EL DILUVIO: ¿MUCHA AGUA O POCO ESPACIO?

marzo 10, 2008

¿FALTÓ AGUA EN EL DILUVIO?

“Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”.  Albert Einstein

El motivo de este artículo es el haber recibido varias críticas (cálculos personales incluidos), que señalan que el diluvio no pudo ser posible, pues no hubo la suficiente cantidad de agua para lograrlo. Otros plantean la imposibilidad de evaporar tanta agua luego a la troposfera, ya que esta solo tiene unos 12 Km. (la media, sacada entre la altura que existe con respecto a los polos y de la existente con respecto al ecuador) De modo que será necesario demostrar ambas posibilidades, empezando, lógicamente, por la cantidad forzosa para que se anegara el planeta, incluido el monte Everest.

Debe recordarse que el planteamiento bíblico señala que se rompieron las fuentes del abismo y que estuvo lloviendo durante 40 días; es decir, agua desde arriba y desde abajo. Pero, ¿de dónde procede el agua de la Tierra? Los creacionistas no tienen dudas al respecto: la creó Dios, junto a todo lo demás. Pero la mayoría de los científicos creen que proceden de los asteroides y cometas ricos en agua que cayeron sobre el planeta en su juventud. Piensan que, justo después de formarse la Tierra, esta era muy caliente y seca. Según esta teoría, millones de cometas y asteroides ricos en agua bombardearon nuestro planeta hace unos 3,8 mil millones de años, dando lugar al agua existente hoy.

Sin embargo, Hidenori Genda del Instituto Tecnológico de Tokio, y su colega Masahiro Ikoma, científicos planetarios japoneses, sugieren que los océanos son en realidad “autóctonos” y que pudieron formarse debido a que la joven Tierra tenía una espesa capa de hidrógeno, que reaccionó con los óxidos existentes para formar ríos, lagos y mares.

Los datos sobre la cuantía total de agua resultan contradictorios; unos la cifran en 1300 trillones de litros, otros, como la empresa Hidritec, dedicada a la tecnología y gestión de recursos hidráulicos, habla de 320.000 Km3 de agua dulce bajo la superficie de los continentes y unos 48.000 Km3 sobre la misma, en forma de ríos y lagos, más la que existe en la atmósfera. Un informe del forum del agua, realizado en Méjico, señala que el volumen de agua en nuestro planeta se estima en unos 1 460 millones de kilómetros cúbicos.

A estas cantidades hay que sumar la que se integra en la composición interior de la tierra, que se ignora, y parte de la cual llega a la superficie tras aislarse de las masas subterráneas de magma en forma de vapor, durante las erupciones volcánicas. Este proceso, llamado ‘desgasificación del manto’, compensa permanentemente, (y lo hará mientras no cese la dinámica interna planetaria) la pérdida de agua por fotólisis en la alta atmósfera; pues allí, los átomos de hidrógeno liberados tienden a perderse en el espacio.

Aquí se muestra un diagrama simple que revela cómo la tierra está saturada debajo de la capa freática (área color púrpura). La tierra subterránea sobre la capa freática (área color rosa) puede estar húmeda, pero no se mantiene saturada. La tierra y la roca en esta zona no saturada contiene aire y algo de agua, que sostienen la vegetación del planeta. El área saturada debajo de la capa freática tiene agua que llena los espacios pequeños (porosos) entre las partículas de roca y las ranuras (grietas) de las rocas.

Distribución de Agua en el Planeta.jpg

La gravedad atrae al agua hacia el centro de la Tierra; el agua superficial tratará de filtrarse hacia su interior. Las rocas bajo la superficie conforman los cimientos; si este consistiera de material denso, como el granito sólido, entonces no podría llevarla hacia el centro gravitacional. Pero las bases de la Tierra incluyen muchos tipos diferentes de roca, algunas con alto contenido en cuarzo y piedra caliza.

Esto, con respecto al agua conocida por el hombre; ahora bien, la radiación ultravioleta y los rayos gamma que atraviesan la atmósfera mediante el viento solar, fotoinonizan los constituyentes de esta, produciendo iones y electrones libres en su parte superior: la ionosfera. Esta región también recibe el nombre de termosfera, a causa de las elevadas temperaturas que se alcanzan, especialmente en el límite superior (1.200º C) Entre estos iones, se hallan, abundantemente, los de hidrógeno y oxígeno.

La fotoionización es la ionización debida a la interacción de los constituyentes de la atmósfera con radiación electromagnética; otro tipo de ionización es la colisional. La ionosfera rota conjuntamente con la Tierra. Sobre el nivel del mar, a unos 50 kms. se inician estas capas ionizadas, conductoras de la electricidad, que reflejan las ondas hertzianas, (principalmente las de onda corta); por cuya razón es la zona de ubicación de los satélites lanzados al espacio y tiene lugar la separación de las etapas de los cohetes. En esta parte de la atmósfera, entre los 30 y los 50 kilómetros, se encuentra el ozono; importante porque absorbe las dañinas radiaciones de onda corta. La ionosfera asciende hasta más allá de los 500 kms.

De esto, se derivan dos preguntas: ¿Cuántos iones de oxígeno e hidrógeno, contiene la inmensa ionosfera? ¿Cuánta agua puede ser formada a partir de esos elementos?

Entre 600 y 800 Km, empieza la capa externa o exosfera, que sólo contiene el 1% de la masa total de la atmósfera, pero que aun es mucho. Sus gases están en estado atómico y pueden extenderse hasta los 1200 Km. ¿Cuántos átomos que componen el H2O, forman parte de esa capa? Y: ¿cómo hacer que se enlacen sus moléculas constituyentes?

Sabemos que el agua contiene 2 moléculas de hidrógeno y una de oxígeno; conociendo ya que los iones de ambos abundan, no parece imposible crear moléculas de oxígeno e hidrógeno a partir de sus iones, y luego agua, mediante su fusión. Es teóricamente posible, ya que tanto uno como el otro son inflamables; solo se necesita una pequeña energía que las combustione y provoque la explosión, haciendo que las órbitas de los electrones en cada molécula formen los enlaces que darán lugar al vapor de agua.

Es muy peligroso conjuntarlos ambos por la descarga que se crea; como por ejemplo el dirigible Hindenburg, cargado con hidrógeno, que hizo un vuelo trasatlántico en 1937, y cuando se acercaba a la torre, se observó a popa un destello de fuego de San Telmo (estática debido a una tormenta eléctrica); una chispa causada por la estática explosionó el hidrógeno del dirigible y el oxígeno que existía en el aire. Eso mismo, a una altura considerable, no implicaría más daño que el propio diluvio.

La chispa necesaria también es teóricamente posible, debido a la existencia de las tormentas cósmicas, bien conocidas entre los científicos, que ya han lanzado varios satélites para investigarlas, como por ejemplo, la del 27 de diciembre del 2004, cuando se detectó la mayor explosión de rayos gamma jamás registrada, procedente de una estrella, y cuyos potentes rayos penetraron dentro de la ionosfera, la capa eléctricamente conductora que envuelve la Tierra. El 19 de febrero en ST. Louis, en la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de las Ciencias (AAAS), el profesor de ingeniería eléctrica Umran Inan de la universidad Stanford describió lo que los científicos aprendieron de esta extraña y dramática perturbación atmosférica.

“Enormes rayos gamma, semejantes a la estrella de neutrones SGR 1806-20, afectaron nuestra ionosfera inferior a tal grado que simplemente observando y midiendo la respuesta y la recuperación de la llamarada, somos capaces de aprender más acerca de la dinámica de estas regiones superiores de la atmósfera, las cuales son finalmente tan importantes para nuestro entendimiento cuantitativo del tiempo climático espacial…”

Es decir, con 500 km cargados de iones de hidrógeno y oxígeno, la lógica humana no contradice que hubiera podido existir la suficiente cantidad de agua para tapar al Everest, sino que lo confirma.

En cuanto a reubicar toda esa inmensa cantidad de agua en solo 371 días, luego del diluvio, según enseña la Biblia, se puede lograr, desde el proceso inverso:

El agua correspondiente al interior de la tierra regresa a ella. La restante, inicia su proceso de evaporación y sube a la troposfera, condensándose ante el cambio de temperatura, en forma de nubes. Cuando el agua es vapor, la energía cinética es tal que se rompen todos los enlaces de hidrógeno/oxígeno, quedando las moléculas libres. Ello permitiría que nunca se produjera una saturación de vapor de agua en la capa inferior de la atmósfera (unos 12 kms.), pues se podrían desprender moléculas disociadas de ambos. La alta atmósfera está recibiendo permanentemente radiación cósmica y partículas procedentes del Sol, que al chocar con las moléculas de la baja atmósfera, les arrancan electrones; así los iones de hidrógeno y oxígeno formados, ascenderían a la ionosfera, en la que encontrarían sobrado espacio en sus más de 500 kms.

De modo que, teóricamente, desde el conocimiento humano, el diluvio fue posible. La posterior restauración a la normalidad también.

Ahora bien, todo este resumen ha sido debido a un enfoque personal, canalizado en la dirección del campo de las posibilidades. Pero, con respecto a mi verdadera opinión, el diluvio fue posible, simplemente, porque El Creador es lo suficientemente sabio y poderoso para conseguir lo que desee. La inteligencia humana está muy lejos de la suya; todo lo que resulte imposible para el hombre, para Dios no lo es… pero a esa convicción solo se llega desde el espíritu, no desde la ciencia.

Dios está en todo lo que existe, y todo lo que existe, está en Dios; llevándolo a nuestro microcosmos: Cristo está en España y España está en Cristo. Aunque muchos aun no hayan podido comprenderlo.


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EL PLANETA INDECISO.

febrero 12, 2008

Febrero 12/2008

LA CIENCIA NO SE SUSTENTA EN CASUALIDADES.

Érase una vez un planeta, en el que la ambigüedad y la casuística imperaban sobre el diseño y la inteligencia. Allí todo era un sin sentido: un ente marino encallaba en una playa e iniciaba un largo proceso de reconstrucción biológica, durante millones de años, hasta convertirse en un gran mamífero.

Es cierto que precisó adaptar su sistema respiratorio, su piel, su sistema digestivo…todo su metabolismo, para sobrevivir en el nuevo medio. Luchó mucho; incorporó nuevos cromosomas, desechó otros, su síntesis proteica sufrió una variación tremenda, para conseguir un propósito inexplicable, pues recuerden que hablamos de un planeta sin sentido… dicho de otra forma: un sitio donde la selección ‘natural’ (jamás estaré de acuerdo con la acepción que le han dado a esa frase) era la encargada de generar todas las especies existentes.

¡Ah!, perdón, se me olvidaba decir que, por necesidad, debió ocurrir una doble casualidad; allí debieron coincidir dos entes: macho y hembra, si se acepta la importancia de los cromosomas, como la realidad obliga a hacerlo. Urgía una procreación que proporcionara que la ¿evolución o involución? (esto es un lío) pudiera tener lugar, luego de millones de años, ya que ningún ser sexuado único soportaría tanto tiempo de vida sin procrear, manteniendo su especie…

¿No les suena a rollo? A mí también. Pero esperen, porque no para ahí:

El soberbio mamífero resultante, luego de eónicos esfuerzos, un buen día regresa a la playa y su corazoncito se llena de nostalgia:

– ¡Oh, cuántas olas, qué mar tan lindo! ¡Cuánta agua salada y plancton!… ¡Aquí me quedo!

Se introduce entonces en el océano y, gracias a un maravilloso sortilegio, comienza a convertirse de nuevo en un ente del mar: pierde sus patas traseras, las delanteras se convierten aletas… ¡y a nadar!

Pero, ¿y el futuro?, porque llegará el momento de su muerte; el ‘sin sentido‘ dejará de serlo. Eso constituye un problema… ¡no pasa nada!, porque junto con el/ella, estaba su consorte, que se unió a la aventura, también nostálgico (ambos estaban allí y pensaron lo mismo; y si no, se les obliga, que para eso el papel aguanta todo lo que le ponen).

Tuvieron crías y se llegó a ese fabuloso mamífero marino al que llamamos ballena, que, si mantiene la indecisión del principio, en cualquier momento regresa a la tierra y vuelve a su vida amamantada, lejos de una humedad que le produce artrosis y que es: ¡muy fría y húmeda!

Pero entonces le da por no conformarse con su aspecto, y decide crear 40 tipos diferentes de ballenas. ¿Qué cómo? Averigüénlo, ese no es el problema de mi teoría; yo solo me dedico a soltar situaciones sin sentido ni evidencias.

¡Todo es muy fácil! Solo tenemos que imaginárnoslo, darle una apariencia coherente con unas buenas palabras científicas, (mejor si se portan solemnes gafas que proporcionan credibilidad) y tenemos el cuento fabricado. ¡Ala, aquí lo tienen, no necesitamos a Dios!

Seguimos en el planeta de las vacilaciones: Existe otro animal, cuyo primer ancestro puede ser el mismo de la ballena u otro (eso no importa, el sin sentido lo permite todo), que repta por la tierra, y un buen día divisa el cielo con sus ojitos abatidos; observa la belleza azul del firmamento, las nubes que disfrutan su paseo matutino y entonces la congoja corroe su cerebro y piensa:

– ¡Allá quiero estar yo!

Pensado y hecho. Sus escamas comenzaron a convertirse en plumas, toma el control sobre el calor corporal, su sangre se vuelve caliente y estable, le salieron alas, o cambió sus patas en ellas, (según la teoría, pues hay contradicciones también en esto; no se ponen de acuerdo los seguidores) y un buen día, ¡estaba volando!

¡Qué fácil lo hacen todo, verdad! No importa que científicos como el Profesor David Menton, anatomista, pongan en tela de juicio esa posibilidad. Su única congruencia hallada entre escamas de reptil y plumas de ave, fue que están compuestas por la proteína keratina… también existente en el cabello, uñas y piel humana, así como en muchísimos animales distintos; lógico si se interactúa en un mundo diseñado por un solo Creador.

Hay un sector que afirma que el fósil Archaeopteryx es nexo entre reptiles y aves. En Eichstätt, Alemania, (1984), se dio una cumbre científica especializada en evolución de las aves, la Internacional Archaeopteryx. Hubo discrepancias en casi todo lo expuesto, pero al final concluyeron que el Archaeopteryx fue un ave. Solo una pequeña minoría pensó que en realidad se trataba de los diminutos y ligeros ‘dinos’ llamados coelurosaurios.

El Archaeopteryx tenía dientes, mas no es la única ave fósil con ellos; unas tenían, otras no. ¿Cómo prueban los dientes una relación con los reptiles, cuando muchos no tienen? Los caimanes y familia, son el único grupo de rastreros con dentadura bien desarrollada. Incluso algunos mamíferos no tienen. En la mayoría de los saurios, la mandíbula inferior se mueve, pero en las aves (incluyendo al Archaeopteryx) lo hace la parte superior del pico. 

Hay otra diferencia fundamental: la pluma crece de un folículo, una depresión tubular de la epidermis que penetra dentro de la piel; hasta el hueso, en el caso de las plumas primarias. Y este tubo produce la pluma dentro de sí. La escama de los reptiles no tiene absolutamente nada que ver con los folículos; no es más que un engrosamiento de la epidermis, mientras que las plumas nacen en su propio folículo.

El sistema respiratorio del ave es totalmente distinto al de los seres que se arrastran; está ‘diseñado’ para el vuelo, que demanda gran ventilación del organismo. Tienen sacos aéreos, (entre seis y doce, según la especie) prolongaciones pulmonares que penetran algunos huesos (huecos) y órganos, que también ayudan a reducir el calor producido al volar. Mírenlo como lo miren, la perfección del ave para volar, no es azar, sino diseño.

Aunque la mayor parte de los biólogos aceptan el evolucionismo como un hecho, también es cierto que una gran mayoría lo hace sin un verdadero examen de la cuestión, siguiendo fielmente la corriente impuesta en esta disciplina por el contexto cultural y académico; un adoctrinamiento en una visión particular del mundo, origen y diversidad de la vida, fundamentado en la casuística.

La sola posibilidad de un Creador o la existencia de un Ser Sobrenatural trascendente es excluida ya de principio. En palabras del astrofísico Carl F. von Weizsäcker, leemos:

No es por sus conclusiones, sino por su punto de partida metodológico por lo que la ciencia moderna excluye la creación directa. Nuestra metodología no sería honesta si negase este hecho. No poseemos pruebas positivas del origen de la vida ni de la primitiva ascendencia del hombre, tal vez ni siquiera de la evolución misma, si queremos ser pedantes.

Es decir, desde el inicio se buscó un camino contradictorio y alternativo al seguido por pioneros de la ciencia como Newton, Pasteur y muchos más. La razón por la que se acepta en la actualidad el evolucionismo de una manera tan mayoritaria, es que nuestros científicos y profesores de biología son producto de un sistema educativo dominado por esta filosofía naturalista y mecanicista.

Cuando el evolucionista topó con el código genético, contenido en el ADN, debió haber visto las inmensas señales de STOP que estas implicaban. Allí mismo tenían que haberse hecho la pregunta: ¿Quién lo codificó? Pero se trata de un inmenso tren cargado de plomo: ¡que pare el que tenga frenos!

Partieron de un hipotético ser, ya existente y salido de los mares; es decir, sacaron una paloma del sombrero, pues les resulta imposible arrancar en cero, el verdadero origen de la vida: un camino que posiblemente les llevaría a Dios. ¡Sería algo totalmente inaceptable! A partir de ahí comenzaron a tejer su tela de araña. Cuando llegaron al impresionante diseño de la molécula de doble hélice y vieron las órdenes codificadas que contenía, no se detuvieron allí para intentar explicarla, sino que dieron otro salto parecido al inicial, y continúan en su terco hilvanar de una red que cada día pierde más adeptos.

El origen de la vida fue como enseña la Biblia; no la consecuencia de un sin sentido, sino la respuesta a un plan. Tuvo un principio y tendrá un final en el que todos seremos contrastados, según nos instruye la Palabra de Dios, siempre coherente consigo misma, en dos versículos que pese a distar entre sí 740 años, resultan un vaticinio de lo mismo:


“Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento”. (Is 65:17)


“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más”.(Ap. 21:1)


Sed buenos: el Señor viene

    

 
 


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CORAZONES MILENARIOS.

febrero 1, 2008

Febrero 1/2008

¿Vivir cerca del milenio?

Según referencias bíblicas, imposibles de comprender desde la razón y de la lógica humana, así como desde el limitado conocimiento de los hombres, las primeras generaciones de seres humanos murieron cuando ya estaban cerca del milenio; las citas de ese enigmático libro señalan lo siguiente:

Adán, el primer hombre, vivió 930 años; las subsiguientes generaciones, hasta Matusalén, (que duró 969), se mantuvieron todos en ese entorno casi milenario. La última referencia de esos longevos primarios fue el propio Noé, la 10ª generación, que vivió hasta 950 años; la excepción en cambio, en medio de ese árbol genealógico, fue Lamec, su padre, quien se despidió de esta vida a la mágica cifra de 777 años. Sin embargo, poco a poco, todo fue cambiando.

Estos largos periodos de vida no fueron repartidos caóticamente; son sistemáticamente mayores antes del diluvio de Noé y declinan considerablemente después de eso. ¿Por qué?

ADN nos responde; la complicada bioingeniería que encierra a la molécula de doble hélice, incluye un ‘diseño‘ que la capacita para repararse a sí misma. Seres unicelulares como los microbios, combaten la vejez mediante su división en copias de sí mismos. Primero dos, luego 4… y así repetidamente. Mas el ser humano es producto de una morfología más compleja: tenemos muchos órganos vitales que se conjugan para que podamos vivir e interactuar en este medio.

Corazón, riñones, piel, neuronas, etc., son constitutivos de millones de células individuales cuyo plan es la auto reparación, viable gracias a la información genética codificada que poseen.

Todas las partes de nuestro organismo se oxidan y mueren; sus células se regeneran por un tiempo, pero este es limitado. Después de un determinado número de sustituciones celulares, en las cuales lo viejo se excreta de todas las maneras posibles, este sistema que funciona como un cronómetro durante muchos años, sencillamente se detiene. Según estadísticas, una célula humana actual solo se dividirá entre 80 y 90 veces, no más.

Y esa obligación repetitiva corresponde a una minúscula estructura sita en el extremo de cada cromosoma: el telómero; un cronómetro con un número de piezas unidas entre sí al final, como un collar. Cada vez que se renueva la célula, es como si una de las cuentas fuera arrancada, menguándolo; al perder su última pieza, ya no habrá más restauración. A partir de ahí, de acuerdo al principio de: ‘ninguna cadena es más fuerte que su eslabón más débil‘, la falla de uno o más órganos comenzará a manifestarse y, muriendo, moriremos.

El proceso de restauración celular es controlado por un programa codificado en el ADN: el código genético. De modo que cada individuo ve limitada su vida a la capacidad de su herencia genética, fundamentalmente. Está demostrado que existen otros factores que sí dependen de nosotros, de nuestro estilo de vida: el deporte y una alimentación sana, entre otros, ayudará a sacarle el máximo partido a nuestra propia respuesta interior; pero los límites los impone la información genética que hemos heredado.

La ciencia ha dejado patente que constantemente perdemos parte de esa información codificada, fundamentalmente por mutación de nuestros propios genes; es decir, está ‘científicamente demostrado‘ que nuestro ADN declina con el tiempo, haciéndonos más frágiles. NO EVOLUCIONAMOS hacia una mejoría orgánica, sino todo lo contrario. Por lo que, desde el propio punto de vista de la verdadera Ciencia, (la que avanza, no la que retrocede, hurgando en un pasado inexpugnable) es científicamente improbable que el código genético de un ‘homínido’ haya mejorado hasta trasmutarnos en lo que somos hoy; mucho menos impensable que un alga derivó en nuestra complejidad orgánica actual.

La alternativa bíblica, en cambio, sí es congruente con las evidencias: la primera generación humana tenía genes perfectos, diseñados y recién estrenados. La Biblia no cita esos ejemplos de seres casi milenarios, desde la perspectiva del asombro, sino de lo natural; en aquellos tiempos, la genética humana no había mutado aún lo suficiente. (Debido al pecado original, aunque les parezca un cuento de niños, pues Dios creó al hombre para una eternidad, no para la muerte.). Hasta Noé, era normal vivir durante varios siglos.

Pero después, sólo quedaron 4 familias: el propio favorecido del Señor y sus tres hijos casados. Su descendencia tuvo que unirse entre ellos para volver a iniciar la multiplicación de la especie; es decir, la consanguinidad volvió a hacer acto de presencia. ¿Recuerdan lo de la mujer de Caín? (Uno de los artículos de este bloc) Pues el ciclo fue casi repetitivo.

No estoy planteando nada que vaya contra la Ciencia; está demostrado el negativo efecto genético que la unión sexual entre consanguíneos puede provocar en el feto. De ahí el que sus posteriores generaciones fueran menguando tanto en expectativa de vida:

La cronología bíblica de las siguientes descendencias, dice que Sem, primogénito de Noé, vivió menos que su padre: 600 años. (Gn 11:10-11) Nueve generaciones después, Térah, solo llegó a doscientos cinco años (Gn 11:32), y su hijo Abrahán murió a los 175. (Gn 25:7), mientras que su mujer, Sara, solo duró 127 (Gn 23:1) Durante ese tiempo, la degeneración genética se incrementó cada vez más. En la actualidad, la esperanza de vida está muy por debajo de la última cifra, y se evidencia el acrecentamiento de muchos tipos de cáncer y nuevas enfermedades, al margen del pernicioso aumento de aquellas de transmisión sexual, como el SIDA.

¿Es la Biblia coherente con los actuales descubrimientos en biología molecular y genética? A mí me parece que todo apunta en esa dirección, pero pregunten a su corazón; lean el libro de Dios sin prejuicios ni fanatismos de ningún tipo. Científicos extraordinarios del pasado, que nos legaron sus descubrimientos y constituyeron el fundamento de todos los adelantos tecnológicos actuales, tuvieron fe en Dios; incluso aquellos físicos de mentes privilegiadas como Newton, Eisntein y Descartes, el gran filósofo, matemático y físico francés que vivió en el siglo XV.

El testimonio bíblico de que los primeros humanos vivieran tanto es apoyado por los descubrimientos de la Ciencia actual; eso en líneas generales. Pero lo importante es su opinión personal: ¿cree en lo íntimo que ello fue posible? Ahí lo dejo.

Que el Señor se manifieste en su vida para que esta adquiera un nuevo sentido; gracias por su tiempo.

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