EVOLUCIÓN, MITOCONDRIAS, FÓSILES Y MOMIAS.

septiembre 19, 2008

El incremento de conocimiento sobre el ADN ha traído de la mano la convicción de que cada vez más, el mundo está cayendo en una vorágine de males derivados de mutaciones genéticas. De ahí que una gran parte de los esfuerzos de la medicina estén actualmente dirigidas en esa dirección… y que gracias a eso, cada día aparezcan en los laboratorios científicos nuevos medicamentos y técnicas paliativas ante tanto dolor, atrofia, pérdida de calidad de vida, y en más casos de los que se desea, la propia muerte.

Una de las líneas de la investigación mutacional se dirige hacia la mitocondria, complejo orgánulo que actúa como verdadera central energética en levaduras, plantas, y animales. Exclusiva de células eucariontes, pese a aparecer inscritas en la hebra de su genoma, datos que la relacionan con el ADN celular, se dice en las aulas que ‘floreció’ por casualidad, gracias a un ‘ente turista’ que no contento donde estaba, salió a buscar residencia.

Pero lo cierto es que sus funciones metabólicas son fundamentales para la vida celular; ningún eucariota puede subsistir sin ella, puesto que sujeta el ‘programa vital’ que instaura muchos de sus eventos. Y no es producto de ningún ser endosimbionte, el ADN nuclear lleva inscrita muchas instrucciones que les relacionan: proteína por proteína, no ‘bicho a bicho’. Ningún experimento científico, en ningún momento de las Ciencias ni en ningún punto del planeta, ha podido ver que una instrucción surja por sí misma, y menos que se inscriba por sí misma. Y si algo nos ha enseñado el estudio del genoma, es que primero está la instrucción, y luego la vida; las evidencias las veremos más abajo.

Algunas de las funciones mitocondriales, esenciales para el organismo, son: la oxidación de piruvato procedente de la glucólisis, oxidación de ácidos grasos, ciclo de los ácidos tricarboxílicos, formación de cuerpos cetónicos en los órganos cetogénicos y su utilización en los no cetogénicos, transporte de electrones, fosforilación oxidativa, etc. Cada una de estas actividades respondiendo fielmente a un programa escrito en el genoma, no a un endosimbionte incapaz de ejecutar por sí mismo, sin instrucción de ningún tipo, lo que pocos hombres en el mundo son capaces ni siquiera de entender, luego de quemar pestañas durante años de estudios, en bibliotecas llenas de información científica.

Muchos piensan que el ADN, ‘la gran instrucción’ para crear, desarrollar y mantener la vida embrionaria en todas las especies eucariotas, solo aparece en el núcleo de la célula. Pero hay más que eso; el ADN está organizado en forma de cromosomas, y una célula somática típica, tiene en su núcleo 46 cromosomas. A este número se le llama diploide; o sea, somos diploides porque tenemos 23 tipos de cromosomas… dobles. Nacemos de padre y madre, y cada uno aportó un cromosoma de cada clase. Nuestra madre nos dio 23 cromosomas: uno del 1, uno del 2, uno del 3… y lo mismo ha sucedido con nuestro padre.

Sin embargo, a veces se olvida un cromosoma 47 con el que también hay que contar en el genoma humano, pues posee otra información inscrita y codificada, instruyendo con datos específicos, sobre operaciones metabólicas vitales para la vida: el pequeño cromosoma mitocondrial… interrelacionado con los otros 46 residentes en el núcleo.

¿Y cómo es la mitocondria, el orgánulo que lo contiene, desde el punto de vista genético? Ante todo, digamos que ‘bajo programa inscrito en el ADN nuclear’, se elaboran cientos de miles de proteínas que intervendrán en las funciones metabólicas de todo ser vivo… y que 13 de ellas son procesadas según el propio ADN mitocondrial, por genes que ‘instruyen’ la elaboración de proteínas porteadoras.

Y atención de nuevo: hay varios cientos de proteínas mitocondriales. Así que además de las 13 aludidas, necesita otras… cuyas instrucciones de elaboración están inscritas y codificadas en el genoma nuclear, y son sintetizadas en el citosol. Otra evidencia que descarta un endosimbionte, que, si cayó en paracaídas, los datos ‘inscritos’ en su ADN no tenían por qué ser ‘interactuantes’ con el ADN del núcleo de la célula.

Hay que decir también, que la mutación puntual (cambio de una base nitrogenada por otra) causa más de 50 patologías distintas, entre ellas:

MELAS: (miopatía mitocondrial con encefalopatía, acidosis láctica y episodios similares al ictus). Se debe a una disfunción el complejo I de la cadena respiratoria mitocondrial [OXPHOS], debida a un cambio de bases en el par 3243 de la cadena pesada.

MERRF: (epilepsia mioclónica, fibras rojas deshilachadas): se debe sobre todo a una mutación del gen que codifica el ARNt de la lisina: un cambio de bases en la posición 8344 de la cadena pesada; produce una disfunción del complejo V de la cadena respiratoria.

NARP (neuropatía, ataxia, retinitis pigmentaria): La provoca una mutación del gen que codifica el complejo V de la cadena respiratoria (ATP-asa 6).

LHON (neuropatía hereditaria de Leber): Causada por múltiples mutaciones en los genes que codifican el complejo I (NADH-deshidrogenasa)

A estas ‘puntuales’, habría que añadir gran número de males causados por mutaciones de genes mitocondriales (sordera, síndrome de Ham, etc).

Los investigadores que se esfuerzan en mejorar la calidad de vida de los afectados por mutaciones mitocondriales que producen dolencias de todos los niveles, han logrado establecer cómo se comportan estas mutaciones y las enfermedades que generan en cada una de estas anomalías genéticas. Años atrás, la mitocondria humana no tenía mayor interés para los investigadores de citología, bioquímica y bioenergética. Hoy, sin embargo, está en primer plano de las ciencias biomédicas, y esto se debe, fundamentalmente, a:

– La detección de un revelador conjunto de males genéticos; casi un centenar debidos a mutaciones precisas que provocan sustitución de unas bases nitrogenadas por otras, alterando las proteínas que debían ser sintetizadas. A ello hay que añadir los varios cientos de mutaciones no puntuales, [delecciones, inserciones de fragmentos de ADN…]

– El descubrimiento del ADN mitocondrial como un marcador de gran fiabilidad en antropología molecular; muy útil para los médicos forenses, por su valor como contraste en la identificación de personas o el esclarecimiento de relaciones de parentesco.

– Aumento de los conocimientos sobre la actividad de la mitocondria en el metabolismo celular, y clarificación definitiva de la bioenergética de la mitocondria, en relación con el transporte de electrones, fosforilación oxidativa y la comunión de ambos procesos.

– El hallazgo de su implicación en distintos tipos de cáncer y males neurodegenerativos. Su aportación activa en la apoptosis o suicidio celular, ha despertado un interés exponencial en oncología, pues en condiciones normales, impide la evolución de tumores.

En el siguiente dibujo se ve el mapa genético del ADNmit humano, una molécula circular con 16569 pares de bases, información para 37 genes: dos ácidos ribonucleicos ribosómicos (ARNr), componentes de los ribosomas específicos mitocondriales, 22 de transferencia (ARNt), capaces de leer todo el código genético, y 13 polipéptidos que forman parte de cuatro de los cinco complejos multienzimáticos del sistema de fosforilación oxidativa (sistema OXPHOS). Imaginen esa obra de la ingeniería bioquímica, organizada por un simbionte despistado: una burla al raciocinio; no importan los años que quieran endosarle.

ADN MITOCONDRIAL

ADN MITOCONDRIAL

Pero, y ahora viene lo más importante: el resto de los polipéptidos componentes de estos complejos, así como el complejo II completo, ¡están codificados en el ADN nuclear!

De modo que la variación en las manifestaciones clínicas puede explicarse no solo por la heterogeneidad en las mutaciones del ADNmt, sino también por mutaciones en el ADN nuclear, poseedor de las instrucciones codificadas que regulan la elaboración de gran parte de las subunidades proteicas de la cadena respiratoria establecida en el sistema OXPHOS: la misma que regula la energía de la mitocondria.

O sea, la biogénesis de este sistema constituye un caso único en la célula, ya que para su formación se requiere la expresión coordinada ‘mediante inscripción codificada’, de ambos sistemas genéticos: el nuclear y el mitocondrial ¡Otra evidencia que niega el proceso ‘de endosimbionte a mitocondria’!

Si se ha descubierto una clara interacción de los genomas mitocondrial y nuclear, si ambos genomas tienen las instrucciones codificadas para producir polipéptidos de la OXPHOS; si los dos ADN tienen esas instrucciones INSCRITAS en su genoma: ¿Cómo logró una bacteria endosimbionte, inscribir y codificar en su ADN, datos que no posee el procariota?

Y hay varios ejemplos de esto, reflejados en dolencias. Existe una enfermedad autosómica que implica al menos un gen del ‘más allá’ nuclear, regulando la cuantía de moléculas de ADNmt: el ‘Síndrome de Reducción de ADNmt’, caracterizado por una reducción del número de copias de ADNmt en varios tejidos. El fenotipo clínico incluye miopatía y otras características típicas de las enfermedades del ADNmt… pero debidas a mutaciones en un gen del ADN nuclear.

Por otra parte, la mitocondria integra muchas señales que inician la apoptosis. Y se sabe que la apoptosis es un verdadero sistema de alerta y control, que determina ‘en qué momento’ debe producirse el suicidio celular. Un proceso en el que se también se ven implicadas proteínas diseñadas en el ADN nuclear, actuando como reguladores e interruptores genéticos… procesos que usan varios polipéptidos del OXPHOS regulador de la actividad energética mitocondrial. ¡Un servosistema biológico, innegable!

Se evidencia de nuevo la interacción programada, no ‘simbiótica’, entre mitocondria y núcleo; así como la obvia necesidad de la existencia de ambos según el programa que aparece inscrito en los dos genomas, y que les hace imprescindiblemente interactivos. No se ve azar por ninguna parte, sino una instrucción muy bien diseñada, en base a un programa armónico, perfectamente secuenciado, segundo a segundo, que aparece inscrito y codificado en cada molécula correspondiente.

Los valedores de la Creación no vamos contra la Ciencia. De hecho, estamos seguros que el Señor está orgulloso de cada investigador científico preocupado por su aporte a la sociedad, apoyándole en sus logros. Con su dedicación y sacrificios responden a sus instrucciones sobre la entrega al servicio de los demás; la Biblia los incluye:

Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta. Sin embargo, alguien dirá: ‘Tú tienes fe, y yo tengo obras.’ Pues bien, muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré la fe por mis obras.” [Santiago 2:17]

El pasaje incluye a aquellos que se confiesan agnósticos, pero pasan de buscar evidencias antiDios, y prefieren dar solución a graves problemas producidos por enfermedades. Es seguro que están más cerca del Señor que aquellos que se declaran creyentes, pero apoyan la descendencia de antropoides, negando la misma Palabra del Génesis de Dios… y convirtiendo al propio Creador en homínido:

Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza“.

Resulta innegablemente positivo el hecho del aporte científico a la humanidad, basado en investigaciones sobre ADN mitocondrial, buscando soluciones paliativas al dolor, atrofias, malformaciones y muerte, que causan sus mutaciones. Contrasta en exceso con el otro uso que no he querido mencionar hasta ahora: el denigrante empleo del ADN mitocondrial, para descubrir una virtual fósil Eva de 150000 años, momificada y paciente en el tiempo, esperando casi 100000 años por el fértil espermatozoide de su Adán… que dudo mucho que ‘emergiera’, ante el desagradable encontronazo del primer hombre, con tal esperpento impuesto por los estudios evolutivos.

Tal Eva solo fue otro pretexto del buldózer evolutivo que intenta extirpar a Dios del espíritu humano. Es decir: ningún cientificismo; solo ateísmo fanático, puro y duro… vestido con la bata blanca de los laboratorios, e intentando disfrazar de científico un disparate que va frontalmente opuesto con la necesidad de macho y hembra coincidentes en tiempo. Un dislate que niega el dictado de los cromosomas, bien establecido por la propia Ciencia.


**********

Anuncios

EL COSMOS LLEVA PAÑALES.

febrero 18, 2008

Febrero 18/2008

LOS ASTROS Y LOS OTROS.

Me gusta mi casa; vivo en una 7ª planta, la última del edificio. Al sur, a 400 ms., tengo al mar, pero las construcciones frente a la playa solo me dejan ver algo más que el horizonte; aunque, siendo exacto, queda libre el espacio intermedio entre un hotel y la colosal mole de apartamentos a su lado: si un barco cruza esa zona, y estoy atento, seguro no me lo pierdo.

Pero el norte… ¡eso es otra canción! Me paro frente al ventanal de vidrio de dos metros y pico y no hallo obstáculos: estoy por encima de todos mis vecinos. Una majestuosa cordillera me saluda, no muy lejos. Incluso, en aquellos días que tenemos todos, en que las cosas no nos salen como esperamos, me arrimo a mi atalaya personal, a cualquier hora, y un fastuoso capricho de la Naturaleza, una gran hendidura verde oscuro en medio de la montaña mayor, aparece como una enorme V de victoria, ocupando la cuarta parte de su altura y reforzando mi fe optimista en que su constructor está al control de mis pasos.

Una noche estrellada frente a ese mirador privado, con buena música de fondo y mejor compañía, constituye un área envidiable, créanme… pero también nos pone a pensar en la majestuosidad y las incógnitas que encierra el universo. ¿Cómo y cuándo comenzó todo lo que hoy vemos? La pregunta nos exige comparar datos recibidos desde distintas fuentes, para intentar descifrar los enigmas: esbozos de la limitada reflexión humana, frente a la congruente y mágica historia legada en el Bereshit judío, el Génesis de traducciones posteriores.

Personalmente, veo conceptos no convincentes en la respuesta ¿científica?; hay que distinguir entre la ciencia práctica, que detalla y cataloga los fenómenos visibles, y la quimérica, que se ocupa de fenómenos ignotos, a menudo no reproducibles en laboratorios. La ciencia, etimológicamente hablando, es ‘conocimiento‘, y hablar de un hipotético pasado, presentando una fórmula en la que existen varias variables que jamás podremos asegurar, por no haber estado allí, constituye una “Especulación científica”; o ‘especulación del conocimiento’, algo incongruente.

La ciencia del pasado pretende ofrecer teorías colegidas de hechos conocidos, y aplicarlas al ámbito de lo desconocido: ya sea desde la interpelación (sabiendo los aspectos de dos puntos, trata de colegir cuál será la reacción en un punto intermedio) o desde la extrapolación, infiriendo de una escala conocida, un comportamiento, no se sabe cuán lejano en el eje del tiempo.

Por ejemplo, pongamos un bloque de hielo en medio de una habitación. Sabemos el tiempo que tardará en derretirse, basado en experiencias anteriores. Una vez que salimos, llega alguien y abre una ventana, enciende las bombillas, o simplemente, pone el A/C o la calefacción, según le apetezca. ¿Coincidirán los cálculos basados en cantidades de tiempo, temperatura, corrientes de aire, estados químicos definidos, etc., con la realidad resultante? Desde luego que no.

Es decir, se fijan condiciones y, bajo ellas, todo se debe cumplir según lo establecido. Pero nadie es capaz de computar imprevistos. La extrapolación es el sistema más incierto. Además, la incertidumbre aumenta en proporción directa al incremento de la distancia con la escala conocida, sea la que sea. Así, si la serie conocida está entre 0 y 100, nuestra conclusión a los 1001 tiene menor probabilidad que a los 101.

De donde se deduce que el único método posible para indagar sobre el origen del mundo, la extrapolación, es más frágil cuanto más nos alejemos en el tiempo. Se hace aun más evidente, si se considera que un planteamiento sobre una causa ignorada, a partir de un resultado conocido, es más débil que una conclusión que surge directamente de la causa a la consecuencia.

Un corolario de consecuencia a causa, atestigua más que uno de causa a consecuencia: 4/2=2. Aquí, el precedente lo forman dividendo y divisor; la consecuencia, el cociente. En este caso, al saber la procedencia, es posible un solo resultado: el cociente (2).

Pero si sólo conocemos el resultado final, ‘2’, e intentamos llegar a éste, la respuesta permite muchas posibilidades: 1 + 1; 4 – 2; 1 x 2; 4: 2… Y si otros números entran en juego, las posibilidades son infinitas (5 – 3; 6 – 4… ad infinitum).

En esencia, el problema es que cuando los datos se extienden a contextos indefinidos, solo tendrán valor ‘si todo continúa igual‘. Dicho de otra forma: ‘si las condiciones últimas prevalecen en el tiempo y su acción y reacción sobre el resto siempre ha sido la misma‘. Solo podremos estar seguros si las transiciones resultan análogas a las variables, en grado; si no hay garantía de un cambio similar en clase o especie y si tampoco se puede asegurar que no participan otros factores, ¡las conclusiones carecen de todo valor!

En una reacción química, (fisión o fusión) un nuevo catalizador en el proceso, aun pequeño, puede cambiar completamente el resultado; incluso dar lugar a uno muy distinto. No se sabe cuántas explosiones nucleares ocurrieron en los primeros años del sol ni el estado de la atmósfera primigenia, la cantidad de Carbono y la afectación de este por la influencia del constatado decrecimiento del campo magnético. Se ignora el fondo radioactivo de entonces, la humedad relativa… no se sabe nada. Cualquier información que precise de uno de esos datos, implicará una variable subjetiva y sin garantías de estabilidad en el tiempo.

Además, perdónenme, pero no puedo evitar, cuando me hablan de un sistema de datación, recordar al gato familiar, muerto en el 75, a quien un laboratorio evolucionista le reconoció como fósil de cerca del millón de años: un ancestro del gato común. O las rocas de lava del Monte St Helen, proveniente de la erupción del 1980, cuyas distintas muestras (cristales, pedazos y polvo de roca) arrojaron variaciones entre los 160 y los ¡3000 millones de años! Y otros ejemplos que no quiero repetir, para no abrir heridas y no resultar machacante.

Las teorías sobre una tierra arcaica han sido sostenidas sobre la base de datos observados durante un tiempo relativamente corto, de unas cuantas décadas, máximo de un par de siglos. Partiendo de lo deficientemente conocido, con poca magnitud, los investigadores se lanzan a construir tesis, mediante la extrapolación: de la consecuencia al antecedente, en una extensión de ¡miles de millones de años!

No tienen en cuenta el criterio de la comunidad científica internacional, que plantea que en la etapa “origen” del universo, la temperatura, presión atmosférica, radioactividad, y una multiplicidad de otros factores potencialmente catalíticos, eran distintos por completo a los que existen en el tiempo contemporáneo.

La formación del mundo, haya sido como haya sido, comenzó con un proceso de coligación molecular, y la conglomeración y consolidación de procesos variables totalmente desconocidos. Entre todas las débiles ‘teorías científicas del pasado‘, aquellas que se ocupan del origen del cosmos y del establecimiento de fechas al respecto, son (y esto es admitido por los científicos mismos) las más débiles entre las débiles. Hay casi tantas teorías como investigadores serios del tema. No es de extrañar (y esto en sí mismo genera la refutación por excelencia), que las diversas teorías “científicas” sobre la edad del universo no sólo se contradigan entre sí, sino que algunas sean completamente incompatibles y mutuamente excluyentes, pues la fecha máxima de una teoría es menor que la fecha mínima de otra.

Si alguien acepta tales bases sin espíritu crítico, llegará a una plenitud de desatinos. Cuesta trabajo entender cómo está dispuesto el hombre a aceptar incondicionalmente la creación de partículas atómicas y subatómicas que formaron el planeta luego del Big Bang y la subsiguiente forma viva que sale del agua, capaz de auto transformarse en todo lo que vemos.

La teoría evolutiva moderna se ha dado cuenta que es un trago difícil y están variándola;  ya aparecen en el mar organismos vegetales y ciertos artrópodos sacados de debajo de la manga, como todo lo demás. Es inconcebible que muchos crean este ‘lavado de cerebro‘, maldispuestos a aceptar la Creación total, tal como el propio Creador nos lo instruye, con congruencias que solo hay que buscar para verlas, pues la Biblia, a diferencia de las siempre cambiantes teorías evolucionistas, se ha mantenido inmutable en el tiempo.

Y, ya en este planeta, el argumento del descubrimiento de fósiles no es de ninguna manera evidencia concluyente de la gran antigüedad de la tierra. En vista del contexto desconocido que imperaba en tiempos iniciales, es decir, reacciones y cambios de hábitat totalmente distintos a los ordenados procesos naturales del presente, no se puede excluir la posibilidad de dinosaurios hace unos miles de años, fosilizados bajo colosales catástrofes naturales en el curso de unos pocos años, no millones, pues no tenemos ninguna medida segura, bajo esas condiciones desconocidas.

Philip J. Currie y Eva B. Koppelhus, (evolucionistas), en su libro ‘101 Questions about Dinosaurs’ (101 preguntas sobre dinosaurios, Publicaciones Dover, 1996) nos aclaran bastante el tema. Currie es un conocido experto de dinosaurios. Él es el curador de dinosaurios en el Museo Royal Tyrrell de Paleontología en Drumheller, Alberta, Canadá. Koppelhus fue un investigador visitante en la misma institución. En un párrafo, ellos plantean:

‘Los huesos no tienen que ser convertidos en piedra para que sean considerados fósiles. Usualmente, la mayoría del hueso original está presente en un fósil de dinosaurio.’

Más adelante nos dicen:

‘La cantidad de tiempo que toma para que un hueso se permineralice es altamente variable. Si el agua subterránea contiene mucho mineral en solución, el proceso puede suceder rápidamente. Los huesos modernos que caen dentro de fuentes minerales pueden permineralizarse en cuestión de semanas’.

‘Un ejemplo todavía más espectacular se encontró en la costa Norte de Alaska, donde miles de huesos muestran la falta de permineralización. Se parecen a huesos viejos de vaca. Por lo mismo, el descubrimiento del sitio no fue reportado hasta después de 20 años porque se pensó que los restos eran de bisón y no de dinosaurio.’

Por otra parte, la bióloga y paleontóloga, Dra. Mary Schweitzer y T. Staedter, en el artículo ‘The Real Jurassic Park’ (El Parque Jurásico real), revista Earth, junio 1997 pp. 55-57, hablan de su experiencia:

‘El laboratorio se llenó de murmullos de asombro, porque había enfocado el microscopio en algo dentro de los vasos que ninguno de nosotros había notado: objetos redondos diminutos, translúcidos, de color rojo con un centro oscuro. Un colega los miró y gritó: “¡Usted tiene glóbulos rojos! ¡Usted tiene glóbulos rojos!” Schweitzer compartió a su jefe, el famoso paleontólogo Jack “Dinosaurio” Horner, sus dudas sobre cómo éstos pudieran realmente ser glóbulos rojos. Horner sugirió que ella intentara de demostrar que no eran glóbulos rojos, a lo cual, la doctora respondió: “Hasta ahora, no hemos sido capaces de demostrarlo”.’

Y ahora ustedes dirán: ¿Cómo hemos llegado aquí, si empezamos hablando del cosmos? Muy fácil; quería se preguntaran que, si el ser humano no es capaz de dar respuestas a las cosas del planeta: ¿Por qué la soberbia de responder enigmas mayores?

Ahora sí, para ser honestos, acepto un dato evolucionista: los planetas están aquí desde antes del hombre. Si señor, tienen razón, llegaron exactamente dos días antes: el cuarto de la Creación. La Tierra es algo más vieja: fue lo primero en crearse; pero ninguno tiene más de 6000 años. Lo dice un libro que, aunque no es científico, contiene una inconmensurable fuente de conocimientos… que hay que saber buscar.

‘Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su duro corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios.’ Ro 1:18

**********


ADN: SEÑAL DE TRÁFICO QUE ALGUNOS NO VEN.

febrero 15, 2008

Febrero 15/2008

LA CREACIÓN: UNA MANIFESTACIÓN DE INTELIGENCIA.

Cuando nos disponemos a hacer un viaje hacia un sitio distante al que nunca hemos ido, solemos preguntar a un amigo, consultar el GPS o acudir al método arcaico y seguro de siempre: un mapa actualizado. Por cualquiera de estas vías podremos llevar a buen fin la aventura; pero al llegar al lugar deseado, no debemos perder de vista las señales de tráfico que constantemente nos alertan. No hay que evadirlas, porque, entre otras cosas, podríamos tomar una calle en dirección contraria a la debida… y darnos el batacazo.

Con la intrincada y enigmática red de carreteras contenida en el ADN, sucede algo idéntico. Gracias a los biólogos moleculares y científicos genetistas de todas las ramas de la ciencia, ese engranaje místico está siendo puesto bajo el control del conocimiento, cada día más. Cada 24 horas, algún laboratorio del mundo alcanza un nuevo conocimiento… incluso detalles del llamado ‘ADN basura‘, que se habían pasado por alto y que indican que no todo se sabe acerca de este misterioso 90% de información ‘sin importancia‘, contenida en la fabulosa cadena de doble hélice.

Los investigadores deben ser susceptibles a lo ocurrido con órganos considerados vestigiales al principio, (desechos de la evolución), que luego se comprobó la enorme importancia que tenían para el cuerpo humano. Esa minúscula glándula llamada hipófisis, es quizás uno de los mayores ejemplos que alertan contra el exceso de soberbia humana.

En muchos libros y artículos que tratan sobre biología celular, vemos palabras como orgánulos, citoplasma, célula eucariota… la biología molecular se ha esforzado mucho en los últimos tiempos; miles de científicos se entregan, en la búsqueda de respuestas positivas al tratamiento de enfermedades que tienen a muchos niños y adultos al borde de la muerte, casi sin expectativas de vida.

Estas dolencias, casi siempre congénitas, se deben a alteraciones debidas a la pérdida de información codificada en el ADN, (el muriendo, morirás del Bereshit 2:17 judío) que derivan en efectos negativos, entre ellos, las mutaciones genéticas, aclaradas más abajo.

Los que no somos investigadores del campo de la biología, pero sentimos una particular admiración por esa Ciencia, (con mayúsculas), dedicamos buena parte de nuestro tiempo libre en la instrucción sobre los enigmas que encierran la pasmosa molécula. Muchas veces, esas lecturas se convierten en nuestras series y literaturas favoritas; entonces, las arañas dan fiestas y tejen redes en la TV de nuestra casa o en los libros de la pequeña biblioteca personal.

Pero, ¿qué papel juega el ADN en nuestro organismo? Los genes son como libros en los cuales se guarda la información para, primero, fabricar un nuevo ser humano y después controlar su metabolismo vital. El conjunto de genes de una especie determinada, planta o animal, se llama genoma. Se puede decir, a grandes rasgos, que concentra las instrucciones de producción de las proteínas y/o enzimas necesarias, desde el mismo proceso de la fecundación, para luego tener una intervención activa en casi todo lo que afecta a la vida.

Cada cromosoma, contiene una única molécula de ADN asociada a proteínas. En el proceso normal de reproducción celular, los cromosomas se duplican para proporcionar a los núcleos derivados, los mismos genes que la célula madre; si existen mutaciones, estas también se copian, produciendo una alteración de la estructura del nuevo ADN, y afectando la descendencia, debido a que las órdenes primarias han variado.

Podemos ver esto con la disciplina de un ejército: el ADN es el comandante en jefe: principal dirigente del material genético. Contiene información (lenguaje codificado) en la secuencia de pares de nucleótidos, y transcribe esta en los ARN mensajeros, sus oficiales ayudantes, para fabricar un ser con características muy similares a aquel del que proviene.

Cada molécula de ADN contiene dos cadenas formadas por muchos compuestos químicos (nucleótidos), que conforman una escalera retorcida llamada ‘de doble hélice‘. Cada nucleótido contiene tres módulos: una molécula de azúcar (desoxirribosa), un grupo fosfato y solo uno de cuatro posibles compuestos nitrogenados (bases): adenina (A), guanina (G), timina (T) y citosina (C). La desoxirribosa ocupa el centro del nucleótido; a un lado está el grupo fosfato, y al otro, estará una base. El grupo fosfato está a su vez unido a la desoxirribosa del nucleótido adyacente de la cadena. Estos enlaces desoxirribosa-fosfato, son los lados de la escalera; las bases se enfrentan por parejas, mirando hacia el interior, y forman los travesaños.

El ADN posee la ‘receta‘ para producir proteínas: compuestos integrados por pequeñas moléculas (aminoácidos), que fijarán su estructura y función. La serie de aminoácidos está a su vez determinada por la secuencia de bases de los nucleótidos del ADN. Y aquí se percibe la inteligencia de un diseñador: Cada grupo de tres bases (triplete), forma una palabra del código genético (codón), que define un aminoácido específico. El triplete GAC (guanina, adenina, citosina) ubica al aminoácido leucina, mientras que el CAG (citosina, adenina, guanina) atañe al aminoácido valina.

Así ocurre con la combinación de todos aminoácidos que se unen inteligentemente, en las proporciones adecuadas, para generar cada proteína que el ser vivo necesita: un lenguaje de 4 letras que ‘codifica’ 64 órdenes de proceso.

De esto se deduce que una proteína creada por 100 aminoácidos, queda codificada por un conjunto de 300 nucleótidos de ADN. De las dos cadenas de polinucleótidos que forman una molécula de ADN, sólo una, (paralela), contiene los datos precisos para producir una serie de aminoácidos determinada. La otra, (antiparalela), ayuda a la replicación.

Ahora bien, podrían conceptuarse dos tipos de ADN, el que codifica las proteínas y el que no codifica. Para lograr una síntesis determinada, el ADN codificante, se transcribe a un ARNm (mensajero), quien sale hacia la maquinaria que elaborará las proteínas.

Luego que el ARNm lleve las instrucciones que fijarán las cadenas de aminoácidos, el ARNt (transporte) porta el aminoácido correspondiente al codón, hacia el ribosoma (estructura celular especializada que actúa como centro de síntesis de proteínas). Este une los aminoácidos para formar una nueva proteína, según la “programación” transcrita en el ARNm. Hay 64 codones o ‘palabras‘ posibles y 20 aminoácidos; por lo cual atañe más de uno para cada aminoácido.

Y aquí ocurre otro proceso muy interesante, que los ciegos evolucionistas se saltan a la torera: Un solo triplete (AUG) indica el inicio de la síntesis, y otros tres codones, el  ‘fin’ o parada de esta casi mágica elaboración: UAA, UGA y UAG (nonsense codons o stop codons). ¿Quién determinó esa perfección, en un elemento tan pequeño? ¿Cómo es posible que los investigadores de la evolución pudieran permanecer indiferentes a estas señales que, obviamente, no fueron puestas ahí por una ameba? Pues nada, la conclusión es fulminante: todo ese diseño y ejemplo de inteligencia codificada fue resultado de la ‘diosa evolución’. Auto respuesta complaciente y pasito adelante, que vamos sin freno y sin tiempo.

Matemáticamente, es posible producir 64 palabras de tres letras, a partir de mezclas de cuatro letras. Si se sabe que el “alfabeto” ADN posee cuatro letras (bases); su diccionario tendrá entonces 64 palabras de tres letras. Y si hablamos de ADN, hay que hablar de gen.

Un gen es una secuencia de nucleótidos de ADN que dicta el orden de aminoácidos de una proteína, mediante el ARN mensajero. Si la información transcrita a este, está alterada, debido a pérdida de información codificada, la sustitución de un nucleótido de ADN por otro que contiene una base distinta hará que toda célula o virus descendiente, contengan esa misma secuencia de bases alterada; como resultado, también cambiará la secuencia de aminoácidos de la proteína resultante. Esta alteración de una molécula de ADN se llama mutación; casi todas las mutaciones son resultado de errores durante el proceso de replicación. Aunque hay otras debidas a la ingerencia de agentes externos.

La exposición de células y virus, a las radiaciones o a acciones químicas, aumenta la probabilidad de sufrir mutaciones, debido al efecto biológico ejercido también sobre el propio código genético, destruyendo su información y creando errores.

Con respecto al ADN no codificante o ‘ADN basura‘, hay que decir que al inicio no parecía prestar servicio alguno, pero distintos estudios recientes apuntan a que eso puede no ser cierto en absoluto, pues entre otros actos, se supone que regulan la expresión diferencial de los genes. Su alta concentración en genomas eucarióticos, así como las diferencias de volumen del genoma, constituyen el enigma conocido como ‘valor de C’. Se cree que el mal llamado ADN basura concierne a series genéticas procedentes de duplicaciones, translocaciones y recombinaciones de virus, etc, e implica más del 90% de nuestro genoma (entre 20.000 ó 25.000 genes); pero aun se está lejos de la certidumbre.

Surgen muchas incógnitas: ¿Por qué hay 64 palabras en el diccionario ADN, para traducir apenas 20 aminoácidos? ¿Por qué se supone que evolucionó, un proceso que es más complejo que lo que necesitaría ser? ¿Por qué, si las especies proceden de otras especies, debido a gradaciones esencialmente celulares, no se ve en todas partes innumerables formas de transición? ¿Por qué no está la Naturaleza en caos, con seres transicionales por todos lados, (medios pájaros, medios reptiles, medios mamíferos, medios ballenas….) en lugar de presentar a todas sus especies bien especificadas, según las podemos observar hoy?

Los propios científicos aun tratan de responder estas cuestiones.

Es una rareza del código genético, que existan aminoácidos como la leucina, traducida a partir de seis codones distintos, mientras sólo dos aminoácidos, también con funciones primordiales, como metionina y triptófano, están codificados por un sólo codón.

Quiero acentuar que la información escrita en las moléculas de ADN no se debe a ninguna interacción conocida. Estas no poseen una inteligencia original que les permita organizarse a sí mismas en códigos; no existe ley física que suministre a ningún elemento la capacidad de constituirse, junto a otros, en un conjunto codificado.

Tal como el disco duro del ordenador, el ADN no posee inteligencia. Solo un agente externo podría perfilar los complicados y específicos códigos de este “programa“. El software de cualquier dispositivo actual, primero ha sido diseñado por un programador. Igualmente, en el ADN, está claro que la inteligencia que implica, surgió antes que su propia existencia; es innegable, desde la misma lógica humana, que es un producto de diseño, no de casualidades aleatorias.

Resulta una audacia afirmar que la existencia de todos los seres vivos se debe a la evolución de las especies, amparándose en experimentos imprecisos como el de Miller, cuando la ciencia aun tiene el enorme e ineludible deber de revelar cómo, la primera molécula de proteína, debida a la asociación de aminoácidos específicos, pudo nacer mediante procesos naturales.

Al llegar al código genético, la ciencia debió haberse detenido ante la enorme señal de STOP que representa; aunque fuera solo para meditar en toda la sabiduría que encierra su diseño. Su complejidad grita tanto, que no permite oír todas las barbaridades que dicen en contra de la Creación.

Por favor, no partan más del punto abstracto en que un ente surgió de los mares para iniciar una serie de insólitas transformaciones. Tengan la valentía de buscar el elemento vivo primigenio, antes de formular todas esas enrevesadas teorías marginadas de la razón; si llegan a él, comprenderán entonces que hallaron el camino que les lleva hacia Dios.

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y era Dios. Este fue el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él, nada de lo existente fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz, en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no podrán apagarla.”(Juan 1:1-5)


**********


MI RAÍZ NO FUE SIMIESCA.

febrero 1, 2008

Febrero 1/2008

EN MI FAMILIA NO HAY ALGAS NI SIMIOS.

He entrado hoy en una página que resume un trabajo científico sobre la ‘evolución‘ del ser humano desde sus inicios. No les voy a atiborrar de datos complejos ni de palabras rimbombantes; solo diré que el autor del artículo es el australiano Max Ingman, que termina su doctorado en genética médica en la Universidad de Uppsala, Suecia, y que recientemente él y sus colegas analizaron el genoma mitocondrial completo de personas elegidas en diversas áreas geográficas, raciales y lingüísticas. También, que este estudio es considerado uno de los análisis más virtuosos hechos hasta hoy; pero aclarando conceptos: el proyecto trata sobre historias evolutivas. Nada de Creación divina.

Su conclusión más importante fue ‘que las primeras comunidades humanas se crearon en África, en una población fundadora que evolucionó alrededor de ‘170,000’ años atrás y migraron a otras partes del mundo reemplazando a otros ‘homínidos‘ anteriores’.

He leído con suma dedicación sus escritos; les aseguro, casi como si me fuera la vida en ello, tratando de ver qué parte de sus planteamientos escapan a mi inteligencia (de coeficiente normalito); buscando qué es lo que no me permite ver ‘su verdad”. Pero les afirmo que cuanto más leía, más perplejo me quedaba por la forma en que todo ese magistral trabajo solo señalaba hacia una respuesta: ¡Somos un diseño inteligente!

A grandes rasgos, su temática se desplegó partiendo de que el ADN está presente dentro del núcleo de cada célula del cuerpo; mas usaron ADN de las ‘mitocondrias de la célula‘, debido a que se heredan solo de la madre. El proceso con ADN nuclear (excepto el cromosoma Y), combina secciones de ADN de madre y padre, creando una historia genética mezclada e ilegible. Esa decisión permitió trazar líneas genéticas directas sin recombinarse; así construyeron sus ‘árboles evolutivos‘.

La definición de esos elementos de la célula más compleja es la siguiente:

‘Las mitocondrias son orgánulos presentes en casi todas las células eucariotas encargadas de suministrar la mayor parte de la energía necesaria para la actividad celular; son como centrales energéticas de la célula. Realizan además muchas otras funciones del metabolismo, como la síntesis de algunas co-enzimas. Es notable la enorme diversidad morfológica y metabólica que pueden presentar en distintos organismos, pues tienen su propio genoma de alrededor de 16,500 bases, que existe fuera del núcleo de las células, conteniendo 13 genes, codificando proteínas… y mucho más. Gran cantidad de ellas están presentes en cada célula, y tienen una tasa de substitución (mutaciones donde un nucleótido es reemplazado por otro) más alta que el ADN nuclear, lo cual hace más fácil la resolución de diferencias entre individuos cercanamente emparentados.’

Buena definición, ¿verdad? Sin embargo, ¡cuánta complejidad funcional! Se habla de ‘una sola‘ célula, cuyo tamaño varía entre ¡10 y 30 micrómetros de diámetro! Recordé entonces que la base de la teoría de la Evolución de las Especies se cimienta en que todo proceso biológico hoy, partió de un ente unicelular: un tipo de alga; así que continué simplificando y me di a la busca de una que pudiera ser la madre ancestral, siempre considerando que la ‘casuística evolución’ también tendría que crear un padre.

Hallé una posible respuesta en las algas pardas, organismos multicelulares (ya evolucionados, según criterios de este colectivo) que antes eran clasificados dentro de las plantas “no vasculares” en el reino vegetal, y que hoy son considerados los principales productores primarios de varias comunidades de animales invertebrados y microbios. (Esto mejora: hallé un ancestro más cercano: una bacteria).

Supe que esta alga posee un tamiz de tubos capaces de transportar agua y productos de la fotosíntesis, que contiene clorofila ‘a’, ‘c’ y ‘xantofila’; también que su reproducción es sexual, por óvulos y espermatozoos biundulipodiados, con un undulipodio mastigonemado dirigido hacia delante y otro liso hacia atrás. Aprendí además, que el óvulo fertilizado germina en respuesta a unas determinadas condiciones de luz y que el organismo diploide que se desarrolla a partir del óvulo fertilizado recibe el nombre de ‘esporófito‘.

De modo que ‘surgimos’ de una vida elemental, que evolucionó de un cuerpo unicelular, hasta alcanzar a tener, ¡por sí sola!, unas cuantas células ‘micrométricas‘: un tamaño impresionante: la sombra de la punta de un alfiler produciría noche sobre ella.

Sin embargo, así pequeñita y todo, contenía un sistema de transporte de agua, productos de fotosíntesis, clorofila de varios tipos (que no sé con qué instrucciones las clasifica y fabrica) y además, es una hermafrodita cachonda: se reproduce sexualmente, con óvulos y espermatozoos; aunque no me agrada mucho el nombre que le han dado a su miembro: ‘undulipodio mastigonemado‘. Es lo único que cambia, pues por lo demás, se sigue echando hacia delante, tal como lo conocemos hoy día; el liso, dirigido hacia atrás, me imagino que será ‘el receptor‘ encargado de la concepción.

Y yo pregunto: ¿cómo es posible tanta y tan precisa eficacia en un ser tan pequeño? ¿Quién logra explicar ‘racionalmente’, el paso intermedio de la célula anterior, a esta otra inteligente, ya como alga más capacitada? Porque, puestos a enseñar sobre el proceso, la ambigüedad y fantasía de los textos evolucionistas no satisfacen a la inteligencia, sino a la predisposición a aceptar todo lo que saque a Dios de la ecuación de la vida. Para resultar convincente a las neuronas, deben desgranar la instrucción debidamente .

La evolución, en el momento inicial, se sumergió en la problemática de hallar una respuesta optativa, diferente a la bíblica: ese fue el objetivo básico. No se trató de dar una réplica científica, puesto que la Ciencia que ellos encontraron, se generó precisamente de mentes creyentes portentosas como Copérnico, Galileo, Kepler, Newton, Cuvier, Pasteur y otros que también tuvieron a Dios como referencia; genios de la física cuántica tales como Heisenberg Planck, Schrodiger, Jordan y Von Braum. Científicos ateos, como Monod o Hawking, representaron una minoría. Por cierto, el gran Pasteur manifestó en una ocasión:

“Poca ciencia aleja de Dios; mucha, nos acerca a Él.”

Ubicados en el campo de la Naturaleza, cada vez más los científicos se asombran de su orden y precisión. Se ha estudiado el origen de una célula viva y se ha concluído que se compone al menos de un par de decenas de aminoácidos, cuya función depende de unas 2000 enzimas concretas. Se ha calculado la probabilidad de que un millar de enzimas diferentes se unan para formar una célula viva y el resultado fue decepcionante. F.Crick, Nobel en Biología por sus trabajos en ADN, manifestó que ‘un hombre honesto tendría que aceptar que el origen de la vida se debe a un milagro’.

Aceptamos lo que resulta ilógico e irracional para el limitado conocimiento humano, diciendo que está ahí porque sí, sin ser capaces de admitir que puede existir solo respondiendo a un diseño, al igual que las otras maravillas existentes en el hábitat… incluyendo, por supuesto, a esta fenomenal maquinaria que es el ser humano.

¡Atención! La soberbia, hija de la vanidad, acecha en el corazón de cada humano; constantemente fuimos advertidos por alguien cuyo testimonio quedó acreditado por sus curaciones milagrosas,  sus muertos resucitados y su sangre en la cruz para limpiarnos:

“De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. [Mt 18:3]

Y ya puestos, hablaré como niño: mi madre ancestral no fue un alga ni tuve tíos lejanos simiescos; según lo trasmitido por mis parientes anteriores, fue una mujer llamada Eva. (En plan familiar: Evita.) La que me parió, preciosa por cierto, se llama Ofelia y cada vez que pienso en ella, imagino lo linda que fue nuestra madre primigenia.

**********