DIOS Y EL DINERO.

abril 14, 2008

¿MALOS Y BUENOS CRISTIANOS?

Hoy he estado mirando las estadísticas de los post más visitados en Internet. Creo que todo el mundo conoce quien se lleva la palma; ¿es necesario que mencione al sexo?… No, no lo creo; a día de hoy, es lo que más dinero y gentes mueve en el mundo entero. Lo religioso y lo espiritual no ‘mola‘; en este plano en el que la economía acapara el principal interés de las personas (muchos llegan con dificultad a fin de mes), proclamar la Palabra de Dios es provocar una corriente migratoria en el entorno.

Sin embargo, la situación cambia ante la promesa de solución financiera a los problemas particulares, si se es fiel en diezmos y ofrendas; entonces se elevan las expectativas y la esperanza individual. Y es cierto que está escrito que ese es uno de los principales deberes del creyente; en Las Escrituras abundan los versículos donde el Señor promete que rebosará la economía de aquel que cumpla su compromiso con la iglesia. Veamos dos de esos ejemplos: (Uno del Antiguo y otro del nuevo Testamento)

“Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y vaciaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde”. Malaquías 3:10

“Y el que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia, para que estéis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual produce por medio de nosotros acción de gracias a Dios.”  (2ª Co 9:9)

Pero, por otra parte, también vemos que Jesús alerta constantemente sobre el peligro del dinero ‘sobrante‘, es decir, el que un cristiano favorecido por Dios, recibe como ‘gracia‘ del Todopoderoso. La palabra ‘dinero‘ se repite 120 veces en la Biblia, ‘riquezas‘: aparece en 98 ocasiones; siempre dejando patente que ni uno ni la otra son lo más importante y alertando sobre el uso que debe de hacer el favorecido del Señor en dones materiales.

El dinero solo nos dignifica ante Dios, cuando lo usamos para cubrir las necesidades de otros semejantes. Un ejemplo de desprecio a las riquezas, en favor de mantener una actitud con la vista puesta en la vida eterna prometida, se observa en Hebreos 11:24:

“Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón.”

¿Cómo se relaciona esto, con la vida real? Hace unos días, un hermano de la iglesia me comentó que a veces pensaba que Él no le era agradable a Dios, por lo dura que resulta su vida en lo material, mientras a otros cristianos les va muy bien. Entonces le recordé la situación de una hermana, miembro de nuestra congregación, que ha sufrido durante años varias cirugías, en su lucha personal contra las metástasis del cáncer que la asola, y que ya le ha hecho perder un brazo.

Juntos recordamos cómo ha afrontando su mal con valor y fe constante; la última ocasión muy reciente, cuando se le dijo a la familia que se preparasen para lo peor, y que sin embargo, de ser la más grave en el área de cuidados intensivos, donde todos esperaban su muerte, fue trasladada a sala y dada luego de alta, debido a la mejoría experimentada. ¿Podemos pensar que Dios está disgustado con ella, y de ahí su mal? ¡Claro que no!

Las personas le damos a esta vida más importancia de la que tiene; la consideramos valiosa debido al miedo a un final inexorable. Pero, ¿qué representan los hipotéticos 75 años que duramos en condiciones normales, con respecto a la eternidad?: Menos de una gota de agua en el océano, pues este es finito, mientras que la vida bajo el reinado mesiánico permanecerá para siempre.

Nuestra existencia no es más que una gran prueba que todos debemos afrontar; cada uno en las condiciones que le toque. De la actitud de respuesta dependerá nuestro futuro. Quien es rico, tendrá que responder por cómo consiguió su capital y la forma en que ha hecho uso del dinero; las diferencias sociales nada tienen que ver con los planes del Señor. ¡Muy mal lo tendrían en ese caso todos los habitantes de los países más pobres! Nadie puede ni siquiera insinuar que ya están descalificados para Dios, pues sus conclusiones, solo a Él le pertenecen.

Mi hermano y amigo quedó más tranquilo luego de escuchar esto, pues le resultaba traumático que otros cristianos dispongan de un flamante 4X4 y él ni siquiera puede acceder al crédito de un banco para comprarse un coche de segunda mano. Como reza el proverbio: “A quien Dios se lo dio, San Pedro se lo bendiga.” La desazón, y mucho menos la envidia, pueden tener cabida en el corazón de los seguidores de Cristo; nuestro deber es alegrarnos por cada motivo de júbilo en nuestros hermanos, pues así abrimos la puerta al futuro don divino que también nos favorecerá. 

La alerta bíblica de Jesús: ‘El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán‘, patentizan que debemos tener muy en cuenta sus enseñanzas con respecto a la actitud que debe mantener el ser humano ante lo material; mucho recalca sobre el peligro del dinero y lo difícil que la tienen los ricos para adquirir la vida eterna. La bonanza económica de un cristiano debe ser recibida siempre con acción de gracias, pues se trata de una dádiva de Dios, pero también como una tentadora prueba de fidelidad, pues el Altísimo estará pendiente del uso que se hará con los ‘talentos‘ regalados.

Tenemos la certidumbre de que Dios quiere lo mejor para sus hijos; en mi iglesia se ve cómo han sido prosperados muchos de sus miembros; pero sería un error pensar que aquellos menos afortunados, de alguna manera no resultan gratos al Señor. Hay muchísimos ejemplos en la propia literatura bíblica: hay muchos ‘grandes‘ de la fe que vivieron y ejercieron un fuerte ministerio apostólico, lejos de las riquezas materiales, pasando hambre, pasando frío y múltiples necesidades.

Ya hablamos de Moisés, que prefirió estar dando vueltas durante 40 años por el desierto, bajo la guía del Creador, entre el polvo, el sol y las necesidades que fueron fortaleciéndole el espíritu, a disfrutar de la cómoda vida del palacio egipcio, donde había sido adoptado por una princesa.

También está el caso de Elías; cuando fue perseguido por Jezabel, el propio Dios le ordenó que se fuera a vivir a una cueva, junto a una fuente de agua. Allá los cuervos le llevaron pan por la mañana y carne por la tarde. El profeta vestía pobremente: una tosca piel de camello y una correa. Cuando el Señor consideró cumplidos sus propósitos, no miró como vivía ni como vestía, sino la lealtad probada de su servidor, llevándoselo al cielo en un carro de fuego, según el testimonio de otro ‘pobre en finanzas, pero rico en espíritu‘: Eliseo, que heredó su capa y sus poderes.

Por otra parte, vemos el enigmático suceso de Juan el Bautista, que renunció a todo, vistiendo en condiciones similares a Elías, de quien usó los mismos métodos de ataque directo contra los pecados y vicios de sus contemporáneos. Con igual austeridad, se alimentó de miel silvestre y de las langostas de la región. Habló como él, siendo su aspecto exterior, el mismo del antiguo profeta; de él, nuestro Señor Jesucristo sentenció la misteriosa reencarnación espiritual, en Mateo 11:11-15:

“De cierto os digo, que no se levantó entre los que nacen de mujeres otro mayor que Juan el Bautista. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan.Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir. El que tiene oídos para oír, oiga.”

Según las crónicas hebreas, a los 16 años ya medía más de 1.80 ms; llegó a ser un robusto y pintoresco hijo de la naturaleza, predicador intrépido y temeroso de la rectitud. Juan no era iletrado, conocía las sagradas escrituras judías, aunque distaba de ser un hombre culto; era un pensador claro, un orador poderoso y un denunciador fogoso. Al igual que Elías, resultó una censura elocuente y constante, incluso para el propio rey Herodes, a quien nunca temió, pues jamás le preocupó resultar agradable a los hombres, sino al que reina sobre ellos.

Merece renglón aparte la instrucción recibida sobre Pablo de Tarso, uno de los apóstoles más fieles de Cristo, que asimismo decidió vivir lejos de opulencias y poderes terrenales, sufriendo prisión, injurias, latigazos, hambre, naufragios y ataques de todo tipo hasta su muerte en martirio.

¿Podemos decir que estas personas no fueron agradables a Dios y que por esa razón la pasaron tan mal mientras vivían? La respuesta nos la da el propio Jesucristo, según leemos en Marcos 10:42:

“Pero Jesús, llamándolos, les dice: Sabéis que los que se ven ser príncipes entre las gentes, se enseñorean de ellas, y los que entre ellas son grandes, tienen sobre ellas potestad. Mas no será así entre vosotros: antes cualquiera que quisiere hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor… “

Es decir, ante los ojos de quien escudriña en el corazón humano, lo importante no es el éxito material alcanzado entre los hombres, sino la fidelidad y la entrega, con la vista puesta en la vida que vendrá. Fuera quedará, tanto la mercadería, como los propios mercaderes, y entonces valdremos según lo que el Rey decida; cada cual disfrutará esa vida especial en el lugar que le corresponda: el adquirido en función de sus obras cuando alimentaba carne. Según su profecía, los primeros serán los últimos, y los últimos, los primeros.

¿Significa esto que es preferible vivir en estrechez? ¡De ninguna manera! Si el Todopoderoso nos quiere hacer partícipes de comodidad económica, debemos considerarlo un privilegio y darle gracias constantemente por ello, precisamente por el conocimiento que tenemos de las necesidades de muchos de nuestros hermanos en la fe.

Pero también debemos razonar sobre que el dinero va y viene: hoy podemos tener mucho y mañana nada. Lo único importante es la forma en que lo empleamos mientras permanece entre nosotros; pues si lo usamos mal, tendremos que responder por ello. Que no haya duda sobre esto.

No debemos caer en la tentación de explicar la bonanza económica, identificándola como la mejor muestra de que el favorecido es agradable al Señor; la Biblia nos enseña sobre esto en el libro de Job: alguien de quien el propio Dios se sentía orgulloso, debido a su humildad y buen corazón, pese a ser un hombre poseedor de grandes riquezas. En un abrir y cerrar de ojos, todo cambió para él; apareció la prueba y muchas dificultades se le vinieron encima de golpe, perdiendo hijos, riqueza y salud, a un mismo tiempo.

Sin embargo, su respuesta ante el cambio fue buena ante los ojos del Altísimo, quien volvió a favorecerle, haciendo desaparecer todos sus males físicos, multiplicando su capital y dándole una nueva familia. Una enseñanza que debemos asumir todos, imbuidos en la certeza de lo efímera que puede resultar la bonanza económica, y de la poca importancia que esta reviste ante la realidad de una vida eternamente próspera, manifestada en la promesa del Todopoderoso, mediante la sangre de Jesús en la cruz.

Lo más importante no es tener o no solvencia económica, sino ser buenas personas y no auxiliar a nadie esperando recibir algo a cambio. Tratemos siempre de buscar dónde podemos resultar útiles a los demás; sin miedo. La mirada del Omnipotente, como el águila que vela por su prole, está tan pendiente de nosotros, como de aquellos que nos embisten, sea murmurando, planeando en contra nuestra o atacándonos directamente.

En estos casos, la nobleza de nuestro perdón nos enriquecerá, allí donde no existen casas que acuñen monedas, pues todos los pagos se realizarán con las fortunas amasadas en el corazón, durante esta vida en que nadie es superior a nadie, por mucho que alguien lo piense. Solo el gran evaluador de las auditorías finales, establecerá los niveles definitivos, en cada área de destino; hasta entonces, debemos prepararnos con ahinco.

De nosotros saldrá música agradable al Señor, cuando seamos capaces de dejar libres las cuerdas del buen angel que todos llevamos dentro.

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EVOLUCIÓN Y ENERGÍAS.

marzo 3, 2008

LA FUERZA INVISIBLE.

Una mañana del verano de 1973, me hallaba en el departamento de electrónica de un centro de investigación nuclear, cuando se escuchó la estridente señal de alarma de uno de los radiómetros instalados en los cubículos de las áreas restringidas de Radioquímica y Física Radiactiva.

La primera impresión entre los electrónicos, después de varios años en el centro sin que ocurriera nada peligroso, fue pensar que uno de los geiger Muller se había estropeado y estaba dando una falsa información: pulsos eléctricos que el aparato de control detectaba como radioactividad.

Resultó alarmante ver por vez primera a mis compañeros de control radiológico, del Departamento de Dosimetría, pasar ante nosotros, embutidos en sus trajes blancos con interior de plomo y parafina, como si de cosmonautas se trataran. Pese a la inquietud de sus rostros y la urgencia de la situación, el lastre que representaba los alrededor de 30 kilos que implicaba la tecnología de aquella época, no les permitía ir más rápido. En sus manos llevaban el radiómetro portátil previsto para usar en estos casos, capaz de medir radiaciones alfa, beta y  gamma, con sus distintos cabezales.

Uno de ellos logró desconectar la estridente sirena y dar la información a los compañeros: por accidente, se había roto el depósito de un isótopo de Radón, que no recuerdo en estos momentos si era el 222 y la contaminación era bastante alta, pese a que los extractores estaban funcionando (el radón es una emanación gaseosa producto de la desintegración radiactiva del radio). En lo personal, me sentí afectado, pues el radioquímico que se encontraba dentro era mi mejor amigo, y no se sabía nada del nivel de peligrosidad ni la radiación recibida.

El radón es muy radiactivo y se desintegra con la emisión de partículas energéticas alfa, pero su período de vida es corto,  alrededor de cuatro días, degradándose en otros componentes, menos dañinos. Al final, después de ser lavado y cepillado varias veces, con el líquido usado por sus compañeros ‘astronautas‘, el equipo medidor determinó que la dosis había sido reducida lo suficiente como para no temer por un peligro de muerte.

Mi amigo salió, y la Dirección del Centro le dio los días libres que los médicos especialistas indicaron. En resumen, aquel accidente no tuvo más consecuencia que el disfrute de unos días extras de playa.

Posteriormente se emitió un folleto, para un curso interno sobre ‘los efectos biológicos de las radiaciones ionizantes‘, dirigidos a aquellos técnicos no químicos, que no habíamos cursado Radiología.  En cuanto tuve conciencia del verdadero peligro, del daño desatroso que provocaba en el organismo una asimilación mayor del rango permitido, se incubó mi deseo de cambio de actividad.

Seis años después de haberme desvinculado del ambiente radiactivo, el 26 de abril de 1986, durante una simulación de un corte de suministro eléctrico, un aumento súbito de potencia en el reactor 4 de la Central Nuclear de Chernóbil, dio lugar al hipercalentamiento de su núcleo, generando la explosión del hidrógeno acumulado en su interior.

La cantidad de material radiactivo liberado, que se estimó fue unas 500 veces mayor que la de la bomba atómica arrojada en Hiroshima en 1945, provocó la muerte directa de 31 personas, obligó al gobierno soviético a la evacuación de unas 135.000 personas e incitó una alarma internacional, al detectarse radiactividad en diversos países de Europa septentrional y central.

Durante la evacuación, el nivel oficial de radiación alcanzó 1 Roentgen por hora. La gente dice que fue de 7 Roentgens. Esto es una gran diferencia, porque en el primer caso, la población podría morir en dos o tres meses; en el segundo, en una semana. En las primeras semanas de lluvia radioactiva, la radioactividad en la superficie de las calles fue mucho más alta que la radioactividad en el aire, a la altura de los ojos.

En Suecia, el 27 de abril se hallaron partículas radiactivas en las ropas de los trabajadores de la Central nuclear de Forsmark (a unos 1100 kms de la central de Chernóbil). Luego de convenir que no había escapes en la central sueca, dedujeron que la radiactividad provendría de la zona entre Ucrania y Bielorrusia, dados los vientos dominantes entonces. Igual ocurrió en Finlandia y Alemania; así pudo conocer el resto del mundo, parte del alcance de la tragedia. La invisibilidad del monstruo flotante, dio lugar a la sorpresa.

Inmediatamente después del accidente, la mayor preocupación fue el yodo radiactivo, con un periodo de semidesintegración de ocho días. A día de hoy, la inquietud se centra en la contaminación del suelo con estroncio-90 y cesio-137, cuyos periodos de semidesintegración llegan a unos 30 años.

Ahora bien, ¿cómo accionan las radiaciones ionizantes en la materia y cuál es su  capacidad de penetración? Las partículas ‘alfa’ emitidas por los radionucleidos naturales no son capaces de atravesar una hoja de papel o la piel humana y se frenan en unos pocos centímetros de aire. Sin embargo, si un emisor alfa como el 210Po es inhalado,  ingerido o entra en el organismo a través de la sangre, por una herida, puede ser muy nocivo.

La radiación alfa tiene menos intensidad de penetración que la beta, que consiste en la emisión de núcleos de helio: dos protones y dos neutrones. También se sabe que los rayos gamma son fotones de alta energía y que resultan los más penetrantes de los tipos de radiación descritos: atraviesan fácilmente la piel y otras sustancias orgánicas, por lo que pueden causar graves daños en órganos internos.

Los rayos X también son fotones, pero con una capacidad de daño menor que los gamma. Si bien se trata del mismo tipo de radiación, se mantiene la nomenclatura gamma y X debido a la causa que la produce: mientras que los rayos gamma son de origen nuclear (reestructuración del núcleo atómico), los rayos X tienen su origen en la reestructuración de los electrones en la corteza atómica.

A estos tipos de emisiones no perceptibles por el ojo humano, y clasificados por Rutherford, deben añadirse la de neutrones, que surge en la naturaleza por fisión espontánea, con mayor penetración que la gamma, y sólo puede detenerlos una gruesa barrera de hormigón, agua o parafina (compuestos muy ricos en hidrógeno).

Pero, generalizando, radiación es toda energía que se propaga en forma de onda a través del espacio. En este concepto se incluye pues, la luz visible, y las invisibles, como las  ondas de radio, televisión, luz ultravioleta, infrarrojos, rayos X, radiaciones ionizantes, el magnetismo, el calor, etc. ¿Podemos asegurar que son las únicas que existen?

La Biblia habla asiduamente de una no contrastada: el Espíritu. El doctor en Medicina, profesor y doctor en Filosofía por la Universidad de Virginia, Raymond A. Moody, publicó hace años el libro “La vida después de la vida”, en el que recoge los testimonios de 150 personas que afirmaban conocer esta experiencia.

Por otra parte, investigaciones de doctores holandeses, en 1962, sobre 344 pacientes con fallos cardíacos, reveló que 62 de ellos refirieron experiencias ‘post morten’. El líder del equipo, Pim Van Lomme, cree que esto cuestiona el “asumido, y nunca probado concepto de que conciencia y memoria están en el cerebro“. Van Lomme cuestiona cómo estos pacientes lograron relatar lo hablado y sucedido a su alrededor (después de permanecer cierto tiempo con electroencefalograma plano), si no es por un estado de conciencia independiente al órgano cerebral. Este estudio, que apoyaría a otro realizado el año anterior en el Hospital de Southampton, se terminó en dos años, y fue publicado por “The Lancet” una de las publicaciones médicas mas prestigiosa del medio.

Mención aparte merece el caso de China: una madrugada, de julio del 1976, el seísmo más mortífero del siglo XX, y el tercero más grande de la historia, removió a Tangshan. Una quinta parte de la ciudad murió en el trágico suceso, y miles fueron librados de la muerte. En el apoyo sociológico, algunos relataron haber visto seres especiales, túnel de luz y cosas por el estilo, conocidas como ECM (experiencias cercanas a la muerte).

Un documental cuenta el testimonio de  Pam Reynolds, compositora y cantante popular, quien fue sometida quirúrgicamente con circulación extracorpórea, debido a un aneurisma cerebral; su cuerpo quedó a 10ºC y su corazón y cerebro dejaron de emitir las señales vitales. Sin embargo, ya recuperada, detalló las conversaciones del quirófano; dijo haber sido testigo de la operación como si flotase por encima de los cirujanos.

Gordon Allen, es otro caso: un agresivo y emprendedor financiero estadounidense al que una grave neumonía llevó al borde de la muerte; una vez que se recuperó, refirió haber salido de su cuerpo hacia a un espacio habitado por seres espirituales. Cambió radicalmente de vida y dedicó todo su esfuerzo a ayudar a los demás; algo muy frecuente entre las personas que refieren experiencias de este tipo.

Existen muchísimos casos como estos, pero no es mi objetivo cansarles. La idea que deseo trasmitir es que hay suficientes testimonios, desde muy distintos puntos del planeta, que son coincidentes. Eso es lo que ha determinado que hombres de Ciencia dediquen tiempo a la investigación de los mismos, para intentar dar una respuesta coherente.

En realidad, todo queda en alegatos coincidentes; no hay forma de dar pruebas palpables en estos casos, pero, a muchos profesionales del campo de la Medicina y otros, han conseguido influirles lo suficiente para implicarles. Para los cristianos, no hay dudas de la realidad de estos planteamientos, por su coincidencia con las Escrituras. En el nuevo testamento, la palabra ‘espíritu’ aparece 370 veces, refiriéndose al espíritu de Dios, al Espíritu Santo, a los pobres de espíritu, al espíritu de los hombres, a los espíritus inmundos, etc.: una invisible energía espiritual que, como el magnetismo, las radiaciones ionizantes, y otras, no pueden verse con los ojos humanos, pero existen. Tanto, como que algunas veces resultan mortales.

Creo conveniente que todos aquellos que leen los libros evolucionistas, donde se plantea la teoría no verificada, del hombre casuístico que acaba cuando muere, estén abiertos a esta otra alternativa de una continuación espiritual. Pues ayudaría a interpretar mejor la promesa de Jesús, de una vida eterna, ganada con nuestras obras, durante los tiempos en que animamos huesos, músculos y demás elementos orgánicos.

Uno de los versículos en los que se habla de esto, refieren las palabras pronunciadas por el mismo Salvador, recién resucitado, con su propio cuerpo marcado por los clavos y la lanza. Antes de ascender como espíritu, se le apareció a sus apóstoles, aun incrédulos de lo que veían y les dijo, para que crecieran en fe y nos lo trasmitieran a nosotros:

“Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy: palpad, y ved; que el espíritu ni tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.”(Lucas 24:39)

El espíritu es vida: una energía que se manifiesta en una frecuencia invisible para el ojo humano; algo similar a lo que ocurre con las radiaciones ionizantes y otras. Está en espera del momento del juicio necesario, hasta que se establezca el Sión prometido; solo morirá la segunda y definitiva muerte, aquel que el Juez, cuya toga es de talla única, decida. Quien logre pasar el último tamiz, tendrá acceso a la experiencia más reveladora jamás imaginada. Pueden estar convencidos.

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