluso en Estados Unidos, que con su “In God we trust”, se convierte en nación de referencia indiscutible sobre este asunto en el mundo entero. Estamos en los últimos tiempos; el mundo ha sido absorbido ya por la vorágine.

El diablo ha vencido sobre esas almas, y sobre todas las que vean este asunto como un juego; también sobre los ‘políticamente correctos,’ que aun sintiendo en su interior el rechazo del espíritu, tratan el tema de manera cobarde. Satanás está ganando esta batalla; su tenaz lucha contra el matrimonio entre un hombre y una mujer, establecido por Dios como parte de su plan para la humanidad, ha destruido la débil resistencia de algunos, ha hallado caldo de cultivo en la degradación moral de otros, y encuentra apoyos en todo aquel que prefiere mirar para otra parte. Ya se sabe: “El mal triunfa cuando la gente de buena voluntad no hace nada para evitarlo.

Pero el matrimonio convencional: un hombre, una mujer, una descendencia… la familia, es un diseño inexorable que prevalecerá sí o sí, incluso si gran parte de la humanidad rechazara ese proyecto. Y lo sé muy bien porque el 6/Sept/2007, a las 12:55, mientras oraba al Señor por temas personales que no tenían que ver con el asunto, se rompió mi oración desde lo alto con estas palabras:

“Abogad siempre, disciplinando en el proyecto del hogar.”

No lo recibí de hombre alguno, ni lo leí en ningún libro, sino que se me ordenó directamente desde esferas divinas. ¿Quién podrá convencerme de lo contrario? No detendré la defensa de este principio celestial, ni callaré mi voz de amonestación, aunque me fuera la vida en ello. Aunque me tomen por loco, jamás negaré esa orden que mis oídos escucharon con total claridad, como se oye a un amigo hablando, aunque ese día, en mi habitación, el único ser visible a mis ojos era yo mismo.

El diablo se empeña en destruir el matrimonio convencional porque sabe que la Exaltación Celestial, el mayor premio que el Todopoderoso ofrece a la sociedad, solo se alcanza a través del sellamiento del matrimonio en el templo de Dios, y de la familia resultante. Solo así se consagra la unión entre un hombre y una mujer; solo por esa vía se logra la Exaltación que Jesucristo promete, a aquellos que mantienen ese convenio mediante la fidelidad a sus parejas y a la ley de Dios.

Paradójicamente, a día de hoy (independientemente de que la homosexualidad también les afecte) los gobiernos árabes son rigurosos respecto a este asunto; ni uno es infiel a los mandamientos de Dios sobre ello: no permiten esas manifestaciones en la calle ante presencia de niños; los consideran hechos diabólicos. Y, paradójicamente también, vemos como sin embargo los judíos, el pueblo de Dios, se ha dejado arrastrar por la vorágine, y en ciudades como Tel Aviv se celebran esas fiestas gay sin que el gobierno las impida, evidencia de que la degradación moral también les ha tocado.

Las Escrituras dejan testimonio sobre lo repugnante que resulta a los ojos de Dios que la humanidad se entregue a esta vorágine antinatural, así como de la constante actualidad de estos hechos durante miles de años hasta hoy. Por ej., Romanos 1:26-32 dice:

“Por eso, Dios los ha abandonado a pasiones vergonzosas. Incluso sus mujeres han cambiado las relaciones naturales por las que van contra naturaleza; y, del mismo modo, los hombres han dejado su relación natural con la mujer, y arden en concupiscencias unos con los otros, cometiendo actos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sus propios cuerpos el castigo de su perversión.”

El propio Señor Jesucristo advierte sobre el repudio que le representa el uso y costumbres de ciudades como Sodoma y Gomorra, al ponerlas como ejemplo de las consecuencias del  pecado, en Mat 10:15:

“De cierto os digo que el día del juicio el castigo será más tolerable para Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad (refiriéndose a la que no escuche Su Evangelio)”

Y en Apocalipsis 21:8, el propio Señor Jesús dice:

“Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, y los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte.”

En Judas 1:7 también se advierte de este peligro que se cierne sobre la homosexualidad:

… así también Sodoma y Gomorra, y las ciudades circunvecinas, las cuales de la misma manea que aquellos, habiendo fornicado y seguido vicios contra la naturaleza, fueron puestas como ejemplo al sufrir el juicio del fuego eterno”.

Que nadie se engañe sobre esto. El mundo puede tergiversar y/o ignorar leyes divinas, creando leyes según concupiscencias, pasiones, y conveniencias político/ económicas; pero ni una maniobra, ni siete mil millones de firmas, impedirá que cada persona sea finalmente juzgada bajo la luz de la justicia divina, imperturbable e inmutable en el tiempo, cuando cada cual esté en el tribunal de Cristo, el Juez con toga de talla única.

Los desfiles del “orgullo gay” tienen un precio, no son gratuitos; habrá un momento para cada momento, y una respuesta para cada acción; todo acto hecho en lo oscuro saldrá a la luz. No sólo los pecados de la homosexualidad, sino todo tipo de pecado; pero hoy hablamos de éste en específico. Estamos siendo grabados en una cinta indeleble ante cuya reproducción todos estaremos, en el momento que Dios estime conveniente, para juzgar a cada cual según sus obras, según nos legó el Señor Jesucristo en Rev 20:12-13:

“… Y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el infierno entregaron los muertos que había en ellos; y cada uno fue juzgado según sus obras.”

Les aseguro, porque yo estuve allí, que ‘más allá del arco iris’, expresión del jolgorio de Chueca, Madrid, lo que espera no es felicidad, libertad, y alegría, sino mucho dolor, stress y desesperación. Los que hoy están ‘más allá del arco iris’, que han muerto después de haber vivido violando las leyes de Dios, en estos momentos en que uds. leen, padecen terriblemente, anhelando que algo les arrebate del suplicio; pero como ya han muerto y el espíritu es inmortal, no les queda más remedio que seguir sufriendo hasta que el Señor Jesucristo les llame para juicio… después del Milenio; mil años después de que Él regrese para ejecutar el Plan de Dios para la humanidad.

Y perdonen que sea directo, pero si callo tendría que dar cuentas: el concejal Pedro Zerolo, muerto en el 2015, agasajado en Madrid por decidir vivir contra el Evangelio, unirse a otro/s hombre/s y pecar de homosexualidad, cometió la falta más rechazada por Dios, después del asesinato. Al morir en pecado fue al infierno; y su única esperanza es lograr la misericordia del Señor a través del bautismo por los muertos que deberían acometer aquí sus familiares, para la salvación de su alma. El apóstol Pablo habla de ello en 1ª Cor 15:29; y debo dar testimonio, pues de ello he sido instruido personalmente.

Jesús instruye sobre ese estado de las almas al morir las personas, en la historia (no parábola) de Luc 16:19-31, el rico sin nombre en el infierno, y Lázaro, en el Paraíso. Aunque les parezca cuento de niños, es real; y lo más sensato es escuchar la amonestación de Jesús, porque Él advierte para salvación, no para condenación. La condenación la elije cada persona haciendo uso del libre albedrío dado por Dios.

Que Dios reparta discernimiento, pues soy consciente de que estoy dando voces en un mundo de ciegos y sordos.

Y esto lo dejo en el nombre del Señor Jesucristo (y sabe que no miento), comprometido con Él a dar testimonio de Su Verdad, sin tener en cuenta las repercusiones personales que yo deba enfrentar ante una sociedad cada vez más infiel a Dios y corrupta.

Amén.

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