EVOLUCIÓN: ABIOGÉNESIS A POR SUS FUEROS

abril 5, 2008

“Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia, la cual profesando algunos, se desviaron de la fe. La gracia sea contigo. Amén” (1ª Timoteo 6:20)

LAS NEBULOSAS DE CHARLES Y ASOCIADOS

El antiguo concepto de abiogénesis o autogénesis, en Biología, sostenía que podía surgir vida animal y vegetal de forma espontánea, a partir de materia inerte; este indicaba que germinaban gusanos del fango, moscas de la carne podrida, cochinillas de los lugares húmedos, etc. Así, la idea de que la vida se reciclaba continuamente en la Tierra a partir de restos de materia orgánica, se denominó generación espontánea.

En la segunda mitad del siglo XIX, los ensayos de Luis Pasteur probaron definitivamente que los microbios no se originaban al azar. Gracias a él, aquella absurda idea debió ser desterrada del pensamiento científico, y a partir de entonces se aceptó de forma general el principio que sentenciaba que todo ser vivo procede de otro ser vivo.

Pero, ante la insistencia atea de no reconocer el origen de la vida tal como se plantea en las Escrituras, los mismos seguidores de la antigua corriente se reincorporan al camino, aspirando dar respuestas coherentes al umbral de la existencia, con el concepto de que en un momento indeterminado, eones de tiempo atrás, la materia no orgánica generó la primera célula viva. O sea, en lugar de recapitular, dan un inmenso salto hacia delante, respondiendo ‘sus’ incógnitas, con más absurdos.

¿En qué se fundamentan? Pues de nuevo en la generación espontánea; es decir, más de lo mismo, pero aplicando la seudo ciencia para convencer que ‘esta vez sí tienen la razón.’ Mas es muy difícil visualizar las cosas inertes, ultrapasando la frontera hacia lo vivo, sin aportar ideas congruentes, porque, ¿qué funda una célula viva? ¿Que criterios deben ser cumplidos?

El propósito de todo método científico es relacionar el efecto (observación) con la causa, al tratar de reproducir el efecto, recreando las condiciones bajo las cuales este ocurrió. Cuanto más complejo es el fenómeno, mayor es la dificultad que la ciencia tiene para investigarlo, y en el caso de la investigación del origen de la vida, se topa con dos trabas: las condiciones en que ocurrió son desconocidas y se ignora la esencia original.

Pero, ¿qué es la vida? Las células son los elementos más simples de todos los seres vivos; aun los procariontes, los más elementales. ¿Han podido demostrar que una sola bacteria ha surgido de la nada? Decididamente: No. Aun así, no solo obvian esta falta de evidencia, sino que además dicen que esta bacteria, sin núcleo,  citoesqueleto, y muchos otros organelos imprescindibles, se fue abasteciendo de todo ello por sí misma, sin ayuda externa, llegándose a convertir en un organismo complejo. ¿Han aportado alguna prueba de esto? Decididamente: No, pero siguen adelante con sus elucubraciones, como si en Ciencia no fueran necesarias las evidencias.

Todos los organismos complejos se componen de células, cada una integrada por un microcosmos de entidades que la convierten en un ínfimo mundo funcional. Células únicas de vida libre, como la ameba y otros protozoarios, deben desempeñar todas las funciones necesarias para la vida, igual que individuos más complejos. Una célula posee sistema digestivo, reproductor, respiratorio, nervioso, esquelético, excretor, muscular, etc., muy minúsculo e interconectado para haber surgido por azar.

El análisis se complica si se piensa que toda célula viva ostenta características en común, consideradas fundamentales: el código primario rico en informaciones de ADN, la enzima ADN polimerasa necesaria para la reproducción de dicho código, ARN intermediarios y ARN polimerasa requerido para transcribir las precisas instrucciones metabólicas que aparecen enigmática e inexplicablemente ‘codificadas‘ en la molécula de Ácido desoxirribonucleico (ADN). El hecho concluyente de que todo elemento celular tiene garantizada su necesidad de energía de una forma u otra constituye una evidencia de diseño, no de sucesos casuísticos.

Añadamos ahora el mecanismo de síntesis de proteínas contenido en los ribosomas, los ARN transportadores y las enzimas precisas para ligar a cada uno de los aminoácidos respectivos, más la membrana celular y las vías metabólicas fundamentales para generar los materiales necesarios en las reacciones mencionadas anteriormente, implicando en ellas a cientos de fermentos participantes, de forma organizada y muy bien calculada.

Asombrosamente, una vez más, sin ninguna prueba confirmatoria, vuelven a asegurar que toda esa complejidad también sucedió por sí misma, por azar de la Naturaleza y por una selección natural controladora, que nadie ha evidenciado con referencias comprobatorias. Dicen que de la materia inorgánica surgió la orgánica, y que esta fue adquiriendo complejidad gracias a su sabiduría infinita, durante miles de millones de años, hasta el momento actual. Esa es la sopa que se da a beber en las escuelas, desde hace casi dos siglos.

Los autores de esta nueva teoría abiogénica, señalaron cuatro componentes esenciales para el origen de la vida:

1. Una atmósfera llena de moléculas gaseosas reducidas y una fuente de energía para convertir esas moléculas en precursores biológicos necesarios para la subsistencia.

2. Un océano saturado de pequeñas moléculas biológicas resultantes del punto anterior.

3. Un mecanismo que genera, a partir de este mar molecular, polímeros ricos en información, necesarios para una célula viva (ADN, ARN y proteínas)

4. Interiorizar, confiada y absolutamente, que si el paso número tres es implementado, dará como resultado, inevitablemente, la sublime formación de una célula viva.

La primera condición impone un aspecto químico. Los primeros estudios serios al respecto, datan de 1920, cuando J.B.S. Haldane y A.I. Oparin sugirieron que la vida se originó espontáneamente a partir de la materia inerte existente en la superficie terrestre en un pasado remoto, y describieron un escenario para esa ocurrencia: una química oscura, pero ampliamente aceptada entre aquellos que procuraban establecer un origen naturalista para la vida en la tierra.

Años después, en el 1953 Stanley Miller hizo sus experimentos basado en el ambiente de Oparin (CH3, NH4, H2O, y H2), y logró varios compuestos simples, incluyendo algún aminoácido, así como una cantidad de alquitrán. Miller y Urey propusieron que la luz ultravioleta y descargas eléctricas, produjeron pequeñas moléculas biológicas precursoras en la “tierra primitiva”, luego depositadas en los océanos por el ciclo hidrológico.

Más tarde, Carl Sagan propuso que la tierra primitiva estaba sometida a un flujo de rayos UV 100 veces más fuerte que los de hoy día, y que el H2S proveniente del vulcanismo fue un agente catalizador. En el inicio de la decada de los 70, Bar-Nun demostró que las ondas de choque de alta velocidad resultaban 10,000 veces más eficientes que los otros métodos, convirtiendo la atmósfera gaseosa reductora de Oparin en pequeñas moléculas, formando cuatro aminoácidos.

Actualmente, algo más de una decena de aminoácidos puede ser producida bajo condiciones de la atmósfera reductora que se ‘cree‘ existió en la tierra primitiva. Pero, como también se generan aminoácidos no proteicos, estos competirían con los veinte aminoácidos de síntesis, en cualquier hipotética reacción abiogénica, afectando la teoría.

Oparin reconoció la necesidad de excluir oxígeno o algunos otros compuestos oxidativos de la mezcla. Esto fue muy conveniente, debido a que tal mezcla probó ser capaz de generar una variedad de pequeñas moléculas de interés biológico.

Pero hubo oxígeno; Philip Abelson (1966) y J. W. Schopf (1972) concluyeron que no hay evidencias de una atmósfera inicial de metano-amonio, y desde el vuelo del Apollo 16, se supo que la fotodisociación del agua en la atmósfera superior, por inducción, es una de las fuentes mayores de oxígeno libre atmosférico, así que este se debió generar en un promedio alto en la tierra, sin la presencia de un escudo de ozono (hecho por oxígeno) para bloquear la intensa luz UV del sol. Un análisis de las rocas ‘consideradas‘ del Precámbrico parece indicar la presencia de oxígeno libre, a niveles similares de los hoy día (Walker, 1977), y que la tierra no tuvo la atmósfera reductora que apoye a estas tesis.

Por otra parte, queda la incógnita del surgimiento de biopolímeros ricos en información que provocarían la necesaria síntesis de macromoléculas imprescindibles para el desarrollo de una pre-célula. La síntesis de proteínas y ácidos nucleicos a partir de pequeñas moléculas precursoras, en el hipotético océano biótico, representa uno de los desafíos más difíciles del modelo de la evolución, ya que el agua no favorece la formación de enlaces peptídicos, sino que es su ausencia lo que beneficia la reacción.

Sidney Fox reconoció el problema y comenzó a elaborar una alternativa mediante la que logró crear una especie de sustancia polimerosa. El material polimerizado se vació en una solución acuosa, resultando en la formación de algo que llamó ‘proteinoides‘, que consideró como células. Reclamó casi todas las propiedades imaginables para su producto, incluyendo que él había alcanzado la transición de la macromolécula hacia la célula.

Fue aun más lejos, intentando  demostrar que un pedazo de roca de lava pudiera sustituir un tubo de ensayo en la síntesis de proteínas y afirmó que el proceso ocurrió en la tierra primitiva en los alrededores de los volcanes. Sin embargo sus críticos y sus propios alumnos desnudaron su credibilidad:

Se demostró que los proteinoides no son proteínas, pues contienen muchos enlaces no peptídicos y otros cruzados que no son naturales. Los enlaces peptídicos son del tipo beta, mientras que todos los enlaces peptídicos biológicos son del tipo alpha. Los materiales con los que inició el experimento fueron aminoácidos purificados, que no tenían semejanza con los materiales disueltos en la “sopa orgánica“.

Si alguien tuviera que hacer el experimento con la sopa pre-biótica, el único producto sería alquitrán. El porcentaje de 50% ácido aspártico y ácido glutamico necesario para estos experimentos no tienen semejanza al porcentaje muchísimo mayor de glicina y alanina hallados en los experimentos de síntesis de la tierra primitiva, y tampoco hubo contenido de información genética.

Todas las alegaciones expuestas por Fox fallaron en pasar las pruebas cuando fueron examinadas cuidadosamente. Aunque sus resultados iniciales parecieron coincidir mucho con su teoría, la realidad resultó catastrófica para las esperanzas de los paleontólogos, geólogos y bioquímicos involucrados en una creación casuística y natural.

También se propuso el uso de arcillas, pues en este ambiente los grupos de aminoácidos tienden a ordenarse, y se han logrado producir polímeros a partir de muchos aminoácidos. Pero, aunque estos estudios han generado el interés de los evolucionistas prebióticos, su relevancia ha sido sofocada, entre otras cosas, porque las arcillas muestran preferencia por aminoácidos básicos.

Para obtener resultados y que ocurra la polimerización, deben ser usados aminoácidos puros y activados, ligados a adenina, sin embargo, los aminoácidos adenilados no son el material flotante más común en el océano prebiótico. Si se usan aminoácidos libres, no ocurre la polimerización adecuada, pues los polímetros resultantes son en su mayoría tridimensionales y no lineales, como suelen ser los biopolímeros.

Recientemente fue abierto un capítulo final con el descubrimiento de las moléculas de ARN auto catalítico. Fueron recibidas con gran gozo por los evolucionistas, porque daban esperanza de disminuir la necesidad de fabricar proteínas en la primera célula; les llamaron “ribozimas“, pero sin embargo, estas probaron ser incapaces de responder a la expectativa, debido a dos factores:

– Aunque una ribosa puede ser producida bajo condiciones prebióticas simuladas, resulta un azúcar raro en los polímeros de formaldehído (mecanismo pre-biótico que se acredita dan origen a los azúcares). Además de la presencia de nitrógeno, los aminoácidos de la mezcla de reacción podrían prevenir la síntesis de azucares (Shapiro, 1988).

– Ninguna de las 5 bases presentes en DNA/RNA son producidas durante la oligomerización HCN (ácido cianhídrico) en soluciones diluidas (el mecanismo pre-biótico que se cree que dio origen a las bases nucleotídicas). Además de los problemas de síntesis de los precursores y de las reacciones de polimerización, todo el bosquejo depende de sintetizar una molécula de RNA capaz de hacer una copia de sí misma, pues la molécula debe también realizar alguna función vital para iniciar la fuerza de la vida; pero tal hazaña, no ha podido verse manifiesta.

Todo ese “Mundo RNA” perdura en calidad de ficción; no ofrece pistas de cómo llegar desde el esbozo del mecanismo convencional de las proteínas de ADN-ARN de todas las células vivas. Por otra parte, el que algunos científicos decidan exhibir tal entusiasmo por este esquema, revela la poca fe que tienen en los otros escenarios del origen de la vida discutidos anteriormente.

En todos los estudios experimentales sobre los inicios biológicos, la presencia del investigador condiciona siempre  la dirección y conclusión del experimento en el sentido de sus propósitos. Cuando este se propone lograr un objetivo (por ej., en la síntesis de los precursores o la polimerización de los precursores), elabora un sistema ‘previsto‘, que tenga alguna posibilidad de alcanzar la meta deseada. Se escogen las condiciones en las cuales los materiales resulten apropiados para una hipotética tierra prebiótica, de modo que lo obtenido quede envuelto en el aire de credibilidad necesario, aunque sea conseguido desde la manipulación inteligente, no desde el caos de las reacciones implícitas en los laboratorios.

Los cálculos son cuidadosamente manipulados una y otra vez, hasta lograr la meta propuesta; así, el lector da por hechas las situaciones contadas, que no tendrían probabilidad de ocurrir ni habrían sido posibles en el entorno natural del principio de la Creación. Por ejemplo, cuando Fox realizó sus experimentos para producir proteinoides a partir de aminoácidos, usando roca de lava en lugar de tubos de ensayo, guió su trabajo para dar la impresión de que este era un modelo idóneo para la tierra prebiótica. Creó una gran expectativa entre quienes le creyeron, mas sus resultados, como ya se ha sabido, constituyeron un fiasco más en las esperanzas evolucionistas.

Si el análisis científico cuidadoso nos lleva a concluir que los muchos mecanismos propuestos del ‘origen espontáneo‘ no han logrado producir ni una sola célula viva, la hipótesis alternativa de la Creación inteligente se torna más atrayente; los métodos de la ciencia no han logrado responder de forma concluyente, ni en un solo ejemplo plausible, a la pregunta del origen de la existencia del rico mundo biológico que aparece ante nuestros ojos.

Sagan y M. J. Newman fueron diáfanos al declarar que “la ausencia de la evidencia es la evidencia de la ausencia.”: Más transparente ni el agua cristalina; se ha estafado a la humanidad durante mucho tiempo y es hora de que alguien con raciocinio dé la señal de Stop… al menos hasta que la verdadera Ciencia, esa gran confirmadora y única homologadora, esté en condiciones de ofrecer una prueba definitiva.


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LA EVOLUCIÓN DEL AVESTRUZ

marzo 28, 2008

Permítanme, antes de comenzar el artículo, robarles unos segundos de su tiempo, con un breve testimonio de alguien que convivió con Jesucristo; comió y conversó con Él durante tres años, le observó padecer, le vio morir… y logró verle  resucitado:

La autoridad del Hijo

“Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis. Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida. Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió. De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán. Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo;  y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre.  No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz;  y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación. (Juan 5:19-29)”

HONOR, A QUIEN HONOR MERECE

La muerte siempre, su senda breve: final físico que cede el paso al espíritu vivificante: 100 años, para los más longevos, y cualquier edad menor para los restantes, en todo punto del planeta. Muy poco, comparado con la posibilidad de una existencia eterna, en una dimensión ajena a la violencia, la vanidad, la envidia…y a todos sus parientes. Nuestra estancia en el mundo, no es más que una gota de tiempo en el océano de la eternidad.

Ahora bien, no se puede permanecer indiferente al hecho de que nuestros días animando carne, en gran medida, ya vienen fijados dentro de la molécula Ácido desoxirribonucleico, más conocido como ADN: el importante componente del material genético de la inmensa mayoría de los organismos, la base química primaria de los cromosomas, y el material en el que los genes están codificados. Un diminuto libro con una inmensa información.

Consideremos el inicio de todo: el embrión humano,  cuyas instrucciones de formación se hallan en los cromosomas. Allí, el ADN codifica toda orden; como un recetario, procesa las proteínas necesarias para el futuro ser, que contará con unos 30.000 genes diferentes, cuyas funciones se intentarán describir, para que se pueda apreciar la inteligencia que se esconde tras su diseño.

De forma sencilla y elemental, se puede comenzar diciendo que si alguien cercano cita esa palabra, inmediatamente solemos asociarla a un buen bistec; y, hasta cierto punto, es un juicio razonable, aunque no todas las proteínas terminan siendo carne. En realidad, somos lo que somos gracias a las propiedades de un conjunto muy variado de ellas. Si nuestro pelo es negro, se debe a que nuestros genes determinan que se cree la melanina responsable de ese color, si tenemos los ojos verdes y no azules, es porque nuestra pigmentación está construida de modo diferente a la necesaria para que sean azules.

Algunas características resultan fáciles de explicar; solo son controladas por un gen o unos pocos. Pero otras conciernen a muchos genes, y exigirían páginas para entenderse. También existen otras inexplicables, que responden a la personalidad del individuo; son las más complejas, muchas veces, las peores, y es preferible ni mencionarlas.

Prefiero que dediquemos un pequeño espacio a las proteínas. ¿Cómo surgen y qué son? Se deben a las uniones de determinados aminoácidos: los ladrillos con los que están construidas. Hay 20 aminoácidos distintos y muy específicos: rasillas grandes, pequeñas, rojas, negras… en fin, toda una gama de propiedades muy bien diferenciadas entre sí.

Estos, se enlazan creando cadenas pépticas, o polipépticas, según su constitución, que una vez maduradas constituirán las proteínas que conforman nuestro organismo o el de cualquier otro ser vivo. Se ordenan de una manera concreta, como una cinta que se va doblando y liando sobre sí misma, hasta resultar una ínfima pelota compacta y muy difícil de deshacer. La proteína, después de plegarse, tendrá un aspecto similar. Estos pliegues condicionarán sus propiedades, y por tanto, las funciones que podrá realizar.

Las enzimas son también proteínas, con una forma especial que les permite unirse a los substratos de la reacción, ayudando a llevarla a cabo. Al final de la síntesis, la enzima libera los productos y regresa a su estado inicial. Su pliegue es crucial; es un catalizador que nuestro propio cuerpo crea para lograr que muchas reacciones químicas precisas en nuestro metabolismo se aceleren, e incluso, que sean posibles. Imaginemos que esta enzima deberá acoplarse a un substrato de forma cuadrada; los pliegues en su estructura deberán formar un hueco de la misma forma, para que ella se ajuste adecuadamente.

Supongamos un error en el montaje, que cambie un aminoácido por otro diferente. Esto podría inducir variación en los pliegues del péptido; quizás el hueco se vuelva triangular. En ese momento la enzima dejaría de funcionar como es debido, ya que el substrato no podría acoplarse. Es como si la enzima fuese un cerrojo, y el substrato la llave. Si está bien montada, el substrato encaja como un llavín en su cerradura. Pero un error de obra haría al cerrojo defectuoso, y el picaporte no funcionará. Es decir, la reacción dejaría de llevarse a cabo, y podría ser un pequeño gran desastre para el cuerpo; así, una enzima puede condicionar el funcionamiento correcto del metabolismo de todo un organismo.

En realidad, esto es solo un ejemplo, pues las proteínas tienen muchas más funciones que esa; controlan muchos aspectos. Un caso palpable, sería un error en la llamada insulina, que implique que esta ya no sea funcional, y no pueda inducir el almacenamiento de azúcar en el hígado. ¿El resultado?: Un individuo diabético.

Otro ejemplo claro de la influencia de las proteínas en nuestras características personales son los grupos sanguíneos. Las diferentes estructuras de una proteína de membrana en los glóbulos rojos determinan el grupo al que pertenecemos (A, B, AB, u O). Algo vital a la hora de la necesidad de transfusión sanguínea por accidente u operación quirúrgica.

Pero, volviendo a los péptidos: obviamente la célula necesita de unas instrucciones de montaje para crearlos. Por si sola, no sabría que hacer con las bases nitrogenadas existentes, pero si accede a la información prevista, no casual, será capaz de formar los aminoácidos imprescindibles para las funciones orgánicas… y esta información está contenida en el ADN, escrita en un código especial: ‘el código genético’. La información será procesada de manera que el resultado final sea una flamante proteína; las instrucciones de montaje de la misma se agrupan en un gen, a veces en varios.

Estrictamente, se considera como un gen aquella fracción de ADN que se transcribe a ARN, y este paso de ADN a ARN se llama transcripción. El ARN es una molécula de estructura y composición similar al ADN. La diferencia funcional más importante es que el ADN se comporta como almacén estable de la información, y el ARN como un mensajero entre el almacén y el procesamiento de esta información. En realidad hay varios tipos de ARN: además del mensajero; pero alargaría mucho este artículo, que está pensado para que resulte básico, elemental, y de fácil comprensión.

Imaginemos al ADN como una gran biblioteca, en nuestro caso, de 46 volúmenes: los cromosomas. Está dispuesta para un químico que necesita realizar múltiples operaciones, (Recordar que solo analizamos aquí la construcción de un nuevo embrión humano, a partir de que un óvulo es fecundado por el espermatozoide) El especialista está frente a su laboratorio, manipulando en diversos equipos, y envía a sus ayudantes (ARNm), a buscar determinada información codificada en la biblioteca, para lograr las reacciones deseadas. Estos datos serán copiados por sus auxiliares, en un papel al que llamaremos ARN, y que luego llevarán ante la sabiduría del laboratorista: el Dr. Ribosoma.

En cuanto este empieza a leer, dará inicio el proceso que terminará con todas las reacciones necesarias y previstas. Se irá montando el péptido codificado en el ARN, a partir de los aminoácidos especificados en las instrucciones transcritas; este proceso de paso de ARN a péptidos se llama traducción. Luego vendrá la maduración del producto sintetizado, hasta llegar a una estructura de proteína utilizable.

Así se producen las proteínas escritas en el ARN mensajero, a su vez codificadas en el ADN; aunque no todo el ADN que es transcrito a ARN codifica para proteínas, pues algunos genes pasan a ARN y no son traducidos a péptidos, sino que realizan funciones vitales en la célula, como por ejemplo, transportar los aminoácidos hasta el ribosoma, o formar parte de la estructura de este último, entre otras.

Más, centrémonos en la biblioteca. El ADN es una molécula enorme, formada por 4 bases nitrogenadas, que se van repitiendo en un orden cronológico. Cada base contiene una molécula de azúcar y una de ácido fosfórico que se unen por afinidad, integrando esqueletos de azúcar y ácido fosfórico, alternados. Es como si cada esqueleto fuera un hilo al cual vamos atando cuencas de cuatro colores distintos: adenina, timina, guanina y citosina; con una peculiaridad importante: forman parejas que son complementarias, encajando dos a dos, como piezas de un rompecabezas.

La adenina con la timina, y la guanina con la citosina; no son intercambiables. Esta propiedad hace que se mantengan unidas las dos cadenas que forman el ADN. Podemos imaginar las dos cadenas unidas, como una tira con dos filas de piezas enfrentadas entre ellas. Su eje longitudinal, partido en dos, descubriría las caras de todas las piezas.

Ahora vamos al siguiente paso: el ARN. Este sería, en el símil bibliotecario, el papel donde los ayudantes apuntarán la información bajo código, para entregarla al r-ibozoma. El papel del ARN, es bastante parecido al de los libros de la biblioteca; es decir, el ARN (ácido ribonucleico), se construye con ‘material‘ similar que el ADN, con una pequeña variación en el extremo de la molécula de azúcar de su esqueleto: un oxígeno más en cada base. Además, los ARN en lugar de la timina del ADN, contienen uracilo. Al final, resulta una cadena sencilla de piezas, con las bases: adenina, uracilo, citosina y guanina, y con un esqueleto morfológicamente diferente.

La síntesis del ARN es similar a la replicación del ADN. La doble cadena de ADN se separa, y hace la función de molde. Las bases del ARN se montarán sobre una de las caras ahora expuestas del ADN abierto, de modo que sean complementarias a la secuencia del molde de ADN. Una vez acabada la réplica en ARN del gen necesario, el mensajero se separará del ADN, y éste volverá a adquirir la forma original de doble cadena. Así, se tendrá una cadena sencilla de bases, con una secuencia complementaria a la del gen que se ha transcrito: un papel con toda la información anotada. El siguiente paso será la lectura por parte del ‘ribozoma‘ que lo traducirá; el decodificador que convertirá lo escrito en el ARN en cadenas polipeptídicas.

¿Cómo se lee esa secuencia de bases que es ahora el gen? Aquí entra en escena el código genético. Las bases del ARN son leídas como palabras; cada combinación distinta de bases, o letras, indica un aminoácido. Sabemos que estos grupitos son de tres, (tripletes). El hecho de que sean tripletes, y no parejas, o cuartetos es pura lógica; la naturaleza utiliza 20 aminoácidos distintos, y si existen 4 bases (adenina, uracilo, guanina y citosina) posibles de ordenar en diversas combinaciones, vemos que si las agrupamos de dos en dos, habrá 16 resultados. Si el código genético se basara en parejas, solo podría tener palabras para 16 de los 20 aminoácidos, y sería insuficiente.

Si las agrupaciones se efectúan con las 4 bases involucradas entre sí, sería excesivo, pues resultarían 256 palabras para describir los 20 aminoácidos: un gasto innecesario de materia. Pero los tripletes, de 3 bases cada uno, dan 64 combinaciones posibles, y aunque sigan siendo demasiadas, responden mejor a las expectativas. La solución aparente, al exceso de palabras ha sido que varias de ellas sean sinónimas; o sea, varios tripletes implican un mismo aminoácido.

Esto, en principio parece ser inútil, y podemos pensar que se podría buscar algún modo para que pudiéramos codificar los aminoácidos con parejas, aunque en última instancia, solo nos faltan 4 palabras. Pero no hay que olvidar que además, el ribosoma precisa de unas señales de puntuación del tipo principio y final, lo que aumenta el número del ‘vocabulario‘ necesario.

Además, los tripletes sinónimos, dan una ventaja que las parejas no poseen: suelen ser muy parecidos, con, normalmente solo una base de diferencia entre ellos. Esto hace que si se ha derivado algún error de copia de ADN a ARN, se pueda salvar en algunos casos, si el triplete resultante resulta sinónimo del original. Algo bien pensado, desde la lógica humana, aunque no definitivo, pues aun hay muchas cosas que podrían saltar a la luz en la misma medida en que la Ciencia continúe su imparable avance.

Una vez ante los ‘tripletes’, el ribosoma leerá la cinta de ARN, comenzando por el extremo con la señal de principio establecida: AUG. Es decir; ‘sabe‘ cómo comenzar a trabajar; es capaz de comprender la orden codificada. Leerá triplete por triplete, y montará una cadena con los aminoácidos que le indica la receta, en el orden explícito.

Por último, el ribosoma hallará una señal de final de síntesis: los llamados ‘tripletes sin sentido‘ o codones stop. Son tres: UAA, UAG y UGA; no existe ningún ARN de transporte, cuyo anticodón sea complementario de ellos y, por lo tanto, la biosíntesis del polipéptido se interrumpe ante cualquiera de estos tres que aparezcan en el proceso. Indican que la cadena polipeptídica ya ha terminado, se soltarán el ARN y el péptido sintetizado, que madurará, se plegará, y estará listo para entrar en acción allí donde haga falta.

Este es, a grandes rasgos, el proceso considerado por algunos como ‘casuístico‘; una de las cuestiones que más debates ha constituido en este blog, derivando hasta el extremo de descalificaciones e insultos que genera la impotencia de críticas coherentes.

¿Es el código contenido en el ADN un Diseño inteligente, o ha surgido por casualidad? ¿Sus señales de ‘inicio‘ y ‘parada‘, de síntesis proteica han sido pensadas por una mente superior, o también derivan del azar? Personalmente, creo que hay demasiado control para pensar en el caos de la casualidad. La verdad está en el corazón del ser humano; cada cual se dará a sí mismo su propia respuesta. No hagamos como el avestruz, que por miedo esconde su cabeza, pensando que así se librará del peligro. Un animal de características únicas, que jamás tendrá pretensiones de ‘evolucionar‘ hasta águila o ‘involucionar‘ desde ella, según instruye Job 39: 13:

“¿Diste tú hermosas alas al pavo real, o alas y plumas al avestruz?  El cual desampara en la tierra sus huevos,  y sobre el polvo los calienta, y olvida que el pie los puede pisar, y que puede quebrarlos la bestia del campo.  Se endurece para con sus hijos, como si no fuesen suyos, no temiendo que su trabajo haya sido en vano; porque le privó Dios de sabiduría, y no le dio inteligencia.” 

Las mentiras vuelan por el mundo, mientras las verdades aun se están poniendo los botines; pero la bota de la verdad, una vez sobre la patraña, impedirá que esta vuelva a levantar el vuelo nunca más.

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ESLABONES PERDIDOS JUEGAN AL ESCONDIDO

marzo 24, 2008

Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de todos. (Hebreos 2:10)

¿DÓNDE ESTÁ MI GATO-PERRO?

Según la teoría de la evolución de las especies, en su ‘evolución‘ más reciente: el neodarwinismo fundamentado en la selección natural y las mutaciones ‘azarosas’, todo ser vivo (me gusta incluir a todo tipo de plantas) proviene de un antecesor. Es decir, una especie tiene el don de trasmutar en otra con el tiempo, y todo lo que vemos, en mar y tierra, nació de esa manera. Ante la reconocida dureza de reflexión, se ha intentado endulzar la mitificada tarta evolutiva con la posibilidad de cambios en un entorno de miles de millones de años.

O sea, que por ahí deben andar los restos de las numerosas especies intermedias derivadas del enorme proceso que ha llegado a generar la multitud de ellas que habitan hoy el planeta Tierra. En el pasado debieron haber visto la luz solar, criaturas con rasgos de lagartos-aves, en combinación con aquellos que tenían de pez, los cuales, por puro raciocinio, debieron haber convivido con los propios, peces y reptiles existentes. También por pura deducción lógica, en ese entorno se deberían haber sumado los pájaros con características de animales rastreros, cuya formación morfológica debía aparecer en fósiles de de pájaros reptiles: las famosas formas transitorias citadas por la evolución.

Continuando con el razonamiento y la deducción, en la actualidad deberíamos estar rodeados de millones y millones de esas raras especies surgidas de la selección natural.  Cantidad y variedad: ese es el enigma que no logra descifrar la ausencia de los registros fósiles correspondientes, ya que deberían multiplicar los existentes, y sus restos estar esparcidos por el mundo entero; cosa que no ha sucedido (ni sucederá).

Ya hay muchos paleontólogos que se han visto obligados por la aparición repentina y completa de seres complejos, en la llamada ‘explosión cámbrica’, y por esta ausencia fósil, a crear la nueva teoría de ‘equilibrio punteado‘ de la que se ha debatido en este blog, consistente en que las especies fueron apareciendo de pronto, con sus cadenas de ADN totalmente cambiadas para dar lugar a cada nuevo ente biológico.

En su “El Origen de las Especies”, Darwin comentaba: “Si mi teoría es correcta, innumerables variedades intermedias, que vincularían más ajustadamente todas las especies del mismo grupo, deben haber existido con seguridad… En consecuencia, evidencias de su anterior existencia podrían encontrarse solamente entre los restos fósiles“.

Resulta evidente que el mismo autor del caos evolutivo era consciente de la ausencia de dichas formas transitorias. Miraba esperanzado hacia el futuro, contando con que fuesen localizadas. Por esta razón, considerando que ello constituía el obstáculo mayor de su teoría, agregó un capítulo a su Origen de las Especies: ‘Dificultades de la Teoría’, del cual he extraído el siguiente párrafo:

¿Por qué si las especies han descendido de otras por medio de claras graduaciones no encontramos por todas partes innumerables formas transitorias? ¿Por qué no se presenta toda la naturaleza desordenada, contrariamente a lo que sucede con las especies existentes, a las que podemos ver bien definidas? Pero, como según esta teoría deben haber existido innumerables formas transitorias, ¿por qué no las encontramos enclavadas en cantidad innumerable en la corteza terrestre?… Pero en la región intermedia, con condiciones de vida intermedia, ¿por qué no encontramos ahora variedades intermedias estrechamente vinculadas? Esta dificultad me ha confundido totalmente durante un largo tiempo”.

Solo le quedaba una alternativa ante esta situación: aunque los registros fósiles hallados hasta aquel momento eran inadecuados, planteó que cuando se les hubieran estudiado pormenorizadamente se encontrarían los nexos necesarios: los eslabones perdidos.

Los investigadores evolutivos, fieles al concepto, llevan más de 150 años excavando y buscando en todos los continentes, pero sin resultados satisfactorios: no solo no existe evidencia de forma transitoria alguna, sino que lo hallado señala que cada especie apareció de pronto, con todas sus características. Cada fósil extraído, mostró que la vida apareció sobre la Tierra repentina y totalmente formada. La esperanza evolucionista, devino en colapso.

El reconocido paleontólogo evolucionista británico, Derek V. Ager, lo corrobora:

“Lo que se presenta, si analizamos pormenorizadamente los registros fósiles, ya sea a nivel de órdenes o especies, es que lo que encontramos una y otra vez no es una evolución gradual sino la repentina explosión o aparición de un grupo a expensa de otro”.

Por su parte, Mark Czarnecki, otro paleontólogo evolucionista, comenta lo siguiente:

 “Los registros fósiles, las huellas de las especies desaparecidas preservadas en las formaciones geológicas de la Tierra, han sido un gran problema para la demostración de la teoría. Dichos registros nunca han revelado rastros de las hipotéticas variantes intermedias de Darwin. Por el contrario, las especies aparecen y desaparecen abruptamente, y esta anomalía ha alentado los argumentos creacionistas de que cada especie fue creada por Dios”.

Pero, como la esperanza es lo último que se pierde, siempre hay alguien que insiste en la posibilidad de una aparición futura. (Si emergió un Cámbrico negativo, ¿por qué no un golpe de suerte evolutiva?) A esta opción se apunta el profesor de paleontología de la Universidad de Glasgow, T. Neville George:

“No hay ninguna necesidad de disculparse por más tiempo de la pobreza de los registros fósiles. En cierta manera se han vuelto casi inmanejables por lo cuantioso, y los descubrimientos están poniendo fuera de lugar la integración… Sin embargo los registros fósiles continúan componiéndose principalmente de vacíos”.

Ya hemos visto, en un artículo anterior, fotos de fósiles aparecidos en las revistas  National Geographic y New Scientist, datados, desde supuestos 40 a 400 millones de años, que resultan morfológicamente idénticos a los actuales congéneres. Exactamente, se trataban de un tiburón, una langosta, una hormiga y una cucaracha. Si 400 millones de años no resultan suficientes para modificar una especie, ¿cuántos millones son necesarios para que ocurran las ‘especies transitorias’? Y hablamos de millones de especies; cada una urgiendo la forzosa intervención del tiempo para que se manifiesten en ellas cada estado transicional.

De modo que el único recurso que le queda a los desbrozadores de tierras, es donar sus palas, picos y demás enseres de trabajo a alguna ONG de la construcción, para darles mejor uso… o continuar en su tozudez generadora de promesas y sueños fatuos, intentando hallar el gato-perro que les catapulte a la fama, pues la competencia es tanta, que la vanidad ha hecho que esta constituya su principal objetivo; más allá de demostrar que procedemos del azar y hacia el azar nos dirigimos.

No importa que la riqueza de la Creación, que señala en todo momento planificación y diseño, apunte hacia un plan de futuro para la humanidad. Hay una seudo ciencia, que se la juega en el ‘todo por el todo‘, para lograr que la mente de Dios ni siquiera se considere en el pensamiento humano.

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EVOLUCIÓN: UN ROSARIO DE EMBUSTES.

marzo 7, 2008

COSAS QUE HAY QUE RECORDAR

Sr. Manuel, este artículo, se lo dedico a usted. Permítame participar de su debate con el hermano Daniel, a través de este razonamiento derivado de la página que ud. ha exhortado a que se visite y que he visitado. De ella he extraído:

‘Y los humanos evolucionaron de ancestros simiescos tanto si lo hicieron a través del mecanismo propuesto por Darwin o por algún otro, todavía no descubierto. Por otra parte, “hecho” no significa “certeza absoluta”. Las pruebas finales de la lógica y las matemáticas fluyen deductivamente de premisas indicadas y logran certeza sólo porque no tratan acerca del mundo empírico.’

Yo le afirmo, con esa misma energía que el autor emplea para dar la evolución como un hecho, que si una entidad bancaria, una congregación humana de cualquier tipo, o una simple persona le miente a usted; en ese mismo momento, la credibilidad adquiere fecha de caducidad. La credibilidad demanda de toda una vida; la no-credibilidad, de un solo instante.

La evolución ha presentado fósiles, (adjunto fotos) en National Geographic, Vol. 152, 159, 1523 y New Scientist, 20 enero 1984,) de hipotéticos millones de años, que resultan idénticos a sus descendientes actuales; sin estado transicional entre ellos. Claras evidencias de ‘no resultado de la evolución’ sino de la creación especial. Se ve un tiburón datado en 400 millones de años, una langosta de 40 millones, una hormiga con 100 millones y la cucaracha de 320 millones. Y no hablo de €, sino de años.

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Otro caso de ‘eslabón presentado’: empuje y marcha atrás, fueron los dientes y los espolones del arqueopterix, contrastados con otro fósil Chino (1996), que provocó una confusión aún mayor. “Science” publicó un artículo de Hou, Martin y Alan Feduccia, sobre un pájaro de 130 millones de años: el Lidoningornis, quien tenía el mismo hueso del pecho, en el que se insertan los músculos, igual que en los pájaros modernos, de los cuales tampoco se distinguía en lo demás. La única diferencia residía en los dientes de la boca.

Esto probaba que no provienen de los dinosaurios; indican que no resulta una forma transitoria, de ellos a ave, es decir, de una especie a otra, como sostenían los evolucionistas, y constituyó otra evidencia a favor del diseño de la Creación, ya que no se observa estado transicional con respecto a los actuales. El ‘Discover’ presentó el artículo “¿De dónde vinieron los pájaros? El propio Stephan Jay Gould y Niles Eldredge, paleontólogos de Harvard y evolucionistas mundialmente conocidos, aceptan que el Arqueoptérix resultó un “mosaico” viviente que albergaba varios rasgos distintos en su constitución, ¡pero que nunca puede ser considerado una forma transitoria!

Por otra parte, dentro de esta misma temática del ‘mentir a toda costa‘, iniciada por Haeckel, el conocido médico y también paleoantropólogo aficionado, Charles Dawson, afirmó un buen día haber hallado un hueso de quijada y un fragmento de cráneo en una cueva de Piltdown, Inglaterra, en 1912. Aunque el maxilar se parecía más al de un mono, los dientes y el cráneo eran los de un ser humano. Se supuso que esas muestras que fueron etiquetadas “Hombre de Piltdown” tenían 500 mil años de antigüedad. Distintos museos la presentaron como prueba absoluta de la evolución humana.

Por más de 40 años se escribieron artículos ‘seudocientíficos’ sobre este embuste, se dibujaron muchas interpretaciones del mismo y el fósil fue presentado como una evidencia importante de la evolución humana, en las propias escuelas. Hubo, no menos de 500 tesis doctorales sobre la materia, y el conocido paleontólogo norteamericano Henry Fairfield Osborn, mientras visitaba el Museo Británico, en 1935, llegó a decir: “…tenemos que recordar permanentemente que la Naturaleza está llena de paradojas y este es un asombroso hallazgo referido al hombre primitivo…”

Años después, en 1949, Kenneth Oakley, del Departamento de Paleoantropología del Museo Británico, quiso experimentar la reciente “cata del flúor”, para fósiles antiguos, en el ‘Hombre de Piltdown’. El desenlace fue pasmoso; durante el análisis se comprobó que el hueso maxilar no contenía flúor. Esto indicaba que llevó enterrado solo unos pocos años; al igual que el cráneo, con muy poca cantidad de este elemento. Más tarde, se concluyó que los dientes eran de orangután y habían sido injertados en las mandíbulas, y que las herramientas “primitivas” descubiertas con los fósiles eran simples imitaciones torneadas con implementos de acero.

Esta falsificación saltó a la palestra internacional, en 1953 con un análisis pormenorizado completado por Weiner. ¡El cráneo pertenecía a un hombre de hacía 500 años y la quijada a un mono que había muerto hacía poco! Los dientes fueron puestos en un orden determinado y los puntos de unión habían sido rellenados, buscando semejanza humana. Todo fue teñido con dicromato de potasio para darle una apariencia antigua; las tinturas se esfumaron cuando los vestigios se anegaron en ácido.

Le Gros Clark, del equipo que descubrió el perjurio, no pudo ocultar su estupor y dijo que “las evidencias de la abrasión artificial surgieron a la vista de inmediato“. En realidad, bien podemos preguntar, ¿cómo es posible que algo tan obvio haya dejado de ser advertido antes?” El “Bulo de Piltdown” fue sacado al fin del Museo Británico, luego de más de 40 años de exhibición; es decir, una mentira sostenida casi medio siglo: una más en el largo rosario embustero de la evolución.

Otro aporte a esta sarta, vino de la mano del director del Museo Americano de Historia Natural, Henry Fairfield Osborn, en 1922, quien dijo haber hallado un molar fósil en Nebraska occidental, cerca de Snake Brook, correspondiente al Período del Plioceno: ¡Desde 5.3 millones hasta 1.8 millones de años en el pasado! La pieza, teóricamente, tenía características comunes al hombre y al mono; emergieron profundos argumentos ‘científicos’, algunos de los cuales aclararon que se trataba de un diente del ‘Pitecantropo erectus’, mientras que otros sostenían que era más cercano al ser humano. Este diente fósil, que provocó un gran debate, fue bautizado como “Hombre de Nebraska” e incluso nominado por la seudociencia evolucionista: ‘Hesperopithecus haroldcooki’.

Muchas autoridades de la evolución apoyaron a Osborn; desde ese solo diente, gracias a la fértil imaginación evolucionista, demostrada desde hace más de 140 años, salieron bosquejos de la cabeza y del cuerpo del “Hombre de Nebraska”. Además, éste fue representado incluso con la esposa e hijos, como toda una familia en un ambiente natural.

Todo este escenario fue desarrollado a partir de un solo diente. Los círculos científicos acreditaron a este “hombre fantasma” en un grado tan alto, que cuando el investigador William Bryan se opuso a las decisiones tendenciosas que se apoyaban en un solo diente, fue criticado duramente. En 1927 se halló resto del esqueleto, demostrando que el diente del caso no pertenecía a un hombre ni a un mono, sino a una especie extinta de cerdo americano: Prosthennops “Hesperopithecus. ‘Sciencie’ no tuvo más remedio que pronunciarse, mediante un artículo de William Gregory: ‘Aparentemente No Es Un Mono Ni Un Hombre“, en el que denunciaba el fraude, elevándolo a la categoría de ‘error’.

Todos los dibujos del “Hombre de Nebraska” y “su familia” fueron retirados de inmediato de las futuras literaturas evolucionistas, pero las editadas, editadas están, como todo lo editado sobre el ‘hombre de Piltdown

Darwin, en su libro “El Origen de las Especies”, presentó la suposición de un ser humano resultado de la evolución de monos antropomorfos. Fue tras fósiles que apoyaran ese argumento; sin embargo, algunos evolucionistas creían que no sólo en los registros fósiles se iban a encontrar criaturas “semimonos semihumanas“, sino que también se les hallaría con vida en distintas partes del mundo. A principios del siglo XX, la búsqueda de “vínculos transitorios vivientes“, condujo a incidentes desafortunados, siendo uno de los más crueles el sucedido a un pigmeo llamado Ota Benga, capturado en 1904 por un investigador evolucionista en el Congo.

En su lengua nativa, el nombre del pigmeo significa “amigo“. Éste tenía una esposa y dos hijos, pero fue llevado a Norteamérica encadenado y en una jaula, donde los ‘científicos evolucionistas‘ lo exhibieron al público en la Feria Mundial de San Luis, ¡junto a una especie de monos!,  presentándolo como el “eslabón transitorio más cercano al ser humano“. Dos años después llevaron al pigmeo al Zoológico del Bronx en Nueva York, donde junto a cuatro chimpancés, un gorila llamado Dinah y un orangután llamado Dojung, fue exhibido bajo la denominación de “antiguo ancestro del ser humano“.

El Dr. William T. Hornaday, ‘evolucionista‘ y director del zoológico, pronunció largas disertaciones respecto a lo orgulloso que estaba de tener esa “forma transitoria” excepcional, a quien trataba como a un animal cualquiera. Ota Benga no pudo soportar el trato que se le daba y finalmente, lejos de su entorno, su familia, y en aquel ambiente de circo que le humillaba, terminó suicidándose.

El Hombre de Piltdown, el Hombre de Nebraska, Ota Benga… Estos fidedignos escándalos, demuestran que los científicos evolucionistas, detrás de la honrosa bandera de la Ciencia, no han vacilado en emplear cualquier tipo de método anticientífico para dar validez a su teoría. Al observar toda “evidencia” de la ficción de la “evolución humana” nos topamos con una situación similar. Estamos ante una fábula y una tropa de voluntarios, dispuestos a hacer cualquier cosa para darle validez a la misma. Sin embargo, conocedor del espíritu del hombre, soy conciente de que muchos se darán cuenta del error y rectificarán, vivo convencido de ello.

Contrastando a esa bondad a la que apelo, un par de evolucionistas obsesos, me llaman mentiroso. ¿Dónde está mi mentira? ¿Seguirán buscando el eslabón perdido bacteriano que se vuelve ameba? ¡En las trincheras de los paleontólogos, con un pico y una pala debían estar! Así sudarían un poco y eliminaran las toxinas que inundan sus cerebros, cesando de envenenar la mente de tantas personas que se dejan seducir por la seudociencia que les alimenta.

A los profesionales que siguen el evolucionismo, intentando hacerlo coincidente con los planteamientos bíblicos, les pido, en nombre de Dios, que reflexionen al calor de su Palabra, en una de las últimas advertencias de Cristo que han quedado escritas:

“Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin” (Ap 22:13)

Alfa y Omega: inicio y fin del alfabeto griego, dominante entonces. Es decir, nos certifica que, desde la primera hasta la última de sus palabras son ciertas. Si Él constantemente hablaba de la Creación, diciéndonos incluso que tomó parte vital en ella; ¿cómo vamos a ofenderle, pensando que la casualidad ha jugado algún papel? Tenemos una deuda de gratitud; si no somos capaces de morir en la cruz, al menos no seamos ingratos.


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