EVOLUCIÓN: MOTORES QUE SE HICIERON SOLOS [I]

septiembre 26, 2008

Razonando sobre la teoría evolutiva, se llega a la conclusión de que los líderes e investigadores del conjunto ortodoxo darwinista, en línea mayoritariamente general, se desempeñan en una filosofía conceptual que, en lugar de ir, desde la evidencia hacia la explicación, intentan con sus explicaciones desvirtuar toda evidencia en su contra; es decir, los defensores evolutivos, cerrados al raciocinio de los contundentes datos negadores de la teoría de Darwin, que la Ciencia está poniendo a su alcance con el ADN, presuponen aquello mismo que pretenden justificar, dándolo como hecho probado, aunque no existe tal prueba, y aunque todos los datos científicamente reales conspiren en su contra.

Si analizamos detenidamente su concepto de desarrollo de la complejidad del cerebro, por ejemplo, intentando presentarlo como un proceso normal de casualidades aleatorias que fueron surgiendo sin detenerse, constante y espontáneamente durante eones de tiempo, nos damos cuenta que la abundante correspondencia de ese órgano, con la mayoría de las funciones del cuerpo humano, no puede ser explicada en términos evolutivos, ni satisfacer la demanda de conocimiento científico, sin que aparezca realmente como una respuesta ‘evolucionadamente’ miope. Por sí sola, tal cual aparecen sus comentarios, es imposible tal evolución; sobre eso saldrá un artículo en breve tiempo, en este blog.

La estadística nacida de la realidad, dicta que una casualidad en sí misma, por definición, es una combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar… sin rumbo ni orden. O sea, el propio concepto de lo casuístico, le presenta como algo fortuito y desordenado… sin dirección reguladora. Sin embargo, todas las funciones de cada órgano, ya sean vitales o no vitales, aparecen visiblemente inscritas y codificadas antes en el genoma: diseño, programa y control. Aun así, el investigador evolucionista opta por una contradicción acientífica, chocando contra lo que se observa en los laboratorios, negando las evidencias.

El concepto primario de los evolucionistas, evita profundizar en los detalles que les contradicen; los evaden con la misma ligereza con qué se cambia la dirección cuando un pantano aparece frente a nuestros pasos. Por ejemplo, tienen enciclopedias llenas de especies en transición, y hasta crearon un hipotético árbol sin raíces, [Patente exclusiva Darwin]; ninguna otra Ciencia se ha decantado por una irreflexión como esa, pero son incapaces de explicar, por ejemplo, cómo actuó su ‘selección natural’, seleccionando que unas especies fueran monógamas, mientras otras son polígamas… o incluso asexuadas.

El ineludible resultado de frecuentar esos caminos, es que muchas veces se tiene que escoger entre las funciones de proyectos puntuales, y una restricción de opciones que aparentemente surgen de la nada [la explosión biológica de esa etapa no conocida por nadie, a la que llamaron ‘cámbrico’], pues todas las evidencias fósiles sitúan seres sin estados intermedios, con órganos perfectamente conformados, como los ‘trilobites’ de cuerpos segmentados, sistema nervioso cefalizado, con apéndices articulados y pleódopos, antenas, y ojos con un preciso sistema de lentes compuestos, prácticamente iguales a los de sus homólogos actuales: ciertos insectos y crustáceos que hoy mueven sus cuerpecitos por doquier.

Es decir, para algunas cosas lograron encontrar respuestas… y para otras también; pero siempre desde el desarrollado olfato que solo ellos poseen, adivinando la sabia intervención de la selección natural, y variando un mismo concepto al este, al oeste, al norte o al sur según lo establezca la necesidad del tambaleante crédito científico imprescindible para persistir.

Y la tesis neodarwinista afirma luego que este principio de conducta teórica, basta en sí misma para explicar todas las formas vivientes y sus intrincadas relaciones. Se auto agencian un rol totalitario y difícil: el de proteger su irracionalidad científica, de cualquier contexto que les demuestre que sus caminos no son más que laberintos de contradicción.

En fin, como decían nuestros abuelos: ‘Con estos bueyes hay que arar’… yo agregaría: hasta que surjan los sustitutos necesarios.

Pero la alternativa creacionista, está imponiendo otro curso a la historia, a partir de los propios descubrimientos ADN, de los poderosos adelantos tecnológicos, y de las cada vez más incongruentes respuestas evolucionistas, que no satisfacen dudas inevitables. Viene pisando cada vez más fuerte, desde el mundo de la microbiología: la biología molecular, como se conoce en los medios científicos.

El Doctorado en Bioquímica, Michael Behe, hoy propugnador del diseño inteligente, y ayer alumno de brillantes profesores evolutivos, fue devoto seguidor darwinista, hasta que la razón se impuso sobre la fragilidad teórica que impugnaban sus propios resultados de laboratorios. Profesor de bioquímica en la Lehigh University, Pennsylvania, y un ‘Senior Fellow’ del Centro para la Ciencia y la Cultura, del Discovery Institute, defiende la idea de unas estructuras demasiado complejas a nivel bioquímico para ser explicadas como el resultado de mecanismos de evolución. Él fue quien desarrollo el concepto de “Complejidad irreducible” (irreducible complexity).

Lógicamente, las ideas de Behe sobre diseño inteligente han sido rechazadas por los que controlan la censura en la comunidad científica y han sido categorizadas como pseudo ciencia por los enemigos de la Verdad. No obstante, como su lectura es gratis, y pese al despotrique que desde ya sé que recibiré por este artículo, les propongo que analicen su postulado, a la luz del raciocinio libre de influencias filosóficas o religiosas, y que decidan desde vuestro interior, cuánto de cierto puede o no haber en su investigación.

Su postura en realidad cambió cuando leyó el libro: ‘Evolución: una Teoría en Crisis’, del genetista australiano Michael Denton, quién expuso copiosos argumentos obtenidos del análisis de laboratorios, que negaban los planteamientos evolucionistas. Ya Behe había hecho su doctorado para aquel entonces… ¡y ni siquiera había oído hablar de esos nuevos reportes de la Ciencia! Así funciona la censura a niveles académicos, cuando los seguidores de Darwin tienen el control… ¡Cómo me recuerdan a la Rusia de Stalin!

Pero, les propongo algo honesto: desglosaré este artículo en más de uno [no sé si será suficiente con dos, por la cantidad de información existente]; primero expondré el planteamiento creacionista de Behe, y más tarde el de un especialista evolutivo, de prestigio reconocido: el Doctor Howard Berg [Harvard], el mayor conocedor de la constitución del flagelo y su termodinámica. Veamos el desarrollo:

En el siglo XIX, en plena era darwinista, los científicos creían que la base de la vida, la célula, era un simple glóbulo de protoplasma, una ínfima porción gelatinosa, algo no difícil de explicar; pero, en la última mitad del siglo XX, la irrupción de la genética en el mundo científico puso todos los conceptos patas arriba, transformándolos de forma monumental. En la actualidad, con el incremento tecnológico, los potentes instrumentos revelan los complejos y precisos mundos microscópicos. Por ej., en un simple dedal de costurera, con solo unos pocos centilitros de cultivo líquido, pueden habitar más de 4000 millones de bacterias; cada una de ellas conteniendo innumerables circuitos biológicos, instrucciones de ensamblaje para cada una de las proteínas que las componen y perfectas máquinas de nivel infinitesimal, que Darwin jamás pudo ni siquiera imaginar.

En esa base de la vida celular, han sido descubiertas verdaderos transportes moleculares que acarrean suministros de un lugar a otro de la célula; algunos, cuyo nivel de tecnología les exime incluso de una central energética, pues capturan energía de la luz solar, revirtiéndola en trabajo: su metabolismo interno y movimiento por flagelos.

Hay tantas máquinas de este tipo, como funciones necesarias. Los sentidos: vista, oído, olfato, tacto, gusto, tacto, la coagulación de la sangre, los latidos del corazón, la respiración, la respuesta inmunológica… todo acto biológico implica una inconmensurable multitud de ‘carros’ actuando en verdadero orden, cada uno moviéndose en la dirección adecuada, respondiendo exactamente a la maniobra y operatoria para la cual fue diseñada.

Al verse estos vehículos microbiológicos y preguntarse de dónde vienen esas maravillas, las respuestas fundadas en fósiles que convencieron a algunos, resultan aquí totalmente inadecuadas. Y si nos fijamos con atención en una de ellas, el flagelo bacteriano, vemos que resulta una copia casi exacta a los motores fuera de borda que usan las lanchas.

Al igual que a nadie se le ocurre decir lo contrario sobre un motor fuera de borda, por ningún lado se evidencia posición aleatoria de piezas colocadas al azar, sino un diseño inteligente: cada cosa en su sitio, cumpliendo su función. Si solo una falla, todo el sistema deja de ser efectivo y la bacteria queda condenada a una silla de ruedas microscópica, que la selección natural no le facilitaría, prefiriendo ‘quitarla del medio’. Y esa es la verdad descrita en los laboratorios… aunque los especialistas en bacterias, los defensores evolutivos, decidan ocultar esos ingenios a la sociedad.

Cada uno de los motores moleculares que impulsan a las bacterias, depende de un servosistema biológico, constituido por piezas mecánicas, intrincadamente dispuestas. Y no son ensoñaciones teóricas sobre ‘algo posible’, sino un proceso perfectamente visto en laboratorios, con lentes adecuadas que logran ampliar 50000 veces un objetivo dado.

Los bioquímicos han empleado fotos, micrografías electrónicas, para identificar las piezas y la estructura en 3ª dimensión, del ‘motor’ que mueve al flagelo bacteriano, desvelando una perfecta maravilla de ingeniería, invisible para un ojo humano sin ayuda apropiada. Incluso el mayor conocedor de la química y la actividad del flagelo, el Dr. Berg, le bautizó como la máquina más eficiente del universo. Algunos llegan a mover sus ‘hélices’ a cien mil revoluciones por minuto, [6000 a 100000] con una conexión fija, mecánica, acoplados a un sistema transductor: ¡Un detector de señales de origen proteico!

Con este ingenioso sistema incorporado, recibe información sobre determinadas acciones externas, y las transmite adecuadamente. Son tan perfectas, están tan bien diseñadas, que incluso girando a la velocidad descrita, son capaces de detenerse en seco; en un segundo se ponen de nuevo en marcha, a la misma velocidad anterior, en la dirección más conveniente, según los datos recibidos de su ‘radar’.

En síntesis, el flagelo bacteriano posee un motor de dos marchas: adelante y atrás; además de un sistema de refrigeración por agua, movido en unos casos por energía protónica [H+], y en otros por iones de sodio [Na+], según la especie de bacteria de la que se trate, dándose la particularidad de un incremento de velocidad de giro, 5 veces mayor, en el caso de la propulsión por sodio. Como los dinamos de diseño ingeniero, consta de un estator, un rotor, una articulación en U para incorporar al flagelo, un eje propulsor y una hélice. Funciona igual que las distintas piezas acopladas en un motor fuera de borda convencional.

Y aquí entramos en el concepto de ‘Complejidad Irreductible’, planteado por Behe, que crispó la colmena académica evolutiva. Básicamente, la experiencia de laboratorio dicta que la bacteria posee una multiplicidad de piezas, con las que se compone cualquier elemento o sistema dado en una célula… cada uno vital para la función celular. Si falla o se elimina una pieza, todo el sistema de la célula deja de funcionar.

El concepto de ‘Complejidad Irreductible’, puede verse mejor mediante un sencillo, pero contundente simil no biológico: una lanchita de juguete, de esas que algunos niños llevan a las fuentes, las más sencillas y baratas. Se fundamentan en 5 piezas: el chasis, una hélice, una pequeña caja de velocidad de dos piñones, un eje, y un fleje de acero enrrollado: la cuerda que proporcionrá la energía necesaria. Si cualquiera de estas 5 piezas falla, el juguete no navegará.

Y este mismo principio se cumple en el ‘motor’ que mueve al flagelo bacteriano… solo que ese motor, ante microscopio, consta de unas 40 piezas proteínicas diferentes, imprescindibles para que esta precisa maquinaria funcione; si una sola de ellas falla, estaremos ante un flagelo no funcional.

O sea, que en términos evolutivos, habría que explicar cómo se puede montar este complicado engranaje de forma gradual, si se ve que ninguna pieza por sí sola tiene función. Dicho de otra forma, desde la casuística evolutiva, en la que se necesitan cientos o miles de años entre procesos, ¿por qué un primario estator inútil no fue desechado por la selección natural… o un rotor, o el eje, o cualquiera de las 40 piezas que surgiera?

Ese es el principio lógico de la Complejidad Irreductible, planteada por el Dr. Behe, que niega el proceso evolutivo. Darwin, incluso cita aquellos órganos como ojo, oído, corazón, de estructuras complejas, han sido constituidos gradualmente, en el largo período de miles de millones de años, mediante pequeños incrementos. También dice que la selección natural solo triunfa si los cambios aleatorios que se producen, generan alguna ventaja a un organismo, en su lucha por sobrevivir en una población y ambiente determinados; lo define textualmente en su página 105: “… la selección natural está examinando las más ligeras variaciones… rechazando las malas, preservando y acumulando todas las buenas.”

Pero él jamás pensó en el ADN. Contradiciéndole, este revela que cada bacteria tiene inscritas y codificadas todas las instrucciones para elaborar las proteínas que le darán la forma adecuada; no en eones de tiempo, sino segundo a segundo, en un proceso sincrónico. Aunque se reproducen por duplicación, esta ocurre debido a la información inscrita en su ADN, que regula la síntesis proteica de su pared, el crecimiento bacteriano, la duplicación de su genoma, y la división en dos células.

La división empieza en el centro de la bacteria por una invaginación de la membrana citoplasmática; y la separación de las dos células va acompañada de la segregación en cada una de ellas de uno de los dos genomas que proviene de la duplicación del ADN materno… asegurando el futuro, y evidenciando que nada de lo que ocurre en su interior, motores de flagelos incluidos, ocurre por procesos evolutivos, sino gracias a los datos contenidos en su genoma.

Una información con datos codificados, observables a microscopio, para crear cada una de las proteínas necesarias, en cada una de las partes que conformaran esos maravillosos motores del flagelo, y todo el resto de la bacteria… datos que ya tuvieron que existir en las primeras bacterias, pues no hay forma científica de demostrar que una instrucción surja por sí sola, se inscriba por sí sola, ni se codifique a sí misma. Mucho menos, que el Programa que regula todas sus actividades haya nacido del azar.

Si se es científico, niéguense las barrabasadas y respétense el empirismo de la Ciencia.


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EVOLUCIÓN VS. EVOLUCIÓN (II)

agosto 12, 2008

Como continuación del anterior, en este artículo se podrá apreciar las profundas incongruencias que se aceptan dentro del mismo seno evolucionista. Veremos como Patterson sitúa con agudeza cada una de las irregularidades que él pudo ver durante sus muchos años entregados a la causa de Darwin. La cinta de audio original que dio lugar a esta transcripción la grabó Wayne Frair, profesor de Biología en The King’s College, Briarcliff Manor, New York. Estuvo sentado en la primera fila de la sala, frente al orador, y su grabadora jamás estuvo oculta.

TRANSCRIPCIÓN DE LA PONENCIA:

[— “Bien, Donn no ha mencionado el título:«Evolucionismo y Creacionismo». Y os diré que el título me lo sugirió Donn Rosen…Pero es cierto que durante los últimos dieciocho meses, más o menos, he estado dándole vueltas a ideas no evolucionistas e incluso antievolucionistas. Ahora bien, creo que en mi vida, hasta ahora, cuando me presentaba para hablar acerca de un tema, estaba confiado acerca de una cosa: ‘que sabía más del tema que nadie en la sala, porque lo había trabajado’.

Pero esta vez no es así. Estoy hablando de dos asuntos, evolucionismo y creacionismo, y creo que diré la verdad si digo que no sé nada en absoluto acerca de lo uno ni de lo otro. Ahora bien, una de las razones por las que comencé a adoptar este punto de vista antievolucionista… bueno, llamémoslo ‘no evolucionista’, fue que el año pasado, de repente me di cuenta de una cosa: Durante veinte años había creído que estaba trabajando acerca de la evolución en algún sentido; una mañana me desperté, y algo había sucedido durante la noche, y me vino repentinamente a la mente que había estado trabajando en este material durante veinte años, y que no había nada que supiese de ello.

Esta fue una fuerte sacudida, darme cuenta de que alguien puede andar engañado durante tanto tiempo. De modo que, o bien yo iba mal, o algo iba mal con la teoría evolucionista. Naturalmente, sé que yo no voy mal. De modo que durante las últimas semanas he intentado plantear una sencilla pregunta a diversas personas y grupos.

La pregunta es: ¿Me podéis decir cualquier cosa acerca de la evolución, cualquier cosa, que creáis que es cierta? He probado esta pregunta con el personal de geología en el Museo Field de Historia Natural, y la única respuesta que recibí fue el silencio. La probé con los miembros del Seminario de Morfología Evolucionista en la Universidad de Chicago, un grupo muy prestigioso de evolucionistas, y todo lo que conseguí allí fue el silencio durante mucho tiempo, y luego, al final, alguien dijo:

«Sí, yo sé una cosa. Que no se tendría que enseñar en los institutos». [risas]…

Bien, pasaré más tarde al tema de la convergencia, pero parece que el nivel de conocimiento respecto a la evolución es notablemente superficial. Sabemos que no se debería enseñar en los institutos, y quizá esto sea todo lo que sabemos acerca del tema.

Pero, como digresión, creo que conozco la solución a los problemas que ustedes tienen con el tema de la enseñanza en los institutos. Y la solución es tener una religión establecida que se enseñe en las escuelas. En Inglaterra tenemos una: la Iglesia de Inglaterra. Y los creacionistas no tienen nada qué hacer, no hay donde asirse. A los niños ya se les enseña creacionismo; no hay problema. Pero quizá aquí ya lleváis 200 años de retraso [risas] para tomar este camino.

De todos modos, no me estoy refiriendo a la controversia acerca de los institutos. Esto, creo yo, se llama el Grupo de Discusión de Sistemática, e intentaré hablar acerca de sistemática. De modo que quiero hablar sobre evolución y creacionismo en lo que son de aplicación a la sistemática. Y por cuanto se trata de un grupo de discusión, mi objetivo es solo ser lo suficientemente provocador para poner en marcha una discusión.

De modo que no estoy aquí para venderos tratados. En lugar de esto, usaré como texto para mi sermón un pasaje de este libro, la obra de Gillespie: Charles Darwin and the Problem of Creation, Chicago University Press, un libro maravilloso, en mi opinión. Lo he leído dos veces. Y quiero considerar la manera en la que estos dos puntos de vista alternativos acerca del mundo, el evolucionismo y el creacionismo, han afectado o pudieran afectar la sistemática y a los taxonomistas.

Bien, el libro de Gillespie es el intento de un historiador por explicar la cantidad de espacio que Darwin dedicó a combatir el argumento creacionista. Y Gillespie expone que lo que Darwin estaba haciendo era intentar sustituir el paradigma creacionista por un paradigma positivista, una visión del mundo en la que no hubiera ni lugar ni necesidad de causas finales. Y, naturalmente, Gillespie da por supuesto que Darwin y sus discípulos habían tenido éxito en esta tarea. Da por supuesto que una perspectiva racionalista de la naturaleza ha sustituido a otra irracional, y, naturalmente, yo mismo tenía este punto de vista, hasta hará como unos dieciocho meses.

Y luego me desperté, y comprendí que había pasado toda la vida embaucado y aceptando el evolucionismo, de algún modo, como una religión revelada. Desde mi nueva perspectiva, algunos de los comentarios de Gillespie acerca del creacionismo predarwinista me parecen notablemente idóneos, pero son idóneos, naturalmente, cuando los traspongo del período al que él se refiere, la década de 1850, a la actualidad, las décadas de 1970 y 1980.

Ahora, naturalmente, les debe parecer que estoy o bien errado o que actúo maliciosamente al sugerir que estas palabras se puedan aplicar a la teoría evolucionista. Pero espero poder mostrarles que hay algo en ello al menos por lo que se refiere a la sistemática. Gillespie dice primero que el creacionismo no puede ser una teoría directora de investigación, porque su poder explicativo es solo verbal.

Ahora bien, en la actualidad la evolución ciertamente parece ser una teoría directora de investigación. La mayoría de nosotros creemos que estamos trabajando en investigación evolutiva. Pero, ¿es acaso su poder explicativo algo más que verbal?

Aquellos de vosotros que estuvisteis en la reunión de Hennig en Ann Arbor el mes pasado podéis haber oído que tanto Ron Brady como yo, sin ningún acuerdo previo, citamos la misma declaración. La declaración era esta: «El valor explicativo de la hipótesis de la descendencia común es nulo». Y ambos atribuimos esta declaración al libro de E. S. Russell de 1916, Form and Function. Al pensar acerca de esto desde aquel entonces, me parece que el efecto de las hipótesis de descendencia común sobre la sistemática no ha sido meramente vacío; no solo una carencia de conocimiento… me parece que ha sido positivamente anticonocimiento…

Gillespie dice también que el creacionismo es una antiteoría, un vacío que tiene la función de conocimiento pero que no comunica ninguno. Y bien, ¿qué hay de la evolución? Desde luego, tiene la función de conocimiento, ¿pero ha comunicado alguno? Regresamos a la pregunta que he estado planteando: « ¿Hay algo que me podáis decir sobre la evolución?» Y la ausencia de respuesta sugiere que es cierto, que la evolución no comunica ningún conocimiento, o, que si lo comunica, todavía no lo he oído.

Y aquí estamos todos, y nuestras estanterías llenas de libros sobre evolución; hemos leído toneladas de ellos, y la mayoría de nosotros hemos escrito uno o dos. ¿Cómo puede ser que hayamos leído estos libros y que no hayamos aprendido nada gracias a ellos? ¿Y cómo he podido yo trabajar acerca de la evolución durante veinte años, y no he aprendido nada de ello? El comentario de Gillespie, «un vacío que tiene la función de conocimiento pero que no comunica ninguno», me parece muy preciso, muy idóneo.

En la sistemática hay fragmentos de conocimiento evolucionista de los que están repletos nuestras cabezas, desde declaraciones generales, como que los eucariotas evolucionaron a partir de los procariotas o que los vertebrados evolucionaron a partir de los invertebrados, hasta llegar a otras declaraciones más específicas como que el hombre evolucionó a partir de los simios. Me imagino que ahora este grupo comprenda que estas declaraciones se ajustan exactamente a la descripción de Gillespie: vacíos que tienen la función de conocimiento, pero que no comunican ninguno.

Debido a que cuando analizo todas estas afirmaciones que dicen que aquí hay un grupo, un verdadero grupo con características: eucariotas, vertebrados, Homo sapiens… lo que sea, y que en oposición al mismo hay un no-grupo: procariotas, invertebrados, simios… estas son abstracciones que no tienen características propias. No tienen existencia en la naturaleza, y por ello no pueden en modo alguno comunicar conocimiento, aunque parece que así sea cuando se oyen estas declaraciones por primera vez.

Así que, en general, estoy tratando de sugerir dos temas. El primero es que me parece que ha llegado a ser muy difícil distinguir entre el evolucionismo y el creacionismo, en particular en los últimos tiempos. Acabo de mostrar como la virulenta crítica de Gillespie contra el creacionismo me parece que es, tal como pienso, aplicable al evolucionismo; señal de que ambas cosas son muy similares.

…Vale. Bien, Gillespie habla sobre el creacionismo en la década de 1850. Dice: «… con frecuencia, los que mantenían ideas creacionistas podían alegar ignorancia acerca de los medios y afirmar solo el hecho». Esto parece resumir la sensación que tengo al hablar con los evolucionistas en la actualidad. Alegan ignorar los medios de transformación, pero afirman solamente el hecho: «Sí que ha sucedido… sabemos que ha tenido lugar». De nuevo, parece difícil de distinguir entre ambos puntos de vista.

Aquí tenemos otro par de citas de Gillespie [sobre Creación]. Dice… «…la supuesta credibilidad de la teoría era meramente el resultado de la familiaridad…». Y esta es la segunda cita: «Demasiado del contenido de la vieja ciencia era resultado de una intuición que en principio no era verificable ni directa ni indirectamente».

Ahora bien, estas dos citas, a mi entender, tienen un eco familiar. Oímos constantemente esta clase de cosas en teoría evolucionista, en estos tiempos. Pero aquí tenemos otra cita más, acerca de la cambiante visión del mundo asociada con la extensión del pensamiento evolucionista en la década de 1860:

‘Así como la ciencia cambió de un fundamento teológico a un fundamento positivo, así la religión…entre muchos científicos y laicos influidos por la ciencia, cambió de religión como conocimiento a religión como fe.

Bien, creo que muchos de los presentes reconoceréis que durante los últimos pocos años, si habéis reflexionado acerca de esto en absoluto, habéis experimentado un giro desde la evolución como conocimiento a evolución como fe. Sé que esto es cierto en mi caso, y creo que es cierto en muchos de vosotros aquí.

De modo que este es mi primer tema. Que la evolución y el creacionismo siguen mostrando unos notables paralelismos. Son más y más difíciles de distinguir. Y el segundo tema es que la evolución no solo no comunica ningún conocimiento, sino que de alguna manera parece comunicar anticonocimiento, un conocimiento aparente que es en realidad perjudicial para la sistemática.

Quiero ilustrar esto con un par de parábolas. Ahora bien, estas dos parábolas se refieren a un diagrama que espero os será inmediatamente familiar. Aquí es lo que parece [dibuja en la pizarra]. ¿Lo reconocéis? Es un diagrama que Ernst Mayr ha empleado en sus repetidas explicaciones del verdadero método en sistemática evolutiva.

Mi primera versión del diagrama, la primera parábola, se parece a esto. Es la versión publicada en Science la semana pasada; las marcas en las líneas son autapomorfías de A, B y C, excepto por esta, que es una sinapomorfia de B y C. En el artículo de Mayr en Science de la semana pasada, C es el hombre, B es el chimpancé, nuestro grupo hermano según Mayr, y A no se designa, pero supondré que es el gorila. Creo que no cometo una injusticia contra él al suponerlo. Ahora bien, esto es lo que dice Mayr:

‘La principal diferencia entre los cladistas y los taxónomos evolutivos… reside en el tratamiento de los caracteres autapomorfos. En lugar de asignar automáticamente a grupos hermanos el mismo rango, el taxónomo evolutivo los clasifica considerando el peso relativo de sus autapomorfías…’

Y luego se refiere a este diagrama. Y continúa:

… una de las autapomorfías notables en el hombre [en comparación con su grupo hermano, el chimpancé], es la posesión del centro de Broca en el cerebro, un carácter que está estrechamente correlacionado con la capacidad de habla del hombre. Este solo carácter tiene para la mayoría de los taxónomos mucho más peso que diversas sinapomorfías entre hombres y simios. La particular importancia de las autapomorfías es que reflejan la ocupación de nuevos nichos y de nuevas zonas adaptivas que pueden tener más significación biológica que las sinapomorfías.

…Aquí termina la cita.

Bien, hay varias cosas que se podrían decir acerca de esta declaración, pero no todas ellas serían corteses, así que me limitaré a señalar que tanto la declaración como el diagrama tienen la intención de implicar un conocimiento de evolución…

Cuando leí por primera vez este pasaje en Science me recordó inmediatamente un episodio en la historia de la evolución que muchos podréis recordar, algo que se llegó a conocer como «La Gran Cuestión del Hipocampo», registrada en la novela ficción para niños, de Charles Kingsley: The Water Babies [Los niños del agua]. Algo que en realidad, creó una controversia que se mantuvo entre 1861 y 1862 entre Richard Owen y T. H. Huxley.

Richard Owen era creacionista y T. H. Huxley era evolucionista. Owen, el creacionista, insistía en que el hombre era bien distinto de los simios, y que no podía estar relacionado con ellos por descendencia ni por ninguna otra vinculación física porque el cerebro del hombre contenía un cierto centro, el hipocampo, del que carecían los simios. Y T. H. Huxley insistía en que el hombre estaba relacionado con los simios porque el cerebro de los simios, según el decía, contenía un centro homólogo al hipocampo.

Y aquí estamos 120 años después, y tenemos a Ernst Mayr, el evolucionista, que insiste en que el hombre es bien distinto de los simios porque el cerebro humano contiene un cierto centro, el centro de Broca, que está ausente en los simios. Mayr incluso procede a citar a Julian Huxley, nieto de T. H. Huxley, y con alguna aprobación, y su reino Psicozoa —si recuerdan esto. Todo comienza a sonar muy familiar, ¿no?

Pero observemos cómo se han invertido los papeles. El papel de Owen, el creacionista, el hipocampo, es ahora recogido por Mayr, el evolucionista, el centro de Broca. Y el papel de T. H. Huxley, el evolucionista, es ahora recogido por los cladistas, que la mayoría de la gente ahora cita como antievolucionistas; muchos lo hacen.

Bev Halstead, que estoy seguro que no necesita que se le presente aquí, ha publicado un artículo titulado «In Bed with the Creationists» [En la cama con los creacionistas], en el que me llama «devoto discípulo de Sir Richard Owen». Pues que así sea. La rueda ha dado toda la vuelta. El evolucionista está ahora defendiendo precisamente la posición del creacionista hace 120 años: el centro de Broca es igual al hipocampo.

Ahora bien, esta parábola refuerza el argumento que he estado presentando antes, que es difícil distinguir en la actualidad entre evolucionistas y creacionistas. Y quiero usarla para exponer otro argumento acerca de que la evolución es una antiteoría que comunica anticonocimiento, y es dañina para la sistemática.

Contemplemos qué es lo que Mayr recomienda: ‘que se mantenga al hombre en un taxón de rango superior, distinto de los simios’. Y contemplemos qué es lo que le impulsa a esta recomendación. Es su aparente conocimiento de la evolución, el hecho de que el hombre ha evolucionado a una velocidad excepcional, que ha invadido una nueva zona adaptiva, etcétera, etcétera. Y estos hechos evolutivos justifican un taxón de rango más elevado. Y luego contemplemos la consecuencia de su recomendación: el hombre es trasladado a un taxón de alto rango, y los simios quedan como un grupo parafilético, un grupo sin caracteres, y por ello sin individualidad ni realidad, y por ello una abstracción que queda más allá de la crítica.

Y entonces, ¿qué puede uno decir? Que el hombre evolucionó de los simios. Me parece que aquí tenemos otra declaración que tiene la apariencia de conocimiento, pero que de hecho no contiene ninguno, que se trata de una pieza de anticonocimiento derivada de la teoría evolucionista. Pero en lugar de comentar más acerca de esto, citaré lo que T. H. Huxley [evolucionista] dijo de Owen [creacionista] en 1861, referido de nuevo a la cuestión del hipocampo. Huxley escribió a Hooker, el 27 de abril de 1861.

«No creo que en toda la historia de la ciencia tengamos el caso de ningún hombre de reputación que se ponga en una posición tan despreciable.»

Bien, ahora pasaré a la segunda parábola, de nuevo en este mismo diagrama; pero querría que penséis acerca de la forma en que Ernst Mayr lo usó ya antes en su libro de 1969, y en su artículo de 1974 sobre sistemática. En aquel entonces se parecía a esto [dibuja en la pizarra], y había algunas cifras aquí: 15%, 10%… no puedo recordar la otra…70%. Así es como Mayr trataba de introducir alguna precisión en la sistemática evolutiva…

… En el primer ejemplo, los cocodrilos y las aves y los reptiles, predice que la proporción de genotipo que comparten C, el cocodrilo, y B, la víbora, será mayor que la proporción que comparten C, el cocodrilo, y D, el ave. De modo que predice que en términos de genotipo compartido, BC será mayor que CD, ¿Vale? Ahora observemos que Mayr está demostrando el poder explicativo aquí de una hipótesis de descendencia común, algo que yo he sugerido que tenía un poder explicativo nulo.

También está manifestando un conocimiento de evolución. Correcto. Aquí tenemos una teoría que hace una predicción. Podemos someterla a ensayo. El mes pasado en Ann Arbor, un estudiante de Morris Goodman me dio las secuencias aminoácidas para la alfa y la beta-hemoglobina de tres cocodrilianos: un caimán, el cocodrilo del Nilo y el aligator del Mississippi. Ya conocíamos las secuencias del alfa- y la beta-hemoglobina de dos aves —una gallina y una oca— pero el problema es encontrar otros reptiles. Hasta donde yo sé, la única otra secuencia disponible, es la alfa-hemoglobina de una serpiente: la víbora.

Bien, el alfa-hemoglobina es una cadena de 143 aminoácidos [dibuja en la pizarra]. Esto es tres veces esto. La he escrito: 429 nucleótidos. Es una muestra muy pequeña del genotipo, pero al menos vale la pena probarla. Y se predice, por los aminoácidos comunes a B, víbora, C cocodrilo, y D gallina, que BC será mayor que CD.

Y aquí tenemos las proporciones que encontramos. BC: víbora-cocodrilo da 8 de 143: el mismo aminoácido en 8 de las 143 posiciones, un 5,6%. En la proporción CD: cocodrilo-ave, es 25 de 143, un 17,5%. Y la otra posibilidad BD: víbora-gallina, da 15 de 143, el 10,5%.

Aquí lo tenemos. La teoría hizo la predicción, nosotros la hemos sometido a ensayo, y la predicción ha quedado falsada de forma decisiva. CD: cocodrilo-ave, supera con creces a BC: víbora-cocodrilo, que debía ser mayor. El BC es pequeño, de modo que algo estaba mal con la predicción. Algo iba mal con la teoría. Pero, naturalmente, como todos sabemos, la falsación nunca es absoluta, porque uno nunca está seguro de lo que es falsado.

Y aquí vemos solo tres posibilidades. Primero, se han falsado los datos; hay algo que no funciona con el alfa-hemoglobina. Segundo, se ha falsado el diagrama; hay algo erróneo en el sistema de relaciones de las serpientes, aves y cocodrilos. Y tercero, se ha falsado el conocimiento que Mayr tiene de la evolución, bien sea la cuestión particular acerca de ritmos y zonas adaptivas, bien algo más general.

Bien, podemos comprobar uno de estos tres —los datos— tomando otra muestra del genoma. Conocemos la secuencia de mioglobina para un cocodrilo, dos aves incluyendo una gallina, y dos otros reptiles, un lagarto varánido y una tortuga. La mioglobina tiene mayor tamaño, con una longitud de 153 aminoácidos, una muestra ligeramente mayor del genoma. En este caso, B es un lagarto: el Varanus, C es el cocodrilo otra vez, y D es la gallina. Y esto para la mioglobina. Esta vez obtenemos BC, 16 de 135. Creo, sí… esto es el 10,5%. En CD, cocodrilo-ave, 13 de esto… el 8,5%. Y el tercero, BD, el lagarto-ave, es 16 de esto… otra vez el 10,5%.

Esta vez, ahora, la proporción BC: lagarto-cocodrilo, es mayor que la CD: cocodrilo-gallina, ligeramente mayor, como Mayr había predicho. Pero… un momento, ¿qué ha pasado aquí? ¿Qué es este BD? [lagarto-gallina]. Esta tendría que ser de lejos la menor proporción del genoma; pero es exactamente la misma que BC [lagarto-cocodrilo]. Algo ha vuelto a funcionar mal. Y, de nuevo, hay las tres posibilidades. ¿Son los datos? ¿Será el diagrama? ¿O es la teoría?…

Bien, comprobemos ahora con una tortuga, con la mioglobina de la tortuga. Esta vez, B es tortuga, C el cocodrilo otra vez, y D es la gallina. Y estas son cifras para la mioglobina. Y esta vez lo que tenemos es… no me preocuparé con las cifras. Pondré solo los porcentajes.
BC [tortuga-cocodrilo] es 11,8% [comentario ininteligible], CD [cocodrilo-gallina] es 5,2%, y BD, [tortuga-ave], es 5,9%

Ahora nos estamos acercando a lo que Mayr esperaba. BC es aquí mucho mayor que CD. Pero, una vez más, tenemos otro problema. La porción BD, ave-tortuga, que debería ser pequeña, es en realidad mayor que CD. De modo que, una vez más, hay algo que no funciona. Bien, los datos sugieren un diagrama diferente. Sugieren uno como éste, donde B y C van juntas, y D está separada. Lo siento, me estoy perdiendo…

…Hay dos cosas que podríamos hacer. Una es aceptar la presuposición de Mayr de que los reptiles constituyen un grupo, y sumar los datos y promediar. Si se añaden las tres clases de Bs —la tortuga, la víbora y el lagarto— y tres clases de cocodrilianos, y tres clases de gallinas, las tres sumas son: BC: cocodrilo-lagarto, arroja 27,9, CD: cocodrilo-gallina, arroja 30,9, y BD: tortuga-ave, da 26,9. ¡Son virtualmente idénticas! Sólo un maniático de la parsimonia intentaría distinguir entre esas cifras. Todo es lo mismo, y el diagrama que nos dan es éste, la tricotomía… pues bien, esto no es muy informativo.

…Entonces, ¿qué hacemos? Bien, probaré otro más de estos juegos y luego lo dejaré. Como he dicho, no tenemos más secuencias de reptiles, pero tenemos abundancia de secuencias de mamíferos. Así que, probemos con los mamíferos. Creo que si fuésemos a disponer los mamíferos con las aves y los cocodrilianos en el diagrama de Mayr, de nuevo, no seré injusto con él si supongo que el diagrama sería así: B será un mamífero, y C: el ancestro común. Los mamíferos han divergido muy lejos en una dirección, los cocodrilianos se han apartado un poco en la otra, y las aves se han alejado mucho de esta manera…Vale: B es el hombre, C es un cocodrilo y D es otra vez la gallina. Y si usamos los datos del alfa-hemoglobina, lo que obtenemos es esto: BC, hombre-cocodrilo: 7,7%; CD: cocodrilo-ave, 7,7%. BD: hombre-ave:14,7%.

¿Qué diantre está pasando aquí? Hombre-cocodrilo debe ser menor que Cocodrilo-gallina, si el diagrama es aproximadamente correcto; pero ambos son iguales. Por otra parte, BD: hombre-gallina, debía ser el más pequeño de todos, [según árbol filogenético, ambos están a millas de distancia]… ¡pero da que es el mayor! Obviamente, algo va mal.

Bien, no sé que haría un evolucionista con esto, pero me lo imagino. Si pregunto a la gente sobre la evolución, la única respuesta que recibo es: «Hay convergencia por todas partes». Y estoy bien seguro de que tomarían esto como un ejemplo de convergencia y que volverían a dibujar el diagrama. Después de todo, las aves y los mamíferos han convergido adentro de la zona adaptiva endotérmica. Estos datos de la hemoglobina podrían estar dándonos otro ejemplo de convergencia. Pero no vale. Porque aquí las proporciones del genotipo hombre-cocodrilo y cocodrilo-gallina, son iguales.

…De modo que, después de todo, esta cuestión parece ciertamente irresoluble. Hay alguna otra cosa que puedo hacer con esto. Estos datos nos dan un diagrama. No es el diagrama que aparece aquí. Dice que aves y mamíferos van juntos, y que los cocodrilos y lagartos forman un grupo. De modo que podemos seguir la sugerencia de Gary y combinar los cladogramas y añadir los mamíferos aquí. Y este es el cladograma que conseguimos después de tanto jugar.

¿Os gusta más? No, seguro que no. Así, entonces, ¿qué haremos? Bien, por suerte no tengo que seguir haciendo estas preguntas retóricas, porque estoy hablando del ejemplo de Mayr, y sé lo que él hizo. Recordaréis que Mayr publicó su diagrama original refiriéndose a las proporciones de genoma en 1974, cuando había muy pocas muestras disponibles de genoma, en forma de secuencias de proteína o aminoácidos, o de ácido nucleico. Y los dos ejemplos que presentó como ajustándose a su ejemplo eran aves y cocodrilianos, y de hombres y simios. Bien, desde 1974 hemos conseguido una abundancia de muestras del genoma de los hombres y de los simios, y, lejos de ajustarse a este esquema, todos decían lo mismo: que chimpancés y humanos difieren en menos del 1% del genoma. De modo que la predicción de Mayr quedó falsada aquí.

Como ya he dicho, la falsación nunca es absoluta, y en este caso he sugerido que hay tres cosas posibles que pueden ser falsas: los datos del genoma, el diagrama, o las afirmaciones acerca de la evolución. Bien, por lo que respecta a hombres y a simios, Mayr sigue creyendo el diagrama, y sigue creyendo que tiene conocimiento acerca de la evolución, de modo que lo único que puede estar en un error son los datos. De modo que abandonó el genoma y volvió a la morfología —y así la semana pasada volvimos a tener planteada de nuevo la cuestión del centro de Broca y del hipocampo, o su equivalente moderno.

De modo que aquí hay dos observaciones: La primera trata de otro de los paralelos entre evolucionismo y creacionismo. En 1974, Mayr apeló al genotipo como la clave del efectivo conocimiento. Y en aquel tiempo el genotipo seguía siendo un gran misterio. Ahora que tenemos muestras del genotipo, oriundas de una amplia variedad de organismos, ya no es tan misterioso entonces se abandona, y se propone un nuevo misterio, el centro de Broca, y aquella larga lista de autapomorfías no especificadas del hombre. Parece que lo mismo que los creacionistas… los evolucionistas son proclives a apelar al misterio.

La segunda observación es mucho más importante: sobre los niveles en los que podemos investigar caracteres en sistemática. El nivel tradicional es la morfología, y todos estamos muy familiarizados con la morfología. Nos sentimos cómodos con los datos morfológicos y competentes para manejarla, pese a su complejidad. Tenemos una buena comprensión de lo que significa la homología a un nivel morfológico, y tenemos las transformaciones de la ontogenia como guía para ordenar los caracteres en series de transformación.

Bien, allá por 1978, Gary Nelson sugirió —lo cito—, que «el concepto de evolución es una extrapolación, o interpretación, del carácter ordenado de la ontogenia».

Farris: [gemido inarticulado]

Patterson: Hasta donde yo sepa, a nivel morfológico, esto sigue siendo cierto. Y como dijo Gary, es la ley de von Baer que la ontogenia va de lo general a lo particular, que está detrás de las transformaciones que invocamos en la morfología, y detrás de la jerarquía sistemática edificada sobre estos caracteres morfológicos.

Ahora bien, naturalmente, todos los caracteres —las transformaciones— que invocamos, no se observan directamente en la ontogenia, pero creo que encontraréis que cada transformación que se infiere es congruente con la ley de von Baer, con los caracteres ligados a la ley de von Baer. De modo que a nivel morfológico tenemos un sano concepto de homología y tenemos la ontogenia para ayudarnos a ordenar las homologías. La morfología, o, en los términos más generales, el fenotipo, es el nivel más elevado de investigación en sistemática.

El siguiente nivel más abajo es el nivel de los productos genéticos: las proteínas. Y aquí el concepto de homología se vuelve más indistinto. En primer lugar, tenemos el problema de la paralogía. La paralogía es lo que las personas que juegan con secuencias de proteínas llaman a la relación entre los productos de los genes que creen que son el resultado de duplicación genética. De modo que la paralogía es la versión molecular de la homología serial en morfología. La diferencia es que en morfología uno puede estar bastante seguro de que dos estructuras son homólogos seriales, porque se tiene una ontogenia en la que observar si realmente son duplicaciones o [ininteligible].

Pero, en el caso de las secuencias proteínicas y esta cuestión de paralogía y de una inferencia de duplicación genética, la duplicación genética se encuentra en algún punto en el pasado. No hay forma de investigarla. Y creo que a menudo se invoca la duplicación genética solo para arrinconar datos problemáticos.

De todos modos, cuando se comparan dos secuencias proteínicas como un todo, en lugar de aminoácido por aminoácido, para un biólogo molecular la homología es un concepto puramente estadístico. Se comparan las dos secuencias, y si las concordancias entre ellas superan ciertos ensayos estadísticos, son homólogas. Hace dos meses apareció un artículo de Doolittle en Science explicando este concepto.

Bien, tras haber decidido que dos secuencias son homólogas en general, luego se pueden alinear y compararlas posición por posición, y un emparejamiento en cualquier posición determinada —es decir, el aminoácido— es una homología a un nivel más ajustado. Pero aquí el problema es si el aminoácido es realmente el mismo; el «mismo» entre comillas. Ahora bien, debido a la redundancia del código genético, hay solo dos aminoácidos de los veinte, el triptófano y la metionina, que están codificados por un solo triplete. El resto están codificados por dos o más.

Así que solo hay dos aminoácidos únicos, según los tripletes que los codifican; y se trata de los aminoácidos más infrecuentes. Están en una proporción inferior al 2% de la secuencia promedio. Todos los demás aminoácidos están codificados por dos o más tripletes, de modo que a nivel de aminoácido, al nivel de proteína, al nivel de producto genético, nunca se puede tratar un emparejamiento, o difícilmente debe tratarse, como una homología al nivel del ADN. [Las proteínas son diferentes].

De modo que a nivel del producto genético, la homología se convierte en un concepto bastante vaporoso. Y también no tenemos ontogenia a nivel del producto genético que pueda servirnos de ayuda… que nos ayude a ordenar las homologías en las series de transformación. Ahora bien, yo solía pensar que debido a que no hay ontogenia en las proteínas, pero que sin embargo parece que necesitamos el concepto de transformación para ordenarlas, para ordenar las secuencias, que ellas proporcionaban alguna clase de prueba de evolución. Y ya no estoy más seguro de que esto sea así, porque las homologías que inferimos, y las transformaciones que inferimos al ordenarlas, quedan sujetas a esta incertidumbre debido a la ambigüedad del código genético.

De modo que las verdaderas homologías moleculares se han de buscar más abajo, al nivel del ADN. Bien, a nivel del ADN no conocemos prácticamente nada debido a que difícilmente haya datos en forma de secuencias que puedan alinearse y compararse.
Pero el sábado pasado, allí en Ann Arbor, tuve la gran suerte de encontrarme con Arnold Kluge, y de sonsacarle el primer conjunto de estos datos, de las secuencias de ADN. Se trata de ADN mitocondrial del hombre, del chimpancé, del gorila, del orangután y del gibón. Este trabajo lo realizaron Prager y Wilson y su grupo en Berkeley. Y las secuencias son de 896 nucleótidos cada una. De modo que tengo que volver a comenzar. Siento aburriros con todo esto, pero al final tiene su peso.

Aquí estoy refiriéndome al ADN mitocondrial. Tenemos 896 nucleótidos, y de estos, 612 son invariantes y el resto varían. Y este es el árbol más parsimonioso que el grupo de Berkeley consiguió con los datos. Voy a escribir cuáles son los animales. Voy a emplear letras para ahorrar tiempo. A es el hombre, B es el chimpancé, C es el gorila [comentario ininteligible], D es el orangután, y E es el gibón.
Y este es su árbol. Los números aquí son los acontecimientos evolutivos por linaje.

Farris: — Colin, este no es un árbol más parsimonioso, es un árbol de Fitch-Margoliash.

Patterson: — No lo es. Perdóname, pero lo describen, Steve. No lo es.

Farris: — Pero aquí tienes puntos decimales.

Patterson: — Entonces ellos no saben lo que están haciendo. Lo siento, no puedo disculparme por ellos, porque estoy seguro que ni se suponía que yo pudiera ver su manuscrito, pero hablan de esto, procesaron un programa de Fitch-Margoliash y lograron un árbol diferente; no importa. Éste es el árbol que ellos escogieron. Dejémoslo en esto.

Estas cantidades son acontecimientos evolutivos por linaje, y esto nos dice muchas cosas acerca de la evolución. Por ejemplo, dice que el gorila es el que ha evolucionado con más rapidez, el hombre con la menor. Dice que el ADN mitocondrial evoluciona alrededor de diez veces más deprisa que el ADN nuclear. Dice que las sustituciones silenciosas son varias veces más probables que las sustituciones de codificación, y este ha sido el resultado de cada comparación de secuenciación de ADN que se ha hecho hasta ahora. Vale. Esto es lo que los evolucionistas sacan de los datos…

…El último conjunto de caracteres —los que toman dos de entre los cinco. De nuevo, tenemos diez de ellos. No voy a detenerme a dar una lista de todos. Hay solo uno que dé una señal, DE. El resto de ellos están agrupados, sin ningunas diferencias distintivas entre ellos que yo pueda observar, y aquí la probabilidad según mis cálculos —lo siento, Steve—, es de 10 elevado a -17.

De modo que tal como yo comprendo estos datos, la información que tenemos ahí, es que hay dos grupos. Tenemos ABC, y luego DE, y juntos forman un grupo mayor, y esto es todo lo que dicen los datos. También dan una estimación de la cantidad de autapomorfías de cada grupo. Y si preferís esto como un cladograma, naturalmente que saldrá así: una tricotomía y una dicotomía.

Farris: — Pero esto es…

Patterson: — Ahora yo… supongo que Steve Farris no estará de acuerdo pero… [Interrupción en cinta]… datos. No hay ninguno más.

De modo que, ¿qué hay del árbol este y de las cifras sobre las ramas?
Bien, como ha dicho Steve, está producido por un programa; no proceden de los datos en modo alguno. De modo que supongo, y espero, que Steve no esté en desacuerdo, que proceden de maquillar los datos con la teoría evolucionista, con un programa que presupone que la evolución es cierta, y pide al ordenador que encuentre un árbol. De modo que mi pregunta sería: ¿De que nos habla el árbol? ¿Nos dice algo acerca de la naturaleza… o algo acerca de la teoría evolucionista?

Una última observación, a este nivel, el nivel del ADN, tenemos también el problema de la homología. ¿Qué significa la homología en términos de ADN? El procedimiento de alineación es el mismo que con las secuencias de proteína: algo puramente estadístico, pero debido a que en ADN tenemos solo cuatro posibles nucleótidos en cualquier posición, esperamos un emparejamiento de un 25% por el mero azar.

Y entre estas cinco especies estrechamente relacionadas tenemos una concordancia de solo un 70%. Esto deja un 45% de variación [70 – 25], para acomodar a todos los demás eucariotas. Me parece que el problema con la alineación de secuencias en el ADN, cuando comiencen a venir los datos, será extremadamente… [Aquí Patterson presenta la lógica dificultad de la recombinación de nucleótidos por azar, ante la inmensa cantidad de individuos eucariotas que quedan y las enormes cifras de datos imprescindibles para las secuencias proteicas pendientes]…

Voy a hablar acerca del efecto de introducir datos a través de un programa de generación de árboles. El creacionista hace una suposición: que hay algunos grupos en un conjunto de datos. El evolucionista, me parece, tiene que hacer otra suposición: que hay algunos grupos aquí, y que los agrupamientos nos dicen algo acerca de la historia de los grupos. [pausa]

Eldredge: — ¿Qué creacionista?

Patterson: — [ininteligible] ¿Perdón?

Eldredge: — ¿Qué creacionista?

Patterson: — Oh, no imp … vale, yo mismo.

MacIntyre: — ¿No te estarás refiriendo a Duane Gish?

Patterson: — No, no.

MacIntyre: — Ah, bien.

Patterson: — Me refiero a un taxonomista creacionista.

MacIntyre: — Oh.

Farris: — Duane Gish no hace ningunas suposiciones.

MacIntyre: — ¡Oh, sí que las hace!

Farris: — Oh, no…

Patterson: Me parece…

Farris: — Oh, no, todo está revelado.

Rosen: — ¡Giles!

MacIntyre: — Lo siento.

Patterson: — Me parece que puedo tratar los datos del ADN, y tomarlos todos como diciendo algo, pero solo encuentro dos señales en ellos. A fin de obtener un árbol de todo ello, tenemos que decir que algunos son datos buenos: los que nos dan esto, y que otros son datos malos: el material que te da esto, y el material que te da aquello. Resulta que en este caso el material que nos da DC y AB es más de dos veces en número que el material que nos da BC, que es lo preferido.

Ahora bien, ¿qué es lo que se está comparando aquí? Estas son todas identidades al nivel de los nucleótidos. Los que nos dan AB son identidades, y los que nos dan BC son identidades. Los que nos dan CA, son todas, identidades al nivel de los nucleótidos. Pero de alguna manera se nos [ininteligible] dice que algunas de estas identidades son realmente las mismas, y algunas de ellas no son las mismas, porque la teoría demanda esto. Me parece que esto es de algún modo carente de sentido.

Hay otro problema adicional con la homología al nivel del ADN, y es la cuestión de la paralogía, o duplicación inferida. Hay un problema similar, materializándose con el ADN. Hace un par de semanas, Roger Lewin publicó un escrito en Science acerca de genes de la globina. Y en el mismo se refirió a un modelo de ADN que está de moda entre los genetistas moleculares. Lo designó el modelo «Vesubio», y la sencilla descripción que del mismo hacen Roger Lewin y Gabriel Dover y otros como ellos, es que cada gene está constantemente bombardeando el resto del genoma con pseudogenes que son copias más o menos perfectas de sí mismo.

Ahora bien, si es así, y el modelo tiene fundamento empírico, entonces el problema de la paralogía, de la duplicación en los datos del ADN, es todavía más apremiante. A fin de poder realizar un secuenciado de ADN, se fragmenta el genoma y se clona un poco de lo que uno cree que es correcto, que uno puede conseguir. Y si realmente tenemos todos estos pseudogenes bombarderos por allí, no veo ninguna forma posible de saber si tenemos el correcto o no.

Bien, siento haberme extendido tanto sobre esto; la razón está en que, creo que dice algo acerca de la evolución. Hemos sostenido muchas disputas en los últimos años, sobre si la evolución es susceptible de ensayo; me refiero a la teoría general, a la descendencia con modificación: a que las especies son mutables y que están relacionadas por descendencia, y no a ninguna teoría específica acerca del mecanismo. Ahora bien, si la teoría general de la evolución es susceptible de ensayo, ha de tener alguna consecuencia que pueda confrontarse con la realidad. En otras palabras, tiene que hacer alguna predicción. Y hasta donde yo sepa, solo se ha propuesto una predicción razonable. Niles Eldredge [presente en esos momentos], lo exponía así en una carta a Science:

“Si la evolución es descendencia con modificación, tiene que resultar en una disposición jerárquica de organismos definidos por conjuntos anidados de novedades evolutivas. Esta es la grandiosa predicción de la evolución.”

Y luego, Niles sigue diciendo que sea cual sea el organismo que uno contemple, sean cuales sean los aspectos del mismo que se estudian, se encuentra la misma jerarquía. Y he oído este mismo argumento repetidas veces en reuniones: que realmente hay una jerarquía, que no hay jerarquía sin historia, y que por ello se cumple la predicción de la evolución.

Bien, lo primero que me impacta en todo esto, es que parece implicar que la evolución es una inferencia deductiva en base a la jerarquía de la sistemática, y que gente como Linneo, Cuvier, Agassiz, Johannes Muller, Hooker y muchos otros predarwinistas, eran meramente pensadores cortos de miras, y que no llegaron a ver la consecuencia necesaria de sus observaciones… y esto me parece improbable.

Lo segundo tiene que ver con la predicción: ‘cualquiera que sea el aspecto de los organismos que se contemplan, se halla la misma jerarquía.’ Bien, no todos parecen estar de acuerdo con esto. Aquí tenemos de nuevo a Ernst Mayr en Science la semana pasada:

“Diferentes tipos de caracteres: morfológicos, diferencias cromosómicas, genes de enzimas, genes reguladores y emparejamiento de ADN, pueden llevar a distintos agrupamientos. Disímiles etapas en ciclos vitales pueden también resultar en desiguales grupos.”

Y aquí tenemos a Arnold Kluge con la conclusión de su estudio cladista de los simios y de los hombres. Dice él que su estudio denota «una clara carencia de congruencia entre los datos moleculares y otros más tradicionales». Observemos que ambos dicen lo mismo: Mayr nos dice que los datos moleculares de cualquier nivel que se consideren no parecen concordar con la morfología, y Arnold Kluge está diciendo lo mismo.

Ahora bien, según Niles, la predicción de la evolución es que es jerarquía, y jerarquía congruente es lo que encontraremos sin importar qué aspecto de la especie estemos contemplando. Pero la experiencia de Mayr y de Arnold Kluge es que no existe tal congruencia. En particular, los datos moleculares son incongruentes con la morfología.
Bien, ¿es esto así? No estoy seguro, pero creo que hay otras señales de esto entre las secuencias de proteínas.

Por ejemplo, aquel cladograma de amniotas que estaba dibujando antes, es enormemente incongruente con todo lo que creemos saber acerca de la morfología. Ahora bien, tenemos cladogramas publicados de globina que muestran a las aves como el grupo hermano de los mamíferos, no de los cocodrilos, y las serpientes como el grupo hermano de todos los demás amniotas, y cosas semejantes. No importa entrar en detalles. Dejadme que plantee la cuestión al nivel más fundamental:

¿Cómo reconocemos la jerarquía? A nivel del fenotipo me parece que no tenemos ningún verdadero problema. Tenemos un concepto considerablemente racional de la homología, y estoy de acuerdo con Gary en que el principio organizador es la ontogenia y en particular la ley de von Baer. Y, como sugirió Gary, podemos analizar los datos fenotípicos de esta manera y conseguir una jerarquía mediante un método que no tiene implicaciones evolutivas en absoluto. Hay una historia en ella, pero la historia es ontogénica. La historia es lo que nos da la dirección en la ley de von Baer. Por ejemplo, no tenemos que inferir nada más acerca de la historia geológica.

De modo que, ¿qué hay acerca de este nivel molecular o del nivel de las secuencias proteínicas y del ADN? ¿Cómo reconocemos la jerarquía ahí? En primer lugar, el concepto de homología es mucho más vago a estos niveles, y no tenemos la ontogenia ni la ley de von Baer para guiarnos.
Ya sugerí, al comentar sobre los datos del ADN, que la jerarquía se reconoce maquillando los datos con teoría evolucionista. Se introducen en un programa basado en la teoría evolutiva, y así se consigue una jerarquía. ¿Serían jerárquicos los datos sin maquillarlos de este modo?

No lo sé; al nivel de secuencias proteínicas, donde yo he jugado mucho, mi impresión es que es reciamente jerárquico en unas pocas secuencias o cuando las hemos seleccionado, si se esté trabajando solo con cinco o seis problemas de taxones. Pero cuando se toma un gran conjunto de datos, como todas las mioglobinas disponibles en la actualidad, mi experiencia es que la jerarquía simplemente se desvanece a no ser que se fuerce maquillándola con teoría evolucionista.

Y respecto de a nivel del ADN, naturalmente, nadie lo sabe. Todo lo que tenemos por el momento es esto, estas cinco breves secuencias. Son jerárquicas hasta este punto, pero debido a este problema de que se consigue un 25% de emparejamientos por puro azar, es mi predicción que la jerarquía se desvanecerá muy rápidamente en cuanto comiencen a conocerse secuencias de ADN. Y si esto es así, ¿qué es lo que introduce la jerarquía en los datos de los fenotipos, si no está allí a nivel proteínico o de ADN? Bien, evidentemente es la ontogenia.
[Interrupción en cinta]

…procedente de la jerarquía de la ontogenia, y se puede investigar sin ningún concepto previo acerca de evolución. Entonces, ¿por qué es necesaria la teoría de la evolución en la sistemática?: Para ‘imponer’ un orden jerárquico sobre unos datos recalcitrantes. En la sistemática, la teoría evolucionista es un maquillaje, para imponer una jerarquía allí donde pueda no existir ninguna. Y si esto es así, ¿no creéis que la sistemática quedaría mejor sin la teoría?

Me parece que lo dejo aquí. Iba a terminar con algunas citas. Creo, si me permitís, que os daré la última. No, no; os daré la tercera. Es de Darwin en El Origen: «Cuando las opiniones propuestas en este volumen sean admitidas de forma generalizada… los taxónomos podrán seguir sus labores como ahora». Y por «ahora», Darwin significa como en los tiempos predarwinistas, como en la biología pre-evolucionista. Está diciendo: No dejéis que la teoría interfiera con la sistemática. Parece que no se le ha prestado atención.]

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Hasta aquí la participación evolutiva; como resumen, yo solo expondré unas líneas:

Alienta saber que, pese al siglo y medio de bloqueo racional, a veces brotan del seno evolutivo pensadores capaces de ver su incongruencia. Desde aquí exhorto a todos para que abandonen por unos instantes la literatura discordante evolutiva y le presten atención por una vez en su vida a algo que sí ha sido experimental: los orígenes que no hay que buscar en los inexistentes miles de millones de años, sino en la programación que crea vida desde elementos inorgánicos: el ‘recetario para la existencia’ que aparece inscrita y codificada en el ADN, negando en voz alta y clara que ningún bicho puede convertirse en otro si no se recodifican y reinscriben todos los datos necesarios para tal cambio.

La propia firma de Dios, que el Creador ha dejado al alcance de toda inteligencia; la piedra de tropiezo que arrastra a muchos ciegos hacia donde prefieren ignorar, aunque su propio espíritu les esté alertando con gritos de silencio, solo perceptibles desde la conciencia.

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