EVOLUCIÓN, MITOCONDRIAS, FÓSILES Y MOMIAS.

septiembre 19, 2008

El incremento de conocimiento sobre el ADN ha traído de la mano la convicción de que cada vez más, el mundo está cayendo en una vorágine de males derivados de mutaciones genéticas. De ahí que una gran parte de los esfuerzos de la medicina estén actualmente dirigidas en esa dirección… y que gracias a eso, cada día aparezcan en los laboratorios científicos nuevos medicamentos y técnicas paliativas ante tanto dolor, atrofia, pérdida de calidad de vida, y en más casos de los que se desea, la propia muerte.

Una de las líneas de la investigación mutacional se dirige hacia la mitocondria, complejo orgánulo que actúa como verdadera central energética en levaduras, plantas, y animales. Exclusiva de células eucariontes, pese a aparecer inscritas en la hebra de su genoma, datos que la relacionan con el ADN celular, se dice en las aulas que ‘floreció’ por casualidad, gracias a un ‘ente turista’ que no contento donde estaba, salió a buscar residencia.

Pero lo cierto es que sus funciones metabólicas son fundamentales para la vida celular; ningún eucariota puede subsistir sin ella, puesto que sujeta el ‘programa vital’ que instaura muchos de sus eventos. Y no es producto de ningún ser endosimbionte, el ADN nuclear lleva inscrita muchas instrucciones que les relacionan: proteína por proteína, no ‘bicho a bicho’. Ningún experimento científico, en ningún momento de las Ciencias ni en ningún punto del planeta, ha podido ver que una instrucción surja por sí misma, y menos que se inscriba por sí misma. Y si algo nos ha enseñado el estudio del genoma, es que primero está la instrucción, y luego la vida; las evidencias las veremos más abajo.

Algunas de las funciones mitocondriales, esenciales para el organismo, son: la oxidación de piruvato procedente de la glucólisis, oxidación de ácidos grasos, ciclo de los ácidos tricarboxílicos, formación de cuerpos cetónicos en los órganos cetogénicos y su utilización en los no cetogénicos, transporte de electrones, fosforilación oxidativa, etc. Cada una de estas actividades respondiendo fielmente a un programa escrito en el genoma, no a un endosimbionte incapaz de ejecutar por sí mismo, sin instrucción de ningún tipo, lo que pocos hombres en el mundo son capaces ni siquiera de entender, luego de quemar pestañas durante años de estudios, en bibliotecas llenas de información científica.

Muchos piensan que el ADN, ‘la gran instrucción’ para crear, desarrollar y mantener la vida embrionaria en todas las especies eucariotas, solo aparece en el núcleo de la célula. Pero hay más que eso; el ADN está organizado en forma de cromosomas, y una célula somática típica, tiene en su núcleo 46 cromosomas. A este número se le llama diploide; o sea, somos diploides porque tenemos 23 tipos de cromosomas… dobles. Nacemos de padre y madre, y cada uno aportó un cromosoma de cada clase. Nuestra madre nos dio 23 cromosomas: uno del 1, uno del 2, uno del 3… y lo mismo ha sucedido con nuestro padre.

Sin embargo, a veces se olvida un cromosoma 47 con el que también hay que contar en el genoma humano, pues posee otra información inscrita y codificada, instruyendo con datos específicos, sobre operaciones metabólicas vitales para la vida: el pequeño cromosoma mitocondrial… interrelacionado con los otros 46 residentes en el núcleo.

¿Y cómo es la mitocondria, el orgánulo que lo contiene, desde el punto de vista genético? Ante todo, digamos que ‘bajo programa inscrito en el ADN nuclear’, se elaboran cientos de miles de proteínas que intervendrán en las funciones metabólicas de todo ser vivo… y que 13 de ellas son procesadas según el propio ADN mitocondrial, por genes que ‘instruyen’ la elaboración de proteínas porteadoras.

Y atención de nuevo: hay varios cientos de proteínas mitocondriales. Así que además de las 13 aludidas, necesita otras… cuyas instrucciones de elaboración están inscritas y codificadas en el genoma nuclear, y son sintetizadas en el citosol. Otra evidencia que descarta un endosimbionte, que, si cayó en paracaídas, los datos ‘inscritos’ en su ADN no tenían por qué ser ‘interactuantes’ con el ADN del núcleo de la célula.

Hay que decir también, que la mutación puntual (cambio de una base nitrogenada por otra) causa más de 50 patologías distintas, entre ellas:

MELAS: (miopatía mitocondrial con encefalopatía, acidosis láctica y episodios similares al ictus). Se debe a una disfunción el complejo I de la cadena respiratoria mitocondrial [OXPHOS], debida a un cambio de bases en el par 3243 de la cadena pesada.

MERRF: (epilepsia mioclónica, fibras rojas deshilachadas): se debe sobre todo a una mutación del gen que codifica el ARNt de la lisina: un cambio de bases en la posición 8344 de la cadena pesada; produce una disfunción del complejo V de la cadena respiratoria.

NARP (neuropatía, ataxia, retinitis pigmentaria): La provoca una mutación del gen que codifica el complejo V de la cadena respiratoria (ATP-asa 6).

LHON (neuropatía hereditaria de Leber): Causada por múltiples mutaciones en los genes que codifican el complejo I (NADH-deshidrogenasa)

A estas ‘puntuales’, habría que añadir gran número de males causados por mutaciones de genes mitocondriales (sordera, síndrome de Ham, etc).

Los investigadores que se esfuerzan en mejorar la calidad de vida de los afectados por mutaciones mitocondriales que producen dolencias de todos los niveles, han logrado establecer cómo se comportan estas mutaciones y las enfermedades que generan en cada una de estas anomalías genéticas. Años atrás, la mitocondria humana no tenía mayor interés para los investigadores de citología, bioquímica y bioenergética. Hoy, sin embargo, está en primer plano de las ciencias biomédicas, y esto se debe, fundamentalmente, a:

– La detección de un revelador conjunto de males genéticos; casi un centenar debidos a mutaciones precisas que provocan sustitución de unas bases nitrogenadas por otras, alterando las proteínas que debían ser sintetizadas. A ello hay que añadir los varios cientos de mutaciones no puntuales, [delecciones, inserciones de fragmentos de ADN…]

– El descubrimiento del ADN mitocondrial como un marcador de gran fiabilidad en antropología molecular; muy útil para los médicos forenses, por su valor como contraste en la identificación de personas o el esclarecimiento de relaciones de parentesco.

– Aumento de los conocimientos sobre la actividad de la mitocondria en el metabolismo celular, y clarificación definitiva de la bioenergética de la mitocondria, en relación con el transporte de electrones, fosforilación oxidativa y la comunión de ambos procesos.

– El hallazgo de su implicación en distintos tipos de cáncer y males neurodegenerativos. Su aportación activa en la apoptosis o suicidio celular, ha despertado un interés exponencial en oncología, pues en condiciones normales, impide la evolución de tumores.

En el siguiente dibujo se ve el mapa genético del ADNmit humano, una molécula circular con 16569 pares de bases, información para 37 genes: dos ácidos ribonucleicos ribosómicos (ARNr), componentes de los ribosomas específicos mitocondriales, 22 de transferencia (ARNt), capaces de leer todo el código genético, y 13 polipéptidos que forman parte de cuatro de los cinco complejos multienzimáticos del sistema de fosforilación oxidativa (sistema OXPHOS). Imaginen esa obra de la ingeniería bioquímica, organizada por un simbionte despistado: una burla al raciocinio; no importan los años que quieran endosarle.

ADN MITOCONDRIAL

ADN MITOCONDRIAL

Pero, y ahora viene lo más importante: el resto de los polipéptidos componentes de estos complejos, así como el complejo II completo, ¡están codificados en el ADN nuclear!

De modo que la variación en las manifestaciones clínicas puede explicarse no solo por la heterogeneidad en las mutaciones del ADNmt, sino también por mutaciones en el ADN nuclear, poseedor de las instrucciones codificadas que regulan la elaboración de gran parte de las subunidades proteicas de la cadena respiratoria establecida en el sistema OXPHOS: la misma que regula la energía de la mitocondria.

O sea, la biogénesis de este sistema constituye un caso único en la célula, ya que para su formación se requiere la expresión coordinada ‘mediante inscripción codificada’, de ambos sistemas genéticos: el nuclear y el mitocondrial ¡Otra evidencia que niega el proceso ‘de endosimbionte a mitocondria’!

Si se ha descubierto una clara interacción de los genomas mitocondrial y nuclear, si ambos genomas tienen las instrucciones codificadas para producir polipéptidos de la OXPHOS; si los dos ADN tienen esas instrucciones INSCRITAS en su genoma: ¿Cómo logró una bacteria endosimbionte, inscribir y codificar en su ADN, datos que no posee el procariota?

Y hay varios ejemplos de esto, reflejados en dolencias. Existe una enfermedad autosómica que implica al menos un gen del ‘más allá’ nuclear, regulando la cuantía de moléculas de ADNmt: el ‘Síndrome de Reducción de ADNmt’, caracterizado por una reducción del número de copias de ADNmt en varios tejidos. El fenotipo clínico incluye miopatía y otras características típicas de las enfermedades del ADNmt… pero debidas a mutaciones en un gen del ADN nuclear.

Por otra parte, la mitocondria integra muchas señales que inician la apoptosis. Y se sabe que la apoptosis es un verdadero sistema de alerta y control, que determina ‘en qué momento’ debe producirse el suicidio celular. Un proceso en el que se también se ven implicadas proteínas diseñadas en el ADN nuclear, actuando como reguladores e interruptores genéticos… procesos que usan varios polipéptidos del OXPHOS regulador de la actividad energética mitocondrial. ¡Un servosistema biológico, innegable!

Se evidencia de nuevo la interacción programada, no ‘simbiótica’, entre mitocondria y núcleo; así como la obvia necesidad de la existencia de ambos según el programa que aparece inscrito en los dos genomas, y que les hace imprescindiblemente interactivos. No se ve azar por ninguna parte, sino una instrucción muy bien diseñada, en base a un programa armónico, perfectamente secuenciado, segundo a segundo, que aparece inscrito y codificado en cada molécula correspondiente.

Los valedores de la Creación no vamos contra la Ciencia. De hecho, estamos seguros que el Señor está orgulloso de cada investigador científico preocupado por su aporte a la sociedad, apoyándole en sus logros. Con su dedicación y sacrificios responden a sus instrucciones sobre la entrega al servicio de los demás; la Biblia los incluye:

Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta. Sin embargo, alguien dirá: ‘Tú tienes fe, y yo tengo obras.’ Pues bien, muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré la fe por mis obras.” [Santiago 2:17]

El pasaje incluye a aquellos que se confiesan agnósticos, pero pasan de buscar evidencias antiDios, y prefieren dar solución a graves problemas producidos por enfermedades. Es seguro que están más cerca del Señor que aquellos que se declaran creyentes, pero apoyan la descendencia de antropoides, negando la misma Palabra del Génesis de Dios… y convirtiendo al propio Creador en homínido:

Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza“.

Resulta innegablemente positivo el hecho del aporte científico a la humanidad, basado en investigaciones sobre ADN mitocondrial, buscando soluciones paliativas al dolor, atrofias, malformaciones y muerte, que causan sus mutaciones. Contrasta en exceso con el otro uso que no he querido mencionar hasta ahora: el denigrante empleo del ADN mitocondrial, para descubrir una virtual fósil Eva de 150000 años, momificada y paciente en el tiempo, esperando casi 100000 años por el fértil espermatozoide de su Adán… que dudo mucho que ‘emergiera’, ante el desagradable encontronazo del primer hombre, con tal esperpento impuesto por los estudios evolutivos.

Tal Eva solo fue otro pretexto del buldózer evolutivo que intenta extirpar a Dios del espíritu humano. Es decir: ningún cientificismo; solo ateísmo fanático, puro y duro… vestido con la bata blanca de los laboratorios, e intentando disfrazar de científico un disparate que va frontalmente opuesto con la necesidad de macho y hembra coincidentes en tiempo. Un dislate que niega el dictado de los cromosomas, bien establecido por la propia Ciencia.


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¿EVOLUCIÓN DE LAS ESPECIES? ¡SOLO POR MILAGRO!

agosto 28, 2008

En la multitud de tus caminos te cansaste; mas no dijiste: ‘No hay remedio’. Hallaste lo que buscabas, por tanto no te arrepentiste. ¿Y a quién reverenciaste y temiste? ¿Por qué mientes; que no te has acordado de mí, ni te vino al pensamiento? ¿No he disimulado desde tiempos antiguos, y nunca me has temido? Yo publicaré tu justicia y tus obras, que no te aprovecharán. Cuando clamares, líbrente tus allegados; pero a todos ellos llevará el viento, y los tomará la vanidad; mas el que en mí espera, tendrá la tierra por heredad, y poseerá el Monte de mi santidad. Y dirá: ‘Allanad, allanad; barred el camino; quitad los tropiezos del camino de mi pueblo’. Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita en eternidad, y cuyo nombre es El Santo, que tengo por morada la altura y la santidad; y con el quebrantado y abatido de espíritu habito, para hacer vivir el espíritu de los abatidos, y para hacer vivir el corazón de los quebrantados. Porque no contenderé para siempre, ni para siempre enojaré; porque el espíritu por mi vistió el cuerpo, y yo hice las almas.” [Isa 57:10-16]

Hace unos días describimos en este blog la imposibilidad de que toda la biología existente en el planeta tuviera un origen común, debido precisamente a la inscripción que aparece codificada en el ADN. El paso de los años y el avance de las investigaciones en todo el mundo, determinó que todos los seres vivos contienen un ADN ‘semejante’, formado a partir de una misma base: los nucleótidos. O sea, el código genético usado al “inscribir” las instrucciones para crear todo tipo de vida, es común a todos los organismos.

Es decir, parte del ADN de un ser humano puede ser ‘leído’ dentro de una bacteria, y también en una planta se puede identificar porciones de la información genética de otra diferente. Así, se considera la información genética de los seres vivos, como “universalidad del código genético”. Pero si toda información genética de la biología del planeta, usa los mismos elementos, las mismas bases nitrogenadas, etc., es porque hemos sido creados para interactuar en un mundo donde todos necesitamos de elementos químicos comunes:

El hombre incorpora animales y plantas en su dieta. ¿Cómo podría ser esto posible si no fueran químicamente compatibles los procesos? Lo mismo ocurre con los animales herbívoros y los carnívoros, así como con los elementos químicos usados por todos, en sus respectivos metabolismos. Y con respecto a que todos descendemos de una misma especie que evolucionó durante miles de millones de años, considero que, desde el razonamiento imprescindible en la única especie ‘diseñada’ para hacerlo, hay potentes ‘razones’ que contradicen y niegan la teoría evolutiva, que dicta que todos descendemos de organismos unicelulares procariotas:

¿Cómo se reinscribieron y recodificaron los datos necesarios para convertirse en eucariota? Ante la necesaria reinscripción y recodificación imprescindible, determinadas por los experimentos científicos, la endosimbiosis y todas las otras fábulas resultan carentes de fundamento: no disponen ni tan solo de una evidencia de laboratorio.

Para que una ballena proviniera de un mamífero terrestre cuadrúpedo, según afirman con tozudez, resulta forzoso que antes fuera cambiado todo el ‘programa’ que aparece inscrito en su genoma… y que al mismo tiempo, este se recodificara. Las cadenas de proteínas necesarias para que se creen las patas, no son las mismas que las que se precisan para que salgan aletas; asimismo toda la morfología del animal responde a los alelos, formas alternas de genes, que difieren en secuencia o función… y que aparecen ya inscritas.

Se pertenece a una especie dada, si se presentan rasgos comunes a ese género: aspecto, conducta [inteligencia, pauta sexual, locomoción…], fisiología [enzimas y hormonas…]. Cada uno de estos distintivos o caracteres, más o menos repetidos en una especie, se ‘HEREDAN’ de los padres a través de los cromosomas, y cada uno se despliega según la información específica para él… presente por inscripción en el ADN nuclear.

Es decir, todo responde a la enigmática escritura que apareció necesariamente en el primer ADN de la primera célula surgida de elementos inorgánicos, y que los quijotes evolutivos quieren minimizar a toda costa, pues ante ella no valen respuestas ambiguas, y encarnan un obstáculo: hay una inscripción clara y específica para cada especie, manifiesta mediante un código; ‘orgánicamente sellada’ en un carrete muy especial, un ‘libro de instrucciones’, que, una vez desplegado, resulta 40000 veces mayor que la célula que lo contiene.

Por esa razón hemos insistido tanto en que para que un lagarto vuele, antes tienen que reinscribirse y recodificarse en el ADN toda la instrucción necesaria para que cambie su morfología. Y, ¿cómo pudo acaecer eso, si la Ciencia dicta que nada se INSTRUYE a sí mismo, se PROGRAMA a sí mismo, se RECODIFICA a sí mismo ni se REINSCRIBE a sí mismo?

El examen a nivel molecular señala que la formación de los aminoácidos no ha sido esclarecida en lo más mínimo por los evolucionistas. La formación de las proteínas es un enigma, pero esto solo es el inicio. La precisa organización celular lleva a los evolucionistas a otro aprieto: una célula no es una cantidad de proteínas estructuradas por aminoácidos; sino un dispositivo vivo, con cientos de sistemas desarrollados, y tan complejos, que el hombre es incapaz de resolver su incógnita. No pueden explicar su complejidad, como así tampoco la formación de las unidades básicas de la célula.

Jamás han logrado suministrar una elucidación coherente sobre la presencia de moléculas que son la base de la estructura celular. Por el contrario, la ciencia genética y el hallazgo de ácidos nucleicos ADN y ARN, ha desatado nueva dificultad para la teoría de la evolución.

Meditemos: el cuerpo humano contiene un trillón de células, y cada una con seis pies de ADN; así que nuestros cuerpos suman ¡más de un billón de kms de ADN! La molécula ADN, en el núcleo de cada una de ellas [fundamentalmente en los cromosomas], contiene el plan de obra completo de la vida. La información respecto a las características de la persona, la apariencia física y hasta la estructura de los órganos internos, están registrados en el ADN por medio de un sistema de código especial.

Todas las diferencias estructurales entre las personas dependen de las variaciones en las secuencias de estas letras. Un banco de millones de datos, compuesto solo de cuatro letras; la forma en que estas letras están combinadas ha dado origen a toda la complejidad de la vida. ¿Pudo haber surgido eso por casualidad? Y aun si trillones de casualidades hubieran coincidido: ¿cómo lograron inscribirse y codificarse esos millones de datos, en la hebra del ADN, sin factor externo?

El orden secuencial de las letras establece la estructura del ser humano hasta el milímetro. Además de rasgos como el peso, los ojos, el color de la piel y del cabello, el ADN de una sola célula contiene también el diseño del esqueleto humano; un conjunto organizado de 206 piezas óseas que facilitan al cuerpo humano una firme morfología multifuncional: movilidad, defensa, sustento… excepto el hueso hioides, aislado del esqueleto, todos los demás se articulan entre sí. Un soporte de estructuras conectivas complementarias: ligamentos, tendones, cartílagos, huesos, 600 músculos, una red de 2 millones de nervios ópticos, 100 billones de células nerviosas, kilómetros de tejido venoso…

Si escribiésemos la traducción de toda la instrucción codificada en el ADN, se compilaría una biblioteca gigante, de 900 enciclopedias con 500 páginas cada una. Y tal increíble y PRAGMÁTICA mole de ‘instrucciones’, está codificada en los genes. ¿Puede ese ADN pasar a existir por casualidad?

Hay algo vital, que merece atención: un error en la secuencia de los nucleótidos que componen un gen, convertiría al mismo en completamente inútil. Cuando se considera que en el cuerpo humano hay 25 mil genes, se hace obvio lo imposible que resulta que millones de nucleótidos que integran esos genes se formen por casualidad en la secuencia correcta. El biólogo evolucionista, Frank Salisbury, lo comenta:

“Una proteína media incluye unos 300 aminoácidos. El ADN que controla esto tiene unos mil nucleótidos en su cadena. Dado que hay cuatro tipos de nucleótidos en la cadena de ADN, una que consiste de mil enlaces o uniones podría existir en 4 elevado a 1000 formas. Usando un poco de álgebra (logaritmos), se ve que 4 a la 1000 = 10 a la 600 potencia. ¡Diez multiplicado por sí mismo 600 veces da una cifra igual a 1, con 600 ceros!”

Un 10, seguido de once ceros, forma un billón; una cifra con 600 ceros es muy difícil de concebir; va más allá de nuestra comprensión. Esta imposibilidad de formación de ARN y ADN, por acumulación casual de nucleótidos, la expresó el científico francés Paul Anger:

“Tenemos que distinguir rigurosamente los dos escenarios en la formación fortuita de moléculas complejas, como los nucleótidos, por medio de acontecimientos químicos: la producción de nucleótidos uno por uno, lo cual pudiera ser posible, y luego, la mezcla de los mismos en frecuencias muy especiales. Esto último es absolutamente imposible.”

Incluso Francis Crick, quien creyó en la teoría de la evolución molecular durante muchos años, se dio cuenta, después del descubrimiento del ADN, que una molécula así de compleja no se podía formar fortuitamente como resultado de un proceso evolutivo:

“Un hombre honesto, provisto del conocimiento actual, solo podría decir que el origen de la vida se presenta casi como un milagro.”

También el profesor evolucionista Ali Demirsoy se vio forzado a hacer la siguiente confesión en la materia:

“De hecho la probabilidad de la formación de una proteína y un ácido nucleico (ADN-ARN) es realmente incalculable. Por otra parte, la posibilidad de la aparición de una cierta cadena de proteína es tan ínfima, que resulta astronómicamente improbable.”

Llegados a este punto, tropezamos con uno de los escenarios más complicados para poder ser explicados desde la teoría evolutiva: el ADN se replica con la ayuda de ciertas enzimas, que en realidad son proteínas, pero la síntesis de estas, solo se puede elaborar mediante la información que aparece codificada en el ADN. Es decir, ambos dependen uno del otro, se interrelacionan, y deben existir simultáneamente. El microbiólogo norteamericano Jacobson comentó, solo dos años después del develamiento de la estructura ADN por Watson y Crick:

“Las órdenes de los planes reproductores, para el desarrollo de la secuencia [proteica] y para la eficiencia del mecanismo que traslada las instrucciones que desarrollan el conjunto, tuvieron que estar presentes simultáneamente [al inicio de la vida]. Esta combinación de sucesos se ha presentado como un acontecimiento accidental increíblemente improbable, y a menudo ha sido adscrito a la intervención divina.”

Sin embargo, pese al avance tecnológico, el problema sigue sin ser resuelto. Los científicos alemanes Junker y Scherer, explicaron la necesidad de condiciones diferentes para la síntesis de cada una de las moléculas requeridas por la ‘evolución química’, así como que era prácticamente imposible la mixtura de las substancias implicadas:

“Hasta ahora, no hay ningún experimento con el cual podamos obtener todas las moléculas necesarias para la evolución química. Por lo tanto, es esencial producir distintas moléculas en distintos lugares bajo condiciones muy apropiadas y luego llevarlas a otro lugar para su reacción, protegiéndolas de los elementos dañinos como la hidrólisis y la fotólisis.”

Dicho de otra forma: ni el darwinismo renovado es capaz de demostrar ninguna de las etapas evolutivas que supuestamente ocurren a nivel molecular, desde el cacareado paso procariota-eucariota. Y es el propio progreso de la ciencia, quien les niega; sin embargo, los evolucionistas crean sus escenas imposibles como si cada una de ellas fuese realidad científica. Prefieren denigrarse aferrados a absurdos, que aceptar la lógica de la Creación. El acreditado biólogo, Michael Denton, lo explica en ‘Evolution: A Theory in Crisis’:

“Para los escépticos, la proposición de que los programas genéticos de los organismos más elevados, consistentes en cerca de mil millones de bits de información, equivalente a la secuencia de letras en una pequeña biblioteca de mil volúmenes, conteniendo ‘incontables formas codificadas’, miles de confusos algoritmos que controlan, especifican y ordenan el crecimiento y desarrollo de billones y billones de células, de un cuerpo complejo, fueron mezclados por un proceso fortuito, resulta una afrenta a la razón. ¡Pero para los darwinistas, que aceptan la idea sin la mínima duda, el ejemplo tiene prioridad!”

“Porque las cosas invisibles de Él; su eterna potencia y divinidad, se ven entendidas por la Creación del mundo, y por las cosas que son hechas, para que no haya excusa; porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; antes se desvanecieron en sus fantasías, y el tonto corazón de ellos fue entenebrecido”. [Rom 1:20-21]

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EVOLUCIÓN NEGADA POR CALCIO INTRACELULAR.

agosto 24, 2008

Desde hace algún tiempo vengo haciendo énfasis en la imperiosa necesidad de que seamos capaces de explotar el nivel de información entregado por el mundo científico, según nuestro propio nivel de deducción: el que nos ha concedido el Dios Creador. Así evitaremos que ningún mal intencionado logre desviarnos de la Verdad de la Creación, mediante el control, e incluso la dirección, de nuestra forma de analizar.

Hace solo unos días, estuve leyendo las consideraciones finales sobre el Mandato de la UNESCO y del Consejo Internacional para la Ciencia. En uno de sus párrafos se señalaba:

“El pensamiento científico consiste, esencialmente, en saber examinar los problemas desde diferentes ángulos, y en investigar las explicaciones de los fenómenos naturales y esenciales, sometiéndolos constantemente a un análisis crítico.”

Y como respuesta a este consejo, venido de gente capacitada para darlos, nos vemos por ejemplo con la posición del ‘poco caso’ proveniente de estudiosos evolutivos, ante un hecho significativo: ‘la barrera de 20 aminoácidos no es absoluta’. En algunos casos raros, ciertos organismos tienen la capacidad de utilizar los inusuales aminoácidos selenocisteína y pirrolisina, ligeras modificaciones de los aminoácidos cisteína y lisina… y a esa rareza, como se desconoce el ‘¿por qué?’, se la justifica diciendo que es producto de… ¡una evolución!

Así funcionan las cosas en la ‘prisa’ evolutiva; y luego pasa lo que pasa: la Ciencia avanza, se halla la respuesta… y vergüenza por la ignorancia evidenciada y el ‘desconocimiento’ trasmitido. Puede o no existir la contrición, según el educador; pero el daño ya está hecho a las generaciones engañadas en cada falso dato.

Mas hoy me gustaría hablar sobre el aumento de calcio intracelular (Ca2+i). El ion calcio es un ‘mensajero’ involucrado en procesos tan diversos como la contracción muscular, la muerte por apoptosis [muerte dirigida por el misterioso programa orgánico], y la división celular, entre otros. La regulación de la concentración de calcio intracelular es muy compleja y trascendente: las células bombean calcio desde el citoplasma al medio externo para mantener una concentración en reposo, y otra en el exterior. ¿Puede haber surgido desde el azar, este proceso ‘inteligentemente’ controlado? Veamos:

Diferentes señales externas aumentan el calcio en la célula, al abrirse canales permeables al catión que lo generará, y permitiendo su entrada al citoplasma, desde los depósitos intracelulares o desde el medio externo. Y en realidad existe una gran variedad de canales permeables al calcio… que son modulados por diferentes ‘señales preconcebidas de antemano’, y que pueden ser: voltaje, hormonas y neurotransmisores, segundos mensajeros como el IP3 o el propio calcio, entre otros. Luego, tal aumento de calcio activa receptores intracelulares como la calmodulina, que a su vez ‘regulan’ diferentes efectores, como pueden ser otros canales iónicos o complejos de cinasas-fosfatasas… los que en verdad provocan cambios en la conducta celular.

Esto, dicho así, parece descrito en chino para muchos, así que propongo desglosarlo paso a paso, para que se vea más claro:

En el caso de la contracción muscular, durante ese proceso, la energía de las reacciones químicas en el músculo puede ser convertida en trabajo útil, permitiendo a los humanos la locomoción, y el ejecutar acciones directas. Hay gran variedad de músculos en los cuerpos de los diferentes animales, y la estructura de cada uno de ellos se adapta a su función particular, evidenciando diseño por todas partes. Pese a la gran pluralidad entre músculos, parece que el mecanismo básico del proceso contráctil es el mismo: la adenosina trifosfato (ATP) se disgrega e interactúa con dos proteínas, miosina y actina.

El sistema nervioso controla la acción; así la fuerza y el movimiento se ajustan a la tarea a realizar. El cerebro y la espina dorsal coordinan esta acción mandando ‘señales’ en forma de estímulos nerviosos, que viajan a lo largo de las fibras nerviosas, hasta los músculos. La fibra nerviosa activadora, y la fibra muscular activada, forman una unidad motora. Los movimientos son coordinados variando el número de unidades motoras activadas y la frecuencia de la activación de cada una de ellas. Las reacciones químicas proveen la energía para la contracción muscular, y la sangre brinda el ‘combustible’ para esas reacciones, removiendo los desechos resultantes.

Razonando que hablamos de ‘señales’ de tamaños microscópicos, ¿cómo pueden suceder estas, si no es como respuesta a un programa pre-establecido? ¿Resulta razonable y científico pensar que todo ello es producto de situaciones aleatorias y casuísticas en el tiempo… por mucho que incrementemos este?

El otro hecho en el que interviene el calcio intracelular: la muerte por apoptosis o muerte programada, determina que la célula se condense y se fragmente en pequeños cuerpos apoptóticos, manteniendo en cada uno la integridad de la membrana plasmática. Estos son luego fagocitados por macrófagos o por células vecinas. El proceso es muy rápido: la célula se esfuma sin dejar rastro y sin liberar su contenido al espacio intercelular.

La apoptosis, es un suicidio celular. La célula muere mediante un proceso predeterminado, un programa biológico, activado por señales externas, o provenientes de la misma célula. A nivel de la membrana celular existen receptores, entre los cuales los más notables son los receptores Fas, que al ser activados por ligandos específicos, desencadenan una serie de señales en el interior de la célula, que determinan la activación de proteasas: enzimas que cortan las proteínas intracelulares.

Estas proteasas específicas, denominadas ‘caspasas’, provocan una cadena de eventos, caracterizada sobre todo por la destrucción del citoesqueleto, proteínas que sirven de sostén o infraestructura de la célula, determinando el colapso celular. La orden de comenzar el proceso de autodestrucción también puede provenir del interior de la misma célula, bien sea porque ya ha completado su ciclo vital y el ‘programa’ interno lo dicta, o debido a que, altruistamente, una célula invadida, por ejemplo por un virus, activa su autodestrucción para impedir que el virus se siga replicando y se propague. Otra evidencia de diseño y programa inteligente.

Y por último, concentrémonos en otro escenario donde interviene el calcio intracelular: el de la división celular. Las metástasis, los temidos cánceres a distancia, parecen guardar relación con un comportamiento anómalo y aberrante de las moléculas encargadas de frenar la división celular. Joan Massagué, Licenciado en Farmacia y doctor en Bioquímica, así como director del programa de Biología Celular del Memorial Sloan Kettering Cancer Center de New York, y asesor del Parque Científico de Barcelona, ha desarrollado un excelente trabajo sobre esto.

— ‘Todo proceso biológico tiene su cara y su cruz, su acelerador y su freno’— señala el investigador, en referencia a la división celular.

El freno se conocía con bastante aceptación; no así ‘el acelerador‘ ni cómo éste se activa. La pionera respuesta de este investigador, puso por primera vez al descubierto la existencia de un doble sistema de activación-inhibición que, al contrario de otros procesos biológicos, no depende de moléculas distintas sino de una sola. Según la asociación de esta, la célula ‘recibirá’ o no, la orden de detener la división celular.

Años atrás, el propio Massagué logró identificar y purificar la proteína TGF-beta, una hormona que se libera localmente en todos los tejidos en que, como la piel, las mucosas intestinales, la sangre o las glándulas mamarias, existe una constante renovación de sus células. En estos y otros tejidos, la decisión de ‘crecer o no crecer, vida y muerte’, exige un fino equilibrio para que el sistema no se vaya al traste… y esto también está programado:

TGF-beta, ‘transmite’ la orden’ de detener la maquinaria de división celular. Se ha probado en muchos experimentos que su ausencia promueve que las células crezcan y se diseminen de forma desordenada, creando tumores. Su existencia, en cambio, favorece el proceso inverso aunque, en ciertos casos, su presencia no basta para controlar totalmente el mecanismo. ‘En tejidos normales, hay un balance entre este factor y los que suscitan la división celular’. Es decir: se para si es conveniente, si no, se sigue lo establecido… otra evidencia de diseño y programa, no de la incongruente ‘casuística inteligente’.

Sin embargo, conocido el factor, había aun muchas preguntas en el aire. La esencial era la relativa a su mecanismo de acción; es decir: ¿cómo llega hasta la célula y cómo, una vez ahí, se las ingenia para transmitir la orden de interrumpir la división?

Los primeros elementos en surgir a la luz fueron los llamados inhibidores de la división, unas proteínas que, en presencia de TGF-beta, ‘echan literalmente el freno’. En el laboratorio de Massagué se descubrieron la p27, la p15 y la p21, que junto a la p53, conforman los principales ‘bloqueadores profesionales’ de la división; se sabe que su alteración o la mutación del gen que las codifica está implicada en la mayor parte de cánceres conocidos.

— ‘Sería demasiado inocente pensar que un solo elemento controla el proceso’— continúa el investigador.

Descubrió que el anclaje de TGF-beta incita la activación de unas proteínas que se hallan ‘flotando’ en el interior de la célula. Son las ‘SMAD’, que una vez activadas, se dirigen al núcleo de la célula, para interaccionar con el producto de determinados genes. ‘Las SMAD activadas llevan la orden: ‘no te dividas más’. Si su acción se ceba en los genes de las proteínas p27, p15 o p21, la célula echa el freno. El descubrimiento de estos receptores, así como de las SMAD y de las proteínas ‘p’, han convertido a Massagué en el segundo investigador más citado del mundo en biología molecular.

En ciertos tumores, en especial el de mama, el equipo de Massagué comprobó que echar el freno no era suficiente. De algún modo, el programa biológico continuaba activo, algo que sólo podía ser debido a que la célula mantenía el pie sobre el acelerador de la división. La siguiente pregunta resultaba obvia: ¿cuál es y cómo funciona ese acelerador?

La respuesta vino de la mano de la genómica. Un experimento con chips de ADN reveló, tan solo un par de años atrás, la presencia de 300 genes afectados por la presencia de la hormona TGF-beta. Un experimento ulterior reduce ese número a tan sólo media docena de genes. Entre ellos están los ‘p’ conocidos, y otros nuevos: los ‘myc’, que en presencia de la proteína SMAD activada, son silenciados. El propio investigador explica:

‘Por tanto’, tenemos un ‘programa’ en el que hay unos genes que cancelan la maquinaria de división y otros que incrementan la actividad de los bloqueadores profesionales’. O lo que es lo mismo, la proteína activada ‘quita el gas y aprieta el freno al mismo tiempo’.

Y aquí, volvemos a lo que he venido repitiendo constantemente: Todo programa señala a un programador, y si el empirismo científico nos dicta que primero está el programa de la vida, y luego surge la vida, ¿por qué no desarrollar la línea de investigación en la dirección que señalan todas las evidencias, en lugar de hacer todo lo posible por camuflarlas?

Tal como se alertó que pasaría, en 1Co 1:19:

“Destruiré la sabiduría de los sabios; frustraré la inteligencia de los inteligentes.” ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el erudito? ¿Dónde el filósofo de esta época? ¿No ha convertido Dios en locura, la sabiduría de este mundo?”

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P53: PROTEÍNA PENSADA, NO CASUÍSTICA.

mayo 7, 2008


UNA GUARDIANA DEL GENOMA. 

A nadie que haya leído algún artículo de este blog, se le escapa que lo que intento en cada trabajo es demostrar que toda la vida biológica del planeta constituye un intenso alarido en favor de una inteligencia creadora, solo imposible de escuchar en un mundo de sordos… o de personas que se tapan los oídos con el propósito de desterrar del corazón humano al Creador de todo lo que existe.

Mi objetivo es contrastar el evidente diseño e inteligencia manifestada en cada obra de Dios, con el desarrollo ‘azaroso‘ o ‘casuístico‘ que propugna la teoría de la selección natural, reflejada por Darwin en su libro ‘El origen de las especies’. Publicado el 24 de noviembre de 1859, y articulado en 1871 con su otra obra cumbre del sin sentido: ‘El origen del hombre’, que dicta que descendemos de monos (Porque, un tipo de mono, no es más que un mono, por mucho que alguien se proponga ponerle un disfraz a la expresión), constituyeron el climax del asalto antibíblico, en toda la historia de la humanidad.

El arma de la cruzada de hoy, es la proteína P53, nominada en el 1994 como ‘molécula del año‘ por la revista ‘Science’, provocando la atención del mundo científico. Luego del ensayo en el que se vio involucrada, nació un gran interés entre los estudiosos de la oncología, abriendo nuevas puertas a la expectativa en la lucha contra el cáncer.

Llegado a este punto, es necesario dar una pincelada para hablar del malo de la película: el ‘oncogén‘: un gen que fue normal (‘protooncogén’), pero que cambia sus características luego de una mutación. Junto a otros mutantes, forma el ejército atacante, responsable de la transformación de una célula normal en una maligna, dando lugar a un determinado tipo de cáncer. En el hombre se han identificado y secuenciado más de 60 oncogenes en los diferentes cromosomas del genoma, formando un conjunto muy heterogéneo de enfermedades malignas que harán todo lo posible por acabar con una vida.

El inicio de tumores en el humano o el desarrollo de oncogenes, ocurre como resultado de múltiples eventos genéticos que incluyen la pérdida de actividad de genes que fueron ‘pensados‘ para que actuaran como supresores de tumefacciones. Es el caso de P53.

La proteína p53, se halla en un estado latente y no-funcional en las células no expuestas a agresiones. En condiciones de ataque o daño celular, p53 se activa, de una forma casi mágica: incrementa sus niveles, principalmente aumentando su vida media. Como parte de un eficaz dispositivo, diseñado como ‘sensor‘, comprueba cualquier anomalía a nivel celular; si su ‘programa‘ la considera ‘fatal‘, detectando un tumor, actúa provocando la aptosis o muerte celular, de manera definitiva y autoritaria, sin nada que se lo impida: ‘Muerto el perro, se acabó la rabia‘.

Pero, y atención aquí: también hay capacidad para definir que el daño no es tan grande como para ‘suicidar‘ la célula; en ese caso, siempre en condiciones normales, en ausencia de mutaciones, se ha previsto otro aliado: la proteína MDM2, encargada de controlar a  P53, uniéndose a dicha molécula e impidiendo que se inicie el mencionado proceso. En ese caso, P53 solo detiene momentáneamente la multiplicación celular, hasta recibir un mensaje de vuelta a la normalidad y el metabolismo pueda reiniciarse sin problemas.

La evolución plantea que este proceso se perfeccionó a sí mismo, luego de miles de millones de años, aunque jamás han podido demostrarlo, ya que ni siquiera se ha logrado crear una simple célula en sus sofisticados laboratorios. Algo incoherente, pues, aun aceptando que lo orgánico surgió de lo inorgánico por autogestión, nos queda la otra pregunta: ¿Por qué está indicado todo el proceso de construcción del ser vivo, sea lo que sea, en un lenguaje codificado? ¿Quién codificó ese lenguaje y diseñó las precisas instrucciones? Pregunta incómoda, jamás respondida de forma convincente por la ‘selección natural.’

En las aulas, la teoría evolutiva ‘enseña‘ un surgimiento del azar. Pero veremos que todo en realidad se deriva de un proceso complejo y ‘altamente organizado‘; un ‘software‘ que asegura una completa y exacta operación. Su control es regulado por la actividad de varias proteínas que, como una maquinaria perfecta, actúan de manera armónica y eficaz.

Si lo extrapolamos a las funciones que desempeñan las proteínas en el desarrollo del cuerpo humano, notamos que son muchas e importantísimas, pues intervienen en la formación de los elementos esenciales de todo el organismo, las enzimas y las hormonas reguladoras del metabolismo; así como en los anticuerpos destinados a combatir las infecciones. Siendo las encargadas además, de producir la regeneración del cabello y de las uñas que, lentamente, crecen durante toda la vida de una persona.

Nada resulta casuístico; todo está programado para minimizar errores. De nuevo el procesado esquema precursor imprescindible: no es posible toda esa actividad que se manifiesta en sí misma como cognoscitiva, si no hay detrás una inteligencia ejecutora. Cada elemento conoce su función, y actúa para que la compleja maquinaria de la vida funcione tal y como fue ‘dispuesta‘, aunque a muchos les dé ‘yuyu‘ reconocerlo, y caigan en la irresponsabilidad docente de instruir que el azar es un hecho probado.

La proteína ‘mdm2’ también es parte activa de un ‘programa inteligente‘; la evidencia es que ya aparece planificada y codificada su presencia en el ADN, por el gen MDM2 que la ‘bautiza’. Esta proteína corresponde a uno de los factores nucleares que regulan el ciclo celular en la transición de las fases G1, (el intervalo entre el fin de la mitosis y el inicio de la síntesis de ácido desoxiribonucleico o ADN), hacia la replicación del ADN (un proceso conocido en genética como ‘S’).

P53 fue concebida para disminuir la probabilidad de que se generen clones celulares y defectos genéticos (mutaciones, delecciones, inversiones). Actúa como ‘guardián del genoma‘. Se ha observado que la pérdida de p53 conduce a un incremento en la inestabilidad genómica, debida a un descenso en la tasa de reparación del ADN durante la recombinación homóloga, lo cual evoca su importancia.

Teniendo en cuenta que p53 es una proteína con funciones críticas para la célula, no es de extrañar que su actividad esté regulada por mecanismos múltiples. La proteína p53 inactiva se localiza en el citoplasma a baja concentración y tiene una vida media relativamente corta, de unos 20 minutos. Bajo estas condiciones, la proteína p53 debe recibir señales o sufrir modificaciones que la activen, para resultar funcional.

Las señales o sucesos que motivan su activación, están principalmente asociados a situaciones de estrés celular, como ocurre al dañar el ADN por radiaciones ionizantes o por ultravioleta o al reducir el contenido de nucleótidos por inhibición del metabolismo de síntesis (efecto de la quimioterapia) o al privar del suministro adecuado de oxígeno, por activación de oncogenes que disparan altos índices mitóticos o por cambios en moléculas ‘redox‘ en la célula, que alteren la transferencia de electrones.

Estos estímulos inducen un rápido incremento en los niveles de proteína p53 en la célula, tanto por el aumento en su estabilidad, como por su activación bioquímica, lo cual le permite actuar como factor de transcripción, unirse al ADN, y regular sus genes. La duración y la cinética del aumento de los niveles altos de proteína difieren según cual haya sido el factor productor de la activación. Las señales y las rutas de p53 son tan complejas, que todavía están en fase de estudio.

La inducción de esta proteína, en respuesta a daños en el ADN, no procede del azar, sino que está regulada. La detección de roturas en esta molécula, es una de las primeras señales que lleva a la inducción de p53. Este hecho se corroboró, usando microinyección nuclear de ADN. Los resultados sugerían que daños de cadena simple, superiores a 30 nucleótidos, y una sola rotura de doble cadena, ya eran suficientes para inducir parada del ciclo celular dependiente de p53.

Tras el daño se produce un ágil aumento de sus niveles en la célula; debido principalmente a cambios en la vida media de la proteína y al incremento de la traducción de su ARN mensajero. El crecimiento en los niveles de p53 suele ser proporcional al daño producido en el ADN, siendo, por ejemplo, diferente para distintas dosis de radiación. De esta manera también varía la respuesta celular: bajos niveles de p53 debidos a poco daño en el ADN, inducen la parada del ciclo celular; altos niveles de p53 debidos a un gran daño en el ADN hacen que la célula entre en apoptosis.

La célula tiene sistemas sensores para reconocer el perjuicio sufrido, sean roturas de cadena o escisiones provocadas, por ejemplo, por dímeros de timidina durante la irradiación ultravioleta, uno de los resultados de una larga exposición al sol en un bonito (pero potencialmente mortal a largo plazo) día de playa. Entre estos sensores se encuentra la proteína AT, descrita en un artículo anterior, cuya función normal está implicada en los procesos de señalización tras averías en el ADN, hacia los moduladores del incremento de p53. Posiblemente (en estudio) envíe también señales a otras proteínas efectoras y es capaz, además, de unirse por sí misma a extremos de ADN, sitios donde su reparación es necesaria o lazos internos de delección.

Otra evidencia de inteligencia programada, que implica a Mdm2 y p53, viene de la observación de que la proteína p19ARF (en el caso del ratón), puede estabilizar p53, obstaculizando una Mdm2 alterada. Estudios recientes indican que p19ARF ‘secuestra‘ a la proteína Mdm2 en el nucleolo, impidiendo que acceda al nucleoplasma, donde degradaría a p53; así esta logra destruir la célula maligna.

En resumen, la actividad de p53 depende, no solo de su enorme potencialidad para actuar como factor de transcripción sobre genes asociados a las funciones que regula: parada del ciclo celular, reparación del DNA, y angiogénesis o apoptosis, sino que la respuesta final también la dan aquellas proteínas con las que interacciona.  Sin duda, esta relación con otras proteínas capaces de regular su actividad, y el espectro de expresión de genes regulados por p53, definirán la función de esta apasionante molécula, que a pesar de los más de 25 años de su descubrimiento sigue siendo objeto de atención por estudiosos básicos y clínicos, y cuyo análisis constituye uno de los ejes de investigación en oncología.

Finalmente, señalar que la proteína mdm2, auxiliar de P53, tiene un peso molecular de 90 kilodaltones, unidad de masa atómica, pues su minúsculo tamaño imposibilita su expresión en gramos o adarmes. ¡Y está formada por 491 aminoácidos! La incomprensión de la lógica evolutiva de la casualidad nos abarca, si sabemos que no hablamos de un atleta olímpico, un vigilante de 1.90 ms y 100 kilos de peso, sino de elementos microscópicos, millones… y cada uno consciente de cuál es su trabajo, el que acometen con dedicación y fidelidad hasta su muerte.

En 1869, el biólogo suizo Miesscher, usó alcohol caliente y una pepsina enzimática que separa la membrana celular y el citoplasma de la célula. Quería aislar el núcleo celular; concretamente en los núcleos de las células del pus obtenidas de los vendajes quirúrgicos desechados, y en la esperma del salmón. Así, identificó a un nuevo grupo de substancias celulares a las que denomino ‘nucleínas‘, observando la presencia de fósforo. Luego Richard Altmann los identificó como ácidos y les dio el nombre de ácidos nucleicos.

En base a estos trabajos, en 1953, los ingleses Watson y Crick descubrieron la estructura molecular del ADN; precisando que la información genética es codificada, almacenada y procesada luego, inteligentemente, por el traductor elegido. Un mecanismo que refleja cognición desde el primer código ensamblado, y que anula el marcado interés evolucionista, desde su irrazonable casualidad, por sacar a Dios de la fórmula de la vida.

Todo intento por volver a los pinzones de Darwin y los cambios naturales de las especies, quedan obsoletos ante la nueva situación creada con el ADN y su información de ‘recetario de laboratorio’ que nadie puede explicar cómo surgió por sí misma.

¡La Gloria y el Honor al diseñador de P53 y todos sus asociados! Un ejemplo de Sabiduría tan grande, que la Ciencia aun está intentando descifrar sus abundantes enigmas, pese a las absurdas conclusiones de pájaros con picos cortos o largos, mariposas blancas o grises, todos los adelantos tecnológicos, la genómica comparada, la inteligencia de sus biólogos, y el más de medio siglo transcurrido desde el develamiento de la ‘científica‘ cadena de doble hélice.

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TELÓMEROS: NO EVOLUCIÓN, SINO DISEÑO Y CREACIÓN

abril 22, 2008

LA TELOMERASA: ESA GRAN ANTIEVOLUCIONISTA.

Hoy he estado leyendo sobre el ‘Diario Intimo de Unamuno‘, escrito a partir del 9 de abril de 1897, en su retiro de Alcalá de Henares, en el Oratorio de San Felipe Neri, durante sus ‘Meditaciones’, en las que dejó evidencia de su contraposición entre “razón” y “verdad”, “dogma” y “misterio”, “pensar” y “meditar”.

En unos de sus párrafos leí: ‘¡Conócete a ti mismo!… ¡No eres inconocible, conoce tu obra y llévala a cabo! Y, ¿cuál es mi obra? Hay algo más que conocerse (o llevar a cabo su obra) y que amarse, y es: serse. ¡Séte a ti mismo, sé tú mismo y como eres nada, sé nada y déjate perder en manos del Señor!’

Más adelante me llamó la atención otra reflexión:

…”y siembro sin volver hacia atrás los ojos, no sea que me pase lo que a la mujer de Lot; siembro mi grano mirando siempre al porvenir, que es el único reino de libertad, y dejo a la tierra que lo fecunde, y al aire, al agua y al sol que lo fomenten. ¡Ah! ¡Si en vez de inquietarnos por el sembrado grano siguiéramos sembrándolo!”

El narrador, expresó aquí una teoría del espíritu: ‘El espíritu es una semilla depositada en el momento del nacimiento, que cada individuo tiene que cultivar construyendo la propia identidad; el destino propio que cada uno de nosotros tenemos que darnos en la vida: ese tiempo que discurre entre el nacimiento y la muerte.’

Como Unamuno, cada ser humano siente “ansia de no morir“, “hambre de inmortalidad” o “anhelo de eternidad“. Y aunque solo a través de Jesucristo el hombre se abre con posibilidad real ante la perspectiva de derrotar a la muerte, vivir en otro mundo, y descansar eternamente en un paraíso ajeno al dolor, la miseria y la angustia, vemos que, frente a lo inexorable del envejecimiento y del fin de la vida, las personas han buscado la fuente de la eterna juventud… o al menos alguna pista que llevara hasta ella, en otra dirección, durante siglos.

Eso ha generado, a través de los tiempos, infinidad de ficciones enriquecidas con mitos y leyendas de todo tipo, que siempre acaban con elixires mágicos, raíces con propiedades rejuvenecedoras, y muchas cosas más de las cuales es preferible no hablar. Mas lo cierto es que en este plano dimensional, no hay ni habrá eternidad.

A partir del desarrollo de la genética molecular, se llegó a un cuadro más real y exacto de lo que es la vida, y cómo influye la información contenida en el ADN individual, sobre el poder durar más o menos años. Así, en su permanente búsqueda de trascendencia, el hombre está tratando de evitar, o al menos retrasar, el irrefutable deterioro que se alcanza durante su ocaso. La ciencia centra sus expectativas en el campo genético, razonando que la clave de avería orgánica incremental con los años, está en el ADN.

De hecho, ya se han aislado genes que parecen provocar el detrimento gradual de la piel, y que debilitan la eficacia del sistema inmunológico; por ejemplo el gen responsable del síndrome de Werner, un trastorno que provoca una vejez prematura en sus víctimas, cuya mayoría muere antes de los 50 años. Pero, para frenar el proceso de decadencia humana sería necesario tener en cuenta la actividad de muchos genes y no de uno solo.

Hay científicos que dictan que esta batalla podría ganarse de forma muy distinta: quitando radicalmente calorías de la dieta, y provocando así una combustión menor de energía que permitiría vivir más de siglo y medio. Mas, hoy por hoy, se piensa que la clave de declive está en el proceso de división celular, y que el reloj biológico que controla la vida de cada célula, es el ‘telómero’, el ejecutor de regiones terminales de todos los cromosomas; tanto de los eucariotas como en ciertos cromosomas procariotas lineales.

El telómero, situado en los extremos de los cromosomas, a manera de capucha, protege estas terminaciones frente a la degradación; asimismo, se encarga de resguardar la unión de los extremos del ADN, mediante la elaboración de ciertas enzimas reparadoras.

Previamente a la división celular, la célula duplica su ADN, incluida la secuencia de bases que constituyen el telómero. Sin embargo, en una célula normal, la maquinaria de replicación no es capaz de copiar la totalidad de la secuencia del telómero ‘apuntada‘ (no casuística), en una de las hebras del ADN, en el cromosoma. Como resultado, el telómero se hace cada vez más corto en cada replicación.

¿Fue siempre igual? Los cristianos pensamos que no; la Biblia enseña que las primeras 10  generaciones de hombres, de Adán (930), Matusalén (969) hasta Noé (950), vivieron cerca del milenio, precediendo a otras 10, desde Sem (600 años), hijo de Noé, hasta Abraham (175 años), que fueron bajando gradualmente.

Es decir, las revelaciones de la Ciencia confirman, una vez más, las enseñanzas bíblicas: la pérdida de información genética durante generaciones, prácticamente ha determinado la ‘duración de la vida‘, a través de la historia del hombre. Los telómeros, definidos por los propios investigadores como el ‘reloj biológico‘ con el que cuentan los seres vivos, lo ratifican.

Su desgaste, luego de varios ciclos celulares, limita la función protectora para la cual fueron ‘diseñados‘ por el Creador; así, el cromosoma se hace inestable, se crean errores de segregación, aparecen anomalías y diversos tipos de mutaciones. Las células que presentan estos defectos, no solo son incapaces de duplicarse, sino que dejan de ser viables, activándose los procesos de apoptosis: ‘muerte celular programada‘, no casuística ni azarosa, según enseña la teoría evolutiva de selección natural.

Por otro lado, en lo referente a la estructura, el telómero ayuda a mantener la integridad del cromosoma, impidiendo la fusión de sus extremos y la degradación por nucleasas, así como actuando en el anclaje de los cromosomas a la matriz nuclear. Por si todo esto fuera poco, juega un papel muy importante durante la meiosis, el apareamiento y recombinación homologa.

El daño telomérico limita la duración del ciclo vital de la mayoría de las células; pero, en otro ejemplo de ‘diseño y previsión‘, en las células germinales y embrionarias, de las que el organismo no puede prescindir, para poder garantizar la continuidad de la especie, existe un elemento capaz de restaurar la secuencia del telómero, y prolongar así la vida de la célula, manteniendo su capacidad de multiplicación. Este ‘mágico‘ componente es una enzima extraordinaria, la telomerasa: un complejo de proteínas y ARN.

Los telómeros en la mayoría de las especies animales y vegetales y en los microorganismos están constituidos por subunidades cortas de nucleótidos generalmente ricos en timina -T- y guanina -G-. En el hombre la secuencia de cada una de estas subunidades es TTAGGG. El número de repeticiones es variable según las distintas células de un mismo individuo, mas el promedio de repeticiones suele ser constante para cada especie. En el hombre se calcula que alcanza aproximadamente las 2.000 repeticiones.

Sin embargo, los requerimientos moleculares del proceso son tales, que el final 5′ de la cadena hija de cada ADN nuevo no se puede completar, acortándose el telómero. Ello se debe a la presente incapacidad de la polimerasa de ADN, para replicar los extremos de las moléculas. Se estima que cada telómero humano pierde, mínimo, 100 pares de bases de ADN telomérico en cada replicación. Esto representa unos 16 fragmentos TTAGGG. Teniendo en cuenta el número inicial de estas secuencias, al cabo de unas 125 divisiones mitóticas, el telómero se perdería completamente.

Los grupos ‘fosfato’ de estos nucleótidos, son fuentes preferidas por la célula para la transferencia de energía; una de las razones importantes que reviste el poder reponerlos. La acción de la telomerasa permite el alargamiento de los telómeros afectados; es muy activa en células fetales, manteniendo un alto nivel de proliferación en ellas, pero tiene muy poca proliferación en las células del tejido adulto.

Aunque la mayoría de las células suprimen la actividad de la telomerasa tras el nacimiento, (otro ejemplo de diseño inteligente), se sabe que muchas celulas tumorales la reactivan, contribuyendo así a la proliferación de clones malignos. Por ello se sugiere una nueva diana para el tratamiento del cáncer, y varios estudios recientes contemplan la posibilidad de inhibir la telomerasa para detener el crecimiento de las células tumorales.

Pero eso no anula la estupenda actividad de la enzima, pues ella no causa transformación de células normales en cancerosas, sino que la propia pérdida de información codificada en el ADN, es quien motiva las mutaciones que tanto se han debatido en este blog, casi siempre dañinas, pues malogran la maravillosa maquinaria humana, concebida en los orígenes de la Creación.

Los avances científicos, una y otra vez, atestiguan que el metabolismo animal no resulta de una hipotética selección natural que apela a la improbable coincidencia de trillones de ‘casualidades‘,  que deberían haber coincidido en tiempo y espacio para nutrir todo el patrimonio biológico del planeta, sino de un esmerado y analítico proceso que manifiesta mucha previsión, y provee de los mecanismos necesarios para la auto permanencia.

El ‘milagro‘ del telómero y su telomerasa están ahí, y apuntan directamente en sentido contrario a la hipótesis de que procedemos del azar y que derivamos de sucesivos cambios sin control, que han dado lugar, por ejemplo, a ese imponente laboratorio andante que constituye al ser humano.

Somos lo que somos, porque antes fuimos ‘pensados‘… y seremos lo que seremos, por la misma razón; algo incomprensible para todo el que se aferre a la idea de la entidad amorfa que un día arribó a una playa, y comenzó a transformarse en hierba, manzano, yuca, banano, roble o perejil, por un lado; y lagarto, dinosaurio, mariposa, ave, mono y hombre por otro.

Lo atestigua la sangre en la cruz, de alguien que dos mil años atrás, de espíritu se hizo humano y acreditó su poder con curaciones y milagros de todo tipo; resurrección de muertos aparte, la suya propia incluida. Formamos parte del definitivo proyecto de Dios: una vida en su gracia y sin muerte, para aquella parte de la humanidad que crea en Él, viviendo según sus leyes y enseñanzas; una de las cuales proclama:

“Dijo Jesús: ‘Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados.’ Entonces algunos de los fariseos que estaban con él, al oír esto, le dijeron: ¿Acaso nosotros somos también ciegos? Jesús les respondió: ‘Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece’.” (Juan 9:39)

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LA EVOLUCIÓN DEL AVESTRUZ

marzo 28, 2008

Permítanme, antes de comenzar el artículo, robarles unos segundos de su tiempo, con un breve testimonio de alguien que convivió con Jesucristo; comió y conversó con Él durante tres años, le observó padecer, le vio morir… y logró verle  resucitado:

La autoridad del Hijo

“Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis. Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida. Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió. De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán. Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo;  y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre.  No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz;  y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación. (Juan 5:19-29)”

HONOR, A QUIEN HONOR MERECE

La muerte siempre, su senda breve: final físico que cede el paso al espíritu vivificante: 100 años, para los más longevos, y cualquier edad menor para los restantes, en todo punto del planeta. Muy poco, comparado con la posibilidad de una existencia eterna, en una dimensión ajena a la violencia, la vanidad, la envidia…y a todos sus parientes. Nuestra estancia en el mundo, no es más que una gota de tiempo en el océano de la eternidad.

Ahora bien, no se puede permanecer indiferente al hecho de que nuestros días animando carne, en gran medida, ya vienen fijados dentro de la molécula Ácido desoxirribonucleico, más conocido como ADN: el importante componente del material genético de la inmensa mayoría de los organismos, la base química primaria de los cromosomas, y el material en el que los genes están codificados. Un diminuto libro con una inmensa información.

Consideremos el inicio de todo: el embrión humano,  cuyas instrucciones de formación se hallan en los cromosomas. Allí, el ADN codifica toda orden; como un recetario, procesa las proteínas necesarias para el futuro ser, que contará con unos 30.000 genes diferentes, cuyas funciones se intentarán describir, para que se pueda apreciar la inteligencia que se esconde tras su diseño.

De forma sencilla y elemental, se puede comenzar diciendo que si alguien cercano cita esa palabra, inmediatamente solemos asociarla a un buen bistec; y, hasta cierto punto, es un juicio razonable, aunque no todas las proteínas terminan siendo carne. En realidad, somos lo que somos gracias a las propiedades de un conjunto muy variado de ellas. Si nuestro pelo es negro, se debe a que nuestros genes determinan que se cree la melanina responsable de ese color, si tenemos los ojos verdes y no azules, es porque nuestra pigmentación está construida de modo diferente a la necesaria para que sean azules.

Algunas características resultan fáciles de explicar; solo son controladas por un gen o unos pocos. Pero otras conciernen a muchos genes, y exigirían páginas para entenderse. También existen otras inexplicables, que responden a la personalidad del individuo; son las más complejas, muchas veces, las peores, y es preferible ni mencionarlas.

Prefiero que dediquemos un pequeño espacio a las proteínas. ¿Cómo surgen y qué son? Se deben a las uniones de determinados aminoácidos: los ladrillos con los que están construidas. Hay 20 aminoácidos distintos y muy específicos: rasillas grandes, pequeñas, rojas, negras… en fin, toda una gama de propiedades muy bien diferenciadas entre sí.

Estos, se enlazan creando cadenas pépticas, o polipépticas, según su constitución, que una vez maduradas constituirán las proteínas que conforman nuestro organismo o el de cualquier otro ser vivo. Se ordenan de una manera concreta, como una cinta que se va doblando y liando sobre sí misma, hasta resultar una ínfima pelota compacta y muy difícil de deshacer. La proteína, después de plegarse, tendrá un aspecto similar. Estos pliegues condicionarán sus propiedades, y por tanto, las funciones que podrá realizar.

Las enzimas son también proteínas, con una forma especial que les permite unirse a los substratos de la reacción, ayudando a llevarla a cabo. Al final de la síntesis, la enzima libera los productos y regresa a su estado inicial. Su pliegue es crucial; es un catalizador que nuestro propio cuerpo crea para lograr que muchas reacciones químicas precisas en nuestro metabolismo se aceleren, e incluso, que sean posibles. Imaginemos que esta enzima deberá acoplarse a un substrato de forma cuadrada; los pliegues en su estructura deberán formar un hueco de la misma forma, para que ella se ajuste adecuadamente.

Supongamos un error en el montaje, que cambie un aminoácido por otro diferente. Esto podría inducir variación en los pliegues del péptido; quizás el hueco se vuelva triangular. En ese momento la enzima dejaría de funcionar como es debido, ya que el substrato no podría acoplarse. Es como si la enzima fuese un cerrojo, y el substrato la llave. Si está bien montada, el substrato encaja como un llavín en su cerradura. Pero un error de obra haría al cerrojo defectuoso, y el picaporte no funcionará. Es decir, la reacción dejaría de llevarse a cabo, y podría ser un pequeño gran desastre para el cuerpo; así, una enzima puede condicionar el funcionamiento correcto del metabolismo de todo un organismo.

En realidad, esto es solo un ejemplo, pues las proteínas tienen muchas más funciones que esa; controlan muchos aspectos. Un caso palpable, sería un error en la llamada insulina, que implique que esta ya no sea funcional, y no pueda inducir el almacenamiento de azúcar en el hígado. ¿El resultado?: Un individuo diabético.

Otro ejemplo claro de la influencia de las proteínas en nuestras características personales son los grupos sanguíneos. Las diferentes estructuras de una proteína de membrana en los glóbulos rojos determinan el grupo al que pertenecemos (A, B, AB, u O). Algo vital a la hora de la necesidad de transfusión sanguínea por accidente u operación quirúrgica.

Pero, volviendo a los péptidos: obviamente la célula necesita de unas instrucciones de montaje para crearlos. Por si sola, no sabría que hacer con las bases nitrogenadas existentes, pero si accede a la información prevista, no casual, será capaz de formar los aminoácidos imprescindibles para las funciones orgánicas… y esta información está contenida en el ADN, escrita en un código especial: ‘el código genético’. La información será procesada de manera que el resultado final sea una flamante proteína; las instrucciones de montaje de la misma se agrupan en un gen, a veces en varios.

Estrictamente, se considera como un gen aquella fracción de ADN que se transcribe a ARN, y este paso de ADN a ARN se llama transcripción. El ARN es una molécula de estructura y composición similar al ADN. La diferencia funcional más importante es que el ADN se comporta como almacén estable de la información, y el ARN como un mensajero entre el almacén y el procesamiento de esta información. En realidad hay varios tipos de ARN: además del mensajero; pero alargaría mucho este artículo, que está pensado para que resulte básico, elemental, y de fácil comprensión.

Imaginemos al ADN como una gran biblioteca, en nuestro caso, de 46 volúmenes: los cromosomas. Está dispuesta para un químico que necesita realizar múltiples operaciones, (Recordar que solo analizamos aquí la construcción de un nuevo embrión humano, a partir de que un óvulo es fecundado por el espermatozoide) El especialista está frente a su laboratorio, manipulando en diversos equipos, y envía a sus ayudantes (ARNm), a buscar determinada información codificada en la biblioteca, para lograr las reacciones deseadas. Estos datos serán copiados por sus auxiliares, en un papel al que llamaremos ARN, y que luego llevarán ante la sabiduría del laboratorista: el Dr. Ribosoma.

En cuanto este empieza a leer, dará inicio el proceso que terminará con todas las reacciones necesarias y previstas. Se irá montando el péptido codificado en el ARN, a partir de los aminoácidos especificados en las instrucciones transcritas; este proceso de paso de ARN a péptidos se llama traducción. Luego vendrá la maduración del producto sintetizado, hasta llegar a una estructura de proteína utilizable.

Así se producen las proteínas escritas en el ARN mensajero, a su vez codificadas en el ADN; aunque no todo el ADN que es transcrito a ARN codifica para proteínas, pues algunos genes pasan a ARN y no son traducidos a péptidos, sino que realizan funciones vitales en la célula, como por ejemplo, transportar los aminoácidos hasta el ribosoma, o formar parte de la estructura de este último, entre otras.

Más, centrémonos en la biblioteca. El ADN es una molécula enorme, formada por 4 bases nitrogenadas, que se van repitiendo en un orden cronológico. Cada base contiene una molécula de azúcar y una de ácido fosfórico que se unen por afinidad, integrando esqueletos de azúcar y ácido fosfórico, alternados. Es como si cada esqueleto fuera un hilo al cual vamos atando cuencas de cuatro colores distintos: adenina, timina, guanina y citosina; con una peculiaridad importante: forman parejas que son complementarias, encajando dos a dos, como piezas de un rompecabezas.

La adenina con la timina, y la guanina con la citosina; no son intercambiables. Esta propiedad hace que se mantengan unidas las dos cadenas que forman el ADN. Podemos imaginar las dos cadenas unidas, como una tira con dos filas de piezas enfrentadas entre ellas. Su eje longitudinal, partido en dos, descubriría las caras de todas las piezas.

Ahora vamos al siguiente paso: el ARN. Este sería, en el símil bibliotecario, el papel donde los ayudantes apuntarán la información bajo código, para entregarla al r-ibozoma. El papel del ARN, es bastante parecido al de los libros de la biblioteca; es decir, el ARN (ácido ribonucleico), se construye con ‘material‘ similar que el ADN, con una pequeña variación en el extremo de la molécula de azúcar de su esqueleto: un oxígeno más en cada base. Además, los ARN en lugar de la timina del ADN, contienen uracilo. Al final, resulta una cadena sencilla de piezas, con las bases: adenina, uracilo, citosina y guanina, y con un esqueleto morfológicamente diferente.

La síntesis del ARN es similar a la replicación del ADN. La doble cadena de ADN se separa, y hace la función de molde. Las bases del ARN se montarán sobre una de las caras ahora expuestas del ADN abierto, de modo que sean complementarias a la secuencia del molde de ADN. Una vez acabada la réplica en ARN del gen necesario, el mensajero se separará del ADN, y éste volverá a adquirir la forma original de doble cadena. Así, se tendrá una cadena sencilla de bases, con una secuencia complementaria a la del gen que se ha transcrito: un papel con toda la información anotada. El siguiente paso será la lectura por parte del ‘ribozoma‘ que lo traducirá; el decodificador que convertirá lo escrito en el ARN en cadenas polipeptídicas.

¿Cómo se lee esa secuencia de bases que es ahora el gen? Aquí entra en escena el código genético. Las bases del ARN son leídas como palabras; cada combinación distinta de bases, o letras, indica un aminoácido. Sabemos que estos grupitos son de tres, (tripletes). El hecho de que sean tripletes, y no parejas, o cuartetos es pura lógica; la naturaleza utiliza 20 aminoácidos distintos, y si existen 4 bases (adenina, uracilo, guanina y citosina) posibles de ordenar en diversas combinaciones, vemos que si las agrupamos de dos en dos, habrá 16 resultados. Si el código genético se basara en parejas, solo podría tener palabras para 16 de los 20 aminoácidos, y sería insuficiente.

Si las agrupaciones se efectúan con las 4 bases involucradas entre sí, sería excesivo, pues resultarían 256 palabras para describir los 20 aminoácidos: un gasto innecesario de materia. Pero los tripletes, de 3 bases cada uno, dan 64 combinaciones posibles, y aunque sigan siendo demasiadas, responden mejor a las expectativas. La solución aparente, al exceso de palabras ha sido que varias de ellas sean sinónimas; o sea, varios tripletes implican un mismo aminoácido.

Esto, en principio parece ser inútil, y podemos pensar que se podría buscar algún modo para que pudiéramos codificar los aminoácidos con parejas, aunque en última instancia, solo nos faltan 4 palabras. Pero no hay que olvidar que además, el ribosoma precisa de unas señales de puntuación del tipo principio y final, lo que aumenta el número del ‘vocabulario‘ necesario.

Además, los tripletes sinónimos, dan una ventaja que las parejas no poseen: suelen ser muy parecidos, con, normalmente solo una base de diferencia entre ellos. Esto hace que si se ha derivado algún error de copia de ADN a ARN, se pueda salvar en algunos casos, si el triplete resultante resulta sinónimo del original. Algo bien pensado, desde la lógica humana, aunque no definitivo, pues aun hay muchas cosas que podrían saltar a la luz en la misma medida en que la Ciencia continúe su imparable avance.

Una vez ante los ‘tripletes’, el ribosoma leerá la cinta de ARN, comenzando por el extremo con la señal de principio establecida: AUG. Es decir; ‘sabe‘ cómo comenzar a trabajar; es capaz de comprender la orden codificada. Leerá triplete por triplete, y montará una cadena con los aminoácidos que le indica la receta, en el orden explícito.

Por último, el ribosoma hallará una señal de final de síntesis: los llamados ‘tripletes sin sentido‘ o codones stop. Son tres: UAA, UAG y UGA; no existe ningún ARN de transporte, cuyo anticodón sea complementario de ellos y, por lo tanto, la biosíntesis del polipéptido se interrumpe ante cualquiera de estos tres que aparezcan en el proceso. Indican que la cadena polipeptídica ya ha terminado, se soltarán el ARN y el péptido sintetizado, que madurará, se plegará, y estará listo para entrar en acción allí donde haga falta.

Este es, a grandes rasgos, el proceso considerado por algunos como ‘casuístico‘; una de las cuestiones que más debates ha constituido en este blog, derivando hasta el extremo de descalificaciones e insultos que genera la impotencia de críticas coherentes.

¿Es el código contenido en el ADN un Diseño inteligente, o ha surgido por casualidad? ¿Sus señales de ‘inicio‘ y ‘parada‘, de síntesis proteica han sido pensadas por una mente superior, o también derivan del azar? Personalmente, creo que hay demasiado control para pensar en el caos de la casualidad. La verdad está en el corazón del ser humano; cada cual se dará a sí mismo su propia respuesta. No hagamos como el avestruz, que por miedo esconde su cabeza, pensando que así se librará del peligro. Un animal de características únicas, que jamás tendrá pretensiones de ‘evolucionar‘ hasta águila o ‘involucionar‘ desde ella, según instruye Job 39: 13:

“¿Diste tú hermosas alas al pavo real, o alas y plumas al avestruz?  El cual desampara en la tierra sus huevos,  y sobre el polvo los calienta, y olvida que el pie los puede pisar, y que puede quebrarlos la bestia del campo.  Se endurece para con sus hijos, como si no fuesen suyos, no temiendo que su trabajo haya sido en vano; porque le privó Dios de sabiduría, y no le dio inteligencia.” 

Las mentiras vuelan por el mundo, mientras las verdades aun se están poniendo los botines; pero la bota de la verdad, una vez sobre la patraña, impedirá que esta vuelva a levantar el vuelo nunca más.

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EL COSMOS LLEVA PAÑALES.

febrero 18, 2008

Febrero 18/2008

LOS ASTROS Y LOS OTROS.

Me gusta mi casa; vivo en una 7ª planta, la última del edificio. Al sur, a 400 ms., tengo al mar, pero las construcciones frente a la playa solo me dejan ver algo más que el horizonte; aunque, siendo exacto, queda libre el espacio intermedio entre un hotel y la colosal mole de apartamentos a su lado: si un barco cruza esa zona, y estoy atento, seguro no me lo pierdo.

Pero el norte… ¡eso es otra canción! Me paro frente al ventanal de vidrio de dos metros y pico y no hallo obstáculos: estoy por encima de todos mis vecinos. Una majestuosa cordillera me saluda, no muy lejos. Incluso, en aquellos días que tenemos todos, en que las cosas no nos salen como esperamos, me arrimo a mi atalaya personal, a cualquier hora, y un fastuoso capricho de la Naturaleza, una gran hendidura verde oscuro en medio de la montaña mayor, aparece como una enorme V de victoria, ocupando la cuarta parte de su altura y reforzando mi fe optimista en que su constructor está al control de mis pasos.

Una noche estrellada frente a ese mirador privado, con buena música de fondo y mejor compañía, constituye un área envidiable, créanme… pero también nos pone a pensar en la majestuosidad y las incógnitas que encierra el universo. ¿Cómo y cuándo comenzó todo lo que hoy vemos? La pregunta nos exige comparar datos recibidos desde distintas fuentes, para intentar descifrar los enigmas: esbozos de la limitada reflexión humana, frente a la congruente y mágica historia legada en el Bereshit judío, el Génesis de traducciones posteriores.

Personalmente, veo conceptos no convincentes en la respuesta ¿científica?; hay que distinguir entre la ciencia práctica, que detalla y cataloga los fenómenos visibles, y la quimérica, que se ocupa de fenómenos ignotos, a menudo no reproducibles en laboratorios. La ciencia, etimológicamente hablando, es ‘conocimiento‘, y hablar de un hipotético pasado, presentando una fórmula en la que existen varias variables que jamás podremos asegurar, por no haber estado allí, constituye una “Especulación científica”; o ‘especulación del conocimiento’, algo incongruente.

La ciencia del pasado pretende ofrecer teorías colegidas de hechos conocidos, y aplicarlas al ámbito de lo desconocido: ya sea desde la interpelación (sabiendo los aspectos de dos puntos, trata de colegir cuál será la reacción en un punto intermedio) o desde la extrapolación, infiriendo de una escala conocida, un comportamiento, no se sabe cuán lejano en el eje del tiempo.

Por ejemplo, pongamos un bloque de hielo en medio de una habitación. Sabemos el tiempo que tardará en derretirse, basado en experiencias anteriores. Una vez que salimos, llega alguien y abre una ventana, enciende las bombillas, o simplemente, pone el A/C o la calefacción, según le apetezca. ¿Coincidirán los cálculos basados en cantidades de tiempo, temperatura, corrientes de aire, estados químicos definidos, etc., con la realidad resultante? Desde luego que no.

Es decir, se fijan condiciones y, bajo ellas, todo se debe cumplir según lo establecido. Pero nadie es capaz de computar imprevistos. La extrapolación es el sistema más incierto. Además, la incertidumbre aumenta en proporción directa al incremento de la distancia con la escala conocida, sea la que sea. Así, si la serie conocida está entre 0 y 100, nuestra conclusión a los 1001 tiene menor probabilidad que a los 101.

De donde se deduce que el único método posible para indagar sobre el origen del mundo, la extrapolación, es más frágil cuanto más nos alejemos en el tiempo. Se hace aun más evidente, si se considera que un planteamiento sobre una causa ignorada, a partir de un resultado conocido, es más débil que una conclusión que surge directamente de la causa a la consecuencia.

Un corolario de consecuencia a causa, atestigua más que uno de causa a consecuencia: 4/2=2. Aquí, el precedente lo forman dividendo y divisor; la consecuencia, el cociente. En este caso, al saber la procedencia, es posible un solo resultado: el cociente (2).

Pero si sólo conocemos el resultado final, ‘2’, e intentamos llegar a éste, la respuesta permite muchas posibilidades: 1 + 1; 4 – 2; 1 x 2; 4: 2… Y si otros números entran en juego, las posibilidades son infinitas (5 – 3; 6 – 4… ad infinitum).

En esencia, el problema es que cuando los datos se extienden a contextos indefinidos, solo tendrán valor ‘si todo continúa igual‘. Dicho de otra forma: ‘si las condiciones últimas prevalecen en el tiempo y su acción y reacción sobre el resto siempre ha sido la misma‘. Solo podremos estar seguros si las transiciones resultan análogas a las variables, en grado; si no hay garantía de un cambio similar en clase o especie y si tampoco se puede asegurar que no participan otros factores, ¡las conclusiones carecen de todo valor!

En una reacción química, (fisión o fusión) un nuevo catalizador en el proceso, aun pequeño, puede cambiar completamente el resultado; incluso dar lugar a uno muy distinto. No se sabe cuántas explosiones nucleares ocurrieron en los primeros años del sol ni el estado de la atmósfera primigenia, la cantidad de Carbono y la afectación de este por la influencia del constatado decrecimiento del campo magnético. Se ignora el fondo radioactivo de entonces, la humedad relativa… no se sabe nada. Cualquier información que precise de uno de esos datos, implicará una variable subjetiva y sin garantías de estabilidad en el tiempo.

Además, perdónenme, pero no puedo evitar, cuando me hablan de un sistema de datación, recordar al gato familiar, muerto en el 75, a quien un laboratorio evolucionista le reconoció como fósil de cerca del millón de años: un ancestro del gato común. O las rocas de lava del Monte St Helen, proveniente de la erupción del 1980, cuyas distintas muestras (cristales, pedazos y polvo de roca) arrojaron variaciones entre los 160 y los ¡3000 millones de años! Y otros ejemplos que no quiero repetir, para no abrir heridas y no resultar machacante.

Las teorías sobre una tierra arcaica han sido sostenidas sobre la base de datos observados durante un tiempo relativamente corto, de unas cuantas décadas, máximo de un par de siglos. Partiendo de lo deficientemente conocido, con poca magnitud, los investigadores se lanzan a construir tesis, mediante la extrapolación: de la consecuencia al antecedente, en una extensión de ¡miles de millones de años!

No tienen en cuenta el criterio de la comunidad científica internacional, que plantea que en la etapa “origen” del universo, la temperatura, presión atmosférica, radioactividad, y una multiplicidad de otros factores potencialmente catalíticos, eran distintos por completo a los que existen en el tiempo contemporáneo.

La formación del mundo, haya sido como haya sido, comenzó con un proceso de coligación molecular, y la conglomeración y consolidación de procesos variables totalmente desconocidos. Entre todas las débiles ‘teorías científicas del pasado‘, aquellas que se ocupan del origen del cosmos y del establecimiento de fechas al respecto, son (y esto es admitido por los científicos mismos) las más débiles entre las débiles. Hay casi tantas teorías como investigadores serios del tema. No es de extrañar (y esto en sí mismo genera la refutación por excelencia), que las diversas teorías “científicas” sobre la edad del universo no sólo se contradigan entre sí, sino que algunas sean completamente incompatibles y mutuamente excluyentes, pues la fecha máxima de una teoría es menor que la fecha mínima de otra.

Si alguien acepta tales bases sin espíritu crítico, llegará a una plenitud de desatinos. Cuesta trabajo entender cómo está dispuesto el hombre a aceptar incondicionalmente la creación de partículas atómicas y subatómicas que formaron el planeta luego del Big Bang y la subsiguiente forma viva que sale del agua, capaz de auto transformarse en todo lo que vemos.

La teoría evolutiva moderna se ha dado cuenta que es un trago difícil y están variándola;  ya aparecen en el mar organismos vegetales y ciertos artrópodos sacados de debajo de la manga, como todo lo demás. Es inconcebible que muchos crean este ‘lavado de cerebro‘, maldispuestos a aceptar la Creación total, tal como el propio Creador nos lo instruye, con congruencias que solo hay que buscar para verlas, pues la Biblia, a diferencia de las siempre cambiantes teorías evolucionistas, se ha mantenido inmutable en el tiempo.

Y, ya en este planeta, el argumento del descubrimiento de fósiles no es de ninguna manera evidencia concluyente de la gran antigüedad de la tierra. En vista del contexto desconocido que imperaba en tiempos iniciales, es decir, reacciones y cambios de hábitat totalmente distintos a los ordenados procesos naturales del presente, no se puede excluir la posibilidad de dinosaurios hace unos miles de años, fosilizados bajo colosales catástrofes naturales en el curso de unos pocos años, no millones, pues no tenemos ninguna medida segura, bajo esas condiciones desconocidas.

Philip J. Currie y Eva B. Koppelhus, (evolucionistas), en su libro ‘101 Questions about Dinosaurs’ (101 preguntas sobre dinosaurios, Publicaciones Dover, 1996) nos aclaran bastante el tema. Currie es un conocido experto de dinosaurios. Él es el curador de dinosaurios en el Museo Royal Tyrrell de Paleontología en Drumheller, Alberta, Canadá. Koppelhus fue un investigador visitante en la misma institución. En un párrafo, ellos plantean:

‘Los huesos no tienen que ser convertidos en piedra para que sean considerados fósiles. Usualmente, la mayoría del hueso original está presente en un fósil de dinosaurio.’

Más adelante nos dicen:

‘La cantidad de tiempo que toma para que un hueso se permineralice es altamente variable. Si el agua subterránea contiene mucho mineral en solución, el proceso puede suceder rápidamente. Los huesos modernos que caen dentro de fuentes minerales pueden permineralizarse en cuestión de semanas’.

‘Un ejemplo todavía más espectacular se encontró en la costa Norte de Alaska, donde miles de huesos muestran la falta de permineralización. Se parecen a huesos viejos de vaca. Por lo mismo, el descubrimiento del sitio no fue reportado hasta después de 20 años porque se pensó que los restos eran de bisón y no de dinosaurio.’

Por otra parte, la bióloga y paleontóloga, Dra. Mary Schweitzer y T. Staedter, en el artículo ‘The Real Jurassic Park’ (El Parque Jurásico real), revista Earth, junio 1997 pp. 55-57, hablan de su experiencia:

‘El laboratorio se llenó de murmullos de asombro, porque había enfocado el microscopio en algo dentro de los vasos que ninguno de nosotros había notado: objetos redondos diminutos, translúcidos, de color rojo con un centro oscuro. Un colega los miró y gritó: “¡Usted tiene glóbulos rojos! ¡Usted tiene glóbulos rojos!” Schweitzer compartió a su jefe, el famoso paleontólogo Jack “Dinosaurio” Horner, sus dudas sobre cómo éstos pudieran realmente ser glóbulos rojos. Horner sugirió que ella intentara de demostrar que no eran glóbulos rojos, a lo cual, la doctora respondió: “Hasta ahora, no hemos sido capaces de demostrarlo”.’

Y ahora ustedes dirán: ¿Cómo hemos llegado aquí, si empezamos hablando del cosmos? Muy fácil; quería se preguntaran que, si el ser humano no es capaz de dar respuestas a las cosas del planeta: ¿Por qué la soberbia de responder enigmas mayores?

Ahora sí, para ser honestos, acepto un dato evolucionista: los planetas están aquí desde antes del hombre. Si señor, tienen razón, llegaron exactamente dos días antes: el cuarto de la Creación. La Tierra es algo más vieja: fue lo primero en crearse; pero ninguno tiene más de 6000 años. Lo dice un libro que, aunque no es científico, contiene una inconmensurable fuente de conocimientos… que hay que saber buscar.

‘Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su duro corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios.’ Ro 1:18

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