EVOLUCIÓN Y SUS ÓRGANOS VESTIGIALES QUE NO LO SON.

mayo 2, 2008

“Es más fácil desintegrar un átomo que un preconcepto”.  Albert Einstein

Desde hace algún tiempo vengo meditando sobre la apatía existente, por parte de las instituciones responsables, en sacar de circulación la abundante literatura supuestamente científica, que o está ya obsoleta o resulta deficiente de las evidencias necesarias para que formen parte del plan educativo. Supongo que puede deberse a simple indolencia, sumada al perjuicio económico que se generaría contra las distintas editoriales implicadas, con millones de ejemplares afectados.

Un ejemplo de ello es que no han sido retirados de las bibliotecas, ni de muchas librerías del mundo, libros que hablan de fraudes evolutivos confirmados que no quiero repetir, porque ya han sido suficientemente difundidos en este blog, pero que todos conocen, y de  otra línea, no menos engañosa, sobre la que creo importante advertir a los padres. Otra situación que se está dando en las escuelas: los órganos ‘vestigiales evolutivos‘.

En 1893, Robert Wiedersheim publicó una lista de 86 órganos humanos de los que se desconocía su función. Teorizando que eran vestigios evolutivos, les llamó “vestigiales”, definiendo así a piezas cuya función original ‘se perdieron durante la evolución‘.

Pero la verdadera Ciencia, esa escrita con mayúscula, una vez más se ha constituido en enemiga del evolucionista. El aumento del conocimiento científico redujo más y más la lista de Weidersheim, reportando la utilidad de la mayoría de los órganos falsamente considerados como ‘vestigios‘.

Hoy, solo unas pocas de esas ‘presencias‘ están por revelar aun su función; sin embargo, la tozudez evolucionista dicta: ‘¡Los otros no, pero estos sí!‘ En lugar de aprender modestia de la experiencia, la soberbia y la incapacidad o el temor de declararse culpables de jactancia, les arrastra a la persistencia en el error de la inopia.

Por ejemplo, el clítoris ha sido descrito como un pene vestigial por algunos científicos, como el reconocido evolucionista Stephen Jay Gould; y casualmente hoy, buscando informes para este artículo, entré en un forum de alumnos de Fisiología de la Universidad de Madrid, cuyo tema consistía en una clase recibida de una profesora a la que, parabólicamente, le cortaban las tiras del pellejo. Una chica resultaba la más indignada; me llamó mucho la atención la vehemencia con la que defendía su condición de mujer, así que me permití el cortar y pegar en las siguientes líneas:

‘Suelta una señora profesora de buena familia, en sus clases de Fisiología, y se queda mas ancha que larga (nunca mejor dicho):Clítoris: Vestigio del pene“. La perlita conceptual de esta mujer parte del falocentrismo puro y duro de los fisiólogos del siglo pasado y el anterior, y se sigue enseñando a día de hoy, en una facultad de ciencias aplicadas, con el 70-75 % de alumnado femenino, sin que nadie levante la cabeza de los apuntes, y menos aún la mano para protestar.

Para quien le interese, el clítoris no es un pene vestigial, sino un órgano con entidad propia. En los seres humanos (un ejemplo cercano) a las 4 semanas de gestación, un embrión posee estructuras genitales indiferenciadas, compuestas por un tubérculo genital, una tumefacción labioescrotal y un surco y pliegue uretral. El desarrollo de estas estructuras hacia genitales femeninos o masculinos, vendrá determinado por el de las gónadas (que también en ese momento son indiferenciadas), y el de éstas a su vez (en el caso de los mamíferos) por la dotación cromosómica sexual XX o XY.

Para simplificar mucho las cosas: Si el embrión tiene en su dotación genética un cromosoma Y, producirá una proteína denominada Factor Determinante Testicular, que provocará que las gónadas evolucionen a testículos, y la producción hormonal de éstos a su vez, que el tubérculo genital crezca y se transforme en un glande, que el surco uretral quede rodeado por el cuerpo del pene, y que la tumefacción se fusione por su línea media para formar la bolsa escrotal.

En ausencia de este factor, las gónadas derivan hacia ovarios, el tubérculo genital forma un clítoris; el pliegue uretral, el meato urinario y la tumefacción se transforma en los labios mayores de la vulva.’

Luego de leer su opinión, no dudo que esta joven tiene las ideas claras y nadie podrá desvirtuarla de la verdad, por mucha cátedra que tenga frente a sí. Pero, ¿y el resto?; el problema de una mentira es que arrastra con ella a los menos preparados o a aquellos que son incapaces de razonar, terminan una carrera, y están dispuestos a perder un brazo en defensa de los conceptos que tanto trabajo les costó cementar en sus neuronas, para poder aprobar así los necesarios exámenes que le confirieran el título.

Las librerías y bibliotecas están saturadas de publicaciones evolucionistas anunciando que el cuerpo humano contiene cerca de un centenar de órganos que no realizan ninguna función. Citan entre ellos el cóccix, las amígdalas, el bazo, el apéndice, la glándula pineal, el oído externo, y los molares del juicio.

Sin embargo, la Ciencia demostró la superstición existente en las ‘probados hechos evolucionistas‘. Actualmente, gracias a sus hallazgos, desde la toga de la verdad, se descubrió que el bazo desempeña funciones tales como la Hematopoyesis, que durante la gestación le convierte en un importante productor de sangre en el feto. Tras el nacimiento desaparece esta función, pero puede volver a desempeñarla en caso de necesidad.

También actúa como filtro, encargándose de la maduración de los glóbulos rojos y de la destrucción de estos cuando resultan viejos o anómalos, así como de mantener las plaquetas saludables. Además posee una función inmunitaria, produciendo anticuerpos con capacidad para destruir bacterias mediante fagocitosis. En resumen, el bazo es parte vital del sistema inmunitario y del sistema circulatorio humano, escoltando a los capilares, vasos, venas y otros elementos de este sistema; jamás ha sido el ‘vestigio‘ de quién sabe qué ancestros estrafalarios inducidos por el oscurantismo evolucionista.

Asimismo, otra vieja víctima supuestamente ‘vestigial‘, desechada por la demente teoría de la ‘selección natural‘, la glándula pineal, (epífisis o ‘tercer ojo’), de solo unos 5 mm de diámetro, hoy se reconoce que se activa cuando no hay luz, produciendo melatonina, e implicándose en la regulación de los ciclos de vigilia y sueño. Se ha comprobado que esta hormona actúa, contrarrestando los efectos del síndrome de diferencia de zonas horarias. Se reconoce además como poderoso antioxidante, y se ha comprobado que participa en la apoptosis (muerte programada) de células cancerosas en el timo.

Con respecto al cóccix, aunque este no participa con el resto de la columna para soportar el peso corporal en bipedestación, cuando alguien se sienta, se flexiona anteriormente de forma ligera, lo que indica que amortigua parte del peso. Además, ofrece inserciones de apoyo a los músculos glúteo mayor y coccígeo y al ligamento anococcígeo, así como a la intersección fibrosa de los músculos pubococcígeos, lo que evidencia que no es el ‘rabo‘ prehistórico que la evolución propugna, sino que tiene una participación activa en su función articular y de sostén muscular.

Ya puestos, diremos que la oreja u oído externo, tiene un papel cardinal en la identificación de procedencia del sonido. Como un radar, pues estos se copiaron de su diseño, está estructuralmente ‘pensado‘ para, durante el proceso de audición, recoger las ondas sonoras y dirigirlas hacia el interior.

En cuanto a las amígdalas, situadas en la faringe, son tejido linfoide, y protegen la entrada de las vías digestiva y respiratoria, de la invasión bacteriana. En el anillo linfático de Waldeyer, los linfocitos contactan en seguida con los gérmenes patógenos que penetren por nariz o boca, librando una pronta respuesta defensiva por parte de nuestro organismo.

Otro de los órganos ignorantemente definidos como estructura “vestigial” por los estudios de la evolución, fue el apéndice. Se había establecido, desde mucho tiempo atrás, que la ruptura del apéndice causaba la peritonitis, una infección letalmente peligrosa. La combinación de la ignorancia en cuanto a la función, + la severidad de una apendicitis aguda, hicieron que muchos consideraran al apéndice como peor que inútil. Los evolucionistas se aprovechaban de esta opinión para declarar que era un órgano vestigial, evidenciando (a su parecer) que su teoría era fidedigna.

Hasta finales del siglo XX, que la revista New Scientist manifestó en uno de sus artículos que, ‘aunque se solía creer que el apéndice no tenía función y era un vestigio evolutivo, ya no se piensa igual, pues se le atribuye una función inmunológica hacia el embrión que se desarrolla, y que continúa funcionando incluso en el adulto‘. A día de hoy, se deduce que actúa de forma que el sistema inmunológico reconozca como ‘amigo‘ a las bacterias y otros organismos que cohabitan en el intestino, diferenciándolas de todo intruso que sí debe ser eliminado, según ‘está programado‘ por el Creador.

En resumen, se ve que la única base para la idea de la existencia de “órganos vestigiales” fue la ignorancia, sumada al enorme deseo de ‘neutralizar‘ la Ciencia de Dios. Pero, en vez de proveer sostenimiento para la evolución, una vez conocida su funcionalidad, mostraron las tinieblas de sus promotores, y la insolencia ateísta que abrigándose en ideas erróneas, lo que ha conseguido es una autocondena al ostracismo.

Aunque algunos evolucionistas renunciaron al argumento de estructuras “vestigiales” como evidencia evolutiva, aun aparecen en libros de textos de todo el planeta, formando parte activa de distintos planes de estudios y en disímiles medios de comunicación. Otros insisten en usarlos como pruebas.

Los molares de juicio representan otro de los temas; pero hay tanto para hablar de ello, que mejor lo dejamos para una próxima presentación del blog. Prefiero cerrar este capítulo con una expresión que nos dejó Horatio H. Newman, evolucionista y pionero en genética:

“Aunque parezca difícil, el evolucionista honestamente se ve compelido a admitir que no hay prueba absoluta de la evolución orgánica”.

Y es que lo de los órganos vestigiales constituye una burrada comparable a la de: “El ser humano desciende del mono“; cosa radicalmente falsa… a menos que una persona vaya sobre los hombros de un gorila o gran orangután domesticado, y decida bajarse porque su oreja, ese radar objeto de diseño, le anuncia que desde el oeste, están sonando truenos, y que si no articula rápido su cóccix, enderezándole, el agua terminará calándole la ropa.

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EVOLUCIÓN: UN ROSARIO DE EMBUSTES.

marzo 7, 2008

COSAS QUE HAY QUE RECORDAR

Sr. Manuel, este artículo, se lo dedico a usted. Permítame participar de su debate con el hermano Daniel, a través de este razonamiento derivado de la página que ud. ha exhortado a que se visite y que he visitado. De ella he extraído:

‘Y los humanos evolucionaron de ancestros simiescos tanto si lo hicieron a través del mecanismo propuesto por Darwin o por algún otro, todavía no descubierto. Por otra parte, “hecho” no significa “certeza absoluta”. Las pruebas finales de la lógica y las matemáticas fluyen deductivamente de premisas indicadas y logran certeza sólo porque no tratan acerca del mundo empírico.’

Yo le afirmo, con esa misma energía que el autor emplea para dar la evolución como un hecho, que si una entidad bancaria, una congregación humana de cualquier tipo, o una simple persona le miente a usted; en ese mismo momento, la credibilidad adquiere fecha de caducidad. La credibilidad demanda de toda una vida; la no-credibilidad, de un solo instante.

La evolución ha presentado fósiles, (adjunto fotos) en National Geographic, Vol. 152, 159, 1523 y New Scientist, 20 enero 1984,) de hipotéticos millones de años, que resultan idénticos a sus descendientes actuales; sin estado transicional entre ellos. Claras evidencias de ‘no resultado de la evolución’ sino de la creación especial. Se ve un tiburón datado en 400 millones de años, una langosta de 40 millones, una hormiga con 100 millones y la cucaracha de 320 millones. Y no hablo de €, sino de años.

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Otro caso de ‘eslabón presentado’: empuje y marcha atrás, fueron los dientes y los espolones del arqueopterix, contrastados con otro fósil Chino (1996), que provocó una confusión aún mayor. “Science” publicó un artículo de Hou, Martin y Alan Feduccia, sobre un pájaro de 130 millones de años: el Lidoningornis, quien tenía el mismo hueso del pecho, en el que se insertan los músculos, igual que en los pájaros modernos, de los cuales tampoco se distinguía en lo demás. La única diferencia residía en los dientes de la boca.

Esto probaba que no provienen de los dinosaurios; indican que no resulta una forma transitoria, de ellos a ave, es decir, de una especie a otra, como sostenían los evolucionistas, y constituyó otra evidencia a favor del diseño de la Creación, ya que no se observa estado transicional con respecto a los actuales. El ‘Discover’ presentó el artículo “¿De dónde vinieron los pájaros? El propio Stephan Jay Gould y Niles Eldredge, paleontólogos de Harvard y evolucionistas mundialmente conocidos, aceptan que el Arqueoptérix resultó un “mosaico” viviente que albergaba varios rasgos distintos en su constitución, ¡pero que nunca puede ser considerado una forma transitoria!

Por otra parte, dentro de esta misma temática del ‘mentir a toda costa‘, iniciada por Haeckel, el conocido médico y también paleoantropólogo aficionado, Charles Dawson, afirmó un buen día haber hallado un hueso de quijada y un fragmento de cráneo en una cueva de Piltdown, Inglaterra, en 1912. Aunque el maxilar se parecía más al de un mono, los dientes y el cráneo eran los de un ser humano. Se supuso que esas muestras que fueron etiquetadas “Hombre de Piltdown” tenían 500 mil años de antigüedad. Distintos museos la presentaron como prueba absoluta de la evolución humana.

Por más de 40 años se escribieron artículos ‘seudocientíficos’ sobre este embuste, se dibujaron muchas interpretaciones del mismo y el fósil fue presentado como una evidencia importante de la evolución humana, en las propias escuelas. Hubo, no menos de 500 tesis doctorales sobre la materia, y el conocido paleontólogo norteamericano Henry Fairfield Osborn, mientras visitaba el Museo Británico, en 1935, llegó a decir: “…tenemos que recordar permanentemente que la Naturaleza está llena de paradojas y este es un asombroso hallazgo referido al hombre primitivo…”

Años después, en 1949, Kenneth Oakley, del Departamento de Paleoantropología del Museo Británico, quiso experimentar la reciente “cata del flúor”, para fósiles antiguos, en el ‘Hombre de Piltdown’. El desenlace fue pasmoso; durante el análisis se comprobó que el hueso maxilar no contenía flúor. Esto indicaba que llevó enterrado solo unos pocos años; al igual que el cráneo, con muy poca cantidad de este elemento. Más tarde, se concluyó que los dientes eran de orangután y habían sido injertados en las mandíbulas, y que las herramientas “primitivas” descubiertas con los fósiles eran simples imitaciones torneadas con implementos de acero.

Esta falsificación saltó a la palestra internacional, en 1953 con un análisis pormenorizado completado por Weiner. ¡El cráneo pertenecía a un hombre de hacía 500 años y la quijada a un mono que había muerto hacía poco! Los dientes fueron puestos en un orden determinado y los puntos de unión habían sido rellenados, buscando semejanza humana. Todo fue teñido con dicromato de potasio para darle una apariencia antigua; las tinturas se esfumaron cuando los vestigios se anegaron en ácido.

Le Gros Clark, del equipo que descubrió el perjurio, no pudo ocultar su estupor y dijo que “las evidencias de la abrasión artificial surgieron a la vista de inmediato“. En realidad, bien podemos preguntar, ¿cómo es posible que algo tan obvio haya dejado de ser advertido antes?” El “Bulo de Piltdown” fue sacado al fin del Museo Británico, luego de más de 40 años de exhibición; es decir, una mentira sostenida casi medio siglo: una más en el largo rosario embustero de la evolución.

Otro aporte a esta sarta, vino de la mano del director del Museo Americano de Historia Natural, Henry Fairfield Osborn, en 1922, quien dijo haber hallado un molar fósil en Nebraska occidental, cerca de Snake Brook, correspondiente al Período del Plioceno: ¡Desde 5.3 millones hasta 1.8 millones de años en el pasado! La pieza, teóricamente, tenía características comunes al hombre y al mono; emergieron profundos argumentos ‘científicos’, algunos de los cuales aclararon que se trataba de un diente del ‘Pitecantropo erectus’, mientras que otros sostenían que era más cercano al ser humano. Este diente fósil, que provocó un gran debate, fue bautizado como “Hombre de Nebraska” e incluso nominado por la seudociencia evolucionista: ‘Hesperopithecus haroldcooki’.

Muchas autoridades de la evolución apoyaron a Osborn; desde ese solo diente, gracias a la fértil imaginación evolucionista, demostrada desde hace más de 140 años, salieron bosquejos de la cabeza y del cuerpo del “Hombre de Nebraska”. Además, éste fue representado incluso con la esposa e hijos, como toda una familia en un ambiente natural.

Todo este escenario fue desarrollado a partir de un solo diente. Los círculos científicos acreditaron a este “hombre fantasma” en un grado tan alto, que cuando el investigador William Bryan se opuso a las decisiones tendenciosas que se apoyaban en un solo diente, fue criticado duramente. En 1927 se halló resto del esqueleto, demostrando que el diente del caso no pertenecía a un hombre ni a un mono, sino a una especie extinta de cerdo americano: Prosthennops “Hesperopithecus. ‘Sciencie’ no tuvo más remedio que pronunciarse, mediante un artículo de William Gregory: ‘Aparentemente No Es Un Mono Ni Un Hombre“, en el que denunciaba el fraude, elevándolo a la categoría de ‘error’.

Todos los dibujos del “Hombre de Nebraska” y “su familia” fueron retirados de inmediato de las futuras literaturas evolucionistas, pero las editadas, editadas están, como todo lo editado sobre el ‘hombre de Piltdown

Darwin, en su libro “El Origen de las Especies”, presentó la suposición de un ser humano resultado de la evolución de monos antropomorfos. Fue tras fósiles que apoyaran ese argumento; sin embargo, algunos evolucionistas creían que no sólo en los registros fósiles se iban a encontrar criaturas “semimonos semihumanas“, sino que también se les hallaría con vida en distintas partes del mundo. A principios del siglo XX, la búsqueda de “vínculos transitorios vivientes“, condujo a incidentes desafortunados, siendo uno de los más crueles el sucedido a un pigmeo llamado Ota Benga, capturado en 1904 por un investigador evolucionista en el Congo.

En su lengua nativa, el nombre del pigmeo significa “amigo“. Éste tenía una esposa y dos hijos, pero fue llevado a Norteamérica encadenado y en una jaula, donde los ‘científicos evolucionistas‘ lo exhibieron al público en la Feria Mundial de San Luis, ¡junto a una especie de monos!,  presentándolo como el “eslabón transitorio más cercano al ser humano“. Dos años después llevaron al pigmeo al Zoológico del Bronx en Nueva York, donde junto a cuatro chimpancés, un gorila llamado Dinah y un orangután llamado Dojung, fue exhibido bajo la denominación de “antiguo ancestro del ser humano“.

El Dr. William T. Hornaday, ‘evolucionista‘ y director del zoológico, pronunció largas disertaciones respecto a lo orgulloso que estaba de tener esa “forma transitoria” excepcional, a quien trataba como a un animal cualquiera. Ota Benga no pudo soportar el trato que se le daba y finalmente, lejos de su entorno, su familia, y en aquel ambiente de circo que le humillaba, terminó suicidándose.

El Hombre de Piltdown, el Hombre de Nebraska, Ota Benga… Estos fidedignos escándalos, demuestran que los científicos evolucionistas, detrás de la honrosa bandera de la Ciencia, no han vacilado en emplear cualquier tipo de método anticientífico para dar validez a su teoría. Al observar toda “evidencia” de la ficción de la “evolución humana” nos topamos con una situación similar. Estamos ante una fábula y una tropa de voluntarios, dispuestos a hacer cualquier cosa para darle validez a la misma. Sin embargo, conocedor del espíritu del hombre, soy conciente de que muchos se darán cuenta del error y rectificarán, vivo convencido de ello.

Contrastando a esa bondad a la que apelo, un par de evolucionistas obsesos, me llaman mentiroso. ¿Dónde está mi mentira? ¿Seguirán buscando el eslabón perdido bacteriano que se vuelve ameba? ¡En las trincheras de los paleontólogos, con un pico y una pala debían estar! Así sudarían un poco y eliminaran las toxinas que inundan sus cerebros, cesando de envenenar la mente de tantas personas que se dejan seducir por la seudociencia que les alimenta.

A los profesionales que siguen el evolucionismo, intentando hacerlo coincidente con los planteamientos bíblicos, les pido, en nombre de Dios, que reflexionen al calor de su Palabra, en una de las últimas advertencias de Cristo que han quedado escritas:

“Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin” (Ap 22:13)

Alfa y Omega: inicio y fin del alfabeto griego, dominante entonces. Es decir, nos certifica que, desde la primera hasta la última de sus palabras son ciertas. Si Él constantemente hablaba de la Creación, diciéndonos incluso que tomó parte vital en ella; ¿cómo vamos a ofenderle, pensando que la casualidad ha jugado algún papel? Tenemos una deuda de gratitud; si no somos capaces de morir en la cruz, al menos no seamos ingratos.


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