EVOLUCIÓN Y ENERGÍAS.

marzo 3, 2008

LA FUERZA INVISIBLE.

Una mañana del verano de 1973, me hallaba en el departamento de electrónica de un centro de investigación nuclear, cuando se escuchó la estridente señal de alarma de uno de los radiómetros instalados en los cubículos de las áreas restringidas de Radioquímica y Física Radiactiva.

La primera impresión entre los electrónicos, después de varios años en el centro sin que ocurriera nada peligroso, fue pensar que uno de los geiger Muller se había estropeado y estaba dando una falsa información: pulsos eléctricos que el aparato de control detectaba como radioactividad.

Resultó alarmante ver por vez primera a mis compañeros de control radiológico, del Departamento de Dosimetría, pasar ante nosotros, embutidos en sus trajes blancos con interior de plomo y parafina, como si de cosmonautas se trataran. Pese a la inquietud de sus rostros y la urgencia de la situación, el lastre que representaba los alrededor de 30 kilos que implicaba la tecnología de aquella época, no les permitía ir más rápido. En sus manos llevaban el radiómetro portátil previsto para usar en estos casos, capaz de medir radiaciones alfa, beta y  gamma, con sus distintos cabezales.

Uno de ellos logró desconectar la estridente sirena y dar la información a los compañeros: por accidente, se había roto el depósito de un isótopo de Radón, que no recuerdo en estos momentos si era el 222 y la contaminación era bastante alta, pese a que los extractores estaban funcionando (el radón es una emanación gaseosa producto de la desintegración radiactiva del radio). En lo personal, me sentí afectado, pues el radioquímico que se encontraba dentro era mi mejor amigo, y no se sabía nada del nivel de peligrosidad ni la radiación recibida.

El radón es muy radiactivo y se desintegra con la emisión de partículas energéticas alfa, pero su período de vida es corto,  alrededor de cuatro días, degradándose en otros componentes, menos dañinos. Al final, después de ser lavado y cepillado varias veces, con el líquido usado por sus compañeros ‘astronautas‘, el equipo medidor determinó que la dosis había sido reducida lo suficiente como para no temer por un peligro de muerte.

Mi amigo salió, y la Dirección del Centro le dio los días libres que los médicos especialistas indicaron. En resumen, aquel accidente no tuvo más consecuencia que el disfrute de unos días extras de playa.

Posteriormente se emitió un folleto, para un curso interno sobre ‘los efectos biológicos de las radiaciones ionizantes‘, dirigidos a aquellos técnicos no químicos, que no habíamos cursado Radiología.  En cuanto tuve conciencia del verdadero peligro, del daño desatroso que provocaba en el organismo una asimilación mayor del rango permitido, se incubó mi deseo de cambio de actividad.

Seis años después de haberme desvinculado del ambiente radiactivo, el 26 de abril de 1986, durante una simulación de un corte de suministro eléctrico, un aumento súbito de potencia en el reactor 4 de la Central Nuclear de Chernóbil, dio lugar al hipercalentamiento de su núcleo, generando la explosión del hidrógeno acumulado en su interior.

La cantidad de material radiactivo liberado, que se estimó fue unas 500 veces mayor que la de la bomba atómica arrojada en Hiroshima en 1945, provocó la muerte directa de 31 personas, obligó al gobierno soviético a la evacuación de unas 135.000 personas e incitó una alarma internacional, al detectarse radiactividad en diversos países de Europa septentrional y central.

Durante la evacuación, el nivel oficial de radiación alcanzó 1 Roentgen por hora. La gente dice que fue de 7 Roentgens. Esto es una gran diferencia, porque en el primer caso, la población podría morir en dos o tres meses; en el segundo, en una semana. En las primeras semanas de lluvia radioactiva, la radioactividad en la superficie de las calles fue mucho más alta que la radioactividad en el aire, a la altura de los ojos.

En Suecia, el 27 de abril se hallaron partículas radiactivas en las ropas de los trabajadores de la Central nuclear de Forsmark (a unos 1100 kms de la central de Chernóbil). Luego de convenir que no había escapes en la central sueca, dedujeron que la radiactividad provendría de la zona entre Ucrania y Bielorrusia, dados los vientos dominantes entonces. Igual ocurrió en Finlandia y Alemania; así pudo conocer el resto del mundo, parte del alcance de la tragedia. La invisibilidad del monstruo flotante, dio lugar a la sorpresa.

Inmediatamente después del accidente, la mayor preocupación fue el yodo radiactivo, con un periodo de semidesintegración de ocho días. A día de hoy, la inquietud se centra en la contaminación del suelo con estroncio-90 y cesio-137, cuyos periodos de semidesintegración llegan a unos 30 años.

Ahora bien, ¿cómo accionan las radiaciones ionizantes en la materia y cuál es su  capacidad de penetración? Las partículas ‘alfa’ emitidas por los radionucleidos naturales no son capaces de atravesar una hoja de papel o la piel humana y se frenan en unos pocos centímetros de aire. Sin embargo, si un emisor alfa como el 210Po es inhalado,  ingerido o entra en el organismo a través de la sangre, por una herida, puede ser muy nocivo.

La radiación alfa tiene menos intensidad de penetración que la beta, que consiste en la emisión de núcleos de helio: dos protones y dos neutrones. También se sabe que los rayos gamma son fotones de alta energía y que resultan los más penetrantes de los tipos de radiación descritos: atraviesan fácilmente la piel y otras sustancias orgánicas, por lo que pueden causar graves daños en órganos internos.

Los rayos X también son fotones, pero con una capacidad de daño menor que los gamma. Si bien se trata del mismo tipo de radiación, se mantiene la nomenclatura gamma y X debido a la causa que la produce: mientras que los rayos gamma son de origen nuclear (reestructuración del núcleo atómico), los rayos X tienen su origen en la reestructuración de los electrones en la corteza atómica.

A estos tipos de emisiones no perceptibles por el ojo humano, y clasificados por Rutherford, deben añadirse la de neutrones, que surge en la naturaleza por fisión espontánea, con mayor penetración que la gamma, y sólo puede detenerlos una gruesa barrera de hormigón, agua o parafina (compuestos muy ricos en hidrógeno).

Pero, generalizando, radiación es toda energía que se propaga en forma de onda a través del espacio. En este concepto se incluye pues, la luz visible, y las invisibles, como las  ondas de radio, televisión, luz ultravioleta, infrarrojos, rayos X, radiaciones ionizantes, el magnetismo, el calor, etc. ¿Podemos asegurar que son las únicas que existen?

La Biblia habla asiduamente de una no contrastada: el Espíritu. El doctor en Medicina, profesor y doctor en Filosofía por la Universidad de Virginia, Raymond A. Moody, publicó hace años el libro “La vida después de la vida”, en el que recoge los testimonios de 150 personas que afirmaban conocer esta experiencia.

Por otra parte, investigaciones de doctores holandeses, en 1962, sobre 344 pacientes con fallos cardíacos, reveló que 62 de ellos refirieron experiencias ‘post morten’. El líder del equipo, Pim Van Lomme, cree que esto cuestiona el “asumido, y nunca probado concepto de que conciencia y memoria están en el cerebro“. Van Lomme cuestiona cómo estos pacientes lograron relatar lo hablado y sucedido a su alrededor (después de permanecer cierto tiempo con electroencefalograma plano), si no es por un estado de conciencia independiente al órgano cerebral. Este estudio, que apoyaría a otro realizado el año anterior en el Hospital de Southampton, se terminó en dos años, y fue publicado por “The Lancet” una de las publicaciones médicas mas prestigiosa del medio.

Mención aparte merece el caso de China: una madrugada, de julio del 1976, el seísmo más mortífero del siglo XX, y el tercero más grande de la historia, removió a Tangshan. Una quinta parte de la ciudad murió en el trágico suceso, y miles fueron librados de la muerte. En el apoyo sociológico, algunos relataron haber visto seres especiales, túnel de luz y cosas por el estilo, conocidas como ECM (experiencias cercanas a la muerte).

Un documental cuenta el testimonio de  Pam Reynolds, compositora y cantante popular, quien fue sometida quirúrgicamente con circulación extracorpórea, debido a un aneurisma cerebral; su cuerpo quedó a 10ºC y su corazón y cerebro dejaron de emitir las señales vitales. Sin embargo, ya recuperada, detalló las conversaciones del quirófano; dijo haber sido testigo de la operación como si flotase por encima de los cirujanos.

Gordon Allen, es otro caso: un agresivo y emprendedor financiero estadounidense al que una grave neumonía llevó al borde de la muerte; una vez que se recuperó, refirió haber salido de su cuerpo hacia a un espacio habitado por seres espirituales. Cambió radicalmente de vida y dedicó todo su esfuerzo a ayudar a los demás; algo muy frecuente entre las personas que refieren experiencias de este tipo.

Existen muchísimos casos como estos, pero no es mi objetivo cansarles. La idea que deseo trasmitir es que hay suficientes testimonios, desde muy distintos puntos del planeta, que son coincidentes. Eso es lo que ha determinado que hombres de Ciencia dediquen tiempo a la investigación de los mismos, para intentar dar una respuesta coherente.

En realidad, todo queda en alegatos coincidentes; no hay forma de dar pruebas palpables en estos casos, pero, a muchos profesionales del campo de la Medicina y otros, han conseguido influirles lo suficiente para implicarles. Para los cristianos, no hay dudas de la realidad de estos planteamientos, por su coincidencia con las Escrituras. En el nuevo testamento, la palabra ‘espíritu’ aparece 370 veces, refiriéndose al espíritu de Dios, al Espíritu Santo, a los pobres de espíritu, al espíritu de los hombres, a los espíritus inmundos, etc.: una invisible energía espiritual que, como el magnetismo, las radiaciones ionizantes, y otras, no pueden verse con los ojos humanos, pero existen. Tanto, como que algunas veces resultan mortales.

Creo conveniente que todos aquellos que leen los libros evolucionistas, donde se plantea la teoría no verificada, del hombre casuístico que acaba cuando muere, estén abiertos a esta otra alternativa de una continuación espiritual. Pues ayudaría a interpretar mejor la promesa de Jesús, de una vida eterna, ganada con nuestras obras, durante los tiempos en que animamos huesos, músculos y demás elementos orgánicos.

Uno de los versículos en los que se habla de esto, refieren las palabras pronunciadas por el mismo Salvador, recién resucitado, con su propio cuerpo marcado por los clavos y la lanza. Antes de ascender como espíritu, se le apareció a sus apóstoles, aun incrédulos de lo que veían y les dijo, para que crecieran en fe y nos lo trasmitieran a nosotros:

“Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy: palpad, y ved; que el espíritu ni tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.”(Lucas 24:39)

El espíritu es vida: una energía que se manifiesta en una frecuencia invisible para el ojo humano; algo similar a lo que ocurre con las radiaciones ionizantes y otras. Está en espera del momento del juicio necesario, hasta que se establezca el Sión prometido; solo morirá la segunda y definitiva muerte, aquel que el Juez, cuya toga es de talla única, decida. Quien logre pasar el último tamiz, tendrá acceso a la experiencia más reveladora jamás imaginada. Pueden estar convencidos.

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MI PLANETA ES UN CHAVALITO.

enero 29, 2008

Enero 29/2008

¡YO NO LLEGO A LOS 6000 AÑOS!

Hace unos años se anunció el hallazgo de un planeta en el distante cúmulo de estrellas M4: una ‘nube difusa’ que puede verse fácilmente con binoculares en un cielo oscuro al oeste de la estrella Antares, constelación Escorpión. Para  Norteamérica, Antares es la brillante estrella roja en el sur, que se deja ver durante las noches de verano. Como casi todos los planetas extra-solares descubiertos hasta la fecha, la detección de este va en contra de las predicciones evolucionistas, y no atenta contra la credibilidad bíblica.

La Astronomía evolucionista, por supuesto, da por hecho que nuestro sistema solar no es producto de una creación divina, sino que resulta del síncope de una nebulosa. De ahí su idea de que todos los sistemas aleatorios a otras estrellas fueran similares al nuestro, pues según sus criterios, se forman de la misma forma que el solar: ¡Todos al Big Bang!

Pero los descubiertos hasta ahora, nada tienen que ver con el que habitamos y apuntan más cada vez a una Tierra joven. (Bernitt, R., Extrasolar planets suggest our solar system is unique and young. [Planetas extrapolares sugieren que nuestro sistema solar es único y joven] TJ 17(1):11-13, 2003.)  Este hallazgo posiblemente resulte uno de los sistemas estelares más raro conocido hasta la actualidad; los creacionistas estamos contentos: Dios demuestra su creatividad cada día, desafiando la inteligencia humana.

Los investigadores de la Evolución dicen que este planeta se formó hace cerca de 13 mil millones de años. Me sorprende la facilidad para datar todo, incluso a los planetas invisibles, pues de este solo se percibe la nebulosa; su existencia se conoce debido a los pulsares, pues, aunque su masa supera varias veces la de Júpiter, no es visible. Fue descubierto por el ‘efecto’ gravitacional que ejerce y que produce un pequeño cambio en las señales de radio del pulsar detectado en la Tierra. El problema es que si no puede verse ni tienen muestras para laboratorio, no sé como pudo haber sido datado y todo; cualquier día nos sorprenden y le hacen incluso su fiestecita de cumple. ¡Una conjetura más de esa tropa!

La mayoría de los astrónomos del ‘Big Bang, suponían que los planetas no podrían hallarse en cúmulos globulares, pues según su ‘teoría’, las estrellas de estos cúmulos son ‘pobres en metales‘; (los astrónomos llaman así a los elementos pesados) poseen menos elementos que pesen más que el helio,  en comparación con astros como el sol. De modo que este planeta les ha metido el sombrero hasta los ojos; ellos ‘se inventaron‘ la idea de que estos metales son los bloques constitutivos iniciales de todos los planetas. De ahí que el  hallazgo esté forzando a sus astrónomos a revisar sus ‘principios‘ una vez más; son reiterativos en esto, ya que se están viendo obligados a alterar sus modelos constantemente, ante cada nuevo descubrimiento ‘científico‘ que les pone en evidencia.

Una vez más se hace obvia  la constante especulación evolucionista, en contraste con la inmutabilidad y incólume Palabra del Creador. Mas sin embargo, de una manera que no logro entender racional, por mucho que me esfuerce, aun tienen seguidores.

Pero no es la única prueba de juventud terráquea. La ‘Evolución‘ tiene con el Helio una deuda pendiente, pues la relación de átomos de helio que entran a la atmósfera es de 40, por cada uno que sale. Es decir, la cantidad de helio escapando de la atmósfera terrestre al espacio es sólo la cuadragésima parte de la que entra. La evolución no ha podido dar aun con ningún mecanismo de escape adecuado para responder a la interrogante de la poca cantidad de helio existente hoy en la atmósfera; según sus cuentas, luego de los supuestos miles de millones de años que tiene el planeta, la cantidad existente de Helio en la actualidad es la dos mil dozava parte de lo esperado. Para que se entienda bien: hay ‘X’ cantidad, cuando debería haber, 2000X.

Esto es una contrariedad irresoluta para los físicos evolucionistas; uno de sus peritos, J.W. Chamberlain, dijo que este problema de acumulación de helio ‘… no se irá, y está sin resolver.‘ Buscan explicaciones para esta poca cantidad, pero ninguna de ellas ha probado ser adecuada; reniegan de la respuesta obvia, mirando como siempre hacia otro lado: ¡la tierra es millones de veces más joven de lo que dicen!

Todos conocemos de una forma u otra el helio, ese gas extraliviano que sustituyó al hidrógeno usado en globos-sonda y zeppelines, debido a que es incombustible: ni se prende ni explota como su antecesor. También forma parte importante de las mixturas de aire usadas por los buzos a grandes profundidades, pues a diferencia del nitrógeno, ni aun a altas presiones se diluye en la sangre, evitando la punzante y peligrosa situación causada por las burbujas de nitrógeno que se crean en las arterias del buceador ante la caída de presión rápida cuando este sube a la superficie. Esta misma mezcla es usada en las fiestas familiares con globos inflados con helio, pues vuelve la voz muy aguda, debido a que el sonido viaja más rápido en el helio que en el aire.

Hay varias publicaciones serias sobre la evidencia de la juventud del planeta, ofrecida por la cantidad de helio existente en la atmósfera terrestre. Sobresale por su claridad el libro del Dr Larry Vardiman: La Edad de la Atmósfera Terrestre. (Un Estudio del Flujo del Helio en la Atmósfera, Institute for Creation Research, 1990) También David Malcolm da, desde hace años, cálculos muy minuciosos en su artículo: Helium in the Earth’s Atmosphere (Answering the Critics), Creation Ex Nihilo Technical Journal 8(2):142-147, 1994.

Se cree que el helio que hay en el sol es creado por fusión nuclear. El núcleo de hidrógeno, el elemento más liviano, se combina para formarlo, liberando grandes cantidades de energía. Pero en la tierra, se genera, esencialmente, por decaimiento de alpha radioactivo. El gran físico neozelandés Ernest Rutherford (1871-1937) descubrió que las partículas alfa eran en realidad, núcleos de átomos de helio. Los elementos radioactivos en las rocas como el uranio y el torio, producen helio de esta manera, y este, al ser un gas, se escapa al aire.

Los científicos pueden saber la velocidad a la que se crea el helio y a la que escapa de las rocas, cuánto entra al aire, y cuánto sale hacia el espacio. También evalúan su cantidad en las piedras y en el aire; así calculan la edad máxima de ambos. Los resultados son imprevisibles para los que creen en miles de millones de años, pues no le salen las cuentas y siempre la juventud de la Tierra queda bien parada; pese a que, por supuesto, todos esos cálculos dependen de asunciones sobre el inicio de la Tierra, que ellos dan por seguras.

Pero la acumulación de helio es incluso más lenta hoy que en el pasado, pues las fuentes radioactivas han decaído. Esto haría aun más chavalito a nuestro planeta. La única salida ante esta situación es asumir que el helio está escapando de la atmósfera. Mas, de ser así, sus átomos deben moverse muy rápido para vencer a la fuerza de gravedad, y está demostrado que no es posible, pues la velocidad de los átomos de helio es menos que un cuarto de la velocidad que necesitan para vencerla y salir al espacio exterior.

El físico creacionista Robert Gentry investigaba granito en las profundidades de la tierra, buscando contar con un almacén para el desecho radiactivo de las plantas nucleares; pero esto requería que los elementos no se movieran muy rápido a través de la roca. El granito contiene zirconios, vidrios minerales que a menudo retienen elementos radioactivos. Por lo tanto deberían producir helio, que estaría escapando. Pero Gentry encontró que de haber tenido miles de millones de años para fluir al exterior, no debía existir tanto helio aún en los profundos y calientes zirconios (197°C). Sin embargo, si sólo hubieran pasado los 6 mil años bíblicos, entonces no estaríamos sorprendidos de que quedara tanto.

La cantidad actual de helio existente en el aire y en las rocas, contradice una tierra de miles de millones de años, según piensan los evolucionistas y ‘creyentes‘ que han decidido secundarles. En lugar de ello, ofrece una excelente evidencia científica para una edad corta, tal como nos alecciona el Bereshit (Génesis griego) 1:1-31, solo pongo el último versículo:

31″Y Dios vio todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno. Y fue de tarde, y fue de mañana, el sexto día.”

Con el Creador no se puede ir a medias: o creemos en toda su Palabra… o nos pasamos al otro bando.

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