MAS ALLÁ DEL ARCOIRIS

Chueca hierve; un año más, desde que la osadía venciera a la sensatez, en 1978, y bajo el lema de ‘Gays del mundo, uníos’ (simil, como no podría ser de otra forma, al de la internacional socialista), ondea la bandera de la desobediencia a Dios, esta vez en Madrid. En este mundo globalizado, la internacionalización anti bíblica implica también al antinatural 3er sexo.

Soy consciente del odio que generan mis palabras; sin embargo, les aseguro que, más allá de que me resulte vomitivo el ver las multitudinarias escenas del exhibicionismo antiCristo, no es el odio lo que a mí me mueve, sino la compasión por el final terriblemente doloroso que yo sé, con toda seguridad, que espera a esas almas. Y no solo a ellas, sino también a aquellas que, aunque sin participar directamente, sí lo hacen explícitamente al apoyarles desde los medios de comunicación, vendiéndose por unos cuantos euros; o al aplaudir y apuntalar esa paranoia, llevando incluso a sus propios hijos a presenciar los vergonzosos actos, como si se tratara de una fiesta inocente.

Y lo digo porque fui llevado al infierno (solo a una parte, pues es inmenso), el martes 13 de Septiembre del 2011, para testimoniar de todo lo que vi y oí. Y en una de las áreas que se me permitió ver, una inmensa cueva, contemplé una escena con personas que iban siendo dirigidas a un sitio de suplicio para pagar el precio por pecados del sexo. Al fondo había un recodo donde fulguraban flameantes lenguas rojo-anaranjadas. No todos iban allí por homosexualidad, sino por diferentes tipos de fornicación; pero todos cargaban un enorme tronco sobre sus hombros derechos, encadenados por el cuello al madero.

Y aunque gritaban despavoridos, jamás olvidaré los terríficos alaridos ni la expresión de horror en la mirada de una de las personas arrastradas al suplicio ardiente: una desesperada mujer, joven y espectacularmente bella, con sus enormes y preciosos ojos verdes-grises descompuestos por el pánico. Nunca podré olvidar esa escena.

Sé que lucho contra el capricho obseso de un poderoso lobby atrincherado e instalado en las más altas esferas de países del planeta; y la última evidencia ha sido la proclamación de la legalidad del ‘matrimonio gay’ en Estados Unidos, nación que resulta referencia indiscutible en el mundo entero. Estamos en los últimos tiempos; el mundo ha sido absorbido ya por la vorágine.

El diablo ha vencido sobre esas almas, y sobre todas las que vean este asunto como un juego; también sobre los ‘políticamente correctos,’ que aun sintiendo en su interior el rechazo del espíritu, tratan el tema de manera cobarde. Satanás está ganando esta batalla; su tenaz lucha contra el matrimonio entre un hombre y una mujer, establecidos por Dios como parte de su plan para la humanidad, ha destruido la débil resistencia de algunos, ha hallado caldo de cultivo en la degradación moral de otros, y encuentra apoyos en todo aquel que prefiere mirar para otra parte. Ya se sabe: “El mal triunfa cuando la gente de buena voluntad no hace nada para evitarlo.”

Pero el matrimonio convencional: un hombre, una mujer, una descendencia… la familia, es un diseño inexorable que llegará a su fin sí o sí, aunque la mayor parte de la humanidad rechace ese proyecto. Y lo sé muy bien porque el 6/Sept/2007, a las 12:55, mientras oraba al Señor por temas personales que no tenían que ver con el asunto, se rompió mi oración desde lo alto con estas palabras:

“Abogad siempre, disciplinando en el proyecto del hogar.”

O sea: no lo recibí de hombre alguno, ni lo leí en ningún libro, sino que se me ordenó directamente desde esferas divinas. ¿Quién podrá convencerme de lo contrario? No detendré la defensa de este principio celestial, ni callaré mi voz de amonestación, aunque me fuera la vida en ello. Cuatro años después, el Señor me llevó a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; allí aprendí la esencia del Plan Divino. Para mí fue sorprendente ver que lo que estaba escrito en la literatura de esta iglesia coincidía literalmente con el mandamiento personal que mis oídos escucharon con total claridad, como se oye a un amigo hablando, aunque ese día el único ser visible a mis ojos solo era yo mismo.

El diablo se empeña en destruir el matrimonio convencional, porque sabe que la Exaltación Celestial, el mayor premio que el Todopoderoso ofrece a la sociedad, solo se alcanza a través del sellamiento del matrimonio en el templo de Dios. Solo así se consagra la unión entre un hombre y una mujer; solo por esa vía se alcanza la Exaltación que Jesucristo promete, a aquellos que mantienen ese convenio mediante la fidelidad a sus parejas y a la ley de Dios.

Paradójicamente, a día de hoy (independientemente de que la homosexualidad también les afecte) los gobiernos árabes son rigurosos respecto a este asunto; ni uno es infiel a los mandamientos de Dios sobre ello: no permiten estas manifestaciones en la calle ante presencia de niños; los consideran hechos diabólicos. Y, paradójicamente también, vemos como sin embargo los judíos, el pueblo de Dios, se ha dejado arrastrar por la vorágine, y en ciudades como Tel Aviv se celebren estas fiestas gay sin que el gobierno las impida, evidencia de que la degradación moral también les ha tocado.

Las Escrituras dejan testimonio sobre lo asqueroso que resulta a los ojos de Dios que la humanidad se entregue a esta vorágine antinatural, así como de la constante actualidad de estos hechos durante miles de años hasta hoy. Por ej., Romanos 1:27-32 dice:

“Del mismo modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en sus concupiscencias los unos con los otros, cometiendo actos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución correspondiente a su extravío. Y como a ellos no les pareció tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente depravada, para hacer lo que no conviene… quienes, habiendo entendido el juicio de Dios, que los que hacen tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que aun consienten a los que las hacen.”

El propio Señor Jesucristo advierte sobre el repudio que le representa el uso y costumbres de ciudades como Sodoma y Gomorra, al ponerlas como ejemplo de las consecuencias del  pecado, en Mat 10:15:

“De cierto os digo que el día del juicio el castigo será más tolerable para Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad (refiriéndose a la que no escuche Su Evangelio)”

Y en Apocalipsis 21:8, el Señor Jesucristo advierte con total claridad:

“Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, y los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte.”

Que nadie se engañe sobre este asunto. Se puede tergiversar y/o ignorar las leyes divinas, creando legislaciones según concupiscencias y pasiones; pero ni una maniobra impedirá que cada persona sea finalmente juzgada bajo la luz de la justicia divina, imperturbable e inmutable en el tiempo, cuando cada cual esté en el tribunal de Cristo, el Juez con toga de talla única que vendrá a imponer el plan de Dios sobre la humanidad en el momento que corresponda.

Los desfiles del “orgullo gay” tienen un precio, no son gratuitos; habrá un momento para cada momento, y una respuesta para cada acción, pues todos los actos que hagamos en lo oscuro saldrán a la luz. No sólo los pecados de la homosexualidad, sino todo tipo de pecado; pero hoy hablamos de este en específico. Estamos siendo grabados en una cinta indeleble ante cuya reproducción todos estaremos, en el momento que Dios estime conveniente para juzgar a cada cual según sus obras, según nos legó el Señor Jesucristo.

Les aseguro, porque yo estuve allí, que ‘más allá del arco iris’, expresión de doble sentido manifiesta por el jolgorio de Chueca, Madrid, lo que espera no es felicidad, libertad, y alegría, sino mucho dolor, cárcel y desesperación. Los que hoy están ‘más allá del arco iris’ (según el sentido que se le da a la expresión), que han muerto después de haber vivido contra las leyes de Dios, en estos momentos en que uds. leen padecen terriblemente, anhelando que algo les arrebate del suplicio… según instruye el propio Jesús cuando cuenta la historia (que no parábola) del rico sin nombre, en el infierno, y de Lázaro, en el Paraíso. Dicha advertencia no es oída; pero Jesús pedirá cuentas por ella; está en Lucas 16:19-31.

Y perdonen que sea directo, pero si callo tendría que responder ante el Señor por tibio: el concejal Pedro Zerolo, al que hoy agasajan en Madrid, al decidir vivir contra el Evangelio, unirse a otro/s hombre/s y pecar de homosexualidad, cometió la falta más rechazada por Dios, después del asesinato. Al morir en pecado ha ido al infierno; y su única esperanza es lograr la misericordia del Señor a través del bautismo por los muertos que deberían acometer aquí sus familiares, para la salvación de su alma. El apóstol Pablo habla de ello en 1ª Cor 15:29; asunto del que no me cansaré de dar testimonio, porque sobre ello he sido instruido personalmente.

Quienes mueren en pecado, como carecen de cuerpo físico, y el espíritu es inmortal, no tienen otra opción que aguantar el sufrimiento inexpugnable, hasta el momento de misericordia que les saque de allí hacia cárceles espirituales, sin fuego… o hasta el regreso del Señor Jesús, cuando venga a hacer acreedor a cada persona del precio de sus obras hechas en vida, según su promesa hecha en Mar 9:43-44, que también testifico como cierta:

Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga.”

Que Dios reparta discernimiento, pues soy consciente de que estoy dando voces en un mundo de ciegos y sordos.

El matrimonio y la familia pueden perdurar para siempre, bendecidos en la Gloria Celestial, si se es fiel al legado de Jesús. ¿Tomaremos esto a la ligera y desecharemos esa promesa? Les aseguro que no tomarse esto en serio es una osadía que exigirá un precio de castigo de obligado cumplimiento.

Y esto lo dejo en el nombre del Señor Jesucristo (y sabe que no miento), comprometido con Él a dar testimonio de Su Verdad, sin tener en cuenta las repercusiones personales que yo deba enfrentar ante una sociedad cada vez más infiel y corrupta.

Amén.

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