ALÍ BABÁ, BLANCA NIEVES… Y DATACIÓN GEOLÓGICA III.

marzo 19, 2009

En la tarde de hoy he estado recogiendo algunas anotaciones; desechando lo que ya no tiene valor, y reclasificando lo que sí pudiera valer en un futuro. Allí he visto unas que escribí hace meses, mientras preparaba un debate, y que sigue llamando mi atención como el primer día: ‘¿Cómo puede explicar la teoría evolutiva que pese a reconocerse la existencia de más de un millón de especies eucariotas superiores, solo una ha desarrollado conciencia?

Solo el humano es capaz de manifestar raciocinio, cognición del ‘yo’, y la capacidad de captar o intuir el ser. Sin embargo, en contrapartida con este hecho innegable, está la otra cara de la moneda: el humano es el único ser vivo que niega las evidencias. Ningún animal tropieza dos veces con la misma piedra; los hombres y mujeres sí; algunos incluso disfrutan haciéndolo.

Un ejemplo de ello lo tenemos en las consecuencias derivadas de un hallazgo efectuado en el otoño del 1885, cuando un trabajador llamado Reidl, en una fundición de Schöndorf, Austria, fundada por Isidor Braun (1801-1866) y luego controlado por sus hijos, derribó un bloque de lignito que había sido extraído en Wolfsegg, a unos kms. de allí, y se vio sorprendido por la presencia de una pieza de hierro salida de su interior.

Un Mazo Inadecuado

El lignito es un carbón mineral que se forma por compresión de la turba, proceso al que se le calcula posibilidad solo después de millones de años de presencia fósil. Se cree que luego de ese tiempo, va convirtiéndose en una sustancia desmenuzable en la que aún se pueden reconocer algunas estructuras vegetales, de color negro o pardo, y frecuentemente con una textura similar a la de la madera de la que procede.

El bloque en cuestión, se quebró bajo la herramienta del fundidor, mientras recolectaba las piezas de tamaño adecuado para alimentar el horno. Ante sus ojos se presentó un pequeño cubo de hierro, integrado aun dentro de restos de carbón; al ser limpio de todo vestigio carbonífero, presentó forma de cubo, y un surco recorriéndolo. El trozo provenía de un envío de carbón desde el yacimiento de Wolfsegg.

El hexaedro metálico fue examinado y luego presentado en 1886 por el ingeniero de minas Adolfo Gurlt, Profesor de Geología en la Universidad de Bonn, durante una conferencia del Naturhistorische Verein [Sociedad de Historia natural]. Allí sugirió que su origen fuera un meteorito que se incrustó en la Tierra en una época muy remota… y que parecía ¡”trabajado, fabricado“!

Un informe aparecido en el diario científico Nature (volumen 35, 11, noviembre 1886, pag 36) describe el objeto como “casi un cubo”, “con una incisión profunda”; certificando con este corte en su mitad, algún tipo de diseño inteligente. De cualquier manera, a no ser que se evidencien ‘obreros metalúrgicos‘ en el espacio, resulta imposible explicar cómo un meteorito obtuvo una forma tan peculiar.

Era cúbico; cuatro de sus seis caras perfectamente llanas, y las dos opuestas ligeramente convexas. Todo esto, y el presentar bordes semi redondeados e inscripciones desconocidas que no podían ser obra de la naturaleza, hizo nacer la incógnita sobre la misteriosa naturaleza y procedencia de dicho objeto.

El cubo, de 67mm x 67 mm x 47 mm, y un peso de casi 8 kg, resultaba difícil de razonar que pudiera ser fruto de la naturaleza; y todas las pruebas realizadas por especialistas de la época, ultimaron que había sido elaborado con técnicas muy avanzadas, y que su aleación no se producía en estado natural. A partir de ahí se le conoció como “El Hierro de Wolfsegg” o “Cubo Salzburgo”.

El hijo del propietario de la fundición lo donó al Museo ‘Heimathaus’ en Vöcklabruck, pero en 1910 el objeto desapareció misteriosamente. Años más tarde reapareció y desde 1950 hasta 1958 se expuso en el museo nacional de Oberosterreichisehes de Linz (Austria) donde se conserva también el molde; pero según Peter Kolosimo, el original salió de Austria, y hoy se puede ver en el Museo Salisbury, en el Reino Unido.

De acuerdo a una revisión posterior realizada en el Museo de Historia Natural de Viena en 1966, el objeto tenía altas probabilidades de ser una pieza de hierro fundido artificial. Ante los argumentos críticos, señalando que las melladuras podrían ser las características de un meteorito corriente, en 1966-67 fue analizado por el Museo Naturhistorisches, en Viena, usando una técnica de microanálisis por rayos catódicos; pero en la muestra de hierro no se halló ningún rastro del níquel, cromo o cobalto, propios de meteoritos, descartando este origen.

Por otra parte, la carencia de azufre mostró que tampoco era pirita, u “oro de los tontos”, llamado así por su parecido a este metal, pero conteniendo un 45.4% de hierro.  La opinión final del Doctor Kurat del Museo y el comité del Geologisches Bundesanstalt en Viena fue que el objeto era simplemente hierro fundido artificial. Una de las hipótesis más aceptadas a partir de 1966, propuso al Hierro de Wolfsegg como parte de una antigua herramienta minera.

Una posterior investigación, hecha por Hubert Mattlianer en 1973, concluyó que la pieza era resultado de una fundición obtenida mediante la técnica llamada ‘cera perdida’. Un moldeo muy conocido por arqueólogos, pues se trata de un procedimiento escultórico muy antiguo, con el que se lograban figuras metálicas, mediante un molde realizado en cera de abeja. Este molde se cubría de un barro especial, se metía en un horno, y la cera derretida salía por unos orificios preparados en el barro, mientras este se endurecía. Entonces se le inyectaba el metal fundido, que adoptaba la forma del recipiente final.

Con esta técnica se obtuvo ‘el ‘centauro de los Rollos‘, originaria de hallazgos del siglo VI a. C, en el Peloponeso, e importada a España por el Museo Arqueológico Nacional.

Centauro de los Rollos

Y hasta aquí, todo el mundo contento: gracias a la implicación científica, se le dio respuesta al enigma. Pero surgió un problema… cuando se supo que los bloques de carbón de donde procedía la pieza, han sido considerados por los sistemas de datación geológicos, como ‘depósito Terciario‘. Es decir, fueron datados en un período que dista del actual, en 65 millones de años. Y precisamente, la consecuencia inevitable de aceptar la existencia de una tecnología minera moderna 60 millones de años en el pasado, relegó al olvido a la cuestionada pieza; literalmente hablando: se le echó tierra al asunto.

Pero, dada la situación actual, en que se intensifica el debate en torno a las obvios errores manifestados continuamente en los sistemas de datación, el ‘Cubo Salzburgo’ se presenta ante nuestros ojos como otra evidencia más de lo extremadamente falibles que resultan dichos métodos, y la poca credibilidad que manifiestan, cuando ‘el azar‘ permite que pueden ser contrastados con la realidad.

Una vez más los sistemas de datación son negados por la Verdad, porque, ¿cómo pudo existir la tecnología de fundición del hierro, en una época que la geología y la evolución de las especies, han concordado en situarles exclusividad a seres tales como los dinosaurios y los ‘casi extintos‘ que ‘nunca lo fueron‘, y aun hacen turismo marítimo: los peces celacantos?

Lo objetivo y palpable es que el terreno carbonífero no tiene los millones de años que quieren endosarle. Se fundamentan en inexistentes edades eónicas solo viables mediante lucubraciones. Lo objetivo y palpable es que estamos ante una prueba contundente de la mentira que contiene cualquier sistema de datación humano. Y lo objetivo y palpable es que ¡el carbón no necesita millones de años para formarse! Solo precisó de la catástrofe mundial del diluvio, unos 4500 años atrás en la historia.

Por eso es que comencé el artículo insinuando que el capricho es lo que convierte al único ser cognitivo del planeta, en el menos previsor de todos los seres vivos. Se sabe perfectamente la vulnerabilidad de los sistemas de datación, pero aun se insiste, y se seguirá insistiendo, siempre que tras las dataciones haya una posibilidad de negar a Dios, envuelta en papel de regalo: prestigio social, nominación académica… y los codiciados dineros de las subvenciones.

Esta tierra tiene exactamente la edad que señala la Palabra de Dios, que Creó todo lo que vemos en seis días: el planeta el primero, y al hombre el sexto. Por eso es que hoy vemos coincidentes carbón vegetal conteniendo en su interior una herramienta producto de inteligencia humana. Y esa Verdad no pueden negarla; ahí está la Tierra, escupiendo sus pruebas ante los atónitos ojos de quienes se empeñar en ocultar la Verdad con traquimañas.

Y muchas más que continuará expeliendo, antes de que pase el tiempo que le queda para cumplir su  sexto mileniversario.

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FOTONES, IMÁGENES, MATERIA Y ESPÍRITU

febrero 23, 2009

No pasa nada si un niño teme a la oscuridad; lo trágico es que los hombres teman a la luz.

Desde hace tiempo busco información sobre una ‘evolución‘, desde la no inteligencia hacia el raciocinio. Hay mucha; casi toda aferrada al criterio materialista que insinúa que la inteligencia, aunque intangible, debe hallar su respuesta en términos de física y de química aplicados a lo corpóreo. Se indaga en toda dirección menos en la del Espíritu; mientras, la Verdad ‘grita‘ su evidencia en silencio.

Sin embargo, la defensa ‘materialista’ no puede acudir a la materia para propugnar sus ideas, sino a lo intangible del pensamiento:  justo lo que no logran explicar. Gran parte de la Ciencia ha afianzado tanto su maridaje con la teoría evolutiva, que el astigmatismo científico solo les deja ‘ver‘ en dirección del también invisible mecanismo de la ‘selección natural de la materia‘. Y eso, pese a que tal mecanismo, desde Darwin hasta la fecha, ha sido incapaz de ofrecer una relación coherente con el origen de la imaginación, el raciocinio y el talento.

Días atrás me referí a la mente como supervisor-rector del cerebro. Descartes [1650] marcó pauta en este aspecto. Filósofo, fisiólogo y matemático, creyó que un alma autónoma y etérea, moraba y tutelaba el cuerpo físico. La verdad corpuscular no exigía prueba; la del alma sí. Y zanjó esto con su famoso aforismo ‘cogito ergo sum‘, [pienso, luego existo]. Nadie puede dudar de la existencia de su ‘yo‘, pues no puede dudar del ‘yo‘, si no existe un ‘yo‘ para que dude.

Mas, 1230 años antes, Agustín de Hipona dijo en su Ciudad de Dios:

Sin ninguna engañosa representación de imágenes y fantasmas, estoy absolutamente seguro de que yo soy, y que lo sé y me deleito en esto. Con respecto a estas verdades, no tengo temor de los argumentos de los Académicos, que dicen: ‘¿Y qué sucede si eres engañado?’ Pues si soy engañado, es que soy. Porque quien no es, no puede ser engañado; y si soy engañado, por esta misma razón soy.”

Y llegado a esto, discúlpenme un alto para una anécdota:

Un día, en el 383 d.C., este Agustín [canonizado santo por el Vaticano] razonaba a la orilla del mar sobre una complejidad de Dios: la Trinidad. De repente, algo interior le obliga alzar la vista, y ve a un solitario niño en la playa, yendo y viniendo, llenando un cubo y, vaciándolo luego en un hoyo cavado en la arena. Entonces se le acercó:

Oye, niño, ¿qué haces?

Saco toda el agua del mar y la pongo en este hoyo— contestó.

Pero, eso es imposible. — ripostó Agustín.

Más imposible es tu intento: querer intuir en tu pequeña mente el misterio de Dios. — dijo el niño, mirándole serenamente a los ojos.

Jamás pudo este hombre dar una respuesta lógica al suceso. También otro le ayudó a superar su crisis decisiva, la del comportamiento. Reflexionando sobre cómo llevaba su vida, oyó la voz de un niño en una casa vecina: ‘Toma y lee‘ Lo interpretó como invitación divina, cogió la Biblia, y se abrió por una carta de Pablo,  Rom 13:13-14:

Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lechos y disoluciones, no en pendencias y envidia; mas vestíos del Señor Jesús, el Cristo; y no hagáis caso de la carne en sus deseos.”

Fue su consagración al estudio formal y metódico del cristianismo.

Y ahora, tornemos al artículo. Desde el primer escrito de esta serie sobre la invisibilidad y inmaterialidad de la inteligencia, he llegado a un rasgo innegable de la visión: ver cualquier objeto cósmico, por lejano que esté físicamente, en solo una fracción de segundo.

Vayamos a la cuestión de ‘dimensión‘, con tantos conceptos que puede volverse un cajón de mecánico, mezclado e impreciso. En Física clásica, esta palabra describe las cuatro áreas del mundo macroscópico: x, y, z, t; en Física cuántica, en Teoría de Cuerdas y Teoría M, no aceptada por todos, el dominio físico lo ocupan nueve o diez dimensiones microespaciales, más la dimensión del tiempo, incrementando aun más esta definición.

Todos ellos solo se refieren al universo físico, los únicos dominios estimados reales por la perspectiva materialista del mundo. Mas, las innegables ‘emoción y mentalidad‘, ¿cómo se explican? La Ciencia no logra consolidarse en el campo de los ‘invisibles reales‘.

La mayor restricción de la investigación evolutiva, para avanzar con respecto al ‘origen de la conciencia‘, es que valora solo al cerebro, y ve la mente como su ‘epifenómeno‘, igual a la radiación producida por un horno. No acepta su independencia; subordina su origen al cerebro material… y también el de la vista.

Toda luz que llega al sistema visual se compone de fotones; mediante el cerebro, se convierte cada impulso luminoso en una variación de corriente eléctrica. Mas el ojo es ‘cámara fotográfica‘, no fotómetro. El ‘fotómetro‘ se incorpora en el interior; es posterior. La pupila es el diafragma del ojo: abre o cierra la entrada de la imagen; los cambios de luminosidad del objeto celeste ‘integrado‘ directamente en el órgano de la visión, se procesan ‘después’ de traspasar el cristalino. Es decir, y esto es ¡muy importante!, el ojo no procesa fotones, sino imágenes; de hecho, solo las cámaras modernas poseen fotómetro.

Por otra parte, y no menos importante: la imagen sale invertida del cristalino; ¿qué pasa en ese momento? ¿Se ‘invierten’ los fotones sin la existencia de fotómetro, para que luego el cerebro los procese y los ponga de nuevo en su posición original? Eso es una irracionalidad.

Un ojo normal, enfocado al infinito, está en reposo. El iris se contrae para regular la cantidad de luz [como el diafragma en una cámara fotográfica], mas la otra parte dinámica del sistema óptico, el cristalino, reposa; para ver de lejos no necesita esfuerzo adicional. El cristalino se comporta como una lente biconvexa, variando su curvatura mediante los músculos ciliares, ‘solo para ver de cerca‘.

Y el Doctor Brent Archinal, [equipo de Astrogeología, Servicio de Inspección Geológica, Flagstaff, Arizona, EE.UU; revista Astronomy, mayo/1997], dijo que el ojo humano puede ver aproximadamente 2.500 estrellas en las noches más despejadas.

En artículo reciente: “Teoría Evolutiva: Sin Mente y Sin Espíritu“, cité los miles de trabajos del neurocirujano Dr. Wilder Penfield, como evidencia científica de independencia entre mente y cerebro. Lo prodigioso fue que tantos casos, bajo la acción de electrodos en puntos concretos de su cerebro, referían situaciones del pasado olvidadas totalmente. ‘Veían imágenes, oyendo‘ a otros y a sí mismos, como en un ‘vídeo‘. Y lo ‘mágico‘ es: si se vieron a sí mismos… ¿qué  ‘cámara‘ les firmó, y guardó tales imágenes en memoria? Hay que abrirse más al conocimiento, y sublimarse menos en teorías.

Es real, objetivo y palpable, que al lado de un telescopio capaz de enfocar contornos de una estrella, alzamos los ojos, y en milésimas de segundos la retina recibe la imagen de tal estrella y de lo que la rodea. No necesita miles de años para que la imagen aparezca; y si alguien dice que son ‘fotones cercanos‘, volveré a recordarle que el ojo no es un fotómetro, sino un procesador de imagen integrada.

Solo hay que mirar a través del telescopio y ver el cuerpo físico, en el sitio en que está situado, a billones de kms. de distancia, no a 10 ms ni a 100 ni a 1000. La evidencia es que ‘miramos’ y vemos lo que aparece, en fracción de segundo, sin importar los años luz que las separe de nosotros. Igual la osa mayor, que Orión, la Polar, las Pléyades; solo hay que abrir los ojos y observar. El resto del proceso, SOBRE LA IMAGEN CAPTADA, determinando impulsos eléctricos, colores, formas y contornos, se ejecuta luego en el cerebro.

Nebulosa de Orion

Estos no son fotones; la maravillosa vista corresponde al ‘Canada-France-Hawaii Telescope’, desde el monte Mauna Kea, en Hawai, a 1500 años luz de distancia. ‘No’ un tiempo, sino un espacio: unos 1500 000 000 000 000 Kms [mil quinientos billones] distante de la Tierra. Distintas imágenes de Orión aportarán diferentes mezclas de colores, en función de cómo se filtra la imagen original del telescopio, según la meta que persigan los astrónomos en sus investigaciones.

¿Dónde radica la contradicción con los conceptos de la relatividad? En que la Física, nacida desde fenómenos de esta dimensión que vivimos, no se puede aplicar a procesos visuales nacidos del espíritu; lo mismo que ocurre cuando la Ciencia intenta dar respuesta a fenómenos mentales desde conceptos humanos.

En fechas anteriores escribí acerca de la 4ª Dimensión intangible, que originó esta 3ª, tangible. Dios se desenvuelve en un mundo espiritual y angélico que nos somete y rige; este es el primer concepto al que debe abrirse la Ciencia, si quiere progresar en los enigmas, sin abandonar a la Verdad. Casi todas las sensaciones que se experimentan en el mundo físico, han sido percibidas antes en el espiritual, precediéndolas. O sea, el espíritu oyó, vio, y olió, mucho antes que el primer ser vivo de esta dimensión, pudiera hacerlo.

Según Génesis 1:26, Dios dijo: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza‘. Y esto último es importante, porque ‘semejante‘, no es ‘idéntico‘; establece diferencias entre don espiritual y humano. Dios decidió qué aptitudes del espíritu extrapolaría a su Creación, cómo, y ‘a quienes‘. Ahora bien: ¿Cómo lograr que un ser de una dimensión física, contara con facultades propias del plano inmaterial?

Aquí actuó la poderosa Ciencia de Dios: el Creador diseñó un Servo Sistema, donde lo invisible regiría lo visible, a escala física. Y aunque hablemos de su obra cumbre, el ser humano, eso fue válido para todo ser vivo del planeta; desde bacterias, hasta personas. Hay un nivel de inteligencia invisible en toda especie viva, pues lo testifica la Palabra de Dios en la versión original: el Bereshit judío, en 1:30:

Y para todas las bestias de la tierra, para todas las aves del cielo, y para todo lo que se mueve sobre la tierra, en cuyo interior hay ‘un alma viva’, todas las hierbas verdes servirán de alimento

De modo que dotó de algún tipo de ‘alma o conciencia‘ a los seres más pequeños; no estoy capacitado para decir cómo lo hizo a escalas inferiores, pero sí en las superiores: Diseñó un ‘interfase‘ capaz de extrapolar facultades invisibles, a la vida biólogica visible. Así surgió el cerebro: regido por procesos invisibles, regula cada metabolismo individual, en todas las especies que cuentan con este órgano.

El cerebro animal, humano incluido, con sus numerosas e intrincadas vías neuronales unidas por axones y dendritas, es el nexo mediante el que la ‘mente’ espiritual rige tanto los reflejos incondicionados, como los condicionados. Así, la materia obedece órdenes intangibles, dadas por una inteligencia imposible de ubicar físicamente.

Sin embargo, hay una salvedad: Dios proveyó al hombre de lo que le negó al resto de las especies: ‘raciocinio y espíritu‘. Pertenecemos a la única especie que ‘sabe que sabe‘, por ser capaz de razonar… y eso nos llega desde el espíritu insuflado por el mismo Dios.

Al morir, el cuerpo se desintegra; lo material se descompone, y el espíritu regresa a su punto de origen: la 4ª Dimensión espiritual… y lleva consigo sus dones: alma consciente, inteligencia, olfato, oído, tacto… y vista. Con la muerte, trascendemos a otro plano distinto, incorpóreo… invisible. ¿Somos los únicos seres con opción de eternidad? Solo Dios sabe; por lo pronto, debo quedar abierto a lo que dijo el enigmático Pablo:

 “Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual…” [1Co 15:44]

Y puedo asegurar categóricamente, que el espíritu llega luego a ser capaz incluso de ‘leer‘ el pensamiento humano, sin que se hable. De modo que, cuando alzamos nuestros ojos al cielo, no estamos haciendo uso de una prebenda física, sino de una dádiva espiritual que Dios, en su infinita Ciencia, logró hacer que el ser humano pudiera disfrutar, extrapolándola a la materia mediante un poderoso Interfaz al que ningún conocimiento humano ha podido descifrar jamás.

Por tal razón, es que no se puede responder al hecho de mirar al cielo y ver en una fracción de segundo, un cuerpo que la Ciencia asegura que no podemos ver si no es con retardo.

Hay un refrán tan antiguo como el propio ser humano: ‘Los ojos son el reflejo del alma‘; también se instruye en 1ªCo 2:9-10:

Sin embargo, como está escrito: “Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ninguna mente humana ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman.” Ahora bien, Dios nos ha revelado esto por medio de su Espíritu, pues el Espíritu lo examina todo, hasta las profundidades de Dios.’

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