LA EVOLUCIÓN AGUIJONEADA POR UNA OBRERA.

febrero 27, 2008

Febrero 27/2008

LAS ESPECIES QUE NO LO SON.

Días atrás, se me planteó la especiación bacteriana como certeza de la evolución. Debo confesar que no me sentí muy a gusto, pues la temática de esta filosofía se halla en una línea de análisis que no comparto; mi razonamiento, por más que lo intente, siempre termina predisponiéndome contra ella.

Sin embargo, proveniente de un profesional de la investigación evolutiva, merece un respeto: dedicó parte de su tiempo en intentar convencerme de sus planteamientos y yo no correspondí a su entusiasmo. No fue por menospreciarle, sino debido a que veo la situación desde una óptica muy distinta, que no me permite aceptar sus deducciones. Pero le debo una disculpa; he sido casi grosero en no debatir con él en el tema que me propone, y he decidido complacerle: he recurrido a literatura evolucionista, he apartado de momento el artículo que debía presentar y les expongo este, sumergido en la forma de pensar que inculca la teoría darwinista.

He acudido a la página http://www.ucm.es/, y me he bajado un trabajo sobre la especiación; lo he estudiado y he decidido reflejar aquí mis opiniones al respecto, abierto a todo aquel que pueda sentirse interesado en leerlas. Es abundante en planteamientos, así que tendré que desglosar mis impresiones a través de este blog, en varios artículos.

Según esta hipótesis, desde un punto de vista biológico, se entiende que una especie es un grupo de poblaciones naturales cuyos miembros son capaces de producir descendencia fértil al relacionarse sexualmente, pero que sin embargo están impedidos de ello (en circunstancias normales), con aquellos componentes de poblaciones pertenecientes a otras especies. Pero, si nos ubicamos en las abejas obreras, creo que esta población contradice esa teoría. Una colmena oscila entre varias decenas de miles de individuos, según su tamaño, cuya inmensa mayoría está compuesto por las conocidas como ‘obreras’.

Estas afanosas formidables, tienen varias características específicas: su tamaño es más pequeño que el resto de la colmena y su abdomen también es más corto. Además, poseen un aparato bucal muy desarrollado y una alargada lengua que les permite obtener el néctar que luego almacenan en el buche melario para transportarlo a la colmena.

Desde que nacen, no salen del panal hasta las 3 semanas; pero a los pocos días ya realizan diferentes funciones: mantienen limpios las casillas de cera y todo su hábitat, comienzan a desarrollar sus glándulas hipofaríngeas productoras de jalea real y alimentan a las larvas, desarrollan glándulas cereras y construyen los panales, reciben el alimento de las pecoreadoras y lo colocan en las celdas, velan para que no ingresen abejas de otras colmenas, y generan una corriente de aire para deshidratar el néctar.

A los 21 días se les atrofian las glándulas cereras y vuelan al exterior, pasando a llamarse ‘pecoreadoras’ y dedicándose entonces a  recolectar néctar, polen y propóleo, además de acarrear agua. Estas secuencias no son seguidas por todas las obreras, así como hay abejas que llegan a pecoreadoras sin haber realizado las actividades anteriores. Algunas, parecen madurar precozmente, y otras rejuvenecen en determinadas condiciones.

Su visión es muy grande, necesaria para la recolección, localización, etc. En las patas posteriores, poseen una modificación denominada corbícula (cestilla) que les permite transportar el polen y la resina de las plantas (propóleo). Recogen los granos de polen con una especie de cepillo peludo que poseen; cuando está lleno, pasan el polen a las cestillas y lo trasladan a su colmena.

Es decir, resulta imposible aducir que no son comunales, y mucho menos, que no resultan importantes para la colectividad. Sin embargo, tienen una característica que las identifica especialmente, un capricho de la Naturaleza: son abejas hembras infértiles, sus aparatos reproductores se encuentran atrofiados  y son más pequeñas que la reina.

Y este punto llama mi atención, pues, genéticamente hablando, la evolución define una especie como la unidad reproductiva, es decir: el conjunto de entes capaces de generar descendencia fértil por cruzamiento entre sus miembros. Ya hemos visto que las abejas obreras son la verdadera fuerza motriz de una colmena: lo hacen todo… menos la reproducción de la especie, tarea asignada a una única abeja reina.

¿No las catalogaremos dentro de su ‘especie‘ por esta razón? ¿Cómo se manifiesta la ‘evolución‘ en una abeja obrera? Desde los inicios de la humanidad se conoce la miel y sus productoras; esta gestión siempre se ha mantenido igual y aunque debido a mutaciones genéticas por pérdida de información codificada, existen distintos tipos dentro de estos himenópteros, las obreras jamás han dejado de fabricar el dulce elemento.

Los tipos de abejas, zánganos incluidos, son producto de un diseño de Dios: uno de los casos conocidos como caprichos de la Naturaleza. Pero se hace evidente, como el cuento de la pescadilla que se muerde la cola, que ya se contraatacará, alegando quizás que hace 10 a la ‘n’ millones de años, las obreras eran las más fecundas de la colmena y que también han evolucionado, (aunque en este caso hacia atrás, hacia la degeneración de la especie), así como que, gracias a la evolución, ha salido una abeja redentora (la más fuerte genéticamente, por supuesto) que saca la cara por el grupo y ella solita se encarga de mantenerlo vivo. En fin; no veo punto de encuentro en las deducciones.

Otro planteamiento se refiere a que ‘cualquiera que sea el parecido fenotípico entre un grupo de individuos, si los apareamientos entre ellos no producen descendientes (que es lo más habitual) o sólo producen descendientes estériles (como es el caso, por ejemplo, del cruce entre caballos y burros) pertenecen a especies diferentes.’

Lo del asno, asna, yegua, caballo, y mula-mulo, (y burdéganos: hijo de caballo y burra) es algo similar, pues tienen sus cromosomas sexuales diferentes. La mula es estéril por ser descendiente de una yegua (64 cromosomas) y un burro (62 cromosomas). La esterilidad de la mula (63 cromosomas), se da porque en la meiosis los cromosomas no pueden aparearse.

En los seres humanos también se ven alteraciones cromosomáticas en número, pero debido a accidentes genéticos [mutación, trisomía, delección…]; el caso del cromosoma 21 (síndrome de Down) es uno de ellos. Sin embargo, estos descendientes siguen siendo personas; no constituyen otra especie: tienen sentimientos, son capaces de experimentar amor y de agradecer todo el que le entregan. Y no es el único, pues existen dolencias congénitas por cambios en número de cromosomas varios, derivados todos de la pérdida de información codificada original, dispuesta en sus ancestros.

Otro caso distinto lo vemos en los perros. Si un ‘Doberman’ acopla con una ‘Cookie’ y hay descendencia, estos serán perros que arrastrarán las variaciones cromosomáticas de sus padres, (aunque en este caso, no en número), pero son variaciones en alelos, y aunque estas les definan como de otra raza, continuarán siendo perros hasta su muerte; no van hacia ningún otro animal. Y lo mismo ocurre con la raza humana: son capaces de procrear entre sí con independencia de sus razgos, crean nuevos razgos, pero su ADN sigue perteneciendo a la especie humana. Tampoco van hacia ningún otro animal.

No ocurre lo mismo con los simios: gorilas, orangutanes, macacos, y otros; creados con un exclusivo código genético, respondiendo a distintos diseños, y no engendrando entre sí. Hay 160 especies de primates, pero ninguna de ellas se acopla sexualmente si no es con otra de diferente sexo, pero de su misma especie. O sea, un mandril jamás cortejará a una mona tití, ni un chimpancé a una gorilita; por lo que, cuando ocurre el apareamiento, garantizan la continuidad de la especie… y al mismo tiempo la imposibilidad de un nacimiento homínido. Ese planteamiento es totalmente anticientífico.

El ‘homínido’ no puede existir, sencillamente porque no tuvo padres capaces de engendrarlos. Esa especie no existe; es producto de la ficción.

Ninguna especie va hacia otra; se sufren mutaciones y alteraciones de varios tipos, por esta pérdida de información comentada y esto establece cambios morfológicos y estructurales en los fenotipos, a veces con consecuencias inevitables para la propia supervivencia del ente que se trate; pero hasta ahí. Con respecto a la especiación de las bacterias, prometo que constituirá mi próximo trabajo, lo prometo; solo estoy siguiendo el curso de los planteamientos del documento que me he bajado.

Quiero dejar patente que apoyo la Ciencia como el que más; el cristianismo no está reñido con ella. De hecho, hay científicos cristianos; no hace mucho vinieron dos a España: dos doctorados, aunque alguien intente denigrarlos, (el tercero era un médico) en defensa de la Creación bíblica. La presión ejercida por una institución evolutiva española fue muy grande y esto hizo que temieran presentarse como lo que son: soldados de Cristo; pero solo es cuestión de tiempo. El ‘no podemos permitir que el pie de Dios entre‘, tiene sus días contados, pues el Señor tiene el poder suficiente para manifestarse; solo que el debate es necesario, pues al tomar partido por una línea o por otra, mostramos lo que hay en nuestro corazón y aportamos elementos a favor o en contra, para nuestro juicio final irreversible.

La Biología en particular, ha contribuido a que las plagas que antiguamente asolaban a una humanidad indefensa, hoy constituyan solo un mal recuerdo. Muchos biólogos e investigadores asociados han ido obteniendo, continuadamente, importantes logros en la medicina preventiva y de profilaxis; sus nombres ya están escritos para la posteridad y han sido grabados con tinta indeleble en el libro de Dios, pues el servicio a la humanidad es muy valorado por el Altísimo.

Asimismo, en biotecnología, otras investigaciones en curso ya han logrado importantes éxitos en sus primeras fases. (Cultivos híbridos, producción de antibióticos, etc…) Entre las nuevas tecnologías moleculares, destaca la síntesis de ADN y proteínas en laboratorio, lo que genera grandes expectativas en la mejora de procesos industriales; la producción agropecuaria, y en la obtención de medicamentos más eficaces en la lucha contra las enfermedades. Mención aparte a las células madres, que cada día aportan más esperanza a millones de personas en todo el mundo, que resisten sus dolencias pacientemente, hasta que aparezca el nuevo fármaco o técnica, que envíe su mal a los archivos del pasado.

¡Qué el Dios Todopoderoso les bendiga y que cada vez se sumen más hombres de ciencia a esta honorable empresa!

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Matemáticas y Arca de Noé.

febrero 21, 2008

Febrero 21/2008


MARINEROS A BORDO.

Desde hace días, varias intervenciones en el blog se han referido al Arca de Noé y la imposibilidad de los planteamientos bíblicos con respecto a sus implicaciones. Ante el deber de contestar una por una a todas, y aprovechando que ya llevaba algún tiempo editando este artículo, decidí priorizarlo, saltándome el plan previsto. Creo imprescindible exponer no solo las consecuencias del diluvio, sino sus causas, por lo que les ruego disculpen el ‘ladrillo’ necesario, las razones expuestas en el Bereshit 6:11-22:

‘La tierra se había vuelto corrupta delante de Dios; estaba llena de violencia 12 Y Dios contempló la tierra y he aquí que estaba inmunda, pues toda la carne había corrompido su camino sobre la tierra. 13 Dios le dijo a Noaj (Noé): «Ha llegado ante Mí el fin de toda la carne; pues la tierra está llena de inmoralidad; y he aquí que estoy por destruirlos de la tierra. 14 Hazte un Arca de madera de ciprés; hazle compartimentos y cúbrela por afuera y por dentro con brea. 15 Así es como deberás hacerla: trescientos codos de longitud (135m); cincuenta codos de ancho (22.5m) y treinta codos de altura (13.5m) (41000.m3) 16 Le harás una ventana, y la terminarás a un codo desde arriba. Coloca la entrada del Arca al costado; hazle un primer piso, un segundo piso y un tercer piso. 17 En cuanto a Mí, he aquí que estoy por traer el Diluvio sobre la tierra para destruir toda la carne en la que hay aliento de vida bajo los cielos; todo lo que hay sobre la tierra expirará. 18 Pero he de establecer contigo Mi pacto y tú entrarás al Arca, tú, tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos junto a ti. 19 Y de todo lo que vive, de toda la carne, dos de cada uno llevarás al Arca para que sobrevivan contigo; serán macho y hembra. 20 De cada ave, según su especie, y de cada animal, según su especie, y de cada ser que repta sobre el suelo, según su especie, dos de cada uno llevarás junto a ti, para que sobrevivan. 21 En cuanto a ti, toma todos los alimentos que sean comestibles y reúnelos, para que les sirvan de comida a ti y a ellos». 22 Noaj (Noé) hizo según Dios le había mandado. Así lo hizo.’

Analicemos ahora si fue posible la existencia de una nave con la capacidad requerida para responder aquel planteamiento de Dios: según la tradición judía, el codo tendría unos 45 cm.; así que al final de su construcción, estaríamos ante un arcón de 135 ms de largo, 22.5 m de ancho y 13.5 ms de altura, lo que implicaba una capacidad algo mayor a 41 000 m3: el mayor artefacto flotante construido hasta finales del siglo XXIX, cuando surgieron los primeros trasatlánticos. Tened presente que no fue un barco convencional; solo se le exigió flotabilidad y capacidad suficiente. La proporción largo/ancho, con factor 6, cumplía estos requisitos.

Opiniones de navieros modernos consideran casi imposible su vuelco, coincidiendo también en que no sería buen navegante. Mas esta condición era obviable; ni siquiera necesitaba timón, solo que flotara. Si lo comparamos con el relato babilónico del diluvio, saltan las diferencias, pues allí el arca se detalla como un cubo perfecto de 54 m y con nueve pisos. Los especialistas dicen que su estabilidad, sería un desastre.

Ahora bien, ¿constituyeron sus 41000 m3 un espacio suficiente para albergar los animales requeridos, personas y alimentos necesarios? ¿Cuántos con necesidad de oxígeno debieron abordar el Arca?

Como primera respuesta, les diré que esa es la capacidad aproximada de 520 vagones de un tren moderno; teniendo cada uno 78.84 ms3 Con respecto a la segunda, según, uno de los taxonomistas más prominentes de Norte América: Ernest Mayr, las especies animales en el planeta, rondan el millón; pero su inmensa mayoría puede sobrevivir en el agua y no necesitó ser traído a bordo del Arca.

Es decir, se prescindiría de los casi 1700 tipos de cordados marinos, los 10,000 celenterados (corales, anémonas de mar, medusas…) 107,000 moluscos (ostras almejas mejillones…), 600 equinodermos (estrellas, erizos de mar…), 21,000 especies de peces y  las 5,000 especies de esponjas, o los 30,000 protozoos, las microscópicas criaturas de células simples: de agua salada y DULCE,  pues hubo muuuuucha ‘lluvia y madera’ suficiente para que se lo montaran a sus anchas. También habría que descontar 838,000 especies artrópodos marinos (langostas, camarones, cangrejos, pulgas de agua, percebes…)

Por otra parte, no olvidemos los mamíferos acuáticos (ballenas, focas y marsopas…) ni los anfibios ni reptiles de agua (tortugas de mar, cocodrilos…) Cuenten además, muchas de las 35,000 especies de gusanos e insectos que podrían haber sobrevivido fuera del Arca. En: “El Diluvio de Génesis,” los doctores Morris y Whitcomb implican no más de 35,000 animales. Existe aun otro libro: ‘El Arca de Noé: Un Estudio de Viabilidad’, donde su autor, John Woodmorappe, defiende cifras similares. En lo que respecta a dinosaurios y elefantes, bien pudieron tratarse de ejemplares muy jóvenes, lo que no implicaría un gran tamaño.

Asumiendo el tamaño de una oveja (60 x 60 cms) como promedio, (hay muchas especies por debajo de ella), y usando de referencia un vagón de carga animal, con dimensiones internas de 12.5 m de largo x 2.65 ms de ancho, se sabe que en este caben unas filas de 20 x 13= 260 ovejas, con un pequeño margen de espacio entre ellas. Pensemos ahora en la orden original de Bereshit 14: ‘hazle compartimientos’. Estos vagones suelen tener una altura de 2.30 ms., es decir, que aceptan tres pisos de 75 cm., lo que arrojaría una capacidad por vagón de 780 ovejas. Quitémos unas pocas para que no se hacinen, y dejemos la cifra final por vagón en 700 individuos.

Así, tres trenes con 69 coches cada uno (207 vagones = 16, 319 ms3 = 40% del arca) tendrían amplio espacio para llevar: 207 x 700= 144,900 animales: los existentes hoy, los ya extintos y un espacio correspondiente al 60% restante para aquellos ejemplares mayores que ustedes quieran objetar, la familia de Noé y alimentos para todos; las matemáticas demuestran que el Arca tuvo espacio suficiente… y que Dios las domina.

La Biblia revela que Noé la construyó bajo la guía Divina; no hay descripción alguna a favor o en contra de que se abasteciera de otras personas para la obra. Está escrito además, cómo era el mundo físico de entonces, en Berechit 1-9: (Génesis, por traducción griega)

‘Dijo Dios: «Que las aguas debajo del cielo se reúnan en un área, y que aparezca la tierra seca». Y así fue. 10 Dios llamó a la tierra seca «Tierra», y a la reunión de aguas la llamó «Mares».’

Si sólo había un continente en ese momento (algo confirmado en teorías científicas actuales), las preguntas acerca de conseguir animales de regiones remotas, son irrelevantes

Uno de los reproches contra el diluvio, se refiere a la forma en que se accedió a tantas especies, y cómo las desplazaron hasta el arca. Pero la Biblia es categórica con respecto a esto: Dios agrupó a los animales y se los trajo a Noé, en parejas. Los escépticos pintan un cuadro de Noé yendo a países remotos del Medio Oriente para recoger animales como canguros y koalas de Australia, y Pandas de China. Sin embargo, la Biblia declara que los animales vinieron a Noé. Él no tuvo que reunirlos (Génesis 6:20).

Otra dificultad que se plantea, se refiere a los problemas de Noé, con sólo 8 personas para dar agua, alimentar, mantener aire e higienizar el interior, durante un año y días. Sin embargo, científicos creacionistas, (que existen, aunque la censura evita que publiquen sus trabajos en Nature) indican que en casi todos los grupos de animales hay una indicación de habilidad latente de hibernar o entrar en un estado de letargo.

Hace poco se dio una situación con una osa panda traída desde China a Madrid, diagnosticada como ‘deprimida’ por los veterinarios; imagínensela en un arca, sobre las olas, y luego imaginen a resto de animales del diluvio. Con sus funciones corporales reducidas a un mínimo, las exigencias de su cuidado se habrían reducido grandemente.

No hay ninguna evidencia científica que señale la historia bíblica del diluvio como un mito ó fábula, y los cálculos apoyan que el Arca fue capaz de asimilar los animales precisos para repoblar la tierra. La causa de tal catástrofe se debió a un juicio sobre pecado. Dios destruyó el mundo que existió en ese momento debido a su violencia y maldad; las generaciones posteriores se encargaron de contar la historia, pero el tiempo, ese imperturbable que todo lo borra, llegó a las últimas generaciones como simple relato de la antigüedad. El Creador le prometió a Noé que Él nunca volvería a destruir el mundo con agua, dándole opción al hombre para que controlara los impulsos; sin embargo, hemos seguido haciendo de las nuestras, durante siglos.

Hace 2000 años, decidió enviar a Jesucristo, en un último intento por revindicar su obra, puesto que se esforzó en contemplar, como esperanza de su Creación, a todas aquellas personas que en líneas generales observan una buena actitud hacia sus semejantes y hacia la vida, sacrificando su tiempo en aras del desarrollo y la mejor vivencia de los seres humanos. Anteriormente, mediante Moisés y los profetas que le siguieron, estuvo alertando a la humanidad de las consecuencias que tendrían las faltas personales; los últimos, antes de la llegada de Jesús, ya vaticinaron el plan de un fin del mundo mediante fuego del cielo y una tierra convulsa en terremotos y catástrofes definitivas.

El Señor llegó dando prueba de su humildad, pero también de su poder: sanaba enfermos e hizo milagros de todo tipo mientras instruía a sus apóstoles, haciendo que de nuevo fueran escritas las palabras de Dios, para las futuras generaciones. Vino al mundo para morir por nuestros pecados y reconciliar así la relación del hombre con Dios, en una última oportunidad, asegurando que un juicio futuro será inexorable, pero también acuñando con su sangre la promesa del perdón para todo el que le siga en fe, espíritu y actitud.

En su momento, Noé rogó a sus contemporáneos para que cambiaran de actitud y creyeran, tanto en las promesas, como en las amenazas del Creador. Pero ellos solo vieron a un loco construyendo un enorme tareco de madera…y la puerta del arca fue cerrada. Ahora, Cristo está haciendo un llamado al mundo para que tengan fe en Él: tanto sus promesas de una vida plena y eterna para quien le siga en contrición, como de mucho dolor e impotencia para quienes se mantengan en una rebeldía marginada.

No sabemos cuánto tiempo vamos a vivir en este mundo; un planeta en el que si algo aprendemos, es que somos más vulnerables de lo que imaginamos. ¿Responderemos a las expectativas del Señor y subiremos a su postrer arca? El libre albedrío otorgado por Dios a los hombres, implica una decisión individual.

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EL COSMOS LLEVA PAÑALES.

febrero 18, 2008

Febrero 18/2008

LOS ASTROS Y LOS OTROS.

Me gusta mi casa; vivo en una 7ª planta, la última del edificio. Al sur, a 400 ms., tengo al mar, pero las construcciones frente a la playa solo me dejan ver algo más que el horizonte; aunque, siendo exacto, queda libre el espacio intermedio entre un hotel y la colosal mole de apartamentos a su lado: si un barco cruza esa zona, y estoy atento, seguro no me lo pierdo.

Pero el norte… ¡eso es otra canción! Me paro frente al ventanal de vidrio de dos metros y pico y no hallo obstáculos: estoy por encima de todos mis vecinos. Una majestuosa cordillera me saluda, no muy lejos. Incluso, en aquellos días que tenemos todos, en que las cosas no nos salen como esperamos, me arrimo a mi atalaya personal, a cualquier hora, y un fastuoso capricho de la Naturaleza, una gran hendidura verde oscuro en medio de la montaña mayor, aparece como una enorme V de victoria, ocupando la cuarta parte de su altura y reforzando mi fe optimista en que su constructor está al control de mis pasos.

Una noche estrellada frente a ese mirador privado, con buena música de fondo y mejor compañía, constituye un área envidiable, créanme… pero también nos pone a pensar en la majestuosidad y las incógnitas que encierra el universo. ¿Cómo y cuándo comenzó todo lo que hoy vemos? La pregunta nos exige comparar datos recibidos desde distintas fuentes, para intentar descifrar los enigmas: esbozos de la limitada reflexión humana, frente a la congruente y mágica historia legada en el Bereshit judío, el Génesis de traducciones posteriores.

Personalmente, veo conceptos no convincentes en la respuesta ¿científica?; hay que distinguir entre la ciencia práctica, que detalla y cataloga los fenómenos visibles, y la quimérica, que se ocupa de fenómenos ignotos, a menudo no reproducibles en laboratorios. La ciencia, etimológicamente hablando, es ‘conocimiento‘, y hablar de un hipotético pasado, presentando una fórmula en la que existen varias variables que jamás podremos asegurar, por no haber estado allí, constituye una “Especulación científica”; o ‘especulación del conocimiento’, algo incongruente.

La ciencia del pasado pretende ofrecer teorías colegidas de hechos conocidos, y aplicarlas al ámbito de lo desconocido: ya sea desde la interpelación (sabiendo los aspectos de dos puntos, trata de colegir cuál será la reacción en un punto intermedio) o desde la extrapolación, infiriendo de una escala conocida, un comportamiento, no se sabe cuán lejano en el eje del tiempo.

Por ejemplo, pongamos un bloque de hielo en medio de una habitación. Sabemos el tiempo que tardará en derretirse, basado en experiencias anteriores. Una vez que salimos, llega alguien y abre una ventana, enciende las bombillas, o simplemente, pone el A/C o la calefacción, según le apetezca. ¿Coincidirán los cálculos basados en cantidades de tiempo, temperatura, corrientes de aire, estados químicos definidos, etc., con la realidad resultante? Desde luego que no.

Es decir, se fijan condiciones y, bajo ellas, todo se debe cumplir según lo establecido. Pero nadie es capaz de computar imprevistos. La extrapolación es el sistema más incierto. Además, la incertidumbre aumenta en proporción directa al incremento de la distancia con la escala conocida, sea la que sea. Así, si la serie conocida está entre 0 y 100, nuestra conclusión a los 1001 tiene menor probabilidad que a los 101.

De donde se deduce que el único método posible para indagar sobre el origen del mundo, la extrapolación, es más frágil cuanto más nos alejemos en el tiempo. Se hace aun más evidente, si se considera que un planteamiento sobre una causa ignorada, a partir de un resultado conocido, es más débil que una conclusión que surge directamente de la causa a la consecuencia.

Un corolario de consecuencia a causa, atestigua más que uno de causa a consecuencia: 4/2=2. Aquí, el precedente lo forman dividendo y divisor; la consecuencia, el cociente. En este caso, al saber la procedencia, es posible un solo resultado: el cociente (2).

Pero si sólo conocemos el resultado final, ‘2’, e intentamos llegar a éste, la respuesta permite muchas posibilidades: 1 + 1; 4 – 2; 1 x 2; 4: 2… Y si otros números entran en juego, las posibilidades son infinitas (5 – 3; 6 – 4… ad infinitum).

En esencia, el problema es que cuando los datos se extienden a contextos indefinidos, solo tendrán valor ‘si todo continúa igual‘. Dicho de otra forma: ‘si las condiciones últimas prevalecen en el tiempo y su acción y reacción sobre el resto siempre ha sido la misma‘. Solo podremos estar seguros si las transiciones resultan análogas a las variables, en grado; si no hay garantía de un cambio similar en clase o especie y si tampoco se puede asegurar que no participan otros factores, ¡las conclusiones carecen de todo valor!

En una reacción química, (fisión o fusión) un nuevo catalizador en el proceso, aun pequeño, puede cambiar completamente el resultado; incluso dar lugar a uno muy distinto. No se sabe cuántas explosiones nucleares ocurrieron en los primeros años del sol ni el estado de la atmósfera primigenia, la cantidad de Carbono y la afectación de este por la influencia del constatado decrecimiento del campo magnético. Se ignora el fondo radioactivo de entonces, la humedad relativa… no se sabe nada. Cualquier información que precise de uno de esos datos, implicará una variable subjetiva y sin garantías de estabilidad en el tiempo.

Además, perdónenme, pero no puedo evitar, cuando me hablan de un sistema de datación, recordar al gato familiar, muerto en el 75, a quien un laboratorio evolucionista le reconoció como fósil de cerca del millón de años: un ancestro del gato común. O las rocas de lava del Monte St Helen, proveniente de la erupción del 1980, cuyas distintas muestras (cristales, pedazos y polvo de roca) arrojaron variaciones entre los 160 y los ¡3000 millones de años! Y otros ejemplos que no quiero repetir, para no abrir heridas y no resultar machacante.

Las teorías sobre una tierra arcaica han sido sostenidas sobre la base de datos observados durante un tiempo relativamente corto, de unas cuantas décadas, máximo de un par de siglos. Partiendo de lo deficientemente conocido, con poca magnitud, los investigadores se lanzan a construir tesis, mediante la extrapolación: de la consecuencia al antecedente, en una extensión de ¡miles de millones de años!

No tienen en cuenta el criterio de la comunidad científica internacional, que plantea que en la etapa “origen” del universo, la temperatura, presión atmosférica, radioactividad, y una multiplicidad de otros factores potencialmente catalíticos, eran distintos por completo a los que existen en el tiempo contemporáneo.

La formación del mundo, haya sido como haya sido, comenzó con un proceso de coligación molecular, y la conglomeración y consolidación de procesos variables totalmente desconocidos. Entre todas las débiles ‘teorías científicas del pasado‘, aquellas que se ocupan del origen del cosmos y del establecimiento de fechas al respecto, son (y esto es admitido por los científicos mismos) las más débiles entre las débiles. Hay casi tantas teorías como investigadores serios del tema. No es de extrañar (y esto en sí mismo genera la refutación por excelencia), que las diversas teorías “científicas” sobre la edad del universo no sólo se contradigan entre sí, sino que algunas sean completamente incompatibles y mutuamente excluyentes, pues la fecha máxima de una teoría es menor que la fecha mínima de otra.

Si alguien acepta tales bases sin espíritu crítico, llegará a una plenitud de desatinos. Cuesta trabajo entender cómo está dispuesto el hombre a aceptar incondicionalmente la creación de partículas atómicas y subatómicas que formaron el planeta luego del Big Bang y la subsiguiente forma viva que sale del agua, capaz de auto transformarse en todo lo que vemos.

La teoría evolutiva moderna se ha dado cuenta que es un trago difícil y están variándola;  ya aparecen en el mar organismos vegetales y ciertos artrópodos sacados de debajo de la manga, como todo lo demás. Es inconcebible que muchos crean este ‘lavado de cerebro‘, maldispuestos a aceptar la Creación total, tal como el propio Creador nos lo instruye, con congruencias que solo hay que buscar para verlas, pues la Biblia, a diferencia de las siempre cambiantes teorías evolucionistas, se ha mantenido inmutable en el tiempo.

Y, ya en este planeta, el argumento del descubrimiento de fósiles no es de ninguna manera evidencia concluyente de la gran antigüedad de la tierra. En vista del contexto desconocido que imperaba en tiempos iniciales, es decir, reacciones y cambios de hábitat totalmente distintos a los ordenados procesos naturales del presente, no se puede excluir la posibilidad de dinosaurios hace unos miles de años, fosilizados bajo colosales catástrofes naturales en el curso de unos pocos años, no millones, pues no tenemos ninguna medida segura, bajo esas condiciones desconocidas.

Philip J. Currie y Eva B. Koppelhus, (evolucionistas), en su libro ‘101 Questions about Dinosaurs’ (101 preguntas sobre dinosaurios, Publicaciones Dover, 1996) nos aclaran bastante el tema. Currie es un conocido experto de dinosaurios. Él es el curador de dinosaurios en el Museo Royal Tyrrell de Paleontología en Drumheller, Alberta, Canadá. Koppelhus fue un investigador visitante en la misma institución. En un párrafo, ellos plantean:

‘Los huesos no tienen que ser convertidos en piedra para que sean considerados fósiles. Usualmente, la mayoría del hueso original está presente en un fósil de dinosaurio.’

Más adelante nos dicen:

‘La cantidad de tiempo que toma para que un hueso se permineralice es altamente variable. Si el agua subterránea contiene mucho mineral en solución, el proceso puede suceder rápidamente. Los huesos modernos que caen dentro de fuentes minerales pueden permineralizarse en cuestión de semanas’.

‘Un ejemplo todavía más espectacular se encontró en la costa Norte de Alaska, donde miles de huesos muestran la falta de permineralización. Se parecen a huesos viejos de vaca. Por lo mismo, el descubrimiento del sitio no fue reportado hasta después de 20 años porque se pensó que los restos eran de bisón y no de dinosaurio.’

Por otra parte, la bióloga y paleontóloga, Dra. Mary Schweitzer y T. Staedter, en el artículo ‘The Real Jurassic Park’ (El Parque Jurásico real), revista Earth, junio 1997 pp. 55-57, hablan de su experiencia:

‘El laboratorio se llenó de murmullos de asombro, porque había enfocado el microscopio en algo dentro de los vasos que ninguno de nosotros había notado: objetos redondos diminutos, translúcidos, de color rojo con un centro oscuro. Un colega los miró y gritó: “¡Usted tiene glóbulos rojos! ¡Usted tiene glóbulos rojos!” Schweitzer compartió a su jefe, el famoso paleontólogo Jack “Dinosaurio” Horner, sus dudas sobre cómo éstos pudieran realmente ser glóbulos rojos. Horner sugirió que ella intentara de demostrar que no eran glóbulos rojos, a lo cual, la doctora respondió: “Hasta ahora, no hemos sido capaces de demostrarlo”.’

Y ahora ustedes dirán: ¿Cómo hemos llegado aquí, si empezamos hablando del cosmos? Muy fácil; quería se preguntaran que, si el ser humano no es capaz de dar respuestas a las cosas del planeta: ¿Por qué la soberbia de responder enigmas mayores?

Ahora sí, para ser honestos, acepto un dato evolucionista: los planetas están aquí desde antes del hombre. Si señor, tienen razón, llegaron exactamente dos días antes: el cuarto de la Creación. La Tierra es algo más vieja: fue lo primero en crearse; pero ninguno tiene más de 6000 años. Lo dice un libro que, aunque no es científico, contiene una inconmensurable fuente de conocimientos… que hay que saber buscar.

‘Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su duro corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios.’ Ro 1:18

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ADN: SEÑAL DE TRÁFICO QUE ALGUNOS NO VEN.

febrero 15, 2008

Febrero 15/2008

LA CREACIÓN: UNA MANIFESTACIÓN DE INTELIGENCIA.

Cuando nos disponemos a hacer un viaje hacia un sitio distante al que nunca hemos ido, solemos preguntar a un amigo, consultar el GPS o acudir al método arcaico y seguro de siempre: un mapa actualizado. Por cualquiera de estas vías podremos llevar a buen fin la aventura; pero al llegar al lugar deseado, no debemos perder de vista las señales de tráfico que constantemente nos alertan. No hay que evadirlas, porque, entre otras cosas, podríamos tomar una calle en dirección contraria a la debida… y darnos el batacazo.

Con la intrincada y enigmática red de carreteras contenida en el ADN, sucede algo idéntico. Gracias a los biólogos moleculares y científicos genetistas de todas las ramas de la ciencia, ese engranaje místico está siendo puesto bajo el control del conocimiento, cada día más. Cada 24 horas, algún laboratorio del mundo alcanza un nuevo conocimiento… incluso detalles del llamado ‘ADN basura‘, que se habían pasado por alto y que indican que no todo se sabe acerca de este misterioso 90% de información ‘sin importancia‘, contenida en la fabulosa cadena de doble hélice.

Los investigadores deben ser susceptibles a lo ocurrido con órganos considerados vestigiales al principio, (desechos de la evolución), que luego se comprobó la enorme importancia que tenían para el cuerpo humano. Esa minúscula glándula llamada hipófisis, es quizás uno de los mayores ejemplos que alertan contra el exceso de soberbia humana.

En muchos libros y artículos que tratan sobre biología celular, vemos palabras como orgánulos, citoplasma, célula eucariota… la biología molecular se ha esforzado mucho en los últimos tiempos; miles de científicos se entregan, en la búsqueda de respuestas positivas al tratamiento de enfermedades que tienen a muchos niños y adultos al borde de la muerte, casi sin expectativas de vida.

Estas dolencias, casi siempre congénitas, se deben a alteraciones debidas a la pérdida de información codificada en el ADN, (el muriendo, morirás del Bereshit 2:17 judío) que derivan en efectos negativos, entre ellos, las mutaciones genéticas, aclaradas más abajo.

Los que no somos investigadores del campo de la biología, pero sentimos una particular admiración por esa Ciencia, (con mayúsculas), dedicamos buena parte de nuestro tiempo libre en la instrucción sobre los enigmas que encierran la pasmosa molécula. Muchas veces, esas lecturas se convierten en nuestras series y literaturas favoritas; entonces, las arañas dan fiestas y tejen redes en la TV de nuestra casa o en los libros de la pequeña biblioteca personal.

Pero, ¿qué papel juega el ADN en nuestro organismo? Los genes son como libros en los cuales se guarda la información para, primero, fabricar un nuevo ser humano y después controlar su metabolismo vital. El conjunto de genes de una especie determinada, planta o animal, se llama genoma. Se puede decir, a grandes rasgos, que concentra las instrucciones de producción de las proteínas y/o enzimas necesarias, desde el mismo proceso de la fecundación, para luego tener una intervención activa en casi todo lo que afecta a la vida.

Cada cromosoma, contiene una única molécula de ADN asociada a proteínas. En el proceso normal de reproducción celular, los cromosomas se duplican para proporcionar a los núcleos derivados, los mismos genes que la célula madre; si existen mutaciones, estas también se copian, produciendo una alteración de la estructura del nuevo ADN, y afectando la descendencia, debido a que las órdenes primarias han variado.

Podemos ver esto con la disciplina de un ejército: el ADN es el comandante en jefe: principal dirigente del material genético. Contiene información (lenguaje codificado) en la secuencia de pares de nucleótidos, y transcribe esta en los ARN mensajeros, sus oficiales ayudantes, para fabricar un ser con características muy similares a aquel del que proviene.

Cada molécula de ADN contiene dos cadenas formadas por muchos compuestos químicos (nucleótidos), que conforman una escalera retorcida llamada ‘de doble hélice‘. Cada nucleótido contiene tres módulos: una molécula de azúcar (desoxirribosa), un grupo fosfato y solo uno de cuatro posibles compuestos nitrogenados (bases): adenina (A), guanina (G), timina (T) y citosina (C). La desoxirribosa ocupa el centro del nucleótido; a un lado está el grupo fosfato, y al otro, estará una base. El grupo fosfato está a su vez unido a la desoxirribosa del nucleótido adyacente de la cadena. Estos enlaces desoxirribosa-fosfato, son los lados de la escalera; las bases se enfrentan por parejas, mirando hacia el interior, y forman los travesaños.

El ADN posee la ‘receta‘ para producir proteínas: compuestos integrados por pequeñas moléculas (aminoácidos), que fijarán su estructura y función. La serie de aminoácidos está a su vez determinada por la secuencia de bases de los nucleótidos del ADN. Y aquí se percibe la inteligencia de un diseñador: Cada grupo de tres bases (triplete), forma una palabra del código genético (codón), que define un aminoácido específico. El triplete GAC (guanina, adenina, citosina) ubica al aminoácido leucina, mientras que el CAG (citosina, adenina, guanina) atañe al aminoácido valina.

Así ocurre con la combinación de todos aminoácidos que se unen inteligentemente, en las proporciones adecuadas, para generar cada proteína que el ser vivo necesita: un lenguaje de 4 letras que ‘codifica’ 64 órdenes de proceso.

De esto se deduce que una proteína creada por 100 aminoácidos, queda codificada por un conjunto de 300 nucleótidos de ADN. De las dos cadenas de polinucleótidos que forman una molécula de ADN, sólo una, (paralela), contiene los datos precisos para producir una serie de aminoácidos determinada. La otra, (antiparalela), ayuda a la replicación.

Ahora bien, podrían conceptuarse dos tipos de ADN, el que codifica las proteínas y el que no codifica. Para lograr una síntesis determinada, el ADN codificante, se transcribe a un ARNm (mensajero), quien sale hacia la maquinaria que elaborará las proteínas.

Luego que el ARNm lleve las instrucciones que fijarán las cadenas de aminoácidos, el ARNt (transporte) porta el aminoácido correspondiente al codón, hacia el ribosoma (estructura celular especializada que actúa como centro de síntesis de proteínas). Este une los aminoácidos para formar una nueva proteína, según la “programación” transcrita en el ARNm. Hay 64 codones o ‘palabras‘ posibles y 20 aminoácidos; por lo cual atañe más de uno para cada aminoácido.

Y aquí ocurre otro proceso muy interesante, que los ciegos evolucionistas se saltan a la torera: Un solo triplete (AUG) indica el inicio de la síntesis, y otros tres codones, el  ‘fin’ o parada de esta casi mágica elaboración: UAA, UGA y UAG (nonsense codons o stop codons). ¿Quién determinó esa perfección, en un elemento tan pequeño? ¿Cómo es posible que los investigadores de la evolución pudieran permanecer indiferentes a estas señales que, obviamente, no fueron puestas ahí por una ameba? Pues nada, la conclusión es fulminante: todo ese diseño y ejemplo de inteligencia codificada fue resultado de la ‘diosa evolución’. Auto respuesta complaciente y pasito adelante, que vamos sin freno y sin tiempo.

Matemáticamente, es posible producir 64 palabras de tres letras, a partir de mezclas de cuatro letras. Si se sabe que el “alfabeto” ADN posee cuatro letras (bases); su diccionario tendrá entonces 64 palabras de tres letras. Y si hablamos de ADN, hay que hablar de gen.

Un gen es una secuencia de nucleótidos de ADN que dicta el orden de aminoácidos de una proteína, mediante el ARN mensajero. Si la información transcrita a este, está alterada, debido a pérdida de información codificada, la sustitución de un nucleótido de ADN por otro que contiene una base distinta hará que toda célula o virus descendiente, contengan esa misma secuencia de bases alterada; como resultado, también cambiará la secuencia de aminoácidos de la proteína resultante. Esta alteración de una molécula de ADN se llama mutación; casi todas las mutaciones son resultado de errores durante el proceso de replicación. Aunque hay otras debidas a la ingerencia de agentes externos.

La exposición de células y virus, a las radiaciones o a acciones químicas, aumenta la probabilidad de sufrir mutaciones, debido al efecto biológico ejercido también sobre el propio código genético, destruyendo su información y creando errores.

Con respecto al ADN no codificante o ‘ADN basura‘, hay que decir que al inicio no parecía prestar servicio alguno, pero distintos estudios recientes apuntan a que eso puede no ser cierto en absoluto, pues entre otros actos, se supone que regulan la expresión diferencial de los genes. Su alta concentración en genomas eucarióticos, así como las diferencias de volumen del genoma, constituyen el enigma conocido como ‘valor de C’. Se cree que el mal llamado ADN basura concierne a series genéticas procedentes de duplicaciones, translocaciones y recombinaciones de virus, etc, e implica más del 90% de nuestro genoma (entre 20.000 ó 25.000 genes); pero aun se está lejos de la certidumbre.

Surgen muchas incógnitas: ¿Por qué hay 64 palabras en el diccionario ADN, para traducir apenas 20 aminoácidos? ¿Por qué se supone que evolucionó, un proceso que es más complejo que lo que necesitaría ser? ¿Por qué, si las especies proceden de otras especies, debido a gradaciones esencialmente celulares, no se ve en todas partes innumerables formas de transición? ¿Por qué no está la Naturaleza en caos, con seres transicionales por todos lados, (medios pájaros, medios reptiles, medios mamíferos, medios ballenas….) en lugar de presentar a todas sus especies bien especificadas, según las podemos observar hoy?

Los propios científicos aun tratan de responder estas cuestiones.

Es una rareza del código genético, que existan aminoácidos como la leucina, traducida a partir de seis codones distintos, mientras sólo dos aminoácidos, también con funciones primordiales, como metionina y triptófano, están codificados por un sólo codón.

Quiero acentuar que la información escrita en las moléculas de ADN no se debe a ninguna interacción conocida. Estas no poseen una inteligencia original que les permita organizarse a sí mismas en códigos; no existe ley física que suministre a ningún elemento la capacidad de constituirse, junto a otros, en un conjunto codificado.

Tal como el disco duro del ordenador, el ADN no posee inteligencia. Solo un agente externo podría perfilar los complicados y específicos códigos de este “programa“. El software de cualquier dispositivo actual, primero ha sido diseñado por un programador. Igualmente, en el ADN, está claro que la inteligencia que implica, surgió antes que su propia existencia; es innegable, desde la misma lógica humana, que es un producto de diseño, no de casualidades aleatorias.

Resulta una audacia afirmar que la existencia de todos los seres vivos se debe a la evolución de las especies, amparándose en experimentos imprecisos como el de Miller, cuando la ciencia aun tiene el enorme e ineludible deber de revelar cómo, la primera molécula de proteína, debida a la asociación de aminoácidos específicos, pudo nacer mediante procesos naturales.

Al llegar al código genético, la ciencia debió haberse detenido ante la enorme señal de STOP que representa; aunque fuera solo para meditar en toda la sabiduría que encierra su diseño. Su complejidad grita tanto, que no permite oír todas las barbaridades que dicen en contra de la Creación.

Por favor, no partan más del punto abstracto en que un ente surgió de los mares para iniciar una serie de insólitas transformaciones. Tengan la valentía de buscar el elemento vivo primigenio, antes de formular todas esas enrevesadas teorías marginadas de la razón; si llegan a él, comprenderán entonces que hallaron el camino que les lleva hacia Dios.

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y era Dios. Este fue el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él, nada de lo existente fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz, en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no podrán apagarla.”(Juan 1:1-5)


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PASTEUR AHOGÓ LA EVOLUCIÓN.

febrero 7, 2008

Febrero 7/2008

LA SOPA QUE NO NUTRIÓ

En el 2003, Stanley Miller, el protagonista de la famosa ‘sopa biótica’ de los años 50, visitó Valencia, invitado por la Universidad, para que diera una conferencia en el Jardín Botánico de esa ciudad, sobre el experimento que renovó laureles entre la tropa evolutiva, luego que el General Pasteur les destrozara años antes en la batalla de la ‘abiogénesis’, donde la generación espontánea tuvo un fulminante enterramiento.

Los resultados de Pasteur habían redimido entonces la ‘biogénesis’ de Redi, sitiada poco antes por la ofensiva de los de Darwin. El padre de la pasteurización demostró que el ‘origen de un ser vivo, en la Naturaleza, solo puede tener lugar a partir de otro tan vivo como él.

En el año 1953, Miller amplió esperanzas de lograr la comprensión del origen de la vida, cuando Science publicó su trabajo sobre ‘Síntesis de aminoácidos bajo condiciones emuladoras de la atmósfera primitiva de la Tierra‘. Había aplicado una descarga eléctrica sobre una mezcla de metano (CH4), amoniaco (NH3), agua (H2O), e hidrógeno (H2) – que en aquella época era considerada la composición atmosférica primigenia.

Por sorpresa, el resultado no fue una mezcla de moléculas orgánicas, sino un número relativamente exiguo de sustancias bioquímicamente significativas: aminoácidos, hidroxiácidos y urea. Con la publicación de estos resultados comenzó para los investigadores evolucionistas, la era moderna en el estudio del origen de la vida.

El objetivo fue obtener moléculas orgánicas relevantes para la vida, simulando en un laboratorio las condiciones que se ‘suponían‘ fueron las de La Tierra primitiva: fingir el inicio del mundo en tubos de ensayo, para concebir el origen de la vida desde la ciencia.

Aun hoy tiene seguidores; incluso se han hecho doctorados fundamentados en esta investigación. Pasma pensar que fue un proyecto de hidrólisis convencional que ya venía efectuándose desde más de un siglo antes. Kirchoff (1824-1887) la empleó en sus estudios sobre la hidrólisis del almidón en presencia de ácidos. En 1860, Gaston Planté construyó el primer acumulador de plomo-ácido, partiendo también de la hidrólisis…

Stanley Miller no fue el primero en obtener aminoácidos a partir de experimentos en los que se utilizan, como fuente de energía, descargas eléctricas. En 1913 Löb y colaboradores obtuvieron el aminoácido Glicina realizando este tipo de ensayos. Y tampoco lo fue, en obtener “sustancias orgánicas” a partir de “sustancias inorgánicas”; hay un experimento mucho anterior en que ello se logró con éxito absoluto:

“Y Dios formó al hombre de polvo de la tierra y exhaló en sus fosas nasales el alma de vida; y el hombre se transformó en un ser vivo”. Gn 2:7

Milenios antes de que nacieran, la Biblia estuvo al alcance de todo ser que buscara esa verdad, incluyendo a Miller; ya instruía en la posibilidad del origen de la vida, partiendo de materia inorgánica tan elemental como el polvo de la tierra.

A diferencia de Miller, otro joven con la misma energía, pero con una proyección totalmente opuesta, anduvo siempre buscando metas nuevas, constantemente intentando averiguar en qué sitio él podía ser útil a la humanidad. ¡Y de qué forma lo logró!

Hablo de Louis Pasteur (1822-1895), químico francés, con hallazgos importantes en ciencias naturales, Química Orgánica y microbiología. El hombre que echó por tierra la anterior ideología de Jean Baptiste Lamarck, en 1809, (quien situó la ‘generación espontánea’ como punto de partida de la evolución biológica, con su libro ‘Filosofía Zoológica’)…y que se encendió de ira cuando Charles Darwin publicó ‘El Origen de las especies’ en 1859.

Pasteur era un buen cristiano, y pese a convivir entre los sabios escépticos del ‘ala izquierda’ del Sena, obviaba las sátiras de sus colegas, amigos de la Teoría de la Evolución. Este concepto, nacido para negar la existencia de un Dios creador; se basaba en el arrogante criterio de que todo había surgido ‘por sí mismo’:

“como partiendo de una sustancia informe, un limo vaporoso en estado de agitación desde hace millones de años, que va resolviéndose en una ordenada procesión ascendente de seres vivos hasta llegar al mono y, por último, como si fuera el paso triunfal, al hombre.”

Su total rechazo a la idea evolutiva y la selección natural, le revistieron con la armadura de Dios y logró demostrar lo absurdo de la generación espontánea o abiogénesis: concepto arcaico que sostenía que podía surgir vida animal y vegetal de forma espontánea, a partir de materia inerte, en la Naturaleza. Planteaban que salían gusanos del fango, moscas de la carne podrida, bichos de los lugares húmedos, etc. Exponían que la vida se estaba originando continuamente en la Tierra a partir de esos restos de materia orgánica.

En la segunda mitad del siglo XIX, Luis Pasteur realizó una serie de experimentos que probaron categóricamente que los microbios surgían a partir de otros microorganismos. Estudió de forma independiente un trabajo anterior del médico italiano Redi en el 1668 y usó dos matraces de cuello de cisne. Estos matraces, con cuellos muy alargados, más finos mientras subían, acababan en una apertura pequeña, y formaban una S, para que el aire lograra entrar, pero no los microorganismos, que quedarían en la parte más baja de la vasija.

En cada uno de ellos metió cantidades iguales de caldo de carne y los hizo hervir para eliminar los posibles microbios presentes. Pasado un tiempo observó que ninguno de los caldos presentaba bacterias y cortó el tubo de uno solo de los matraces. El caldo del matraz abierto tardó poco en podrirse, y presentar vida microbiana, mientras que el cerrado permaneció en su estado inicial. Pasteur demostró así que los microorganismos tampoco provenían de la generación espontánea, sino que estaban el aire, o lo usaban para reubicarse.

Gracias a Pasteur, y a que Dios puso en su camino al químico francés Balard (Él siempre ayuda al que se esfuerza en el bien) quien le auxilió con el diseño del matraz, la generación espontánea fue desterrada del pensamiento científico y se aceptó de forma general la biogénesis, el principio que dice que todo ser vivo procede de otro ser vivo.


“Jamás podrá rehacerse la doctrina de la generación espontánea del golpe mortal que le he asestado con este sencillo experimento”
– declaró Pasteur al ser reconocido su trabajo en este campo.

No hay vida más esforzada y fecunda que la suya. Solía decir que el único secreto de su ciencia estribaba en su divisa: “Trabajar, siempre trabajar”. Murió en septiembre de 1895, pero su obra vive en las vidas de millones de personas curadas gracias a sus descubrimientos (Pasteurización, vacuna contra la rabia; medalla Rumford de la Royal Society, Director de estudios científicos de la escuela normal de París, en 1867, teoría germinal de las enfermedades infecciosas…); sus aportes no solo fueron en el campo de la salud, sino que se extendieron hasta la industria y, por supuesto, la educación, pues instruyó a cientos de alumnos, y estimuló a emularle a miles en todo el mundo.

Su trabajo con la enfermedad de los gusanos de seda, atrajo su atención hacia el resto de enfermedades contagiosas. La idea de que las enfermedades pueden ser trasmitidas entre criaturas vivientes era un anatema. Se trataba de otro de esos puntos débiles que ahora se consideran inexplicables. No obstante, no había nada “obvio” en la idea de una enfermedad contagiosa. Suyo es también el mérito por la “pasteurización”, el proceso que actualmente garantiza la seguridad de numerosos productos alimenticios del mundo.

Su contribución en el área de la salud se vio reforzada cuando en 1871 indicó a los médicos militares que hirvieran el instrumental y los vendajes. Describió un horno, llamado “horno Pasteur”, en el que se esterilizaría todo instrumental quirúrgico y de laboratorio.

Este sabio dedicó su vida a los demás; no se metió en historias absurdas y ególatras. Al final de su carrera, logró mitigar la virulencia de bacterias patógenas, usándolas en la fabricación de vacunas. Él mismo obtuvo vacunas eficaces contra el cólera de los pollos, el ántrax y la erisipela del cerdo.

En 1881 demostró la eficacia de su vacuna contra el ántrax, inoculando la mitad de un rebaño de ovejas mientras inyectaba la enfermedad a la otra mitad. Las inoculadas con la vacuna sobrevivieron, el resto, murió.

En cierta ocasión, durante una reunión de químicos, puso en tela de juicio la habilidad científica de los naturalistas; a viva voz se alarmaba de que no hubieran tomado el más positivo camino de hacer ciencia: la vía experimental a favor de la humanidad. Predicó con el ejemplo:

“Ya que la doctrina de la generación espontánea es un error, está en la mano del hombre lograr que desaparezcan de la faz de la tierra las enfermedades parasitarias”—declaró poco antes de adentrarse en lo más tarde se llamó ‘pasteurización.’

Cuando Miller vino a Valencia, contaba con 73 años; al graduarse, tenía algo más de 20… Cincuenta y tres años consagrados a una investigación encargada de ofrecer una alternativa al origen de la vida, alejada de la Palabra de Dios, que no ha hecho más que confirmarla. Tiene no sé cuántos libros escritos, pero su conocimiento no valió ni para salvar una vida. Al compararlo con Pasteur, siento una profunda lástima por la forma en que malgastó su inteligencia… y por todos aquellos que le imitan en la actualidad.


“Un poco de ciencia te aleja de Dios, pero mucha ciencia, te devuelve a Él.” Louis Pasteur.

Murió el 28 de septiembre de 1895 lleno de honores, no de hombres, sino del espíritu de los miles de personas cuyas vidas salvó durante sus años de CIENCIA, así, con mayúsculas.


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MI RAÍZ NO FUE SIMIESCA.

febrero 1, 2008

Febrero 1/2008

EN MI FAMILIA NO HAY ALGAS NI SIMIOS.

He entrado hoy en una página que resume un trabajo científico sobre la ‘evolución‘ del ser humano desde sus inicios. No les voy a atiborrar de datos complejos ni de palabras rimbombantes; solo diré que el autor del artículo es el australiano Max Ingman, que termina su doctorado en genética médica en la Universidad de Uppsala, Suecia, y que recientemente él y sus colegas analizaron el genoma mitocondrial completo de personas elegidas en diversas áreas geográficas, raciales y lingüísticas. También, que este estudio es considerado uno de los análisis más virtuosos hechos hasta hoy; pero aclarando conceptos: el proyecto trata sobre historias evolutivas. Nada de Creación divina.

Su conclusión más importante fue ‘que las primeras comunidades humanas se crearon en África, en una población fundadora que evolucionó alrededor de ‘170,000’ años atrás y migraron a otras partes del mundo reemplazando a otros ‘homínidos‘ anteriores’.

He leído con suma dedicación sus escritos; les aseguro, casi como si me fuera la vida en ello, tratando de ver qué parte de sus planteamientos escapan a mi inteligencia (de coeficiente normalito); buscando qué es lo que no me permite ver ‘su verdad”. Pero les afirmo que cuanto más leía, más perplejo me quedaba por la forma en que todo ese magistral trabajo solo señalaba hacia una respuesta: ¡Somos un diseño inteligente!

A grandes rasgos, su temática se desplegó partiendo de que el ADN está presente dentro del núcleo de cada célula del cuerpo; mas usaron ADN de las ‘mitocondrias de la célula‘, debido a que se heredan solo de la madre. El proceso con ADN nuclear (excepto el cromosoma Y), combina secciones de ADN de madre y padre, creando una historia genética mezclada e ilegible. Esa decisión permitió trazar líneas genéticas directas sin recombinarse; así construyeron sus ‘árboles evolutivos‘.

La definición de esos elementos de la célula más compleja es la siguiente:

‘Las mitocondrias son orgánulos presentes en casi todas las células eucariotas encargadas de suministrar la mayor parte de la energía necesaria para la actividad celular; son como centrales energéticas de la célula. Realizan además muchas otras funciones del metabolismo, como la síntesis de algunas co-enzimas. Es notable la enorme diversidad morfológica y metabólica que pueden presentar en distintos organismos, pues tienen su propio genoma de alrededor de 16,500 bases, que existe fuera del núcleo de las células, conteniendo 13 genes, codificando proteínas… y mucho más. Gran cantidad de ellas están presentes en cada célula, y tienen una tasa de substitución (mutaciones donde un nucleótido es reemplazado por otro) más alta que el ADN nuclear, lo cual hace más fácil la resolución de diferencias entre individuos cercanamente emparentados.’

Buena definición, ¿verdad? Sin embargo, ¡cuánta complejidad funcional! Se habla de ‘una sola‘ célula, cuyo tamaño varía entre ¡10 y 30 micrómetros de diámetro! Recordé entonces que la base de la teoría de la Evolución de las Especies se cimienta en que todo proceso biológico hoy, partió de un ente unicelular: un tipo de alga; así que continué simplificando y me di a la busca de una que pudiera ser la madre ancestral, siempre considerando que la ‘casuística evolución’ también tendría que crear un padre.

Hallé una posible respuesta en las algas pardas, organismos multicelulares (ya evolucionados, según criterios de este colectivo) que antes eran clasificados dentro de las plantas “no vasculares” en el reino vegetal, y que hoy son considerados los principales productores primarios de varias comunidades de animales invertebrados y microbios. (Esto mejora: hallé un ancestro más cercano: una bacteria).

Supe que esta alga posee un tamiz de tubos capaces de transportar agua y productos de la fotosíntesis, que contiene clorofila ‘a’, ‘c’ y ‘xantofila’; también que su reproducción es sexual, por óvulos y espermatozoos biundulipodiados, con un undulipodio mastigonemado dirigido hacia delante y otro liso hacia atrás. Aprendí además, que el óvulo fertilizado germina en respuesta a unas determinadas condiciones de luz y que el organismo diploide que se desarrolla a partir del óvulo fertilizado recibe el nombre de ‘esporófito‘.

De modo que ‘surgimos’ de una vida elemental, que evolucionó de un cuerpo unicelular, hasta alcanzar a tener, ¡por sí sola!, unas cuantas células ‘micrométricas‘: un tamaño impresionante: la sombra de la punta de un alfiler produciría noche sobre ella.

Sin embargo, así pequeñita y todo, contenía un sistema de transporte de agua, productos de fotosíntesis, clorofila de varios tipos (que no sé con qué instrucciones las clasifica y fabrica) y además, es una hermafrodita cachonda: se reproduce sexualmente, con óvulos y espermatozoos; aunque no me agrada mucho el nombre que le han dado a su miembro: ‘undulipodio mastigonemado‘. Es lo único que cambia, pues por lo demás, se sigue echando hacia delante, tal como lo conocemos hoy día; el liso, dirigido hacia atrás, me imagino que será ‘el receptor‘ encargado de la concepción.

Y yo pregunto: ¿cómo es posible tanta y tan precisa eficacia en un ser tan pequeño? ¿Quién logra explicar ‘racionalmente’, el paso intermedio de la célula anterior, a esta otra inteligente, ya como alga más capacitada? Porque, puestos a enseñar sobre el proceso, la ambigüedad y fantasía de los textos evolucionistas no satisfacen a la inteligencia, sino a la predisposición a aceptar todo lo que saque a Dios de la ecuación de la vida. Para resultar convincente a las neuronas, deben desgranar la instrucción debidamente .

La evolución, en el momento inicial, se sumergió en la problemática de hallar una respuesta optativa, diferente a la bíblica: ese fue el objetivo básico. No se trató de dar una réplica científica, puesto que la Ciencia que ellos encontraron, se generó precisamente de mentes creyentes portentosas como Copérnico, Galileo, Kepler, Newton, Cuvier, Pasteur y otros que también tuvieron a Dios como referencia; genios de la física cuántica tales como Heisenberg Planck, Schrodiger, Jordan y Von Braum. Científicos ateos, como Monod o Hawking, representaron una minoría. Por cierto, el gran Pasteur manifestó en una ocasión:

“Poca ciencia aleja de Dios; mucha, nos acerca a Él.”

Ubicados en el campo de la Naturaleza, cada vez más los científicos se asombran de su orden y precisión. Se ha estudiado el origen de una célula viva y se ha concluído que se compone al menos de un par de decenas de aminoácidos, cuya función depende de unas 2000 enzimas concretas. Se ha calculado la probabilidad de que un millar de enzimas diferentes se unan para formar una célula viva y el resultado fue decepcionante. F.Crick, Nobel en Biología por sus trabajos en ADN, manifestó que ‘un hombre honesto tendría que aceptar que el origen de la vida se debe a un milagro’.

Aceptamos lo que resulta ilógico e irracional para el limitado conocimiento humano, diciendo que está ahí porque sí, sin ser capaces de admitir que puede existir solo respondiendo a un diseño, al igual que las otras maravillas existentes en el hábitat… incluyendo, por supuesto, a esta fenomenal maquinaria que es el ser humano.

¡Atención! La soberbia, hija de la vanidad, acecha en el corazón de cada humano; constantemente fuimos advertidos por alguien cuyo testimonio quedó acreditado por sus curaciones milagrosas,  sus muertos resucitados y su sangre en la cruz para limpiarnos:

“De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. [Mt 18:3]

Y ya puestos, hablaré como niño: mi madre ancestral no fue un alga ni tuve tíos lejanos simiescos; según lo trasmitido por mis parientes anteriores, fue una mujer llamada Eva. (En plan familiar: Evita.) La que me parió, preciosa por cierto, se llama Ofelia y cada vez que pienso en ella, imagino lo linda que fue nuestra madre primigenia.

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