LA NAVIDAD Y EL ‘CHRESTO’ HISTÓRICO. [I]

diciembre 22, 2010

En estos días que las tiendas muestran todo tipo de adornos navideños, entremezclados con propaganda subliminal para que nos gastemos los ahorros, se obvia el verdadero espíritu que motiva la Navidad. Sería justo bucear un poco atrás en el tiempo, profundizando algo más de dos milenios, tras la verdad histórica de Jesús de Nazaret, el fundamento pascual; en específico, en documentos Romanos de los primeros siglos que autentifican la existencia milagrosa de Cristo.

Insisto: no son testimonios cristianos de seguidores y alumnos suyos, sino de quienes, de una forma u otra, se vincularon a los que crucificaron a Jesús; escritos romanos que garantizan Su realidad histórica.

Historiadores de los siglos I, y II [inmediatos y posteriores a Jesús]: Cornelio Tácito (54-119 dC), Suetonio (60-122 dC), Plinio el Menor (62-113), Luciano (90 dC), Celso, y el Príncipe de Bitinia, hablan de Jesucristo. También están los testimonios del historiador Flavio Josefo, (44 aC-II dC) judío y ciudadano romano, que en el año 64 fue a Roma con la intención de interceder ante Nerón, a favor de la liberación de sacerdotes judíos amigos en cárceles romanas. Hacia el año 93, escribe ‘Antigüedades Judías’, donde se menciona a Jesús de Nazaret, en el capítulo XVIII.

También aparece en el XX:

Ananías [sumo sacerdote que antes había apresado y exigido la crucifixión de Jesús], era un saduceo sin alma. Convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio. El procurador Festo había fallecido. El sucesor, Albino, todavía no había tomado posesión. Hizo que el sanedrín juzgase a Santiago, hermano de Jesús, llamado Cristo, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley y los entregó para que fueran apedreados.”

En el capítulo XVIII, menciona la muerte de Juan el Bautista por orden de Herodes Antipas, en congruencia con los escritos del Nuevo Testamento cristiano; así como otras noticias de entonces. También aparecen referencias históricas al martirio del hermano de Jesús, Santiago, y al propio sacrificio de Jesús ‘en un Madero de Tormento o la cruz’, en tiempos de Poncio Pilato.

Veamos otras referencias romanas:

-“Como los judíos estaban provocando continuos disturbios bajo la instigación de Chresto, los expulsó de Roma.” (Suetonio, Biografía de Claudio XXV. 120DC)

-“Chresto, el fundador del nombre [nadie antes que Él fue llamado así], fue ajusticiado en el reino de Tiberio, pero la superstición perniciosa reprimida por un tiempo, volvió a hacer irrupción no solo en Judea donde inició este error.” (Cornelio Tácito, Documento: Annals XV. 112 dC)

-“Ahora bien, había en ese tiempo un hombre sabio, Jesús, un maestro tal que los hombres recibían con agrado la verdad que les enseñaba. Atrajo así a muchos de los judíos y gentiles, y cuando Pilato le condenó a ser crucificado, aquellos que lo amaban desde el principio no le olvidaron, y la secta cristiana, llamada de este modo a causa de Él, no ha sido extinguida hasta el presente.” (Flavio Josefo [37 d.C] . Antigüedades Judías. XVIII).

-“Les hice maldecir el nombre de Chresto, a lo cual no pude inducir a ningún crhestiano.” (Plinio el menor. Roma, Siglo II dC)

-“El hombre que fue crucificado en Palestina por haber introducido este nuevo culto en el mundo, aun mas, el primer legislador que ellos tuvieron, les persuadió de que todos ellos eran hermanos unos de otros después de haber transgredido de una vez por todas, negando a los dioses griegos y adorando a aquel sofista crucificado, y viviendo bajo sus leyes.” (Luciano, Grecia menor, Aprox. 90 dC).

*Sofista: Relativo a la sofística, corriente filosófica basada en pericia dialéctica, escéptica y relativista, cuyos integrantes vendían sus servicios intelectuales; que utiliza sofismas en su argumentación. El sofisma, partiendo de premisas auténticas o tenidas por tales, llega a una conclusión falsa o difícil de refutar, con la que se intenta engañar o confundir al interlocutor. [O sea, se intenta denigrar a Jesús.]

Los testimonios son escasos, pues a los romanos no les interesaban las discusiones doctrinales de los judíos, pero resultan suficientes para acreditar la verdad histórica. Veían a los cristianos como una simple secta judía, a la que prestaban una atención solo puntual, según sucesos. En el siglo II aparecen testimonios escritos referidos a sucesos del siglo I. Hablan directamente de Jesús:

-a) Plinio el Joven en carta a Trajano (62-113), año 112, da por sentado el origen histórico del cristianismo.

b) Cornelio Tácito (54-119) escribe en el 116 dC, en ‘Anales’, el incendio de Roma. Al hablar de los cristianos dice “Su fundador, llamado Crhesto, fue condenado a muerte por el procurador Poncio Pilatos, imperando Tiberio” (Anales 15, 44).

c) Suetonio, en su ‘Vida de los Césares’, refiere que Claudio “expulsó de Roma a los judíos, que, al impulso de ‘Chresto’, eran causa permanente de disturbios“. Aquila y Priscila, pareja cristiana conocida en Corinto por el apóstol Pablo, de quienes habla 6 veces en el NT, fueron echados de Roma por Claudio, en el 52 (Hch 18:2).

En el siglo II, nadie discute la existencia histórica de Jesús; ni amigos ni enemigos. Imposible asociar ese colosal cúmulo de evidencias históricas con un Cristo irreal. Quien propugne un Cristo mitológico, niega la memoria escrita de cronistas seculares, no cristianos, y hasta anticristianos, que prueban su Evangelio:

1-Carta del Primer Cónsul Plubio Lántulo (Lentullus), rector de la Judea cuando César Tiberio (reg. 14 – 37 AD). La epístola es una respuesta parcial a una pregunta directa del César. Se dice también que fue escrita por Lántulo al Senado Romano:

Allí vive a este tiempo en Judea un hombre de singular virtud cuyo nombre es Jesucristo, a quien los bárbaros estiman como un profeta, pero sus seguidores aman y lo adoran como el hijo del Dios inmortal..”

Él llama de regreso a los muertos de las tumbas y cura a toda suerte de enfermedades con una palabra o toque. Es un hombre alto, de buena forma, y de un aspecto amigable y reverendo; su cabello de un color que difícilmente se puede igualar, cayendo en agraciados rizos, ondulado alrededor y muy agradable, descansando sobre sus hombros, partiéndose en la coronilla de la cabeza, corriendo en un raudal al frente al estilo de los Nazaritas.

Su frente alta, grande e imponente; sus mejillas sin mancha o arruga, hermosas con un encantador rojo; su nariz y boca formadas con exquisita simetría; su barba, y de un color adecuado a su cabello, alcanzando abajo de su quijada y partiendo en la mitad como una horquilla; sus ojos de brillante azul, claros y serenos. De mirar inocente, dignificado, masculino y maduro. En proporción de cuerpo muy perfecto, y cautivante; sus brazos y manos deleitables al contemplar.

Él reprende con majestuosidad, aconseja con benignidad, Su dirección completa ya sea en palabras o acciones es elocuente y grave. Ningún hombre lo ha visto reírse; sin embargo sus maneras son excedidamente placenteras, pero ha llorado frecuentemente en la presencia de los hombres. Él es temperado, modesto y sabio. Un hombre con extraordinaria belleza y perfección, sobrepasando a los hijos de los hombres en cada sentido.”

Hay otra versión similar de la misma carta, en la biblioteca de Lord Kelly, tomada de un manuscrito, y que se afirma haber sido copiada de la carta original de Publio Lántulo. Difiere algo de la versión original, posiblemente a causa de la traducción. Por ej: sus ojos son descritos como azules en la versión de arriba, y como grises en la de Kelly. El texto fue tomado de:

 http://www.thenazareneway.com/likeness_of_our_saviour.htm):

Allí surgió en estos días un hombre, de la Nación Judía, de gran virtud, llamado Jesucristo, quien vive aun entre nosotros, y es aceptado por los Gentiles como un Profeta de la verdad, pero Sus propios discípulos le llaman el Hijo de Dios.

Él levanta a los muertos y cura toda suerte de enfermedades. Un hombre de estatura algo alta, y atractiva, con muy reverendo semblante, que quienes lo contemplan puede tanto amar como odiar, su cabello del color de la castaña bien madura, liso hasta las orejas, de donde hacia abajo es más orientado, rizado y ondulado alrededor de Sus hombros. En la mitad de la cabeza está una costura o partición de Su cabello, en la manera de los Nazaritas. Su frente clara y muy delicada; Su cara sin mancha o arruga, hermoseada con un encantador rojo; Su nariz y boca así de bien formadas que de nada pueden ser reprendidas; Su barba bastante espesa, en color como Su cabello, no muy larga, pero en horquilla; Su mirar inocente y a la vez maduro; Sus ojos grises, claros, y ligeros.

Al reprobar la hipocresía es terrible; al amonestar, corto, y equitativo al hablar; agradable en la conversación, mezclada con gravedad. No se puede recordar que alguno lo haya visto reír, pero muchos le han visto llorar. En proporción de cuerpo, muy excelente; Sus manos y brazos delicados al contemplar. Al hablar, muy temperado, modesto y sabio. Un hombre, por Su singular belleza, sobrepasando los hijos del hombre.”

¿Se puede permanecer impasible ante estos textos? Saber que se nos ha legado crónicas romanas confirmando la existencia histórica de Jesús de Nazaret, sus milagros, su instrucción basada en la justicia, así como el reconocimiento de sus contemporáneos, ajenos al debate actual, es otro indicativo más de la credibilidad de lo que propugnan los Evangelios. Solo desde la mala fe se puede negar la autenticidad histórica de Cristo.

¿Son necesarias más evidencias de la realidad histórica de Jesús? Yo creo que hay muchísimos más datos para creer en la existencia del Cristo crucificado por el perdón de la humanidad, quien habló de la Creación de Dios, de Adán y Eva, del diluvio en época de Noé, de Sodoma y Gomorra, de las señales antes del fin, [no quiten los ojos de Israel, Irán y Rusia, profecía bíblica del colofón de la humanidad], que en las fábulas que han entrado en las aulas a punta de calzador. 

Jesucristo es real; lo dicen testimonios de quienes le vieron, le tocaron, le escucharon y hablaron con Él. Lo que sí resulta intestimoniable e impensable son las homínidas híbridas que parieron humanos, o los híbridos lagartos alados que terminaron cantando como ruiseñores; sin embargo, se intenta a toda costa acallar la verdad de Cristo, mientras se llenan de fábulas bibliotecas, prensa, radio, TV, y hasta la gran pantalla del mundo entero.

Jesús es fiable; y esos irrefutables testimonios romanos son la garantía histórica que hace dirigir oídos hacia el aviso suyo que trasciende los siglos:

Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”

Y ese camino viene a nuestro encuentro. O lo tomamos, o estaremos cogiendo el anticamino.

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EL TEMPLO DE CRISTO

abril 24, 2008


“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.”  (2ª Timoteo 4:1)

A través de la historia de la humanidad, se han mencionado templos de todo tipo; los griegos fueron quizás los más profusos en esto: su mitología recoge casi tantas deidades como hombres hubo en la vida real. También se hallan muy difundidos en India, China, América… y cada uno, hipotéticamente albergando al menos un Dios.

Las religiones antiguas ya asimilaban indistintamente el monoteísmo y el politeísmo, según el lugar y las costumbres de la sociedad en cuestión. Si nos dejamos llevar por leyendas recogidas luego de múltiples generaciones, se contabilizan, según la enciclopedia mitológica de ABC ‘Dioses’, no menos de 861 divinidades, entre los que resaltan el nepalí Buda, (un noble a quien los seres humanos convirtieron en Dios), los indios Brahma, Sarasvati, Siva…, el fenicio Baal, el egipcio Ra, el maya Itzam-ná, el filisteo Dagón… una lista tan larga, como carente de evidencias de poder.

¿Cuál es la diferencia entre todas esas tendencias ‘religiosas‘ y la fe cristiana? ¿Por qué los seguidores de Jesús confiamos en que solo Él es fiel a la verdad? Ambas preguntas se responden de una misma manera: porque ninguno de aquellos a los que se les han atribuido potestad jamás demostró nada. Solo el Hijo de Dios hecho hombre evidenció su majestad y poderío mediante auténticos milagros, recogidos, no solo por la propia literatura cristiana, sino por muchos historiadores antiguos, de diferentes nacionalidades. Solo Él se entregó en sacrificio por la humanidad, venciendo a la muerte al tercer día, según propioa premonición ante los suyos.

Un ejemplo de ello se manifiesta en el libro ‘Antigüedades Judías’ (Antiquitates Iudaicae) escrito por Flavio Josefo. En la sección 18.5.2, se cuenta la muerte de Juan el Bautista a manos de Herodes, aunque sin detallar su relación con Jesús; pero los párrafos 63 y 64 del capítulo XVIII, sí dan testimonio sobre Él. En el acápite 3,3 de dicha sección, existe un texto denominado tradicionalmente «Testimonio flaviano», que dice textualmente:

“Por este tiempo apareció Jesús, un hombre sabio, si es correcto llamarlo hombre, ya que fue un hacedor de milagros impactantes, un maestro para quienes reciben la verdad con gozo, y atrajo hacia Él a muchos judíos, y a muchos gentiles además. Era el Cristo (el Mesías)). Y cuando Pilatos, frente a la denuncia de aquellos que son los principales entre nosotros, lo condenó a la Cruz, aquellos que lo habían amado primero no le abandonaron, ya que se les apareció vivo nuevamente al tercer día, habiendo predicho esto, además de otras tantas maravillas sobre Él anunciadas con antelación por los santos profetas. La tribu de los cristianos, llamados así por causa de Él, no ha cesado de crecer hasta este día”.

Hay quien dice que el texto fue alterado, y no responde al auténtico testimonio de Flavio Josefo. Sin embargo, una gran parte de estudiosos cree que el pasaje completo acerca de Jesús, tal como aparece hoy en día, es genuino. Señalan como argumentos principales de la autenticidad del fragmento de Josefo los siguientes:

– Todos los códices o manuscritos hallados sobre el trabajo de este historiador, coinciden en ese texto en cuestión; para una falsificación, habría que suponer que absolutamente cada copia diseminada cayó en manos cristianas, y que todos se pusieron de acuerdo para alterarlos de manera coincidente, algo fuera de la razón y de la lógica.

– Si Eusebio (‘Hist. Eccl’., I, xi; cf. ‘Dem. Ev.’, III, v), Sozomeno (Hist. Eccl., I, i), Nicéforo (Hist. Eccl., I, 39), Isidoro de Pelusium (Ep. IV, 225), San Jerónimo (catal.script. eccles.xiii), Ambrosio, Casiodoro, y muchos otros, recurren al testimonio de Josefo, no deben haber existido dudas respecto a su autenticidad, en aquel tiempo.

– No contiene ninguna afirmación incompatible con la historia. Toda Roma supo que Jesús fue el Cristo crucificado, fundador del cristianismo; sus admirables obras y Resurrección de entre los muertos, se pregonaron sin cesar de forma tal, que sin estos atributos el Jesús de Josefo no hubiera coincidido con los miles de alegatos populares de la época.

Por otra parte, en el capítulo 20, epígrafe 9.1, Josefo menciona indirectamente a Jesús, al relatar la muerte de alguien a quien describe como ‘su hermano‘ Santiago. El texto hace filológica e historiográficamente más consistente el Testimonio Flaviano; léanlo:

‘Ananías era un saduceo sin alma. Convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio. El procurador Festo había fallecido; el sucesor, Albino, todavía no había tomado posesión. Hizo que el Sanedrín juzgase a Santiago, el hermano de Jesús, y a algunos otros. Les acusó de haber transgredido la ley y los entregó para que fueran apedreados.’

También Plinio el joven, escribió sobre esto. Con profesores como Quintiliano y Nices Sacerdos, inició la carrera de leyes a la edad de 19 años, creciendo su reputación en este campo muy rápidamente. Plinio, hombre honesto y moderado, fue ascendiendo por el cursus honorum. (Cargos administrativos civiles y militares del Imperio) y fue Flamen Divi Augusti (sacerdote del culto al Emperador). Luego, decemvir litibus iudicandis (algo equiparable a un juez de lo civil), tribuno militar en Siria (donde conoció a los filósofos Artemidor y Eúfrates), Sevir equitum Romanorum (jefe de un escuadrón de caballería), quaestor imperatoris y questor urbano entre el año 89 y el 90.

Fue nombrado tribuno de la plebe en el 91, pretor en el 93, prefecto (primero de las finanzas del ejército y luego del templo de Saturno), y cónsul suffectus en el 100. Entró en el colegio de augures por elección, fue supervisor del río Tíber y finalmente legatus (embajador) en el Imperio de Bitinia, donde se supone que murió. Se puede decir que su carrera es un resumen de todos los cargos públicos más importantes en Roma, y en efecto Plinio contribuyó a la organización del Imperio en mucho de sus campos.

O sea, no fue un mequetrefe que se puso a escribir historias, sino alguien debidamente capacitado, con suficiente participación en la temática, y que en una de sus numerosas cartas (las Epistulae), habló al emperador Trajano sobre creyentes que no le adoraban como Dios ni maldecían a Jesucristo, aun bajo la peor de las torturas; así como de los acusados que cedían al dolor y negaban su fe; liberados luego que, según palabras textuales: “habían repetido la invocación que yo había hecho a los dioses, ofrecido incienso y vino a tu imagen [la de Trajano] […] y, además, maldecido a Cristo”.

Todo lo que se apartara de este ejercicio de renuncia, culminaba en ejecución. Trataba al cristianismo como una superstición estúpida y manifestaba su sorpresa por el gran número de denuncias anónimas que se recibían en este campo, de parte de la población, lo que demostraba la gran cantidad de seguidores que desde la clandestinidad, persistían en su fidelidad al Señor. Trajano le respondió apoyando su actitud, y ordenándole que no diera curso a dichas denuncias anónimas.

Talo, otro historiador pagano que vivió en la época de Cristo, registra en el tercer libro de sus relatos, que “hubo tinieblas milagrosas en la faz de la tierra en aquella Pascua judía.”

Fueron muchos los romanos que trataron el tema de la proyección real de Jesucristo en su época, pues Tácito aporta otra referencia histórica en el año 116 ó 117:

Ergo abolendo rumori Nero subdidit reos et quaesitissimis poenis adfecit, quos per flagitia invisos vulgus Chrestianos appellabat. Auctor nominis eius Christus Tibero imperitante per procuratorem Pontium Pilatum supplicio adfectus erat; repressaque in praesens exitiabilis superstitio rursum erumpebat, non modo per Iudaeam, oríginem eius mali, sed per urbem etiam, quo cuncta mundique atrocia aut pudenda confluunt celebranturque.’

Lo que traducido, dice: ‘Por lo tanto, aboliendo los rumores, Nerón subyugó a los reos y los sometió a penas e investigaciones; por sus ofensas, el pueblo, que los odiaba, los llamaba “cristianos”, nombre que toman de un tal Cristo, que en época de Tiberio fue ajusticiado por Poncio Pilato; reprimida por el momento, la fatal superstición irrumpió de nuevo, no sólo en Judea, de donde proviene el mal, sino también en la metrópoli [Roma], donde todas las atrocidades y vergüenzas del mundo confluyen y se celebran.

Otras referencias vienen de Caius Suetonius Tranquillus (75-160), cuya obra capital fue ‘De vita Caesarum’ (año 121); una serie de biografías de los primeros doce emperadores, de Julio César a Domiciano; páginas que aportaron a la historiografía una gran cantidad de datos sobre la vida privada y el gobierno de césares romanos, aunque en ocasiones se centra más en cuestiones superficiales, (en algunos casos, escandalosos), que en un estudio profundo de los hechos históricos.

Pese a ello, este libro fue muy popular durante la Edad Media, en especial por su estilo de escritura fluido y llano, libre de artificios. Sobre el emperador Claudio, dejó escrito que expulsó de Roma a judíos instigados por las enseñanzas que había dejado un tal ‘Chrestus’: [De Vita Caésarum. Divus Claudius, 25]

‘Iudaeos, impulsore Chresto, assidue tumultuantis Roma expulit.’ (A los judíos, instigados por Chrestus, los expulsó de Roma por sus hábitos escandalosos)

También dejó constancia, en una lista de las actividades realizadas por Nerón, del siguiente hecho: [De Vita Caesarum. Nero, XVI.2.]

‘Multa sub eo et animadversa severe, et coercita, nec minus instituta […] afflicti suppliciis Christiani, genus hominum superstitionis novae ac maleficae.’ (Bajo éste [su reinado] se reprimió y castigó con muchos abusos, y reglamentos muy severos […] Nerón infligió suplicios a los cristianos, un género de hombres de una superstición nueva y maligna.)

Por último, están los escritos de Quinto Séptimo Florente Tertullianus, hijo de un centurión de la legión romana, castellanizado como Tertuliano (155-230), que nació, vivió y murió en Cartago, en el actual Túnez. Fue educado en las creencias romanas, hasta que de alguna manera se le manifestó el Señor, convirtiéndose al cristianismo y  posteriormente, en líder de su Iglesia, así como en un prolífico autor durante el siglo II de esta era.

Abogado, sus artículos brotan en latín riquísimo, con muchos juegos de palabras y voces acuñadas por él mismo; algunos de cuyos neologismos arraigaron después en la terminología teológica cristiana. Tertuliano propuso el ejemplo de Cristo como modelo para vivir la virtud de la paciencia, manifestando que pese a que, siendo el mismo Dios, durante su vida terrenal soportó todas las injurias imaginables con una infinita capacidad de perdonar y de devolver amor ante cada ofensa.

Por si esto fuera poco, tenemos el alegato de Juan y Pedro, quienes no fueron personas que oyeron hablar de Jesús en la recogida de aceitunas ni mientras le atendían en una barbería ni a través de los cuentos del vendedor de frutas del mercado judío, sino que convivieron, comieron y charlaron con Él durante tres años, mientras les instruía;  testigos directos de sus muchísimos milagros, así como de la resurrección de Lázaro, de la niña de 12 años, y del propio Cristo Jesús.

Fueron testigos directos de su restauración, pues le vieron mientras le clavaban en el ominoso madero, y también cuando murió y le llevaron al sepulcro. Fueron de los primeros en verle resucitado, como evidencia de que su promesa de vida eterna era posible, y dan fe de ello en sus cartas, en el Nuevo Testamento. También Pablo, el que otrora había sido centurión romano, perseguidor de cristianos, luego de la muerte de Jesús, habla sobre cómo este se le presentó, preguntándole que por qué le perseguía.

Todos fueron mártires: apedreados, pasados a espada o crucificados, como el Señor; ninguno recibió premio de hombre por sus actos, sino acoso, hambre, y mucha aflicción. ¿Qué pasó en sus vidas para que decidieran darle un cambio tan radical, y entregarse como lo hicieron, a la causa cristiana? ¿Estamos ante una coincidencia de muchos locos en un lugar y momento determinados? ¿Un virus quizás?

Los escritos muestran, además de los milagros de Jesús de Nazaret, que es imposible creer que los judíos, después cristianos conversos, estuvieran dispuestos a morir por algo que no resultara convincente. Su tolerancia al martirio se debió a que fueron testigos oculares de la vida, muerte, y vuelta a vivir de Jesucristo, y a que ‘oyeron‘ las declaraciones históricas de Jesús. Los primeros seguidores de Cristo y todos los escritores del Nuevo Testamento fueron judíos, excepto Lucas, que era griego.

Por favor, ábranse a la realidad de estar ante un hecho que no puede ser explicado desde la lógica y el razonamiento humano, aunque ha quedado bien patentizado en la historia; un suceso en el que todos, absolutamente todos, estamos implicados.

Volviendo al inicio, coloquialmente, un templo es cualquier lugar en donde se concentra un grupo de personas para adorar al Dios que vive en sus mentes. En el caso de los cristianos, que también contamos con cuatro paredes para reunirnos y dedicarle nuestro tiempo al Todopoderoso, sabemos además que hay una casa, no hecha de cemento ni madera ni material inerte, en la cual podemos compartir con el Creador: el propio corazón.

Mantengámoslo limpio, para que se instaure allí la presencia del Fiel, y nuestra opción del ‘para siempre‘, se convierta en realidad inexorable. Que cada cual se transforme en renovador del Templo del Eterno y se vigile con celo; estamos en la estación y el tren viene: no permitamos que nuestro boleto individual se halle caducado.

“Respondió Jesús, y díjoles: ‘Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.’ Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue este templo edificado, ¿y tú en tres días lo levantarás? Mas él hablaba del templo de su cuerpo.” (Juan 2:19)  

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