ADN, HUESOS Y EVOLUCIÓN

mayo 13, 2008


SIEMPRE EL DISEÑO; SU HUELLA PERPETÚA

“Ve a este pueblo, y diles: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis; porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y de los oídos oyeron pesadamente, y sus ojos taparon; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan de corazón, y se conviertan, y yo los sane.”  [Hechos 28:26]

Desde hace unos días he estado meditando sobre cómo la llegada de las nuevas tecnologías a la Medicina ha favorecido la calidad de vida de tantas y tantas personas que, a no ser por este adelanto, estarían condenadas de por vida a una silla de ruedas. Fundamentalmente, me concentré en las prótesis ortopédicas que han permitido reincorporarse a una actividad casi normal, a muchas víctimas de accidentes o enfermedades agresivas.

Sobre todo, me vinieron a la mente aquellas prótesis que no son fijas, y que se ven sometidas día a día a las mismas fricciones y trabajos mecánicos que el hueso al que deben sustituir, intentando responder a las expectativas del enfermo. Imaginé las personas que se auxilian de una para resolver su situación; ejemplos de miembros amputados, caderas destruidas por necrosis o accidente, mutilaciones clínicas, etc.

En las prótesis de columna, por ejemplo, el uso de estos implantes dota a los pacientes de una mayor calidad de vida, permitiendo mantener la movilidad de la zona dañada; contrariamente a las técnicas de fusión vertebral empleadas años atrás. Sin embargo, como consecuencia de la movilidad, el desgaste mecánico de sus componentes puede llevar al fracaso, y aunque suelen durar mucho tiempo si resultan de buena calidad, este siempre será inferior al de las vértebras normales.

Algo similar ocurre con las de caderas; en la actualidad se han perfeccionado mucho, pero, ¿cuánto tiempo dura la ortopedia que la sustituya? Los especialistas coinciden en que depende del material usado, pues la combinación de las superficies de desgaste fijará la durabilidad. Según la actividad del paciente, así se comportará; a mayor destrucción mayor dificultad técnica y compromiso en la vida de la artroplastia. Suelen durar unos 15 años, 20 en los mejores casos, antes de que se manifiesten los problemas de desgaste por fricción.

Hace años, tuve un vecino que, producto de un choque con su coche, tardó muchos meses en restablecerse, luego de complicadas operaciones consecutivas. Se había destrozado el fémur y le implantaron una barra metálica, fijada a este por una cantidad imprecisa de tornillos terapéuticos; una armazón a la que se vio unido hasta que el hueso se recuperara lo suficiente para que el cirujano decidiera abrirle de nuevo, extraerle cada artilugio metálico insertado… y permitir que el propio organismo lograra la curación definitiva.

Se había usado un material sólido, y se habían tomado todas las medidas para que no provocara infecciones. ¿Por qué el especialista no dejó las cosas como estaban, y que esas piezas formaran parte, para siempre, del resto de la pierna? Seguramente, los metales, que son capaces de resistir el peso de muchos vehículos transitando por un puente flotante, también resultarían tan buenos como el más fuerte de los huesos.

Pero la experiencia médica conocía la ‘fatiga mecánica‘ a la que los segmentos metálicos serían sometidos. La estadística acredita el desgaste que sufren las prótesis a lo largo del tiempo, debido a la actividad de la persona en la que ha sido injertada. ¿Qué tiene un hueso que lo hace tan especial, tan prodigiosamente ligero y fuerte al mismo tiempo, y tan resistente al estrés y la fatiga, que logra vencer a la metalurgia más avanzada?

Los rayos X revelan tupidas y finas estrías en el hueso; ‘refuerzos‘ interiores, áreas en las que se incrementa la resistencia, permitiendo soportar más peso, sin aumentar la masa. Un ejemplo de diseño e ingeniería que logra el máximo de eficiencia y ligereza: una resistencia máxima con un peso mínimo, algo que resulta irrazonable admitir desde el azar. La bioingeniería ha determinado que esos ‘refuerzos‘ óseos, resultan coincidentes con las líneas de estrés provocado por la dirección en la que el peso es transmitido.

La evidencia de cálculo y elaboración está servida; resulta imposible responder ante tanta perfección, desde la evolución de las especies enseñada en las aulas, que siempre se presenta como ‘casuística‘, sin la dirección de ninguna inteligencia. ¿Por qué un simple hueso humano, en condiciones normales, es más duradero que uno de metal?

Analicemos lo que ocurre desde su formación: En el embrión existe un precursor de lo que será el esqueleto: tejido cartilaginoso hialino y mesénquina embrionario, que ya tiene una forma característica a partir de las seis semanas. El principal componente de la matriz ósea es el colágeno tipo I que supone entre el 90 y 95% de la matriz orgánica.

El Colágeno Tipo I, es la principal proteína que forma los huesos; su cantidad y calidad la fija la información ADN de los cromosomas progenitores: las ‘instrucciones‘ que aparecen codificadas y luego serán traducidas y transcritas en el ARNm para generar a un nuevo ser vivo, según herencia de ambos padres. El nuevo ser adquiere un gen de cada progenitor; el par heredado es el que regulará la producción de su colágeno y su futuro esqueleto.

No se intenta exponer un tratado sobre la osificación humana, sino de evidenciar, una vez más, que somos producto de un diseño específico, incapaz de resultar por sí mismo ni aunque nos obliguen a tragarnos la mentira de patrones surgidos gracias a miles de millones de años. El tiempo no genera inteligencia, sino desgaste; si no fuera por la sabiduría manifiesta en nuestro ADN, no seríamos lo que somos: el producto de una instrucción detallada sobre cada paso a realizar para fabricarnos, desde que un oocito, la célula germinativa o sexual femenina, que al madurar se llama óvulo, es fecundado por un espermatozoide. ¿Quién está detrás de esa programación de toda la  ‘fórmula‘ humana?

Veamos, a grandes rasgos, cómo se lleva a cabo el ‘milagro‘ del esqueleto. La formación de hueso sigue dos procesos diferentes: la Osificación intermembranosa y la  osteocondral. La primera produce, sobre todo, huesos planos y, como su nombre indica tiene lugar dentro de una membrana de tejido conjuntivo; la otra genera otros tipos, pero todos se constituyen de células óseas: las progenitoras, los osteoblastos, los osteocitos, las tapizantes del hueso (bone lining cells) y los osteoclastos.

En este proceso, algunas células mesenquimales multipotentes, que se hallan en diferentes tejidos del cuerpo, en especial en la médula ósea, formando las membranas de tejido conjuntivo, son transformadas en osteoblastos, y constituyen un centro de osificación alrededor del cual se va formando hueso. Se ha postulado a estas células como fuente potencial de diversas estirpes celulares (neuronales, hepáticas, musculares, cardíacas y óseas), que podrían utilizarse por el propio organismo, para reparar daños funcionales.

El principal producto de los osteoblastos maduros es el colágeno de tipo I que constituye el 90% de las proteínas del hueso. Pero, además, originan otras, como la osteocalcina y las proteínas Gla matriciales, y glicoproteínas fosforiladas, incluyendo las sialoproteínas I y II, la osteopontina y la osteonectina. Algunas más, tendrán actividad enzimática; las más importantes son la fosfatasa alcalina y la colagenasa.

Otro fruto en importancia es la osteonectina, una fosfoproteína que puede interaccionar tanto con el colágeno como con las sales inorgánicas. Es altamente reactiva y se localiza sobre todo, en las áreas de mayor calcificación. La osteonectina (SPRC o BM-40 Secreted Protein Cystein Rich) se codifica por el gen 5q31.3-q32, que si muta, se asocia a diversos tipos de cáncer. Son solo algunas; hay muchas más proteínas que las nombradas.

También se codifican proteínas no colagenosas como la osteopontina (o sialoproteína I), que se une a la hidroxiapatita y es producida por los osteoblastos, [al ser estimulados por la 1-a-1,25-dihidroxivitamina D], las proteínas óseas morfogenéticas (BMPs), que juegan un papel similar al de los factores de crecimiento, y los proteoglicanos ácidos que se hallan en mayor congregación en el área osteoide, en comparación con la matriz calcificada.

Es decir, todo está cuadriculado al milímetro; no son operaciones combinadas al azar, sino que cada una persigue un objetivo determinado y, sobre todo, obedecen a una secuencia explícita, siempre establecida en lo que constituye la matriz de la elaboración: la instrucción preconcebida e inteligentemente codificada para ganar espacio y optimizar el tamaño de la molécula de ADN donde se grabará con huella indeleble… salvo accidentes tales como radiaciones, agentes químicos ajenos a la actividad, etc.

Aunque la dureza ósea depende de los minerales que la formaron, sin retícula de colágeno el hueso sería frágil. Las fibras de colágeno y otras proteínas presentes en la matriz aportan flexibilidad y resistencia a la tensión. Si falta el colágeno o es defectuoso, surgen dolencias como la osteogénesis imperfecta, (huesos de cristal). Y si se excluyen las sales minerales, se derivará una estructura gomosa, flexible y esponjosa. En realidad, el hueso no es macizo, sino que posee muchas zonas interiores que reducen su peso, por donde discurren los vasos sanguíneos que nutren las células óseas. Según el tamaño y naturaleza de estos espacios, los huesos se denominan compactos o esponjosos.

Al igual que la piel, casi todo el esqueleto se forma antes del parto, pero se renueva perennemente, pues como estructura viva que es, está continuamente deshaciéndose y reconstruyéndose. El tejido óseo jamás reposa; siempre trabaja en su remozamiento. Incluso los huesos largos, que al llegar la edad adulta han adquirido su forma y tamaño definitivos, son continuamente remodelados: se destruye hueso viejo y se suple por nuevo.

Esto permite que pueda constituir una reserva continua del calcio que el organismo necesita para funciones que son reguladas por varias hormonas, vitaminas y otros agentes. Una evidencia más de diseño, porque, ¿cómo puede una evolución impersonal, sin inteligencia tras ella, programar todas las tareas con un orden tan específico?

Y que no hablen de algoritmos independientes, que solo existen después de confeccionado un programa. Siempre que se dé una explicación racional de estos sucesos cronometrados, debe irse al punto ‘0’: la programación inicial, el intelecto creador de toda la técnica operatoria que permitirá la vida a partir de algo tan minúsculo como el ADN cromosomático que aparece en el núcleo de la célula.

Por otra parte, vemos que las líneas de transmisión de fuerza varían a lo largo de la extremidad, de manera que con el tiempo, los refuerzos existentes se desplazan del lugar correcto. ¿Por qué el hueso no se fatiga? La respuesta es que este no sólo se enmienda a sí mismo, sino que se rediseña a medida que fluctúan las líneas de estrés.

Ocurre así, porque cada célula lleva en su ADN la instrucción precisa para que el sistema óseo resulte eficiente, al margen de se edad. Su ingeniería siempre responderá para bregar con la mejor precisión ante las fuerzas a las que son sometidos. De hecho, si se hacen mayores (un hombre con una sola pierna, soportando el peso de su cuerpo todo el tiempo), la estructura ósea y muscular de ese único apoyo, se hará más gruesa y fuerte.

Todo lo dicho acentúa que tal precisión es el resultado de un análisis inteligente, no de accidentes fortuitos, coincidentes en eones de tiempo. Si se analiza línea a línea cualquier tratado convencional de Osteología, con las profundidades genéticas que se derivan, se podrá llegar a la conclusión de que resulta imposible que toda esa inscripción que aparece en el ADN celular hayan llegado allí sin previo razonamiento.

En el primer capítulo de Juan, se enseña que los hombres ‘no tienen excusa‘, puesto que la evidencia del poder y la sabiduría de Dios resulta axiomática en toda la Creación. Esto se patentiza actualmente, pues la propia Ciencia humana ha revelado cosas asombrosas sobre el diseño y la complejidad del mundo viviente. La gloria y el honor de esas maravillas de la ingeniería no pertenecen a una descafeinada ‘selección natural‘, sino a Jesucristo, el Creador de todo, y para quien todo fue creado:

“En el principio ya era la Palabra, y aquel que es la Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios. Este fue el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz en las tinieblas resplandece; mas las tinieblas no la comprendieron.” (Juan 1:1-5)

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LA TERMODINÁMICA NO EVOLUCIONA

mayo 9, 2008

UN ESCOLLO MÁS DIFÍCIL QUE EL ESLABÓN PERDIDO

Una de las ramas de la Física que más dolores de cabeza da a la Teoría de la Evolución, es la Termodinámica, que analiza la energía desde postulados reconocidos a nivel internacional, rigiendo sus manifestaciones, ya sean los procesos naturales o industriales. Su 1ª Ley es la más difundida: “La energía, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”; por eso, también se le conoce como “principio de conservación de la energía“.

Este axioma, niega la posibilidad de que se produzcan fenómenos en los que no se conserve la energía, (solo se transforma), sin ofrecer sentido de “dirección” del proceso; sin embargo, la observación de sucesos naturales nos dice que éstos se generan en un sentido determinado y no en el opuesto; jamás son reversibles. Y precisamente, esta falta de simetría en la dirección de evolución de los sistemas naturales es el objetivo del segundo principio: la 2ª Ley de la Termodinámica, o ley de la Entropía.

En sistemas físicos compuestos por diversidad de entidades, la naturaleza beneficia al desorden y niega el orden. Si tenemos, por ejemplo, unas cuantas sustancias ordenadas de determinada forma, y se bloquea al sistema de influencias externas, la composición de dicho conjunto tenderá a desordenarse a medida que el tiempo pase.

Y aquí entramos en la ‘Entropía‘. Una magnitud cuantitativa que mide la “cantidad de desorden” de un sistema y que se suele designar “S”. Si usamos el símbolo “w” para designar el número de microestados que tiene un macroestado, decimos que S (el desorden) aumenta cuando w crece. Matemáticamente se escribe como:

S= k[Ln(w)]

Donde k es una constante de proporcionalidad (de Boltzmann) y Ln(w) es el logaritmo neperiano del número de microestados (w). Se usa la función del logaritmo neperiano, porque w suele ser una cantidad muy grande y su logaritmo da valores más prácticos.

La ecuación dicta que la entropía de un sistema aislado aumenta a medida que éste se aproxima a su macroestado de equilibrio (el de mayor desorden). Éste es uno de los enunciados de la segunda ley de la termodinámica.

Esta Ley, estatuto básico de la física, sostiene que bajo condiciones normales, todos los sistemas dejados a su propia voluntad tienden a volverse desordenados y dispersos, en relación directa con el tiempo transcurrido. Todo lo viviente o inerte se agota, deteriora,  decae, desintegra y destruye; es el fin definitivo que todo lo existente enfrentará, de una u otra manera. Y de acuerdo a esta ley, no hay retorno de este proceso inevitable.

Es algo a lo que nadie es ajeno. Por ejemplo, si llevamos a un desierto un camión con arena, cemento, ladrillos, y todo lo necesario para una cimentación; así como pintura, brochas, etc, y lo volcamos todo en un mismo punto, retirándonos luego, será imposible que si regresamos años después, topemos al menos, el inicio de una construcción. Por el contrario, seguramente que nada estará donde lo dejamos, pues el viento, el sol y tormentas de arena… todo tipo de erosión habrá cambiado el panorama.

La Ley de la Entropía sostiene que el Universo avanza ineludiblemente hacia la desorganización. De modo que niega categóricamente que las sustancias inorgánicas, en un momento X del tiempo, pudieran dar lugar a una vida orgánica organizada, tal como la básica célula procariota. La alusión evolucionista, según ensayos de Miller, a que unos aminoácidos fueron capaces de aliarse químicamente para generar vida (que representa orden), es contradictoria con lo que enseña la propia Ciencia de la Física: lo que se incrementa por sí mismo no es el orden, sino el caos.

La Segunda Ley de la Termodinámica o ley de la Entropía, se ha confirmado experimental y teóricamente. Científicos contemporáneos como Einstein, auguraron que esta ley regirá la normativa física del próximo período de la historia; de ella comentó: “es la ley principal de toda Ciencia“. Por otra parte, el astrofísico relativista, el inglés Sir Arthur Eddington, la mencionó como “la ley metafísica suprema de todo el Universo“.

Sin embargo, la teoría evolutiva, proclamada como ‘científica‘ por sus seguidores, obliga al mundo a ignorar radicalmente esa ley cardinal y mundial. Plantea que diseminados átomos inorgánicos se unieron por azar, para crear aminoácidos y moléculas complejas como las proteínas, el ADN y el ARN, obviando la imperiosa necesidad de que coincidieran en el tiempo, pues por ejemplo, se sabe que muchas proteínas de potencial interés, apenas mantienen su configuración nativa y funcional por unas horas.

Andrea Bechmair, Daniel Finley y Alexander Varshavsky, del departamento de Biología del Massachusetts Institute of Technology, MIT, dan una respuesta (Science, vol. 234 pág. 179, 1986). Según ellos, el último aminoácido de la cadena (Nitrógeno terminal) que forma la proteína, marca su supervivencia. Si es metionina, serina, alanina, treonina, valina o lisina, la vida media de la proteína es de veinte horas o más. En cambio, si el aminoácido terminal es isoleucina o glutamato, la vida media es de 30 minutos. La glutamina y tirosina, son aún más efímeras: 10 minutos. Y si son arginina, fenil, alanina, leucina o aspartato, duran apenas dos minutos.

Esto marca una gran limitación a la hora de formar las primeras; todas tuvieron que coincidir en dos minutos, pues de lo contrario, aquellas proteínas formadas en base a aminoácidos arginina, fenil, alanina, leucina o aspartato, fenecerían mientras se formaran las demás. No vale pues el criterio de los miles de millones de años, ya que el tiempo de duración de la más longeva es de menos de un día; tuvieron que ser coincidentes en un espacio breve de tiempo para ser funcionales y crear la primera célula.

Las células del organismo están constantemente sintetizando proteínas pero al mismo tiempo también se están destruyendo, lo que constituye el ciclo continuo de la vida. Las humanas sintetizan unas 100 mil diferentes, cada una de acuerdo a sus necesidades. Después de formar la primera especie viva, se originaron millones de otras, aún más complejas. Según la teoría de la evolución, ese supuesto proceso que genera estructuras más complicadas, organizadas y ordenadas en cada etapa, se formó por sí mismo bajo las condiciones naturales: una negación total de la 2ª Ley de la Termodinámica.

Es vital considerar que si algún paso del sumario evolucionista contradice la Ciencia, eso ya resulta suficiente para evidenciar que la teoría es inválida de enseñarse en las aulas. Si el azar proteico es insostenible, todas las  fantasías evolutivas derivadas de ello, también se impugnarían y agregarían al largo rosario de embustes ya citados en otros artículos de este blog.

Los científicos evolucionistas conocen perfectamente esta limitante física que se opone al criterio: ‘la vida surgió por trillones de casualidades coincidentes‘. Eso nunca sería posible; la biología existe, gracias a que se engendró un sistema inteligente que neutraliza la tendencia caótica natural, y permite un desarrollo controlado de los metabolismos. Exactamente lo que tenemos ante nuestros ojos, aunque muchos sean incapaces de reconocerlo. El físico americano J. H. Rush dice:

En el curso complejo de su evolución, la vida exhibe un notable contraste con la tendencia expresada en la Segunda Ley de la Termodinámica. Donde esta ley expresa un avance irreversible hacia una entropía creciente y desordenada, la vida se desenvuelve continuamente hacia más altos niveles de orden“.

Por su parte, el científico evolucionista Roger Lewin expresa el atolladero termodinámico de la evolución en un artículo de la revista “Science”:

Un problema que han enfrentado los biólogos es la aparente contradicción de la evolución con la Segunda Ley de la Termodinámica. Los sistemas deberían deteriorarse con el paso del tiempo, disminuyendo en vez de aumentar el orden“.

Y otro científico evolucionista, G. Stravropoulos, cita en la revista “American Scientist”

Bajo condiciones ordinarias, nunca se puede formar espontáneamente ninguna molécula orgánica compleja, sino que se desintegrará, según la Segunda Ley. En realidad, cuanto más compleja es, resulta más inestable, y lo que se confirma, más temprano o más tarde, es su desintegración. La fotosíntesis, todos los procesos de la vida, y la vida en sí misma, pese a todo lo que se dice confusamente, deliberadamente o no, no puede comprenderse en términos de la termodinámica o de cualquier otra ciencia exacta“.

La propia Ciencia constituye un freno insuperable para el ‘teatro‘ de la evolución, y los más obstinados evolucionistas, incapaces de mostrar argumentos científicos coherentes para superar el obstáculo, se imponen al mismo desde su fantasía. Jeremy Rifkin, quien ha escrito numerosos libros sobre el impacto de la ciencia y la tecnología en la economía, en la sociedad y el medio ambiente, entre ellos ‘Entropía: hacia el mundo invernadero‘, anula esta ley de la física, atribuyéndole a la selección natural un “poder mágico“:

La Ley de la Entropía dice que la evolución disipa toda la energía disponible para la vida en el planeta. Nuestro concepto es exactamente el opuesto. Creemos que la evolución, de algún modo mágico, crea un valor y orden energético más grande sobre la Tierra“.

Es decir, sus palabras señalan plenamente que la evolución es una creencia dogmática. Cuando conviene, hablan de Ciencia; cuando no, la anulan. Así actúa la soberbia. Confrontados por la verdad científica, osaron reestructurar la Ley de la Termodinámica, diciendo que la misma solo se aplica en un “sistema cerrado“, en el que la energía y sustancia inicial permanecen constantes, mientras que en un “sistema abierto“, donde la sustancia energética fluye dentro y fuera del mismo, no se cumple esa Ley.

Sustenta que nuestro sistema es abierto, continuamente expuesto a la energía que irradia el sol; que por ello, la Ley de la Entropía no es aplicable, y la vida compleja y ordenada, puede generarse a partir de sustancias inertes, simples y desordenadas.

Pero, una vez más, distorsionan la realidad. El que tenga flujo de energía no es suficiente para organizar un sistema. Por ejemplo, la célula es la unidad mínima de un organismo, capaz de actuar de forma autónoma. En su interior tienen lugar numerosas reacciones químicas que le permite crecer, producir energía, eliminar residuos y reproducirse: el vital conjunto de reacciones llamadas ‘metabolismo‘.

Es cierto que la vida deriva de la energía solar; sin embargo, esta puede mudar a energía química solo mediante sistemas de conversión complejos tales como la fotosíntesis en las plantas, y los sistemas digestivos de humanos y animales. Nada existe sin ellos. Ante su carencia, el sol no es más que una fuente de energía agresiva que quema, reseca, y produce mutaciones que culminan en cáncer.

Un medio termodinámico sin mecanismo de conversión energético, no apoya la evolución; sea abierto, cerrado o entrejunto. Una gran dificultad de su ‘teoría sintética‘, es el hecho de explicar de forma razonable cómo pudieron surgir por sí mismos esos verdaderos ‘ingenios‘: la fotosíntesis vegetal y los distintos procesos animales: digestivos, circulatorios, neuronales, respiratorios, etc, que permiten la vida de cada célula.

La influencia solar no es capaz de producir orden por sí misma. La alta temperatura no asegura que los aminoácidos se unan en ordenadas secuencias. La energía por sí sola no es suficiente para que los aminoácidos creen moléculas complejas como las proteínas ni para que éstas formen las estructuras organizadas de los orgánulos celulares.

En la ley de Entropía, la evolución halla una oposición de la que no logra huir ni a la que consigue enfrentar con un mínimo de posibilidades. Un esforzado en unir termodinámica y evolución, fue el científico ruso-belga Ilya Prigogine. Partiendo de la teoría del caos, expuso varias hipótesis mediante las cuales el orden surge del desorden. Pero, nunca fue capaz de concretar esa unión. Veamos sus palabras:

Hay otra cuestión que nos ha fastidiado durante más de un siglo: ¿qué significado tiene la evolución de un ser viviente en el mundo descrito por medio de la termodinámica, un mundo de un desorden siempre creciente?”

Prigogine supo perfectamente que las teorías a nivel molecular no son aplicables a los sistemas vivientes, como el caso de una célula viva; de ahí su opinión:

El problema del orden biológico involucra la transición de la actividad molecular al orden supramolecular de la célula. Este problema está lejos de ser resuelto“.

Es como decir: ‘Solo sé, que no sé nada‘. De ahí no pasó la Teoría del Caos.

La 2ª Ley Termodinámica, nacida de talento humano, dice ‘No‘ a la evolución; la existencia de la vida solo puede explicarse por la intervención de un poder sobrenatural. Ese poder es la Creación de Dios, quien nos dejó escrito desde los tiempos de Moisés la forma general en que creó todo el Universo de la nada.

La Ciencia ha probado, con el descubrimiento del ADN, que contiene demasiado diseño para opinar que apunta hacia el azar. La existencia de la vida no tiene más explicación que una Creación; todo esfuerzo ateo por demostrar lo contrario, será como martillar el acerado raíl con maza de goma.

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P53: PROTEÍNA PENSADA, NO CASUÍSTICA.

mayo 7, 2008


UNA GUARDIANA DEL GENOMA. 

A nadie que haya leído algún artículo de este blog, se le escapa que lo que intento en cada trabajo es demostrar que toda la vida biológica del planeta constituye un intenso alarido en favor de una inteligencia creadora, solo imposible de escuchar en un mundo de sordos… o de personas que se tapan los oídos con el propósito de desterrar del corazón humano al Creador de todo lo que existe.

Mi objetivo es contrastar el evidente diseño e inteligencia manifestada en cada obra de Dios, con el desarrollo ‘azaroso‘ o ‘casuístico‘ que propugna la teoría de la selección natural, reflejada por Darwin en su libro ‘El origen de las especies’. Publicado el 24 de noviembre de 1859, y articulado en 1871 con su otra obra cumbre del sin sentido: ‘El origen del hombre’, que dicta que descendemos de monos (Porque, un tipo de mono, no es más que un mono, por mucho que alguien se proponga ponerle un disfraz a la expresión), constituyeron el climax del asalto antibíblico, en toda la historia de la humanidad.

El arma de la cruzada de hoy, es la proteína P53, nominada en el 1994 como ‘molécula del año‘ por la revista ‘Science’, provocando la atención del mundo científico. Luego del ensayo en el que se vio involucrada, nació un gran interés entre los estudiosos de la oncología, abriendo nuevas puertas a la expectativa en la lucha contra el cáncer.

Llegado a este punto, es necesario dar una pincelada para hablar del malo de la película: el ‘oncogén‘: un gen que fue normal (‘protooncogén’), pero que cambia sus características luego de una mutación. Junto a otros mutantes, forma el ejército atacante, responsable de la transformación de una célula normal en una maligna, dando lugar a un determinado tipo de cáncer. En el hombre se han identificado y secuenciado más de 60 oncogenes en los diferentes cromosomas del genoma, formando un conjunto muy heterogéneo de enfermedades malignas que harán todo lo posible por acabar con una vida.

El inicio de tumores en el humano o el desarrollo de oncogenes, ocurre como resultado de múltiples eventos genéticos que incluyen la pérdida de actividad de genes que fueron ‘pensados‘ para que actuaran como supresores de tumefacciones. Es el caso de P53.

La proteína p53, se halla en un estado latente y no-funcional en las células no expuestas a agresiones. En condiciones de ataque o daño celular, p53 se activa, de una forma casi mágica: incrementa sus niveles, principalmente aumentando su vida media. Como parte de un eficaz dispositivo, diseñado como ‘sensor‘, comprueba cualquier anomalía a nivel celular; si su ‘programa‘ la considera ‘fatal‘, detectando un tumor, actúa provocando la aptosis o muerte celular, de manera definitiva y autoritaria, sin nada que se lo impida: ‘Muerto el perro, se acabó la rabia‘.

Pero, y atención aquí: también hay capacidad para definir que el daño no es tan grande como para ‘suicidar‘ la célula; en ese caso, siempre en condiciones normales, en ausencia de mutaciones, se ha previsto otro aliado: la proteína MDM2, encargada de controlar a  P53, uniéndose a dicha molécula e impidiendo que se inicie el mencionado proceso. En ese caso, P53 solo detiene momentáneamente la multiplicación celular, hasta recibir un mensaje de vuelta a la normalidad y el metabolismo pueda reiniciarse sin problemas.

La evolución plantea que este proceso se perfeccionó a sí mismo, luego de miles de millones de años, aunque jamás han podido demostrarlo, ya que ni siquiera se ha logrado crear una simple célula en sus sofisticados laboratorios. Algo incoherente, pues, aun aceptando que lo orgánico surgió de lo inorgánico por autogestión, nos queda la otra pregunta: ¿Por qué está indicado todo el proceso de construcción del ser vivo, sea lo que sea, en un lenguaje codificado? ¿Quién codificó ese lenguaje y diseñó las precisas instrucciones? Pregunta incómoda, jamás respondida de forma convincente por la ‘selección natural.’

En las aulas, la teoría evolutiva ‘enseña‘ un surgimiento del azar. Pero veremos que todo en realidad se deriva de un proceso complejo y ‘altamente organizado‘; un ‘software‘ que asegura una completa y exacta operación. Su control es regulado por la actividad de varias proteínas que, como una maquinaria perfecta, actúan de manera armónica y eficaz.

Si lo extrapolamos a las funciones que desempeñan las proteínas en el desarrollo del cuerpo humano, notamos que son muchas e importantísimas, pues intervienen en la formación de los elementos esenciales de todo el organismo, las enzimas y las hormonas reguladoras del metabolismo; así como en los anticuerpos destinados a combatir las infecciones. Siendo las encargadas además, de producir la regeneración del cabello y de las uñas que, lentamente, crecen durante toda la vida de una persona.

Nada resulta casuístico; todo está programado para minimizar errores. De nuevo el procesado esquema precursor imprescindible: no es posible toda esa actividad que se manifiesta en sí misma como cognoscitiva, si no hay detrás una inteligencia ejecutora. Cada elemento conoce su función, y actúa para que la compleja maquinaria de la vida funcione tal y como fue ‘dispuesta‘, aunque a muchos les dé ‘yuyu‘ reconocerlo, y caigan en la irresponsabilidad docente de instruir que el azar es un hecho probado.

La proteína ‘mdm2’ también es parte activa de un ‘programa inteligente‘; la evidencia es que ya aparece planificada y codificada su presencia en el ADN, por el gen MDM2 que la ‘bautiza’. Esta proteína corresponde a uno de los factores nucleares que regulan el ciclo celular en la transición de las fases G1, (el intervalo entre el fin de la mitosis y el inicio de la síntesis de ácido desoxiribonucleico o ADN), hacia la replicación del ADN (un proceso conocido en genética como ‘S’).

P53 fue concebida para disminuir la probabilidad de que se generen clones celulares y defectos genéticos (mutaciones, delecciones, inversiones). Actúa como ‘guardián del genoma‘. Se ha observado que la pérdida de p53 conduce a un incremento en la inestabilidad genómica, debida a un descenso en la tasa de reparación del ADN durante la recombinación homóloga, lo cual evoca su importancia.

Teniendo en cuenta que p53 es una proteína con funciones críticas para la célula, no es de extrañar que su actividad esté regulada por mecanismos múltiples. La proteína p53 inactiva se localiza en el citoplasma a baja concentración y tiene una vida media relativamente corta, de unos 20 minutos. Bajo estas condiciones, la proteína p53 debe recibir señales o sufrir modificaciones que la activen, para resultar funcional.

Las señales o sucesos que motivan su activación, están principalmente asociados a situaciones de estrés celular, como ocurre al dañar el ADN por radiaciones ionizantes o por ultravioleta o al reducir el contenido de nucleótidos por inhibición del metabolismo de síntesis (efecto de la quimioterapia) o al privar del suministro adecuado de oxígeno, por activación de oncogenes que disparan altos índices mitóticos o por cambios en moléculas ‘redox‘ en la célula, que alteren la transferencia de electrones.

Estos estímulos inducen un rápido incremento en los niveles de proteína p53 en la célula, tanto por el aumento en su estabilidad, como por su activación bioquímica, lo cual le permite actuar como factor de transcripción, unirse al ADN, y regular sus genes. La duración y la cinética del aumento de los niveles altos de proteína difieren según cual haya sido el factor productor de la activación. Las señales y las rutas de p53 son tan complejas, que todavía están en fase de estudio.

La inducción de esta proteína, en respuesta a daños en el ADN, no procede del azar, sino que está regulada. La detección de roturas en esta molécula, es una de las primeras señales que lleva a la inducción de p53. Este hecho se corroboró, usando microinyección nuclear de ADN. Los resultados sugerían que daños de cadena simple, superiores a 30 nucleótidos, y una sola rotura de doble cadena, ya eran suficientes para inducir parada del ciclo celular dependiente de p53.

Tras el daño se produce un ágil aumento de sus niveles en la célula; debido principalmente a cambios en la vida media de la proteína y al incremento de la traducción de su ARN mensajero. El crecimiento en los niveles de p53 suele ser proporcional al daño producido en el ADN, siendo, por ejemplo, diferente para distintas dosis de radiación. De esta manera también varía la respuesta celular: bajos niveles de p53 debidos a poco daño en el ADN, inducen la parada del ciclo celular; altos niveles de p53 debidos a un gran daño en el ADN hacen que la célula entre en apoptosis.

La célula tiene sistemas sensores para reconocer el perjuicio sufrido, sean roturas de cadena o escisiones provocadas, por ejemplo, por dímeros de timidina durante la irradiación ultravioleta, uno de los resultados de una larga exposición al sol en un bonito (pero potencialmente mortal a largo plazo) día de playa. Entre estos sensores se encuentra la proteína AT, descrita en un artículo anterior, cuya función normal está implicada en los procesos de señalización tras averías en el ADN, hacia los moduladores del incremento de p53. Posiblemente (en estudio) envíe también señales a otras proteínas efectoras y es capaz, además, de unirse por sí misma a extremos de ADN, sitios donde su reparación es necesaria o lazos internos de delección.

Otra evidencia de inteligencia programada, que implica a Mdm2 y p53, viene de la observación de que la proteína p19ARF (en el caso del ratón), puede estabilizar p53, obstaculizando una Mdm2 alterada. Estudios recientes indican que p19ARF ‘secuestra‘ a la proteína Mdm2 en el nucleolo, impidiendo que acceda al nucleoplasma, donde degradaría a p53; así esta logra destruir la célula maligna.

En resumen, la actividad de p53 depende, no solo de su enorme potencialidad para actuar como factor de transcripción sobre genes asociados a las funciones que regula: parada del ciclo celular, reparación del DNA, y angiogénesis o apoptosis, sino que la respuesta final también la dan aquellas proteínas con las que interacciona.  Sin duda, esta relación con otras proteínas capaces de regular su actividad, y el espectro de expresión de genes regulados por p53, definirán la función de esta apasionante molécula, que a pesar de los más de 25 años de su descubrimiento sigue siendo objeto de atención por estudiosos básicos y clínicos, y cuyo análisis constituye uno de los ejes de investigación en oncología.

Finalmente, señalar que la proteína mdm2, auxiliar de P53, tiene un peso molecular de 90 kilodaltones, unidad de masa atómica, pues su minúsculo tamaño imposibilita su expresión en gramos o adarmes. ¡Y está formada por 491 aminoácidos! La incomprensión de la lógica evolutiva de la casualidad nos abarca, si sabemos que no hablamos de un atleta olímpico, un vigilante de 1.90 ms y 100 kilos de peso, sino de elementos microscópicos, millones… y cada uno consciente de cuál es su trabajo, el que acometen con dedicación y fidelidad hasta su muerte.

En 1869, el biólogo suizo Miesscher, usó alcohol caliente y una pepsina enzimática que separa la membrana celular y el citoplasma de la célula. Quería aislar el núcleo celular; concretamente en los núcleos de las células del pus obtenidas de los vendajes quirúrgicos desechados, y en la esperma del salmón. Así, identificó a un nuevo grupo de substancias celulares a las que denomino ‘nucleínas‘, observando la presencia de fósforo. Luego Richard Altmann los identificó como ácidos y les dio el nombre de ácidos nucleicos.

En base a estos trabajos, en 1953, los ingleses Watson y Crick descubrieron la estructura molecular del ADN; precisando que la información genética es codificada, almacenada y procesada luego, inteligentemente, por el traductor elegido. Un mecanismo que refleja cognición desde el primer código ensamblado, y que anula el marcado interés evolucionista, desde su irrazonable casualidad, por sacar a Dios de la fórmula de la vida.

Todo intento por volver a los pinzones de Darwin y los cambios naturales de las especies, quedan obsoletos ante la nueva situación creada con el ADN y su información de ‘recetario de laboratorio’ que nadie puede explicar cómo surgió por sí misma.

¡La Gloria y el Honor al diseñador de P53 y todos sus asociados! Un ejemplo de Sabiduría tan grande, que la Ciencia aun está intentando descifrar sus abundantes enigmas, pese a las absurdas conclusiones de pájaros con picos cortos o largos, mariposas blancas o grises, todos los adelantos tecnológicos, la genómica comparada, la inteligencia de sus biólogos, y el más de medio siglo transcurrido desde el develamiento de la ‘científica‘ cadena de doble hélice.

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EVOLUCIÓN: ABIOGÉNESIS A POR SUS FUEROS

abril 5, 2008

“Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia, la cual profesando algunos, se desviaron de la fe. La gracia sea contigo. Amén” (1ª Timoteo 6:20)

LAS NEBULOSAS DE CHARLES Y ASOCIADOS

El antiguo concepto de abiogénesis o autogénesis, en Biología, sostenía que podía surgir vida animal y vegetal de forma espontánea, a partir de materia inerte; este indicaba que germinaban gusanos del fango, moscas de la carne podrida, cochinillas de los lugares húmedos, etc. Así, la idea de que la vida se reciclaba continuamente en la Tierra a partir de restos de materia orgánica, se denominó generación espontánea.

En la segunda mitad del siglo XIX, los ensayos de Luis Pasteur probaron definitivamente que los microbios no se originaban al azar. Gracias a él, aquella absurda idea debió ser desterrada del pensamiento científico, y a partir de entonces se aceptó de forma general el principio que sentenciaba que todo ser vivo procede de otro ser vivo.

Pero, ante la insistencia atea de no reconocer el origen de la vida tal como se plantea en las Escrituras, los mismos seguidores de la antigua corriente se reincorporan al camino, aspirando dar respuestas coherentes al umbral de la existencia, con el concepto de que en un momento indeterminado, eones de tiempo atrás, la materia no orgánica generó la primera célula viva. O sea, en lugar de recapitular, dan un inmenso salto hacia delante, respondiendo ‘sus’ incógnitas, con más absurdos.

¿En qué se fundamentan? Pues de nuevo en la generación espontánea; es decir, más de lo mismo, pero aplicando la seudo ciencia para convencer que ‘esta vez sí tienen la razón.’ Mas es muy difícil visualizar las cosas inertes, ultrapasando la frontera hacia lo vivo, sin aportar ideas congruentes, porque, ¿qué funda una célula viva? ¿Que criterios deben ser cumplidos?

El propósito de todo método científico es relacionar el efecto (observación) con la causa, al tratar de reproducir el efecto, recreando las condiciones bajo las cuales este ocurrió. Cuanto más complejo es el fenómeno, mayor es la dificultad que la ciencia tiene para investigarlo, y en el caso de la investigación del origen de la vida, se topa con dos trabas: las condiciones en que ocurrió son desconocidas y se ignora la esencia original.

Pero, ¿qué es la vida? Las células son los elementos más simples de todos los seres vivos; aun los procariontes, los más elementales. ¿Han podido demostrar que una sola bacteria ha surgido de la nada? Decididamente: No. Aun así, no solo obvian esta falta de evidencia, sino que además dicen que esta bacteria, sin núcleo,  citoesqueleto, y muchos otros organelos imprescindibles, se fue abasteciendo de todo ello por sí misma, sin ayuda externa, llegándose a convertir en un organismo complejo. ¿Han aportado alguna prueba de esto? Decididamente: No, pero siguen adelante con sus elucubraciones, como si en Ciencia no fueran necesarias las evidencias.

Todos los organismos complejos se componen de células, cada una integrada por un microcosmos de entidades que la convierten en un ínfimo mundo funcional. Células únicas de vida libre, como la ameba y otros protozoarios, deben desempeñar todas las funciones necesarias para la vida, igual que individuos más complejos. Una célula posee sistema digestivo, reproductor, respiratorio, nervioso, esquelético, excretor, muscular, etc., muy minúsculo e interconectado para haber surgido por azar.

El análisis se complica si se piensa que toda célula viva ostenta características en común, consideradas fundamentales: el código primario rico en informaciones de ADN, la enzima ADN polimerasa necesaria para la reproducción de dicho código, ARN intermediarios y ARN polimerasa requerido para transcribir las precisas instrucciones metabólicas que aparecen enigmática e inexplicablemente ‘codificadas‘ en la molécula de Ácido desoxirribonucleico (ADN). El hecho concluyente de que todo elemento celular tiene garantizada su necesidad de energía de una forma u otra constituye una evidencia de diseño, no de sucesos casuísticos.

Añadamos ahora el mecanismo de síntesis de proteínas contenido en los ribosomas, los ARN transportadores y las enzimas precisas para ligar a cada uno de los aminoácidos respectivos, más la membrana celular y las vías metabólicas fundamentales para generar los materiales necesarios en las reacciones mencionadas anteriormente, implicando en ellas a cientos de fermentos participantes, de forma organizada y muy bien calculada.

Asombrosamente, una vez más, sin ninguna prueba confirmatoria, vuelven a asegurar que toda esa complejidad también sucedió por sí misma, por azar de la Naturaleza y por una selección natural controladora, que nadie ha evidenciado con referencias comprobatorias. Dicen que de la materia inorgánica surgió la orgánica, y que esta fue adquiriendo complejidad gracias a su sabiduría infinita, durante miles de millones de años, hasta el momento actual. Esa es la sopa que se da a beber en las escuelas, desde hace casi dos siglos.

Los autores de esta nueva teoría abiogénica, señalaron cuatro componentes esenciales para el origen de la vida:

1. Una atmósfera llena de moléculas gaseosas reducidas y una fuente de energía para convertir esas moléculas en precursores biológicos necesarios para la subsistencia.

2. Un océano saturado de pequeñas moléculas biológicas resultantes del punto anterior.

3. Un mecanismo que genera, a partir de este mar molecular, polímeros ricos en información, necesarios para una célula viva (ADN, ARN y proteínas)

4. Interiorizar, confiada y absolutamente, que si el paso número tres es implementado, dará como resultado, inevitablemente, la sublime formación de una célula viva.

La primera condición impone un aspecto químico. Los primeros estudios serios al respecto, datan de 1920, cuando J.B.S. Haldane y A.I. Oparin sugirieron que la vida se originó espontáneamente a partir de la materia inerte existente en la superficie terrestre en un pasado remoto, y describieron un escenario para esa ocurrencia: una química oscura, pero ampliamente aceptada entre aquellos que procuraban establecer un origen naturalista para la vida en la tierra.

Años después, en el 1953 Stanley Miller hizo sus experimentos basado en el ambiente de Oparin (CH3, NH4, H2O, y H2), y logró varios compuestos simples, incluyendo algún aminoácido, así como una cantidad de alquitrán. Miller y Urey propusieron que la luz ultravioleta y descargas eléctricas, produjeron pequeñas moléculas biológicas precursoras en la “tierra primitiva”, luego depositadas en los océanos por el ciclo hidrológico.

Más tarde, Carl Sagan propuso que la tierra primitiva estaba sometida a un flujo de rayos UV 100 veces más fuerte que los de hoy día, y que el H2S proveniente del vulcanismo fue un agente catalizador. En el inicio de la decada de los 70, Bar-Nun demostró que las ondas de choque de alta velocidad resultaban 10,000 veces más eficientes que los otros métodos, convirtiendo la atmósfera gaseosa reductora de Oparin en pequeñas moléculas, formando cuatro aminoácidos.

Actualmente, algo más de una decena de aminoácidos puede ser producida bajo condiciones de la atmósfera reductora que se ‘cree‘ existió en la tierra primitiva. Pero, como también se generan aminoácidos no proteicos, estos competirían con los veinte aminoácidos de síntesis, en cualquier hipotética reacción abiogénica, afectando la teoría.

Oparin reconoció la necesidad de excluir oxígeno o algunos otros compuestos oxidativos de la mezcla. Esto fue muy conveniente, debido a que tal mezcla probó ser capaz de generar una variedad de pequeñas moléculas de interés biológico.

Pero hubo oxígeno; Philip Abelson (1966) y J. W. Schopf (1972) concluyeron que no hay evidencias de una atmósfera inicial de metano-amonio, y desde el vuelo del Apollo 16, se supo que la fotodisociación del agua en la atmósfera superior, por inducción, es una de las fuentes mayores de oxígeno libre atmosférico, así que este se debió generar en un promedio alto en la tierra, sin la presencia de un escudo de ozono (hecho por oxígeno) para bloquear la intensa luz UV del sol. Un análisis de las rocas ‘consideradas‘ del Precámbrico parece indicar la presencia de oxígeno libre, a niveles similares de los hoy día (Walker, 1977), y que la tierra no tuvo la atmósfera reductora que apoye a estas tesis.

Por otra parte, queda la incógnita del surgimiento de biopolímeros ricos en información que provocarían la necesaria síntesis de macromoléculas imprescindibles para el desarrollo de una pre-célula. La síntesis de proteínas y ácidos nucleicos a partir de pequeñas moléculas precursoras, en el hipotético océano biótico, representa uno de los desafíos más difíciles del modelo de la evolución, ya que el agua no favorece la formación de enlaces peptídicos, sino que es su ausencia lo que beneficia la reacción.

Sidney Fox reconoció el problema y comenzó a elaborar una alternativa mediante la que logró crear una especie de sustancia polimerosa. El material polimerizado se vació en una solución acuosa, resultando en la formación de algo que llamó ‘proteinoides‘, que consideró como células. Reclamó casi todas las propiedades imaginables para su producto, incluyendo que él había alcanzado la transición de la macromolécula hacia la célula.

Fue aun más lejos, intentando  demostrar que un pedazo de roca de lava pudiera sustituir un tubo de ensayo en la síntesis de proteínas y afirmó que el proceso ocurrió en la tierra primitiva en los alrededores de los volcanes. Sin embargo sus críticos y sus propios alumnos desnudaron su credibilidad:

Se demostró que los proteinoides no son proteínas, pues contienen muchos enlaces no peptídicos y otros cruzados que no son naturales. Los enlaces peptídicos son del tipo beta, mientras que todos los enlaces peptídicos biológicos son del tipo alpha. Los materiales con los que inició el experimento fueron aminoácidos purificados, que no tenían semejanza con los materiales disueltos en la “sopa orgánica“.

Si alguien tuviera que hacer el experimento con la sopa pre-biótica, el único producto sería alquitrán. El porcentaje de 50% ácido aspártico y ácido glutamico necesario para estos experimentos no tienen semejanza al porcentaje muchísimo mayor de glicina y alanina hallados en los experimentos de síntesis de la tierra primitiva, y tampoco hubo contenido de información genética.

Todas las alegaciones expuestas por Fox fallaron en pasar las pruebas cuando fueron examinadas cuidadosamente. Aunque sus resultados iniciales parecieron coincidir mucho con su teoría, la realidad resultó catastrófica para las esperanzas de los paleontólogos, geólogos y bioquímicos involucrados en una creación casuística y natural.

También se propuso el uso de arcillas, pues en este ambiente los grupos de aminoácidos tienden a ordenarse, y se han logrado producir polímeros a partir de muchos aminoácidos. Pero, aunque estos estudios han generado el interés de los evolucionistas prebióticos, su relevancia ha sido sofocada, entre otras cosas, porque las arcillas muestran preferencia por aminoácidos básicos.

Para obtener resultados y que ocurra la polimerización, deben ser usados aminoácidos puros y activados, ligados a adenina, sin embargo, los aminoácidos adenilados no son el material flotante más común en el océano prebiótico. Si se usan aminoácidos libres, no ocurre la polimerización adecuada, pues los polímetros resultantes son en su mayoría tridimensionales y no lineales, como suelen ser los biopolímeros.

Recientemente fue abierto un capítulo final con el descubrimiento de las moléculas de ARN auto catalítico. Fueron recibidas con gran gozo por los evolucionistas, porque daban esperanza de disminuir la necesidad de fabricar proteínas en la primera célula; les llamaron “ribozimas“, pero sin embargo, estas probaron ser incapaces de responder a la expectativa, debido a dos factores:

– Aunque una ribosa puede ser producida bajo condiciones prebióticas simuladas, resulta un azúcar raro en los polímeros de formaldehído (mecanismo pre-biótico que se acredita dan origen a los azúcares). Además de la presencia de nitrógeno, los aminoácidos de la mezcla de reacción podrían prevenir la síntesis de azucares (Shapiro, 1988).

– Ninguna de las 5 bases presentes en DNA/RNA son producidas durante la oligomerización HCN (ácido cianhídrico) en soluciones diluidas (el mecanismo pre-biótico que se cree que dio origen a las bases nucleotídicas). Además de los problemas de síntesis de los precursores y de las reacciones de polimerización, todo el bosquejo depende de sintetizar una molécula de RNA capaz de hacer una copia de sí misma, pues la molécula debe también realizar alguna función vital para iniciar la fuerza de la vida; pero tal hazaña, no ha podido verse manifiesta.

Todo ese “Mundo RNA” perdura en calidad de ficción; no ofrece pistas de cómo llegar desde el esbozo del mecanismo convencional de las proteínas de ADN-ARN de todas las células vivas. Por otra parte, el que algunos científicos decidan exhibir tal entusiasmo por este esquema, revela la poca fe que tienen en los otros escenarios del origen de la vida discutidos anteriormente.

En todos los estudios experimentales sobre los inicios biológicos, la presencia del investigador condiciona siempre  la dirección y conclusión del experimento en el sentido de sus propósitos. Cuando este se propone lograr un objetivo (por ej., en la síntesis de los precursores o la polimerización de los precursores), elabora un sistema ‘previsto‘, que tenga alguna posibilidad de alcanzar la meta deseada. Se escogen las condiciones en las cuales los materiales resulten apropiados para una hipotética tierra prebiótica, de modo que lo obtenido quede envuelto en el aire de credibilidad necesario, aunque sea conseguido desde la manipulación inteligente, no desde el caos de las reacciones implícitas en los laboratorios.

Los cálculos son cuidadosamente manipulados una y otra vez, hasta lograr la meta propuesta; así, el lector da por hechas las situaciones contadas, que no tendrían probabilidad de ocurrir ni habrían sido posibles en el entorno natural del principio de la Creación. Por ejemplo, cuando Fox realizó sus experimentos para producir proteinoides a partir de aminoácidos, usando roca de lava en lugar de tubos de ensayo, guió su trabajo para dar la impresión de que este era un modelo idóneo para la tierra prebiótica. Creó una gran expectativa entre quienes le creyeron, mas sus resultados, como ya se ha sabido, constituyeron un fiasco más en las esperanzas evolucionistas.

Si el análisis científico cuidadoso nos lleva a concluir que los muchos mecanismos propuestos del ‘origen espontáneo‘ no han logrado producir ni una sola célula viva, la hipótesis alternativa de la Creación inteligente se torna más atrayente; los métodos de la ciencia no han logrado responder de forma concluyente, ni en un solo ejemplo plausible, a la pregunta del origen de la existencia del rico mundo biológico que aparece ante nuestros ojos.

Sagan y M. J. Newman fueron diáfanos al declarar que “la ausencia de la evidencia es la evidencia de la ausencia.”: Más transparente ni el agua cristalina; se ha estafado a la humanidad durante mucho tiempo y es hora de que alguien con raciocinio dé la señal de Stop… al menos hasta que la verdadera Ciencia, esa gran confirmadora y única homologadora, esté en condiciones de ofrecer una prueba definitiva.


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LA EVOLUCIÓN AGUIJONEADA POR UNA OBRERA.

febrero 27, 2008

Febrero 27/2008

LAS ESPECIES QUE NO LO SON.

Días atrás, se me planteó la especiación bacteriana como certeza de la evolución. Debo confesar que no me sentí muy a gusto, pues la temática de esta filosofía se halla en una línea de análisis que no comparto; mi razonamiento, por más que lo intente, siempre termina predisponiéndome contra ella.

Sin embargo, proveniente de un profesional de la investigación evolutiva, merece un respeto: dedicó parte de su tiempo en intentar convencerme de sus planteamientos y yo no correspondí a su entusiasmo. No fue por menospreciarle, sino debido a que veo la situación desde una óptica muy distinta, que no me permite aceptar sus deducciones. Pero le debo una disculpa; he sido casi grosero en no debatir con él en el tema que me propone, y he decidido complacerle: he recurrido a literatura evolucionista, he apartado de momento el artículo que debía presentar y les expongo este, sumergido en la forma de pensar que inculca la teoría darwinista.

He acudido a la página http://www.ucm.es/, y me he bajado un trabajo sobre la especiación; lo he estudiado y he decidido reflejar aquí mis opiniones al respecto, abierto a todo aquel que pueda sentirse interesado en leerlas. Es abundante en planteamientos, así que tendré que desglosar mis impresiones a través de este blog, en varios artículos.

Según esta hipótesis, desde un punto de vista biológico, se entiende que una especie es un grupo de poblaciones naturales cuyos miembros son capaces de producir descendencia fértil al relacionarse sexualmente, pero que sin embargo están impedidos de ello (en circunstancias normales), con aquellos componentes de poblaciones pertenecientes a otras especies. Pero, si nos ubicamos en las abejas obreras, creo que esta población contradice esa teoría. Una colmena oscila entre varias decenas de miles de individuos, según su tamaño, cuya inmensa mayoría está compuesto por las conocidas como ‘obreras’.

Estas afanosas formidables, tienen varias características específicas: su tamaño es más pequeño que el resto de la colmena y su abdomen también es más corto. Además, poseen un aparato bucal muy desarrollado y una alargada lengua que les permite obtener el néctar que luego almacenan en el buche melario para transportarlo a la colmena.

Desde que nacen, no salen del panal hasta las 3 semanas; pero a los pocos días ya realizan diferentes funciones: mantienen limpios las casillas de cera y todo su hábitat, comienzan a desarrollar sus glándulas hipofaríngeas productoras de jalea real y alimentan a las larvas, desarrollan glándulas cereras y construyen los panales, reciben el alimento de las pecoreadoras y lo colocan en las celdas, velan para que no ingresen abejas de otras colmenas, y generan una corriente de aire para deshidratar el néctar.

A los 21 días se les atrofian las glándulas cereras y vuelan al exterior, pasando a llamarse ‘pecoreadoras’ y dedicándose entonces a  recolectar néctar, polen y propóleo, además de acarrear agua. Estas secuencias no son seguidas por todas las obreras, así como hay abejas que llegan a pecoreadoras sin haber realizado las actividades anteriores. Algunas, parecen madurar precozmente, y otras rejuvenecen en determinadas condiciones.

Su visión es muy grande, necesaria para la recolección, localización, etc. En las patas posteriores, poseen una modificación denominada corbícula (cestilla) que les permite transportar el polen y la resina de las plantas (propóleo). Recogen los granos de polen con una especie de cepillo peludo que poseen; cuando está lleno, pasan el polen a las cestillas y lo trasladan a su colmena.

Es decir, resulta imposible aducir que no son comunales, y mucho menos, que no resultan importantes para la colectividad. Sin embargo, tienen una característica que las identifica especialmente, un capricho de la Naturaleza: son abejas hembras infértiles, sus aparatos reproductores se encuentran atrofiados  y son más pequeñas que la reina.

Y este punto llama mi atención, pues, genéticamente hablando, la evolución define una especie como la unidad reproductiva, es decir: el conjunto de entes capaces de generar descendencia fértil por cruzamiento entre sus miembros. Ya hemos visto que las abejas obreras son la verdadera fuerza motriz de una colmena: lo hacen todo… menos la reproducción de la especie, tarea asignada a una única abeja reina.

¿No las catalogaremos dentro de su ‘especie‘ por esta razón? ¿Cómo se manifiesta la ‘evolución‘ en una abeja obrera? Desde los inicios de la humanidad se conoce la miel y sus productoras; esta gestión siempre se ha mantenido igual y aunque debido a mutaciones genéticas por pérdida de información codificada, existen distintos tipos dentro de estos himenópteros, las obreras jamás han dejado de fabricar el dulce elemento.

Los tipos de abejas, zánganos incluidos, son producto de un diseño de Dios: uno de los casos conocidos como caprichos de la Naturaleza. Pero se hace evidente, como el cuento de la pescadilla que se muerde la cola, que ya se contraatacará, alegando quizás que hace 10 a la ‘n’ millones de años, las obreras eran las más fecundas de la colmena y que también han evolucionado, (aunque en este caso hacia atrás, hacia la degeneración de la especie), así como que, gracias a la evolución, ha salido una abeja redentora (la más fuerte genéticamente, por supuesto) que saca la cara por el grupo y ella solita se encarga de mantenerlo vivo. En fin; no veo punto de encuentro en las deducciones.

Otro planteamiento se refiere a que ‘cualquiera que sea el parecido fenotípico entre un grupo de individuos, si los apareamientos entre ellos no producen descendientes (que es lo más habitual) o sólo producen descendientes estériles (como es el caso, por ejemplo, del cruce entre caballos y burros) pertenecen a especies diferentes.’

Lo del asno, asna, yegua, caballo, y mula-mulo, (y burdéganos: hijo de caballo y burra) es algo similar, pues tienen sus cromosomas sexuales diferentes. La mula es estéril por ser descendiente de una yegua (64 cromosomas) y un burro (62 cromosomas). La esterilidad de la mula (63 cromosomas), se da porque en la meiosis los cromosomas no pueden aparearse.

En los seres humanos también se ven alteraciones cromosomáticas en número, pero debido a accidentes genéticos [mutación, trisomía, delección…]; el caso del cromosoma 21 (síndrome de Down) es uno de ellos. Sin embargo, estos descendientes siguen siendo personas; no constituyen otra especie: tienen sentimientos, son capaces de experimentar amor y de agradecer todo el que le entregan. Y no es el único, pues existen dolencias congénitas por cambios en número de cromosomas varios, derivados todos de la pérdida de información codificada original, dispuesta en sus ancestros.

Otro caso distinto lo vemos en los perros. Si un ‘Doberman’ acopla con una ‘Cookie’ y hay descendencia, estos serán perros que arrastrarán las variaciones cromosomáticas de sus padres, (aunque en este caso, no en número), pero son variaciones en alelos, y aunque estas les definan como de otra raza, continuarán siendo perros hasta su muerte; no van hacia ningún otro animal. Y lo mismo ocurre con la raza humana: son capaces de procrear entre sí con independencia de sus razgos, crean nuevos razgos, pero su ADN sigue perteneciendo a la especie humana. Tampoco van hacia ningún otro animal.

No ocurre lo mismo con los simios: gorilas, orangutanes, macacos, y otros; creados con un exclusivo código genético, respondiendo a distintos diseños, y no engendrando entre sí. Hay 160 especies de primates, pero ninguna de ellas se acopla sexualmente si no es con otra de diferente sexo, pero de su misma especie. O sea, un mandril jamás cortejará a una mona tití, ni un chimpancé a una gorilita; por lo que, cuando ocurre el apareamiento, garantizan la continuidad de la especie… y al mismo tiempo la imposibilidad de un nacimiento homínido. Ese planteamiento es totalmente anticientífico.

El ‘homínido’ no puede existir, sencillamente porque no tuvo padres capaces de engendrarlos. Esa especie no existe; es producto de la ficción.

Ninguna especie va hacia otra; se sufren mutaciones y alteraciones de varios tipos, por esta pérdida de información comentada y esto establece cambios morfológicos y estructurales en los fenotipos, a veces con consecuencias inevitables para la propia supervivencia del ente que se trate; pero hasta ahí. Con respecto a la especiación de las bacterias, prometo que constituirá mi próximo trabajo, lo prometo; solo estoy siguiendo el curso de los planteamientos del documento que me he bajado.

Quiero dejar patente que apoyo la Ciencia como el que más; el cristianismo no está reñido con ella. De hecho, hay científicos cristianos; no hace mucho vinieron dos a España: dos doctorados, aunque alguien intente denigrarlos, (el tercero era un médico) en defensa de la Creación bíblica. La presión ejercida por una institución evolutiva española fue muy grande y esto hizo que temieran presentarse como lo que son: soldados de Cristo; pero solo es cuestión de tiempo. El ‘no podemos permitir que el pie de Dios entre‘, tiene sus días contados, pues el Señor tiene el poder suficiente para manifestarse; solo que el debate es necesario, pues al tomar partido por una línea o por otra, mostramos lo que hay en nuestro corazón y aportamos elementos a favor o en contra, para nuestro juicio final irreversible.

La Biología en particular, ha contribuido a que las plagas que antiguamente asolaban a una humanidad indefensa, hoy constituyan solo un mal recuerdo. Muchos biólogos e investigadores asociados han ido obteniendo, continuadamente, importantes logros en la medicina preventiva y de profilaxis; sus nombres ya están escritos para la posteridad y han sido grabados con tinta indeleble en el libro de Dios, pues el servicio a la humanidad es muy valorado por el Altísimo.

Asimismo, en biotecnología, otras investigaciones en curso ya han logrado importantes éxitos en sus primeras fases. (Cultivos híbridos, producción de antibióticos, etc…) Entre las nuevas tecnologías moleculares, destaca la síntesis de ADN y proteínas en laboratorio, lo que genera grandes expectativas en la mejora de procesos industriales; la producción agropecuaria, y en la obtención de medicamentos más eficaces en la lucha contra las enfermedades. Mención aparte a las células madres, que cada día aportan más esperanza a millones de personas en todo el mundo, que resisten sus dolencias pacientemente, hasta que aparezca el nuevo fármaco o técnica, que envíe su mal a los archivos del pasado.

¡Qué el Dios Todopoderoso les bendiga y que cada vez se sumen más hombres de ciencia a esta honorable empresa!

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