ADN, HUESOS Y EVOLUCIÓN

mayo 13, 2008


SIEMPRE EL DISEÑO; SU HUELLA PERPETÚA

“Ve a este pueblo, y diles: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis; porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y de los oídos oyeron pesadamente, y sus ojos taparon; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan de corazón, y se conviertan, y yo los sane.”  [Hechos 28:26]

Desde hace unos días he estado meditando sobre cómo la llegada de las nuevas tecnologías a la Medicina ha favorecido la calidad de vida de tantas y tantas personas que, a no ser por este adelanto, estarían condenadas de por vida a una silla de ruedas. Fundamentalmente, me concentré en las prótesis ortopédicas que han permitido reincorporarse a una actividad casi normal, a muchas víctimas de accidentes o enfermedades agresivas.

Sobre todo, me vinieron a la mente aquellas prótesis que no son fijas, y que se ven sometidas día a día a las mismas fricciones y trabajos mecánicos que el hueso al que deben sustituir, intentando responder a las expectativas del enfermo. Imaginé las personas que se auxilian de una para resolver su situación; ejemplos de miembros amputados, caderas destruidas por necrosis o accidente, mutilaciones clínicas, etc.

En las prótesis de columna, por ejemplo, el uso de estos implantes dota a los pacientes de una mayor calidad de vida, permitiendo mantener la movilidad de la zona dañada; contrariamente a las técnicas de fusión vertebral empleadas años atrás. Sin embargo, como consecuencia de la movilidad, el desgaste mecánico de sus componentes puede llevar al fracaso, y aunque suelen durar mucho tiempo si resultan de buena calidad, este siempre será inferior al de las vértebras normales.

Algo similar ocurre con las de caderas; en la actualidad se han perfeccionado mucho, pero, ¿cuánto tiempo dura la ortopedia que la sustituya? Los especialistas coinciden en que depende del material usado, pues la combinación de las superficies de desgaste fijará la durabilidad. Según la actividad del paciente, así se comportará; a mayor destrucción mayor dificultad técnica y compromiso en la vida de la artroplastia. Suelen durar unos 15 años, 20 en los mejores casos, antes de que se manifiesten los problemas de desgaste por fricción.

Hace años, tuve un vecino que, producto de un choque con su coche, tardó muchos meses en restablecerse, luego de complicadas operaciones consecutivas. Se había destrozado el fémur y le implantaron una barra metálica, fijada a este por una cantidad imprecisa de tornillos terapéuticos; una armazón a la que se vio unido hasta que el hueso se recuperara lo suficiente para que el cirujano decidiera abrirle de nuevo, extraerle cada artilugio metálico insertado… y permitir que el propio organismo lograra la curación definitiva.

Se había usado un material sólido, y se habían tomado todas las medidas para que no provocara infecciones. ¿Por qué el especialista no dejó las cosas como estaban, y que esas piezas formaran parte, para siempre, del resto de la pierna? Seguramente, los metales, que son capaces de resistir el peso de muchos vehículos transitando por un puente flotante, también resultarían tan buenos como el más fuerte de los huesos.

Pero la experiencia médica conocía la ‘fatiga mecánica‘ a la que los segmentos metálicos serían sometidos. La estadística acredita el desgaste que sufren las prótesis a lo largo del tiempo, debido a la actividad de la persona en la que ha sido injertada. ¿Qué tiene un hueso que lo hace tan especial, tan prodigiosamente ligero y fuerte al mismo tiempo, y tan resistente al estrés y la fatiga, que logra vencer a la metalurgia más avanzada?

Los rayos X revelan tupidas y finas estrías en el hueso; ‘refuerzos‘ interiores, áreas en las que se incrementa la resistencia, permitiendo soportar más peso, sin aumentar la masa. Un ejemplo de diseño e ingeniería que logra el máximo de eficiencia y ligereza: una resistencia máxima con un peso mínimo, algo que resulta irrazonable admitir desde el azar. La bioingeniería ha determinado que esos ‘refuerzos‘ óseos, resultan coincidentes con las líneas de estrés provocado por la dirección en la que el peso es transmitido.

La evidencia de cálculo y elaboración está servida; resulta imposible responder ante tanta perfección, desde la evolución de las especies enseñada en las aulas, que siempre se presenta como ‘casuística‘, sin la dirección de ninguna inteligencia. ¿Por qué un simple hueso humano, en condiciones normales, es más duradero que uno de metal?

Analicemos lo que ocurre desde su formación: En el embrión existe un precursor de lo que será el esqueleto: tejido cartilaginoso hialino y mesénquina embrionario, que ya tiene una forma característica a partir de las seis semanas. El principal componente de la matriz ósea es el colágeno tipo I que supone entre el 90 y 95% de la matriz orgánica.

El Colágeno Tipo I, es la principal proteína que forma los huesos; su cantidad y calidad la fija la información ADN de los cromosomas progenitores: las ‘instrucciones‘ que aparecen codificadas y luego serán traducidas y transcritas en el ARNm para generar a un nuevo ser vivo, según herencia de ambos padres. El nuevo ser adquiere un gen de cada progenitor; el par heredado es el que regulará la producción de su colágeno y su futuro esqueleto.

No se intenta exponer un tratado sobre la osificación humana, sino de evidenciar, una vez más, que somos producto de un diseño específico, incapaz de resultar por sí mismo ni aunque nos obliguen a tragarnos la mentira de patrones surgidos gracias a miles de millones de años. El tiempo no genera inteligencia, sino desgaste; si no fuera por la sabiduría manifiesta en nuestro ADN, no seríamos lo que somos: el producto de una instrucción detallada sobre cada paso a realizar para fabricarnos, desde que un oocito, la célula germinativa o sexual femenina, que al madurar se llama óvulo, es fecundado por un espermatozoide. ¿Quién está detrás de esa programación de toda la  ‘fórmula‘ humana?

Veamos, a grandes rasgos, cómo se lleva a cabo el ‘milagro‘ del esqueleto. La formación de hueso sigue dos procesos diferentes: la Osificación intermembranosa y la  osteocondral. La primera produce, sobre todo, huesos planos y, como su nombre indica tiene lugar dentro de una membrana de tejido conjuntivo; la otra genera otros tipos, pero todos se constituyen de células óseas: las progenitoras, los osteoblastos, los osteocitos, las tapizantes del hueso (bone lining cells) y los osteoclastos.

En este proceso, algunas células mesenquimales multipotentes, que se hallan en diferentes tejidos del cuerpo, en especial en la médula ósea, formando las membranas de tejido conjuntivo, son transformadas en osteoblastos, y constituyen un centro de osificación alrededor del cual se va formando hueso. Se ha postulado a estas células como fuente potencial de diversas estirpes celulares (neuronales, hepáticas, musculares, cardíacas y óseas), que podrían utilizarse por el propio organismo, para reparar daños funcionales.

El principal producto de los osteoblastos maduros es el colágeno de tipo I que constituye el 90% de las proteínas del hueso. Pero, además, originan otras, como la osteocalcina y las proteínas Gla matriciales, y glicoproteínas fosforiladas, incluyendo las sialoproteínas I y II, la osteopontina y la osteonectina. Algunas más, tendrán actividad enzimática; las más importantes son la fosfatasa alcalina y la colagenasa.

Otro fruto en importancia es la osteonectina, una fosfoproteína que puede interaccionar tanto con el colágeno como con las sales inorgánicas. Es altamente reactiva y se localiza sobre todo, en las áreas de mayor calcificación. La osteonectina (SPRC o BM-40 Secreted Protein Cystein Rich) se codifica por el gen 5q31.3-q32, que si muta, se asocia a diversos tipos de cáncer. Son solo algunas; hay muchas más proteínas que las nombradas.

También se codifican proteínas no colagenosas como la osteopontina (o sialoproteína I), que se une a la hidroxiapatita y es producida por los osteoblastos, [al ser estimulados por la 1-a-1,25-dihidroxivitamina D], las proteínas óseas morfogenéticas (BMPs), que juegan un papel similar al de los factores de crecimiento, y los proteoglicanos ácidos que se hallan en mayor congregación en el área osteoide, en comparación con la matriz calcificada.

Es decir, todo está cuadriculado al milímetro; no son operaciones combinadas al azar, sino que cada una persigue un objetivo determinado y, sobre todo, obedecen a una secuencia explícita, siempre establecida en lo que constituye la matriz de la elaboración: la instrucción preconcebida e inteligentemente codificada para ganar espacio y optimizar el tamaño de la molécula de ADN donde se grabará con huella indeleble… salvo accidentes tales como radiaciones, agentes químicos ajenos a la actividad, etc.

Aunque la dureza ósea depende de los minerales que la formaron, sin retícula de colágeno el hueso sería frágil. Las fibras de colágeno y otras proteínas presentes en la matriz aportan flexibilidad y resistencia a la tensión. Si falta el colágeno o es defectuoso, surgen dolencias como la osteogénesis imperfecta, (huesos de cristal). Y si se excluyen las sales minerales, se derivará una estructura gomosa, flexible y esponjosa. En realidad, el hueso no es macizo, sino que posee muchas zonas interiores que reducen su peso, por donde discurren los vasos sanguíneos que nutren las células óseas. Según el tamaño y naturaleza de estos espacios, los huesos se denominan compactos o esponjosos.

Al igual que la piel, casi todo el esqueleto se forma antes del parto, pero se renueva perennemente, pues como estructura viva que es, está continuamente deshaciéndose y reconstruyéndose. El tejido óseo jamás reposa; siempre trabaja en su remozamiento. Incluso los huesos largos, que al llegar la edad adulta han adquirido su forma y tamaño definitivos, son continuamente remodelados: se destruye hueso viejo y se suple por nuevo.

Esto permite que pueda constituir una reserva continua del calcio que el organismo necesita para funciones que son reguladas por varias hormonas, vitaminas y otros agentes. Una evidencia más de diseño, porque, ¿cómo puede una evolución impersonal, sin inteligencia tras ella, programar todas las tareas con un orden tan específico?

Y que no hablen de algoritmos independientes, que solo existen después de confeccionado un programa. Siempre que se dé una explicación racional de estos sucesos cronometrados, debe irse al punto ‘0’: la programación inicial, el intelecto creador de toda la técnica operatoria que permitirá la vida a partir de algo tan minúsculo como el ADN cromosomático que aparece en el núcleo de la célula.

Por otra parte, vemos que las líneas de transmisión de fuerza varían a lo largo de la extremidad, de manera que con el tiempo, los refuerzos existentes se desplazan del lugar correcto. ¿Por qué el hueso no se fatiga? La respuesta es que este no sólo se enmienda a sí mismo, sino que se rediseña a medida que fluctúan las líneas de estrés.

Ocurre así, porque cada célula lleva en su ADN la instrucción precisa para que el sistema óseo resulte eficiente, al margen de se edad. Su ingeniería siempre responderá para bregar con la mejor precisión ante las fuerzas a las que son sometidos. De hecho, si se hacen mayores (un hombre con una sola pierna, soportando el peso de su cuerpo todo el tiempo), la estructura ósea y muscular de ese único apoyo, se hará más gruesa y fuerte.

Todo lo dicho acentúa que tal precisión es el resultado de un análisis inteligente, no de accidentes fortuitos, coincidentes en eones de tiempo. Si se analiza línea a línea cualquier tratado convencional de Osteología, con las profundidades genéticas que se derivan, se podrá llegar a la conclusión de que resulta imposible que toda esa inscripción que aparece en el ADN celular hayan llegado allí sin previo razonamiento.

En el primer capítulo de Juan, se enseña que los hombres ‘no tienen excusa‘, puesto que la evidencia del poder y la sabiduría de Dios resulta axiomática en toda la Creación. Esto se patentiza actualmente, pues la propia Ciencia humana ha revelado cosas asombrosas sobre el diseño y la complejidad del mundo viviente. La gloria y el honor de esas maravillas de la ingeniería no pertenecen a una descafeinada ‘selección natural‘, sino a Jesucristo, el Creador de todo, y para quien todo fue creado:

“En el principio ya era la Palabra, y aquel que es la Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios. Este fue el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz en las tinieblas resplandece; mas las tinieblas no la comprendieron.” (Juan 1:1-5)

**********

 

 

 


EVOLUCIÓN: UN ROSARIO DE EMBUSTES.

marzo 7, 2008

COSAS QUE HAY QUE RECORDAR

Sr. Manuel, este artículo, se lo dedico a usted. Permítame participar de su debate con el hermano Daniel, a través de este razonamiento derivado de la página que ud. ha exhortado a que se visite y que he visitado. De ella he extraído:

‘Y los humanos evolucionaron de ancestros simiescos tanto si lo hicieron a través del mecanismo propuesto por Darwin o por algún otro, todavía no descubierto. Por otra parte, “hecho” no significa “certeza absoluta”. Las pruebas finales de la lógica y las matemáticas fluyen deductivamente de premisas indicadas y logran certeza sólo porque no tratan acerca del mundo empírico.’

Yo le afirmo, con esa misma energía que el autor emplea para dar la evolución como un hecho, que si una entidad bancaria, una congregación humana de cualquier tipo, o una simple persona le miente a usted; en ese mismo momento, la credibilidad adquiere fecha de caducidad. La credibilidad demanda de toda una vida; la no-credibilidad, de un solo instante.

La evolución ha presentado fósiles, (adjunto fotos) en National Geographic, Vol. 152, 159, 1523 y New Scientist, 20 enero 1984,) de hipotéticos millones de años, que resultan idénticos a sus descendientes actuales; sin estado transicional entre ellos. Claras evidencias de ‘no resultado de la evolución’ sino de la creación especial. Se ve un tiburón datado en 400 millones de años, una langosta de 40 millones, una hormiga con 100 millones y la cucaracha de 320 millones. Y no hablo de €, sino de años.

ancestros1.jpg

 

Otro caso de ‘eslabón presentado’: empuje y marcha atrás, fueron los dientes y los espolones del arqueopterix, contrastados con otro fósil Chino (1996), que provocó una confusión aún mayor. “Science” publicó un artículo de Hou, Martin y Alan Feduccia, sobre un pájaro de 130 millones de años: el Lidoningornis, quien tenía el mismo hueso del pecho, en el que se insertan los músculos, igual que en los pájaros modernos, de los cuales tampoco se distinguía en lo demás. La única diferencia residía en los dientes de la boca.

Esto probaba que no provienen de los dinosaurios; indican que no resulta una forma transitoria, de ellos a ave, es decir, de una especie a otra, como sostenían los evolucionistas, y constituyó otra evidencia a favor del diseño de la Creación, ya que no se observa estado transicional con respecto a los actuales. El ‘Discover’ presentó el artículo “¿De dónde vinieron los pájaros? El propio Stephan Jay Gould y Niles Eldredge, paleontólogos de Harvard y evolucionistas mundialmente conocidos, aceptan que el Arqueoptérix resultó un “mosaico” viviente que albergaba varios rasgos distintos en su constitución, ¡pero que nunca puede ser considerado una forma transitoria!

Por otra parte, dentro de esta misma temática del ‘mentir a toda costa‘, iniciada por Haeckel, el conocido médico y también paleoantropólogo aficionado, Charles Dawson, afirmó un buen día haber hallado un hueso de quijada y un fragmento de cráneo en una cueva de Piltdown, Inglaterra, en 1912. Aunque el maxilar se parecía más al de un mono, los dientes y el cráneo eran los de un ser humano. Se supuso que esas muestras que fueron etiquetadas “Hombre de Piltdown” tenían 500 mil años de antigüedad. Distintos museos la presentaron como prueba absoluta de la evolución humana.

Por más de 40 años se escribieron artículos ‘seudocientíficos’ sobre este embuste, se dibujaron muchas interpretaciones del mismo y el fósil fue presentado como una evidencia importante de la evolución humana, en las propias escuelas. Hubo, no menos de 500 tesis doctorales sobre la materia, y el conocido paleontólogo norteamericano Henry Fairfield Osborn, mientras visitaba el Museo Británico, en 1935, llegó a decir: “…tenemos que recordar permanentemente que la Naturaleza está llena de paradojas y este es un asombroso hallazgo referido al hombre primitivo…”

Años después, en 1949, Kenneth Oakley, del Departamento de Paleoantropología del Museo Británico, quiso experimentar la reciente “cata del flúor”, para fósiles antiguos, en el ‘Hombre de Piltdown’. El desenlace fue pasmoso; durante el análisis se comprobó que el hueso maxilar no contenía flúor. Esto indicaba que llevó enterrado solo unos pocos años; al igual que el cráneo, con muy poca cantidad de este elemento. Más tarde, se concluyó que los dientes eran de orangután y habían sido injertados en las mandíbulas, y que las herramientas “primitivas” descubiertas con los fósiles eran simples imitaciones torneadas con implementos de acero.

Esta falsificación saltó a la palestra internacional, en 1953 con un análisis pormenorizado completado por Weiner. ¡El cráneo pertenecía a un hombre de hacía 500 años y la quijada a un mono que había muerto hacía poco! Los dientes fueron puestos en un orden determinado y los puntos de unión habían sido rellenados, buscando semejanza humana. Todo fue teñido con dicromato de potasio para darle una apariencia antigua; las tinturas se esfumaron cuando los vestigios se anegaron en ácido.

Le Gros Clark, del equipo que descubrió el perjurio, no pudo ocultar su estupor y dijo que “las evidencias de la abrasión artificial surgieron a la vista de inmediato“. En realidad, bien podemos preguntar, ¿cómo es posible que algo tan obvio haya dejado de ser advertido antes?” El “Bulo de Piltdown” fue sacado al fin del Museo Británico, luego de más de 40 años de exhibición; es decir, una mentira sostenida casi medio siglo: una más en el largo rosario embustero de la evolución.

Otro aporte a esta sarta, vino de la mano del director del Museo Americano de Historia Natural, Henry Fairfield Osborn, en 1922, quien dijo haber hallado un molar fósil en Nebraska occidental, cerca de Snake Brook, correspondiente al Período del Plioceno: ¡Desde 5.3 millones hasta 1.8 millones de años en el pasado! La pieza, teóricamente, tenía características comunes al hombre y al mono; emergieron profundos argumentos ‘científicos’, algunos de los cuales aclararon que se trataba de un diente del ‘Pitecantropo erectus’, mientras que otros sostenían que era más cercano al ser humano. Este diente fósil, que provocó un gran debate, fue bautizado como “Hombre de Nebraska” e incluso nominado por la seudociencia evolucionista: ‘Hesperopithecus haroldcooki’.

Muchas autoridades de la evolución apoyaron a Osborn; desde ese solo diente, gracias a la fértil imaginación evolucionista, demostrada desde hace más de 140 años, salieron bosquejos de la cabeza y del cuerpo del “Hombre de Nebraska”. Además, éste fue representado incluso con la esposa e hijos, como toda una familia en un ambiente natural.

Todo este escenario fue desarrollado a partir de un solo diente. Los círculos científicos acreditaron a este “hombre fantasma” en un grado tan alto, que cuando el investigador William Bryan se opuso a las decisiones tendenciosas que se apoyaban en un solo diente, fue criticado duramente. En 1927 se halló resto del esqueleto, demostrando que el diente del caso no pertenecía a un hombre ni a un mono, sino a una especie extinta de cerdo americano: Prosthennops “Hesperopithecus. ‘Sciencie’ no tuvo más remedio que pronunciarse, mediante un artículo de William Gregory: ‘Aparentemente No Es Un Mono Ni Un Hombre“, en el que denunciaba el fraude, elevándolo a la categoría de ‘error’.

Todos los dibujos del “Hombre de Nebraska” y “su familia” fueron retirados de inmediato de las futuras literaturas evolucionistas, pero las editadas, editadas están, como todo lo editado sobre el ‘hombre de Piltdown

Darwin, en su libro “El Origen de las Especies”, presentó la suposición de un ser humano resultado de la evolución de monos antropomorfos. Fue tras fósiles que apoyaran ese argumento; sin embargo, algunos evolucionistas creían que no sólo en los registros fósiles se iban a encontrar criaturas “semimonos semihumanas“, sino que también se les hallaría con vida en distintas partes del mundo. A principios del siglo XX, la búsqueda de “vínculos transitorios vivientes“, condujo a incidentes desafortunados, siendo uno de los más crueles el sucedido a un pigmeo llamado Ota Benga, capturado en 1904 por un investigador evolucionista en el Congo.

En su lengua nativa, el nombre del pigmeo significa “amigo“. Éste tenía una esposa y dos hijos, pero fue llevado a Norteamérica encadenado y en una jaula, donde los ‘científicos evolucionistas‘ lo exhibieron al público en la Feria Mundial de San Luis, ¡junto a una especie de monos!,  presentándolo como el “eslabón transitorio más cercano al ser humano“. Dos años después llevaron al pigmeo al Zoológico del Bronx en Nueva York, donde junto a cuatro chimpancés, un gorila llamado Dinah y un orangután llamado Dojung, fue exhibido bajo la denominación de “antiguo ancestro del ser humano“.

El Dr. William T. Hornaday, ‘evolucionista‘ y director del zoológico, pronunció largas disertaciones respecto a lo orgulloso que estaba de tener esa “forma transitoria” excepcional, a quien trataba como a un animal cualquiera. Ota Benga no pudo soportar el trato que se le daba y finalmente, lejos de su entorno, su familia, y en aquel ambiente de circo que le humillaba, terminó suicidándose.

El Hombre de Piltdown, el Hombre de Nebraska, Ota Benga… Estos fidedignos escándalos, demuestran que los científicos evolucionistas, detrás de la honrosa bandera de la Ciencia, no han vacilado en emplear cualquier tipo de método anticientífico para dar validez a su teoría. Al observar toda “evidencia” de la ficción de la “evolución humana” nos topamos con una situación similar. Estamos ante una fábula y una tropa de voluntarios, dispuestos a hacer cualquier cosa para darle validez a la misma. Sin embargo, conocedor del espíritu del hombre, soy conciente de que muchos se darán cuenta del error y rectificarán, vivo convencido de ello.

Contrastando a esa bondad a la que apelo, un par de evolucionistas obsesos, me llaman mentiroso. ¿Dónde está mi mentira? ¿Seguirán buscando el eslabón perdido bacteriano que se vuelve ameba? ¡En las trincheras de los paleontólogos, con un pico y una pala debían estar! Así sudarían un poco y eliminaran las toxinas que inundan sus cerebros, cesando de envenenar la mente de tantas personas que se dejan seducir por la seudociencia que les alimenta.

A los profesionales que siguen el evolucionismo, intentando hacerlo coincidente con los planteamientos bíblicos, les pido, en nombre de Dios, que reflexionen al calor de su Palabra, en una de las últimas advertencias de Cristo que han quedado escritas:

“Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin” (Ap 22:13)

Alfa y Omega: inicio y fin del alfabeto griego, dominante entonces. Es decir, nos certifica que, desde la primera hasta la última de sus palabras son ciertas. Si Él constantemente hablaba de la Creación, diciéndonos incluso que tomó parte vital en ella; ¿cómo vamos a ofenderle, pensando que la casualidad ha jugado algún papel? Tenemos una deuda de gratitud; si no somos capaces de morir en la cruz, al menos no seamos ingratos.


**********