LA EVOLUCIÓN, DARWIN… Y SU PARADOJA.

agosto 4, 2008

No hace mucho, me llamó la atención un rótulo por el sin sentido que formulaba: ‘Se prohíbe prohibir’. Ante tales expresiones del ‘decir sin decir’, las neuronas buscan alguna lógica invisible, estimándolas como un reto a la propia inteligencia; aunque a priori, la información constituya una desinformación en sí misma. El ‘No escuches lo que oigas’, otro contrasentido, podría mutar aquí por ‘No oigas nada que vaya contra la razón’.

Sin embargo, aparentes desaciertos a veces han sido analizados en las matemáticas, desde sus comienzos; y ocasionalmente han sido fundamentales para una formalización de sus teoremas y leyes. De hecho, son una parte importante de las matemáticas modernas; las paradojas de la teoría de conjuntos tuvieron un efecto profundo en el desarrollo y la comprensión de la matemática moderna.

Según la XXII edición del Diccionario de la RAE, una paradoja es:

‘Aserción, Acción y efecto de afirmar o dar por cierto algo; proposición en que se afirma o da por cierto algo, inverosímil o absurdo, que se presenta con apariencias de verdadero.’

O esta otra acepción, que creo se ajusta más al tema que pretendo debatir en este artículo:

‘Figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción’: [Mira al avaro, en sus riquezas, pobre.]

O sea, algo resulta paradójico cuando parece que es verdad, sin serlo; o al revés, que parece que es falso, pero en realidad es tan real como la vida misma. Recuerdo la del Capítulo 51, 2ª Parte de ‘Don Quijote’, la reflexión de Cervantes más profesionalmente considerada por los matemáticos, al narrar un episodio del gobierno de Sancho Panza en la ínsula Bataria.

El Sancho Gobernador, se vio ante un dilema de juicio y sentencia, cuando se le planteó:

– Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío… Y esté vuesa merced atento, porque es caso de importancia y algo dificultoso. Digo, pues, que sobre este río estaba una puente, y al cabo de ella una horca y una como casa de audiencia, en la cual de ordinario había cuatro jueces que juzgaban por la ley que puso el dueño del río, de la puente y del señorío, que era de esta manera:

“Si alguno pasare por esta puente de una parte a otra, ha de jurar primero a dónde va y a qué va; y si jurare la verdad, déjenle pasar, y si dijere mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna”

 

Sucedió, pues, que tomando juramento a un hombre, juró y dijo, que iba a morir en aquella horca que allí estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron:

— Si a este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y conforme a la ley debe morir; pero, habiendo jurado la verdad, por la misma ley debe ser libre.

Sancho quedó pensativo ante el consejo que los jueces le pedían; luego comentó:

— A mi parecer, el tal hombre jura que se va a morir en la horca; y si muere en ella juró la verdad, y por la ley puesta merece ser libre y que pase el puente; pero si no le ahorcan juró mentira, y por la misma ley merece que le ahorquen…

En los primeros comentarios matemáticos a este problema se procuró incluirlo entre las paradojas de la Teoría de Conjuntos, pero su interés más cierto se ofrece como problema de Álgebra proposicional. Así se propone, llamándole ya ‘problema de Cervantes’, en el clásico libro de Lógica Matemática de A. CHURCH (1956). Cuando se formaliza la cuestión, se llega a establecer que ninguna decisión hará cumplir la ley. ¿Qué hacer entonces? La sentencia que dicta Sancho Panza concluye:

– Venid acá, señor buen hombre; este pasajero que decís, o yo soy un porro, o él tiene la misma razón para morir que para vivir y pasar el puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena igualmente; y siendo eso así como lo es, soy de parecer que digáis esos señores, que le dejen pasar libremente, pues siempre es alabado más el hacer bien que mal; y esto le diera firmado en mi nombre, si supiera mejor firmar; y yo en este caso no he hablado de mío, sino que se me vino a la memoria un precepto, entre otros muchos, que me dio mi amo don Quijote, antes que viniese a ser gobernador de esta ínsula, que fue que, ‘cuando la justicia estuviese en duda, me decatase y acogiese a la misericordia’; y ha querido Dios que agora me acordase, por venir en este caso como de molde.

¡Muy bien por Sancho! Lo menos que se puede hacer es exaltar la modestia viva en sus juicios, y también su fidelidad al cristiano y cabal precepto que don Quijote le diera.

Pero una paradoja también reseña las contradicciones lógicas que van contra el sentido común y causan confusión: “la falsedad que algunos consideran cierta”, aun siendo obvia la farsa. ¿Se entendió? ¿No? Estupendo, en eso consiste una paradoja. Este artículo intentará explicar una paradoja surgida desde la ignorancia a posta; se desea hacerlo tan claro como sea posible, sin juegos de palabras… y sin resultar paradójico, por supuesto.

Las extravagancias, a veces son producto del aburrimiento, y no sirven para nada; su único objetivo es marear al que las lee, y el intento de resolverlas es una pérdida de tiempo. Pero otras son concebidas con un propósito contra corriente, disfrazadas como argumentos de ‘preocupación científica‘; lo irracional es que el éxito de las mismas sólo puede explicarse por insensatez humana.

Y luego de este deambular por conceptos y ejemplos, quisiera culminar con una a la que he bautizado como ‘La paradoja de Darwin’, quien expuso la selección natural como principal mecanismo de la evolución. Actualmente, esta teoría combina propuestas de Darwin y Wallace con las leyes de Mendel y otros avances genéticos posteriores; por eso es llamada Síntesis Moderna o Teoría Sintética. En el seno de este dogma, la evolución se define como un cambio en la frecuencia de los alelos en una población a lo largo de las generaciones.

La docencia evolutiva ‘enseña‘ que esos cambios los causan mecanismos diferentes: selección natural, deriva genética, mutación, migración (flujo genético). Tal ‘teoría sintética‘ recibe una amplia aceptación en la comunidad científica, aunque también muchas críticas. Ha sido defendida con ahínco desde su formulación, en torno a 1940, por hombres de ciencia vinculados a la biología molecular, la genética del desarrollo, la paleontología…

Pero, ¿dónde aparece el absurdo que ningún evolucionista quiere ver? ¡Justo donde no se quiere buscar! El sitio donde el instinto evolutivo conduce hacia el olor a chamusquina: el ADN y su inscripción codificada. Se parte desde un imaginario punto, mil-millonariamente lejos, tanto como el necesario para no tener testigos indeseables: solo fósiles… sabiendo que estos siempre terminan hablando el idioma que resulte más conveniente.

Según esa teoría sintética a la que se ha llegado, luego de los parches a los que les han ido obligando los avances científicos [pese a que sus propugnadores dicen ampararse en la Ciencia], las especies fueron generadas por una corriente de auto transformismo que permitió que, durante miles de millones de años, un alga se convirtiera en pez, en elefante, en rábano, en jicotea o dinosaurio, lagarto o águila, mono u hombre… o en el sándalo que perfuma el hacha que le hiere; todos juntos, y bien revueltos, aunque por ahí haya algún disparatado árbol filogenético ramificado [siempre han sido buenos buscando nombres doctos] intentando hacerlo procesable por el intelecto.

Sin embargo, el corolario derivado de investigaciones científicas, dicta categóricamente que no es posible que haya cambios, si estos no se han producido antes en la información codificada que aparece ‘inscrita’ en cada genoma. Las instrucciones del ADN, y no la ‘casuística’ surgida en supuestos millones de años, es lo que determina cada uno de todos los procesos metabólicos de cada ser vivo, ‘individualmente’.

Ejemplifiquemos la paradoja: La teoría evolutiva plantea que tenemos un antecesor común con cualquiera de las bacterias hoy existentes, aunque el tiempo de este precursor, hipotéticamente, según la conveniente datación evolucionista, se remonte a más de 3000 millones de años.

Pero la bacteria tiene una característica fundamental que la aleja de la biología de los organismos pluricelulares del planeta: es procariota, del griego πρό, pro = ‘antes de’ y ‘karion’ = ‘núcleo’. Sus células no tienen núcleo celular diferenciado; es decir, su ADN se disipa en el citoplasma, mientras que la gran mayoría de las células que conforman todo el mundo animal y vegetal [eucariotas], sí tienen un núcleo dentro del citoplasma.

En general, con respecto a la estructura del citoplasma, los eucariotas, [células vegetales y animales, incluido el ser humano] poseen más orgánulos que no tienen los absurdamente considerados ‘primeros seres’, procariotas. Todos ellos con funciones importantes y específicas, y no surgidos por azar, sino perfectamente elaborados según la instrucción que dicta exactamente cómo y cuándo hacerlos: ‘la receta de la vida’ codificada y programada, secuencia a secuencia, segundo a segundo, e ‘inscrita‘ en un pliego orgánico: el ADN.

No puede argumentarse que hace miles de millones de años las bacterias se unieron entre sí y dieron lugar, por endosimbiosis, a la célula eucariota, sin explicar cómo se produjo antes el cambio en esa instrucción, permitiendo la nueva célula. La Ciencia ha dejado bien claro que primero está la información y luego la función: primero la receta y luego la elaboración de dicha receta.

¿Cómo se produjeron las ‘reinscripciones y recodificaciones‘ necesarias, para que se formaran: núcleos, retículo endoplasmático, aparato de Golgi, lisosomas, mitocondrias y citoesqueleto? Son inexistentes en el procariota, y cada uno tiene bien explícita su función en el genoma. La teoría del ‘se unieron porque nos da la gana y pudo ser‘, es cualquier cosa menos científica.

La organización genética también varía: el procariota carece del nucleoplasma rodeado por membrana que se ve en el eucariota; posee un solo cromosoma, a diferencia del resto de la biología [la célula eucariota humana tiene 24 distintos]. Tampoco hay nucleolo, mitosis ni ADN en orgánulos, pues estos no existen; y los datos para que surjan, debieron estar inscritos antes en el ADN. Así que: ¿cómo se reinscribieron y recodificaron los datos necesarios para generar los organismos pluricelulares, cambiando incluso las propiedades genéticas, para ‘mejorar‘ la especie?

Por otra parte, los atributos funcionales inexistentes en virus, y exclusivos de eucariotas: fagocitosis, pinocitosis, secreción de materiales en vesículas del Golgi, digestión intracelular, corrientes celulares dirigidas (ciclosis), movimientos ameboides… ¿cómo pudieron surgir, sin antes existir la información con los datos que permitieran las condiciones para que se manifestaran, y que las mismas investigaciones científicas han determinado imprescindibles?

Veamos en concreto el caso de la mitocondria, presentada como un resultado casuístico de una bacteria en simbiosis con otra. Durante la última década, la investigación científica sobre la mitocondria ha presentado un nuevo apogeo, al haberse relacionado alteraciones de la funcionalidad de este orgánulo con el desarrollo y progresión de enfermedades humanas tan diversas como las neurodegenerativas, la diabetes, y muchas más.

Tradicionalmente, la mitocondria se percibía como responsable de la provisión de la energía necesaria en células eucariotas, para que éstas lograran sus funciones vitales: la central energética celular. Pero en los años noventa, también se reveló su ‘programación’ para el control de la apoptosis: un mecanismo selectivo de suicidio de cada célula irrecuperable, mediado por la liberación de proteínas localizadas en el interior del orgánulo. Y más espectacular aún ha sido además, el resurgir de la mitocondria en el ámbito del cáncer, ya en este siglo, donde las alteraciones de su función provisora de energía están íntimamente ligadas a la progresión de neoplasias tan diversas como el cáncer de mama, de pulmón o de colon.

En el trabajo sobre apoptosis, el grupo de investigación del Centro de Biología Molecular ‘Severo Ochoa’ dirigido por José M. Cuezva, estudió la síntesis del ADN, así como de las proteínas y fosfolípidos específicos de la mitocondria, durante las distintas fases del ciclo celular: el proceso ordenado y repetido en el tiempo, por el que la célula crece y se divide en dos células hijas.

En concreto, demostraron que la regulación de la expresión de una proteína clave en el control del mecanismo energético y apoptósico de la mitocondria [β-F1-ATPasa], cuya función está disminuida en una gran variedad de tumores humanos, se ejerce ‘por control de la traducción de su ARNm‘, en la fase final del ciclo celular. Es decir: ¡siguiendo las instrucciones inscritas en el ADN! ¿Cómo puede entenderse una mitocondria ‘surgida por endosimbiosis‘, si aparece en el ADN toda la instrucción preventiva que le atañe? Si está la instrucción y la previsión  no puede considerarse en serio la aparición, el mantenimiento y hasta la muerte, por azar. ¡Es Diseño funcional desde el inicio!

Si hay datos inscritos implicando a todos los orgánulos eucariotas, y dichos datos y orgánulos no asoman en los procariotas, ¿de dónde entonces surgió esa inscripción codificada? ¿Cómo brota el evidente programa de control celular, detectado en las investigaciones científicas?

Por otra parte, la Respiración también está relacionada con el ADN; no es casuística, sino programada: en vegetales ocurre de una forma establecida e inscrita también en el genoma. Los animales hacemos respiración celular, llevada a acabo en la mitocondria; las plantas mediante fotosíntesis, empleando un orgánulo llamado cloroplasto. Y ninguna de esas informaciones existe en la bacteria. ¿Cómo se inscribió y codificó esa información inteligente en los eucariotas, si no existe en sus hipotéticos antecesores?

La Génesis del cloroplasto le da su propio ADN con instrucciones; de forma que estamos otra vez ante la pescadilla que se muerde la cola: si esa central energética vegetal, funciona gracias a una información inscrita en su genoma, instruyendo sobre la fotosíntesis, ¿cómo puede pensarse que surgieran de forma casuística, desde la bacteria?

Terminamos; la ‘Paradoja de Darwin’ plantea que todos los seres derivan unos de otros; sin embargo, toda la información de los distintos procesos del metabolismo celular que les diferencia, especie por especie, ya aparece inscrita y codificada en cada ADN específico, antes de surgir cada individuo, identificando a cada uno según lo inscrito y codificado.

Porque desde el conocimiento derivado de todos los descubrimientos científicos que han permitido los avances de la humanidad, jamás ha existido alguno que ratifique que una instrucción se puede reinscribir por si misma en la molécula de ADN; y mucho menos, recodificarse, pues también la Ciencia ha determinado que no es posible si no existe Codificador.

¿Quién le puso el cascabel al gato? Selección Natural no, desde luego… antes tendría que aprender a diseñar, programar, calcular, inscribir, y codificar las instrucciones para la vida, en el núcleo de cada célula eucariota; la que tenemos los humanos, vaya.

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SISTEMA AUTOINMUNE: CAUSALIDAD, NO CASUALIDAD

mayo 18, 2008

UN PROGRAMA DEFENSOR

Los optimistas y los pesimistas contribuyen por igual en nuestra sociedad. El primero inventa al aeroplano y el segundo, un paracaídas; pero la positiva congruencia de ambos diseños mana naturalmente de los datos; estos siempre señalarán hacia el razonamiento, en cada cosa que aparezca construida. A través de la historia de la humanidad, no hay ni una sola prueba de que un organismo complejo se pueda erigir sin cálculo previo ni mentalidad arquitecta ni una fuerza de control que la dirija y organice. Los datos derivados de los estudios de cada uno de esos organismos, niegan su origen a partir del azar.

Nuestro propio cuerpo instituye un paradigma de lo expresado. Por ejemplo, la piel podría considerarse la primera línea de defensa ante embates externos que generarían  infección.  Contados microorganismos logran atravesarla, pues las glándulas sudoríparas, sebáceas, y lacrimales emiten emulsiones químicas muy nocivas para ciertas formas de bacterias. La mucosa nasal es un engendro antimicrobiano. Cuando las bacterias se fijan a él, son remolcadas por la acción ciliar, o devoradas por las células fagocíticas.

Aquellos que logran atravesar la barrera inicial, deberán enfrentar luego muchas secreciones y ataques, racionalmente dirigidos por ‘buenas entidades’ que impedirán el desarrollo e incubación de virus que podrían llegar a ser letales.

Sin embargo, pese a esta resistencia natural ante la ‘invasión enemiga‘, algunos protozoos logran infiltrarse, obligando entonces al organismo a la variante ‘B’: la confrontación directa, sin más acciones bioquímicas ni más historias surrealistas; como un disciplinado ejército, acuden en formación, y unos comiendo, otros ‘encarcelando‘, entablan combate a muerte con el que ‘saben‘, porque un programa les alerta, que resulta un peligroso usurpador.

¿Cómo ocurre la confrontación bélica y qué efecto celular tiene? Pues, automáticamente, no por sortilegio, sino debido a esquemas preconcebidos, se inicia una secuencia compleja de sucesos de respuesta interrelacionados: de algún lugar se dispara una orden de acción y comienzan a presentarse los elementos necesarios en el área atacada, con el objetivo de destruir todo germen que de alguna manera, ‘sea reconocido como intruso, y preparar el escenario para la reparación celular.

Aquí se palpa una de las pródigas conexiones entre los sistemas hemostáticos y los inmunes pues, admirablemente, se activa la proteína citoquina: mensajero intercelular que resulta esencial para que se produzca la respuesta del organismo. Aumenta el flujo sanguíneo, y la permeabilidad capilar se amplia, exudando a través de los vasos capilares, el conveniente suministro de neutrófilos, y proteínas plasmáticas vitales para las respuestas inmunológicas.

Los neutrófilos (o micrófagos), son los leucocitos más abundantes en la sangre humana, poseen profusas enzimas destructoras, así como fagocitina, una sustancia antibacteriana de alta eficiencia. Son células de alta movilidad, cuya consistencia gelatinosa, en el proceso conocido como ‘diapédesis‘, les facilita atravesar las paredes de los vasos sanguíneos para migrar hacia los tejidos invadidos, ayudando en la destrucción de microbios y respondiendo a estímulos inflamatorios.

Ahora bien, esta reacción tiene una mayor complejidad que la descrita hasta aquí, pues la acción de los neutrófilos está condicionada por la histamina (liberada por mastocitos) y TNF-α (liberada por macrófagos). La TNF-α y la histamina actúan sobre las células del endotelio del vaso, activando dichos neutrófilos, mediante la expresión de E-selectina (molécula sintetizada por la célula endotelial dañada). Luego, mediante IL-8 pueden unirse a la E-selectina, y así ser capaces de estar presentes en zonas afectadas, en apenas 5 horas después de empezar la infección. Otra evidencia de diseño, no de casuística reacción.

La principal función de estos leucocitos, es la de detener o retardar la acción de agentes patógenos. Las enigmáticas órdenes que nadie sabe exactamente de dónde parten, hacen que muy poco tiempo después de la invasión externa, se presente una interacción notable entre el endotelio vascular y los neutrófilos circulantes: los neutrófilos llevados por la sangre, se adhieren al plano interno del endotelio. Esto es muy específico, ya que los eritrocitos no presentan tendencia adhesiva alguna, y otros leucocitos, si acaso, tardan más. Es un misterio la forma en que el endotelio adquiere adhesividad.

Luego de adherirse, los neutrófilos se comportan como las amebas; pasan comprimidos entre las células endoteliales. Las alteraciones de la estructura vascular inducidas por los agentes liberados descritos anteriormente quizás facilitan este proceso al debilitar las conexiones intercelulares o quizás el neutrófilo simplemente separe la conexión mediante la fuerza de su movimiento ameboide. ¿Qué inteligencia es la que ha determinado todo este proceso, que recordemos se realiza a nivel microscópico? Es imposible razonar que surgió del azar, sin ninguna intervención inteligente capaz de inducir estas operaciones.

Es más, la exudación de los leucocitos no se limita a los neutrófilos. Mucho más tarde, como si de una nueva ofensiva se tratara, para sorprender al enemigo y no permitirle el tiempo necesario a organizarse para su defensa, entran en acción los monocitos, otro tipo de glóbulos blancos, los de mayor tamaño (aunque no es clara su modalidad de entrada), y una vez en el tejido, se transforman en macrófagos y se multiplican por mitosis. Así, todos los tipos fagocíticos se hallan presentes en el área afectada.

De modo que la fagocitosis es la segunda respuesta del organismo, su arma principal; el aumento de flujo sanguíneo, permeabilidad vascular, y exudación de leucocitos, sirve tan sólo para garantizar la presencia de cantidades apropiadas de fagocitos, engullendo al atacante mediante la invaginación de su membrana y la formación de una bolsa. Una vez dentro, el microbio permanece encarcelado, separado del citoplasma del fagocito por un estrato de la membrana celular de éste.

El paso siguiente experimentado ‘in vitro’, es la degranulación. La membrana que rodea la bolsa hace contacto con los gránulos del fagocito, lisosomas llenos de enzimas hidrolíticas; las dos membranas se funden y los gránulos, aún intactos, entran a la bolsa. Las membranas lisosomáticas que separan los contenidos de la bolsa y del lisosoma se rompen, y las enzimas poderosas son descargadas. Este proceso ocurre en forma explosiva; la acción subsiguiente, el engullimiento, requiere menos de 10 minutos.

Las sustancias liberadas por los lisosomas matan el microorganismo y lo catabolizan en productos de bajo peso molecular, que pueden ser luego liberados en forma segura o utilizados por la célula como fuente de energía. Las partículas extrañas no degradables (madera, colorantes, metal…) pueden ser retenidas indefinidamente dentro de los macrófagos. El proceso total no termina necesariamente con la muerte del fagocito, que puede repetir su función una y otra vez.

Los neutrófilos pueden liberar también gránulos lisosomáticos en el líquido extracelular; las enzimas que liberan estos gránulos atacan el detritus extracelular en el sitio de la lesión, facilitándoles así a los macrófagos el trabajo de devorarlos al final de la batalla, allanando el camino para la reparación del área lesionada.

Hasta aquí, a grandes rasgos, uno de los papeles defensivos del organismo; en realidad el proceso es mucho más complejo que lo referido, pero considero que lo expresado resulta suficiente para pensar que tal comportamiento implica un programa que le permite al cuerpo reconocer y responder ante todo lo que pueda constituir un peligro  para sí. Son demasiadas las partes implicadas, es mucha la interactuación, y muy grande la efectividad, pese a que todo se desarrolla a nivel microscópico.

La teoría evolutiva plantea que todos esos procesos maravillosos que ocurren, no son más que logros de una impersonal ‘selección natural’ carente de raciocinio. Pero reconocer a esta la capacidad de realizar operaciones que la ciencia actual no puede, es también concederle inteligencia; pues solo desde ella es posible generar todos los mecanismos de respuesta del ser humano para permitir el mantenimiento de la vida.

Considere por ejemplo esta lectura; el escrito lo produjo la deducción de un ser humano, por lo que no resulta un problema reconocer capacidad creativa. Pero cuando los teóricos evolutivos se ven ante hechos que no pueden ser achacados al hombre, entonces plantean respuestas que no tengan nada que ver con la lógica intervención de una inteligencia superior. Se va contra la razón, pero no importa; cualquier cosa resulta mejor que reconocer esa inteligencia que nadie ve, pero es patentizada en cada célula de todo organismo vivo, e incluso en cada cuerpo inerte.

La información condiciona el pensamiento, y por tanto, el análisis. Un ciudadano chino o coreano no se identifica con el concepto occidental: está predispuesto desde niño, debido a la enseñanza recibida. Solo aquellos más aptos para abrirse al conocimiento, se niegan a bloquearse ante otras fuentes y son capaces de analizar todos los criterios, para luego, libres de influencias sicológicas, concebir opiniones propias.

Nadie puede decir que un libro surgió por azar; no existen novelas algorítmicas. No hay mecanismo natural que logre aglutinar letras con coherencia, expresando criterios; resulta insensato creer que apareció por una causa natural, no dirigida. Si eso sucede con un simple ensayo, cuánto más con una información genética codificada, mucho más compleja, que por tanto únicamente puede ser atribuida a un origen inteligente.

El descubrimiento del ADN y su investigación molecular, enfrentan clara evidencia de la existencia de inteligencia no humana. No obstante, el pensamiento naturalista está tan arraigado en nuestra cultura que, lejos de dar gracias a Dios por el raciocinio que nos ha entregado para diferenciarnos del resto de los animales, una parte de la humanidad lleva más de siglo y medio dedicada a hallar una prueba que logre demostrar su inexistencia, no conformándose con la optativa personal, sino exigiendo a todos los hombres que se dejen arrastrar por esa corriente.

Mientras un grupo importante de científicos dedica esfuerzo y tiempo en luchar por todo aquello que permita avances positivos para la sociedad, otro colectivo se aglutina, marginándose de ellos, intentando sobrellevar las profundas diferencias internas de criterios, en tanto se sumen en una busca incansable en las cenizas del pasado, con el único objetivo de sacar al Creador, definitivamente, de la fórmula de la vida. El porvenir de la raza no resulta importante para ellos, su prioridad es más ambiciosa: erradicar a Dios de la mente de todos los seres racionales, considerando a cada creyente, poco menos que un lelo.

Pero es el propio Jesucristo el que tiene el control, hasta un regreso suyo que no tiene fecha de caducidad, y que sucederá cuando la gente menos se lo espere. Mientras tanto, no estaría de más que se meditara sobre las siguientes palabras:


“Porque como también vosotros en algún tiempo no creísteis a Dios, pero ahora habéis alcanzado misericordia con ocasión de la incredulidad de ellos; así también estos ahora no han creído, para que, por la misericordia para con vosotros, ellos también alcancen misericordia. Porque Dios encerró a todos en incredulidad, para tener misericordia de todos. ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió el intento del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le sea pagado? Porque de él, y por él, y en él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.”
  (Rom 11:30)


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