BACTERIAS… ESAS EVOLUCIONISTAS SIN EVOLUCIÓN.

septiembre 13, 2008

Septiembre 13/2008

En innumerables ocasiones, bien a través de distintos artículos llegados a mis manos, procedente de Nature, Scientific, libros de microbiología pro-evolutivos, e incluso durante los debates en este blog, la constante referencia de los defensores darwinistas renovados, es la capacidad que han demostrado las bacterias, mutando constantemente, para hacerse resistentes no solo a antibióticos, sino a otros muchos tipos de ataques externos.

Continuamente, en distintos libros y artículos de microbiología evolutiva, aparecen expresiones como: “Las mutaciones producen cambios al azar en el material genético que pueden resultar en un microorganismo más resistente a un antibiótico que su antecesor.” Dicen que las bacterias logran ciertas características [fenotipos], a través de mutaciones en su estructura genética… y que en ocasiones basta el cambio de un solo nucleótido en el ADN microbiano para provocar resistencia frente a algunos antibióticos.

Repetidamente lo exhiben como una evidencia del trabajo de la selección natural: las más fuertes sobreviven y garantizan su población; las más débiles pasan a la extinción. Es decir, presentan tal situación como una defensa de la ‘evolución de las especies’, haciendo ver que esa capacidad de resistencia a los ataques que recibe, resulta en una ‘mejora genética’ nacida de la nada; un ‘don’ auto adquirido luego de miles de millones de años.

Y eso, presentado con el respaldo de un título docto, portando unas gafas que reflejen respetabilidad, y con muchos folios explicativos de lo sucedido en los laboratorios [todo en la dirección que convenga para aportar mayor nivel de convicción, claro], resulta suficiente para que sea aceptado y aplaudido en la sociedad. Desde ese mismo instante, una teoría renqueante, pasa automáticamente a ser presentada como ‘certeza científica demostrada’.

Pero una y otra vez se distorsiona la realidad, pues en ese informe, por obvia conveniencia, no se aclara la importantísima y vital actividad de otros agentes. Partículas fundadas por un conjunto de átomos ligados por enlaces covalentes, y causantes directos de esa ‘mejora’, por tener INSCRITO en su genoma las INSTRUCCIONES adecuadas para que se dé tal resistencia. Y es que, si bien es correcto decir que el genoma procariota consta de un solo cromosoma, también sería adecuado plantear que la inmensa mayoría de las bacterias poseen además, uno o varios elementos genéticos extra cromosómicos, con marcada influencia sobre ellas, debido a la ‘INSTRUCCIONES’ que contienen en su ADN.

Los ‘plásmidos’ son uno de ellos: secciones de ADN que tienen ciertos agregados que hacen se unan sus extremos y tomen forma circular; moléculas de ADN extracromosómico, de pequeño tamaño, existentes en la mayoría especies bacterianas y que se caracterizan porque se pueden replicar de manera independiente del ADN cromosómico.

A diferencia de los datos contenidos en el único cromosoma de la bacteria, los de los plásmidos no son necesarios para la viabilidad general de la célula; mas sin embargo, contienen genes que contribuyen a la supervivencia de esos microscópicos organismos en condiciones especiales. Un caso particular son los que confieren resistencia a antibióticos; recordando que un gen es la menor unidad de INFORMACIÓN en el ADN; la ínfima parte de un extenso y complicado PROGRAMA, contenedor de datos codificados y secuenciales, que ordenan y controlan todos los procesos de nacimiento, desarrollo y mantenimiento embrionario: las INSTRUCCIONES PARA CREAR y sostener VIDA.

Y llegados a aquí, la realidad de la experiencia científica, en todas las ramas de la Ciencia, nos guía hacia donde siempre: no puede decirse que surgió por procesos aleatorios y casuísticos, una información con datos secuenciales programados; precisas instrucciones para crear vida desde elementos inertes, inscritas y codificadas en hebras orgánicas, cuyo único objetivo, según han demostrado los investigadores de distintas partes del mundo, es INSTRUIR. No se puede plantear eso, porque ningún recetario químico, implicando dosis, secuencias, y los más mínimos detalles de confección, ha aparecido jamás por sí mismo, en ningún punto del planeta… y mucho menos apareciendo perfectamente codificado.

Analicemos los plásmidos: Son pequeños trozos extracromosómicos de ADN circular, cerrados covalentemente, que normalmente se replican en el citoplasma bacteriano. Son fácilmente intercambiados entre diferentes bacterias de igual o distinta especie y normalmente portan genes no esenciales para el crecimiento y multiplicación de la célula… pero que sí codifican para diversos grupos de proteínas: constituyen un ‘complemento de la información’ genética.

Pueden contener una variedad de genes diferentes, cada uno aportando resistencia ante disímiles antibióticos, gracias a ‘instrucciones codificadas’ que REGULAN, desde un diseño programado, la producción de toxinas o pili, el permitir a la bacteria hospitalaria usar fuentes de energía alternativas, expresar factores de virulencia, proveer resistencia a metales pesados, así como distintas funciones de transferencia y replicación… ¡Todo un director de orquesta, mucho más pequeño que el microorganismo que lo acoge y acepta!

La adquisición de material genético de otro microorganismo que codifica resistencia antibiótica, es el proceso más común a través del cual la resistencia antibiótica es diseminada. Se logra principalmente a través de tres mecanismos, de bacteria a bacteria:

1. Transformación- No es el proceso natural en la mayoría de los microorganismos, pues se requiere mucha manipulación para producir transformación in vitro.

2. Transducción.- El ADN exógeno o externo al cromosoma bacteriano, pasa de una bacteria a otra por la inserción mediante un fago. La fuente de ADN puede ser un plásmido dentro de la célula o puede abarcar una porción del cromosoma bacteriano. Es decir, la bacteria es infectada por el fago que inyecta dentro de la célula su ‘material genético’, la información que contiene; un proceso demostrado tanto in vitro como in vivo.

3. Conjugación.- Proceso más común de ‘transferencia de genes’ de resistencia antibiótica. La resistencia adquirida gracias a los datos contenidos en los plásmidos, no es un hecho aislado, sino que ocurre en la mayoría de especies bacterianas… respuesta a un programa preestablecido, diseñado, codificado e inscrito en el genoma del plásmido.

O sea, las dos formas naturales que logran pasar de una bacteria a otra las instrucciones para sintetizar las proteínas que formarán parte de sus sistemas inmunes, no se logran por azar, luego de Xn años, sino que se hallan ya regulados en el ADN de los plásmidos, por una INSTRUCCIÓN imposible de auto generarse: el diseño que provee a la bacteria de la maleabilidad necesaria para enfrentar condiciones ambientales cambiantes, tales como la contaminación de su ecosistema con metales pesados, u otros agentes… como los antibióticos. Es decir, si hubo una primera mutación en esa inscripción, esta siempre se debió manifestar sobre una información original, jamás sobre ‘algo’ surgido al azar, debido a una inexorable condición pragmática: no surge ‘información’ desde la ‘nada’.

Y ¿cómo ocurre esta inserción instrucción-cromosoma?… Pues se ha demostrado que los plásmidos tienen la habilidad de transferirse a otra bacteria, por diferentes modos; algunos incluso contienen transposones móviles que saliendo de él, van al ADN cromosómico; otros transposones sencillamente se replican, aumentando su número de copias en la célula.

Otra de las controversias de la teoría evolutiva con la realidad, pues el transposón, como el plásmido, no es más que una secuencia de ADN; no un ‘bicho’ que provoca una reacción, sino un cúmulo de datos que adecúa una determinada operación metabólica en la bacteria: instrucciones que demandan al instructor que las originó.

Los defensores evolutivos propugnan, sin evidencias de ningún tipo, solo por fidelidad a la necesidad de que su teoría se mantenga a flote, que los transposones son secuencias repetitivas que ‘seguramente’ proceden de ‘retrovirus ancestrales’. Pero vemos que tienen una función específica: varían el ADN, arrastrando un gen codificador de un cromosoma a otro, rompiéndolo por la mitad o haciendo que desaparezca del todo.

La inserción de un transposón a un gen, interrumpe ese gen y codifica para rasgos parecidos, como por ejemplo resistencia antibiótica. Y el solo hecho de que sea una secuencia de ADN: datos, ya lo revela como INSTRUCCIÓN, y una instrucción no puede haber surgido, inscribirse, y codificarse nunca por sí misma. No importa lo ‘ancestral’ que pretendan hacerla; siempre precisará del Instructor que la creó; nadie ha visto jamás una instrucción surgir por arte de ‘birlibirloque’… y si aparece programada, inscrita y codificada, mucho menos todavía.

La Ciencia no ha definido aun muy bien el que solo una ínfima parte del ADN codifica proteínas. Esto ha sido aprovechado por los darwinistas recapituladores, para decir que en algunas especies, la mayor parte del ADN ‘basura’, [hasta un 50% del total del genoma], corresponde a transposones… algo similar a cuando se declararon vestigiales, solo por ignorancia y prisa por neutralizar la Creación de Dios: la hipófisis, la Glándula Pineal, Adenoides, apéndice, la Pituitaria, hepífisis, el timo, Amígdalas… hasta casi un centenar de órganos cuya vital funcionalidad hoy la Ciencia ha dejado bien establecida.

Pero varios estudios recientes han negado esa hipótesis de ADN ‘basura’. Ya se conoce que, entre otras actividades, ese ADN, aparentemente ‘no codificante’, en realidad regula la expresión diferencial de los genes… entre ellas, lo que hemos presentado aquí: algunas secuencias tienen afinidad hacia proteínas especiales que tienen la capacidad de unirse al ADN (plásmidos, homeodominios, complejos receptores de hormonas esteroides, etc.), con un efecto contrastado en el control de mecanismos de trascripción y replicación.

Incluso hoy se conocen como ‘secuencias reguladoras’, y los investigadores aseguran que sólo se ha identificado una pequeña fracción del total. La presencia de tanto ADN, mal llamado: ‘no codificante’, en genomas eucarióticos y aunque menos, en procariotas; así como las diferencias en tamaño del genoma entre especies, representan un misterio que es conocido como el “enigma del valor de C”. Y un enigma no puede ser usado como evidencia de nada, sino que debe servir como estímulo para lograr descifrarlo… sobre todo cuando forma parte de un programa inteligente, que contiene una información genética, inscrita y codificada, que resulta importantísima para las bacterias: la INSTRUCCIÓN PROGRAMADA que indica cómo elaborar las proteínas que las hará resistentes a la agresión de agentes externos.

Por ejemplo: la presencia en un plásmido, del gen de resistencia a ampicilina, permite seleccionar las bacterias que portan estos plásmidos, gracias a su capacidad para crecer en presencia de dicho antibiótico. ¿Por qué?… Pues porque ese gen de resistencia contiene una instrucción codificada, para elaborar la enzima que degrada la ampicilina.

Dicho de otra forma, una bacteria tiene la capacidad de hacerse resistente ante determinados agentes externos, gracias a que contiene en su ADN, ‘INSCRITAS Y CODIFICADAS’, las instrucciones para secuenciar las proteínas que le permitirán esta ‘mejora’. El cuento de ‘evolución a mejor’, por ‘sí misma’, por azar evolutivo o lo que sea que se esté transmitiendo en las aulas, resulta antagónico con la verdad. En realidad se ‘instruye’ sobre cómo secuenciar las proteínas que intervendrán en esa fortaleza adicional: la cepa derivada que se hará más resistente.

Y no hay que verlos como ‘bichos’ que se meten dentro de otro y hacen endosimbiosis, sino como moléculas con ‘INFORMACIÓN’, que se incorporan a otra ‘INFORMACIÓN’, en la cadena del ADN bacteriano. Una vez más, primero están los datos, las instrucciones del ‘CÓMO HACER LAS COSAS’; solo luego es que ‘las cosas’ se hacen.

Otro uso importante de los plásmidos es fabricar grandes cantidades de proteínas. Se deja crecer la bacteria que contiene al plásmido con el gen de interés, y esta instrucción regula la producción de tales proteínas en gran cantidad. Forma barata y fácil de producir hormonas de forma masiva, como por ejemplo insulina, o incluso antibióticos.

Así, el Nobel de Medicina 1978, cayó en los Microbiólogos Werner Arber, Daniel Nathans y H. Smith, al descubrir las Endonucleasas de Restricción: el programa celular producto de un Diseño Inteligente, que permitió manipular la bacteria E. coli, y producir insulina humana para los diabéticos. Es decir, no crearon, sino descubrieron lo que ya existía.

Decir que si las bacterias mutan y mejoran, implica que ocurra lo mismo en humanos, está fuera de lugar. Por ejemplo, E. coli, en 7 horas, causa 20 generaciones: más de un millón de células; mientras los humanos, para generar 4 generaciones precisan un siglo. No es lo mismo la respuesta de una sola célula procariota, prácticamente inmortal, que un servosistema biológico con miles de millones de eucariotas y cientos de miles de secuencias de proteínas, donde una sola de ellas puede alterar todo el complejo.

¿Por qué Dios creó un diseño bacteriano que supuestamente conspira contra la salud del humano, su obra cumbre? Es obvio que posiblemente sea una pregunta mal enfocada, debido a la falta de datos. Aun queda mucho por investigar al respecto; quizás exista tal cosa porque resulta imprescindible para la no degradación del ecosistema… pero habría que averiguar mucho, antes de teorizar tanto sobre lo que apenas se conoce.

Lo único cierto e innegable, es que la Instrucción para crear la vida aparece antes inscrita y codificada en el genoma de bacterias y eucariontes, dejando bien definidas sus diferencias. No es una presunción, ni el resultado de una imaginación dirigida y fértil, sino la consecuencia del empirismo científico. Enfrentado al microscopio especial, el ADN surge como una inscripción codificada, INSTRUYENDO sobre cada una de las operaciones que deben efectuarse, desde la primera hasta la última, para CREAR vida.

De ese microscópico manual biológico surgió la vida; contiene todo el programa para que esta no se detenga: algo jamás imitado por el hombre. Constituye la misma firma del Creador, y el mayor ejemplo de la formidable sabiduría y omnisciencia de Dios… imposible de ser socavada ni tergiversada por ningún esfuerzo humano malintencionado que lo pretenda; no importan los títulos académicos bajo los cuales se pretenda conseguirlo.

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SISTEMA AUTOINMUNE: CAUSALIDAD, NO CASUALIDAD

mayo 18, 2008

UN PROGRAMA DEFENSOR

Los optimistas y los pesimistas contribuyen por igual en nuestra sociedad. El primero inventa al aeroplano y el segundo, un paracaídas; pero la positiva congruencia de ambos diseños mana naturalmente de los datos; estos siempre señalarán hacia el razonamiento, en cada cosa que aparezca construida. A través de la historia de la humanidad, no hay ni una sola prueba de que un organismo complejo se pueda erigir sin cálculo previo ni mentalidad arquitecta ni una fuerza de control que la dirija y organice. Los datos derivados de los estudios de cada uno de esos organismos, niegan su origen a partir del azar.

Nuestro propio cuerpo instituye un paradigma de lo expresado. Por ejemplo, la piel podría considerarse la primera línea de defensa ante embates externos que generarían  infección.  Contados microorganismos logran atravesarla, pues las glándulas sudoríparas, sebáceas, y lacrimales emiten emulsiones químicas muy nocivas para ciertas formas de bacterias. La mucosa nasal es un engendro antimicrobiano. Cuando las bacterias se fijan a él, son remolcadas por la acción ciliar, o devoradas por las células fagocíticas.

Aquellos que logran atravesar la barrera inicial, deberán enfrentar luego muchas secreciones y ataques, racionalmente dirigidos por ‘buenas entidades’ que impedirán el desarrollo e incubación de virus que podrían llegar a ser letales.

Sin embargo, pese a esta resistencia natural ante la ‘invasión enemiga‘, algunos protozoos logran infiltrarse, obligando entonces al organismo a la variante ‘B’: la confrontación directa, sin más acciones bioquímicas ni más historias surrealistas; como un disciplinado ejército, acuden en formación, y unos comiendo, otros ‘encarcelando‘, entablan combate a muerte con el que ‘saben‘, porque un programa les alerta, que resulta un peligroso usurpador.

¿Cómo ocurre la confrontación bélica y qué efecto celular tiene? Pues, automáticamente, no por sortilegio, sino debido a esquemas preconcebidos, se inicia una secuencia compleja de sucesos de respuesta interrelacionados: de algún lugar se dispara una orden de acción y comienzan a presentarse los elementos necesarios en el área atacada, con el objetivo de destruir todo germen que de alguna manera, ‘sea reconocido como intruso, y preparar el escenario para la reparación celular.

Aquí se palpa una de las pródigas conexiones entre los sistemas hemostáticos y los inmunes pues, admirablemente, se activa la proteína citoquina: mensajero intercelular que resulta esencial para que se produzca la respuesta del organismo. Aumenta el flujo sanguíneo, y la permeabilidad capilar se amplia, exudando a través de los vasos capilares, el conveniente suministro de neutrófilos, y proteínas plasmáticas vitales para las respuestas inmunológicas.

Los neutrófilos (o micrófagos), son los leucocitos más abundantes en la sangre humana, poseen profusas enzimas destructoras, así como fagocitina, una sustancia antibacteriana de alta eficiencia. Son células de alta movilidad, cuya consistencia gelatinosa, en el proceso conocido como ‘diapédesis‘, les facilita atravesar las paredes de los vasos sanguíneos para migrar hacia los tejidos invadidos, ayudando en la destrucción de microbios y respondiendo a estímulos inflamatorios.

Ahora bien, esta reacción tiene una mayor complejidad que la descrita hasta aquí, pues la acción de los neutrófilos está condicionada por la histamina (liberada por mastocitos) y TNF-α (liberada por macrófagos). La TNF-α y la histamina actúan sobre las células del endotelio del vaso, activando dichos neutrófilos, mediante la expresión de E-selectina (molécula sintetizada por la célula endotelial dañada). Luego, mediante IL-8 pueden unirse a la E-selectina, y así ser capaces de estar presentes en zonas afectadas, en apenas 5 horas después de empezar la infección. Otra evidencia de diseño, no de casuística reacción.

La principal función de estos leucocitos, es la de detener o retardar la acción de agentes patógenos. Las enigmáticas órdenes que nadie sabe exactamente de dónde parten, hacen que muy poco tiempo después de la invasión externa, se presente una interacción notable entre el endotelio vascular y los neutrófilos circulantes: los neutrófilos llevados por la sangre, se adhieren al plano interno del endotelio. Esto es muy específico, ya que los eritrocitos no presentan tendencia adhesiva alguna, y otros leucocitos, si acaso, tardan más. Es un misterio la forma en que el endotelio adquiere adhesividad.

Luego de adherirse, los neutrófilos se comportan como las amebas; pasan comprimidos entre las células endoteliales. Las alteraciones de la estructura vascular inducidas por los agentes liberados descritos anteriormente quizás facilitan este proceso al debilitar las conexiones intercelulares o quizás el neutrófilo simplemente separe la conexión mediante la fuerza de su movimiento ameboide. ¿Qué inteligencia es la que ha determinado todo este proceso, que recordemos se realiza a nivel microscópico? Es imposible razonar que surgió del azar, sin ninguna intervención inteligente capaz de inducir estas operaciones.

Es más, la exudación de los leucocitos no se limita a los neutrófilos. Mucho más tarde, como si de una nueva ofensiva se tratara, para sorprender al enemigo y no permitirle el tiempo necesario a organizarse para su defensa, entran en acción los monocitos, otro tipo de glóbulos blancos, los de mayor tamaño (aunque no es clara su modalidad de entrada), y una vez en el tejido, se transforman en macrófagos y se multiplican por mitosis. Así, todos los tipos fagocíticos se hallan presentes en el área afectada.

De modo que la fagocitosis es la segunda respuesta del organismo, su arma principal; el aumento de flujo sanguíneo, permeabilidad vascular, y exudación de leucocitos, sirve tan sólo para garantizar la presencia de cantidades apropiadas de fagocitos, engullendo al atacante mediante la invaginación de su membrana y la formación de una bolsa. Una vez dentro, el microbio permanece encarcelado, separado del citoplasma del fagocito por un estrato de la membrana celular de éste.

El paso siguiente experimentado ‘in vitro’, es la degranulación. La membrana que rodea la bolsa hace contacto con los gránulos del fagocito, lisosomas llenos de enzimas hidrolíticas; las dos membranas se funden y los gránulos, aún intactos, entran a la bolsa. Las membranas lisosomáticas que separan los contenidos de la bolsa y del lisosoma se rompen, y las enzimas poderosas son descargadas. Este proceso ocurre en forma explosiva; la acción subsiguiente, el engullimiento, requiere menos de 10 minutos.

Las sustancias liberadas por los lisosomas matan el microorganismo y lo catabolizan en productos de bajo peso molecular, que pueden ser luego liberados en forma segura o utilizados por la célula como fuente de energía. Las partículas extrañas no degradables (madera, colorantes, metal…) pueden ser retenidas indefinidamente dentro de los macrófagos. El proceso total no termina necesariamente con la muerte del fagocito, que puede repetir su función una y otra vez.

Los neutrófilos pueden liberar también gránulos lisosomáticos en el líquido extracelular; las enzimas que liberan estos gránulos atacan el detritus extracelular en el sitio de la lesión, facilitándoles así a los macrófagos el trabajo de devorarlos al final de la batalla, allanando el camino para la reparación del área lesionada.

Hasta aquí, a grandes rasgos, uno de los papeles defensivos del organismo; en realidad el proceso es mucho más complejo que lo referido, pero considero que lo expresado resulta suficiente para pensar que tal comportamiento implica un programa que le permite al cuerpo reconocer y responder ante todo lo que pueda constituir un peligro  para sí. Son demasiadas las partes implicadas, es mucha la interactuación, y muy grande la efectividad, pese a que todo se desarrolla a nivel microscópico.

La teoría evolutiva plantea que todos esos procesos maravillosos que ocurren, no son más que logros de una impersonal ‘selección natural’ carente de raciocinio. Pero reconocer a esta la capacidad de realizar operaciones que la ciencia actual no puede, es también concederle inteligencia; pues solo desde ella es posible generar todos los mecanismos de respuesta del ser humano para permitir el mantenimiento de la vida.

Considere por ejemplo esta lectura; el escrito lo produjo la deducción de un ser humano, por lo que no resulta un problema reconocer capacidad creativa. Pero cuando los teóricos evolutivos se ven ante hechos que no pueden ser achacados al hombre, entonces plantean respuestas que no tengan nada que ver con la lógica intervención de una inteligencia superior. Se va contra la razón, pero no importa; cualquier cosa resulta mejor que reconocer esa inteligencia que nadie ve, pero es patentizada en cada célula de todo organismo vivo, e incluso en cada cuerpo inerte.

La información condiciona el pensamiento, y por tanto, el análisis. Un ciudadano chino o coreano no se identifica con el concepto occidental: está predispuesto desde niño, debido a la enseñanza recibida. Solo aquellos más aptos para abrirse al conocimiento, se niegan a bloquearse ante otras fuentes y son capaces de analizar todos los criterios, para luego, libres de influencias sicológicas, concebir opiniones propias.

Nadie puede decir que un libro surgió por azar; no existen novelas algorítmicas. No hay mecanismo natural que logre aglutinar letras con coherencia, expresando criterios; resulta insensato creer que apareció por una causa natural, no dirigida. Si eso sucede con un simple ensayo, cuánto más con una información genética codificada, mucho más compleja, que por tanto únicamente puede ser atribuida a un origen inteligente.

El descubrimiento del ADN y su investigación molecular, enfrentan clara evidencia de la existencia de inteligencia no humana. No obstante, el pensamiento naturalista está tan arraigado en nuestra cultura que, lejos de dar gracias a Dios por el raciocinio que nos ha entregado para diferenciarnos del resto de los animales, una parte de la humanidad lleva más de siglo y medio dedicada a hallar una prueba que logre demostrar su inexistencia, no conformándose con la optativa personal, sino exigiendo a todos los hombres que se dejen arrastrar por esa corriente.

Mientras un grupo importante de científicos dedica esfuerzo y tiempo en luchar por todo aquello que permita avances positivos para la sociedad, otro colectivo se aglutina, marginándose de ellos, intentando sobrellevar las profundas diferencias internas de criterios, en tanto se sumen en una busca incansable en las cenizas del pasado, con el único objetivo de sacar al Creador, definitivamente, de la fórmula de la vida. El porvenir de la raza no resulta importante para ellos, su prioridad es más ambiciosa: erradicar a Dios de la mente de todos los seres racionales, considerando a cada creyente, poco menos que un lelo.

Pero es el propio Jesucristo el que tiene el control, hasta un regreso suyo que no tiene fecha de caducidad, y que sucederá cuando la gente menos se lo espere. Mientras tanto, no estaría de más que se meditara sobre las siguientes palabras:


“Porque como también vosotros en algún tiempo no creísteis a Dios, pero ahora habéis alcanzado misericordia con ocasión de la incredulidad de ellos; así también estos ahora no han creído, para que, por la misericordia para con vosotros, ellos también alcancen misericordia. Porque Dios encerró a todos en incredulidad, para tener misericordia de todos. ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió el intento del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le sea pagado? Porque de él, y por él, y en él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.”
  (Rom 11:30)


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