EVOLUCIÓN, MITOCONDRIAS, FÓSILES Y MOMIAS.

septiembre 19, 2008

El incremento de conocimiento sobre el ADN ha traído de la mano la convicción de que cada vez más, el mundo está cayendo en una vorágine de males derivados de mutaciones genéticas. De ahí que una gran parte de los esfuerzos de la medicina estén actualmente dirigidas en esa dirección… y que gracias a eso, cada día aparezcan en los laboratorios científicos nuevos medicamentos y técnicas paliativas ante tanto dolor, atrofia, pérdida de calidad de vida, y en más casos de los que se desea, la propia muerte.

Una de las líneas de la investigación mutacional se dirige hacia la mitocondria, complejo orgánulo que actúa como verdadera central energética en levaduras, plantas, y animales. Exclusiva de células eucariontes, pese a aparecer inscritas en la hebra de su genoma, datos que la relacionan con el ADN celular, se dice en las aulas que ‘floreció’ por casualidad, gracias a un ‘ente turista’ que no contento donde estaba, salió a buscar residencia.

Pero lo cierto es que sus funciones metabólicas son fundamentales para la vida celular; ningún eucariota puede subsistir sin ella, puesto que sujeta el ‘programa vital’ que instaura muchos de sus eventos. Y no es producto de ningún ser endosimbionte, el ADN nuclear lleva inscrita muchas instrucciones que les relacionan: proteína por proteína, no ‘bicho a bicho’. Ningún experimento científico, en ningún momento de las Ciencias ni en ningún punto del planeta, ha podido ver que una instrucción surja por sí misma, y menos que se inscriba por sí misma. Y si algo nos ha enseñado el estudio del genoma, es que primero está la instrucción, y luego la vida; las evidencias las veremos más abajo.

Algunas de las funciones mitocondriales, esenciales para el organismo, son: la oxidación de piruvato procedente de la glucólisis, oxidación de ácidos grasos, ciclo de los ácidos tricarboxílicos, formación de cuerpos cetónicos en los órganos cetogénicos y su utilización en los no cetogénicos, transporte de electrones, fosforilación oxidativa, etc. Cada una de estas actividades respondiendo fielmente a un programa escrito en el genoma, no a un endosimbionte incapaz de ejecutar por sí mismo, sin instrucción de ningún tipo, lo que pocos hombres en el mundo son capaces ni siquiera de entender, luego de quemar pestañas durante años de estudios, en bibliotecas llenas de información científica.

Muchos piensan que el ADN, ‘la gran instrucción’ para crear, desarrollar y mantener la vida embrionaria en todas las especies eucariotas, solo aparece en el núcleo de la célula. Pero hay más que eso; el ADN está organizado en forma de cromosomas, y una célula somática típica, tiene en su núcleo 46 cromosomas. A este número se le llama diploide; o sea, somos diploides porque tenemos 23 tipos de cromosomas… dobles. Nacemos de padre y madre, y cada uno aportó un cromosoma de cada clase. Nuestra madre nos dio 23 cromosomas: uno del 1, uno del 2, uno del 3… y lo mismo ha sucedido con nuestro padre.

Sin embargo, a veces se olvida un cromosoma 47 con el que también hay que contar en el genoma humano, pues posee otra información inscrita y codificada, instruyendo con datos específicos, sobre operaciones metabólicas vitales para la vida: el pequeño cromosoma mitocondrial… interrelacionado con los otros 46 residentes en el núcleo.

¿Y cómo es la mitocondria, el orgánulo que lo contiene, desde el punto de vista genético? Ante todo, digamos que ‘bajo programa inscrito en el ADN nuclear’, se elaboran cientos de miles de proteínas que intervendrán en las funciones metabólicas de todo ser vivo… y que 13 de ellas son procesadas según el propio ADN mitocondrial, por genes que ‘instruyen’ la elaboración de proteínas porteadoras.

Y atención de nuevo: hay varios cientos de proteínas mitocondriales. Así que además de las 13 aludidas, necesita otras… cuyas instrucciones de elaboración están inscritas y codificadas en el genoma nuclear, y son sintetizadas en el citosol. Otra evidencia que descarta un endosimbionte, que, si cayó en paracaídas, los datos ‘inscritos’ en su ADN no tenían por qué ser ‘interactuantes’ con el ADN del núcleo de la célula.

Hay que decir también, que la mutación puntual (cambio de una base nitrogenada por otra) causa más de 50 patologías distintas, entre ellas:

MELAS: (miopatía mitocondrial con encefalopatía, acidosis láctica y episodios similares al ictus). Se debe a una disfunción el complejo I de la cadena respiratoria mitocondrial [OXPHOS], debida a un cambio de bases en el par 3243 de la cadena pesada.

MERRF: (epilepsia mioclónica, fibras rojas deshilachadas): se debe sobre todo a una mutación del gen que codifica el ARNt de la lisina: un cambio de bases en la posición 8344 de la cadena pesada; produce una disfunción del complejo V de la cadena respiratoria.

NARP (neuropatía, ataxia, retinitis pigmentaria): La provoca una mutación del gen que codifica el complejo V de la cadena respiratoria (ATP-asa 6).

LHON (neuropatía hereditaria de Leber): Causada por múltiples mutaciones en los genes que codifican el complejo I (NADH-deshidrogenasa)

A estas ‘puntuales’, habría que añadir gran número de males causados por mutaciones de genes mitocondriales (sordera, síndrome de Ham, etc).

Los investigadores que se esfuerzan en mejorar la calidad de vida de los afectados por mutaciones mitocondriales que producen dolencias de todos los niveles, han logrado establecer cómo se comportan estas mutaciones y las enfermedades que generan en cada una de estas anomalías genéticas. Años atrás, la mitocondria humana no tenía mayor interés para los investigadores de citología, bioquímica y bioenergética. Hoy, sin embargo, está en primer plano de las ciencias biomédicas, y esto se debe, fundamentalmente, a:

– La detección de un revelador conjunto de males genéticos; casi un centenar debidos a mutaciones precisas que provocan sustitución de unas bases nitrogenadas por otras, alterando las proteínas que debían ser sintetizadas. A ello hay que añadir los varios cientos de mutaciones no puntuales, [delecciones, inserciones de fragmentos de ADN…]

– El descubrimiento del ADN mitocondrial como un marcador de gran fiabilidad en antropología molecular; muy útil para los médicos forenses, por su valor como contraste en la identificación de personas o el esclarecimiento de relaciones de parentesco.

– Aumento de los conocimientos sobre la actividad de la mitocondria en el metabolismo celular, y clarificación definitiva de la bioenergética de la mitocondria, en relación con el transporte de electrones, fosforilación oxidativa y la comunión de ambos procesos.

– El hallazgo de su implicación en distintos tipos de cáncer y males neurodegenerativos. Su aportación activa en la apoptosis o suicidio celular, ha despertado un interés exponencial en oncología, pues en condiciones normales, impide la evolución de tumores.

En el siguiente dibujo se ve el mapa genético del ADNmit humano, una molécula circular con 16569 pares de bases, información para 37 genes: dos ácidos ribonucleicos ribosómicos (ARNr), componentes de los ribosomas específicos mitocondriales, 22 de transferencia (ARNt), capaces de leer todo el código genético, y 13 polipéptidos que forman parte de cuatro de los cinco complejos multienzimáticos del sistema de fosforilación oxidativa (sistema OXPHOS). Imaginen esa obra de la ingeniería bioquímica, organizada por un simbionte despistado: una burla al raciocinio; no importan los años que quieran endosarle.

ADN MITOCONDRIAL

ADN MITOCONDRIAL

Pero, y ahora viene lo más importante: el resto de los polipéptidos componentes de estos complejos, así como el complejo II completo, ¡están codificados en el ADN nuclear!

De modo que la variación en las manifestaciones clínicas puede explicarse no solo por la heterogeneidad en las mutaciones del ADNmt, sino también por mutaciones en el ADN nuclear, poseedor de las instrucciones codificadas que regulan la elaboración de gran parte de las subunidades proteicas de la cadena respiratoria establecida en el sistema OXPHOS: la misma que regula la energía de la mitocondria.

O sea, la biogénesis de este sistema constituye un caso único en la célula, ya que para su formación se requiere la expresión coordinada ‘mediante inscripción codificada’, de ambos sistemas genéticos: el nuclear y el mitocondrial ¡Otra evidencia que niega el proceso ‘de endosimbionte a mitocondria’!

Si se ha descubierto una clara interacción de los genomas mitocondrial y nuclear, si ambos genomas tienen las instrucciones codificadas para producir polipéptidos de la OXPHOS; si los dos ADN tienen esas instrucciones INSCRITAS en su genoma: ¿Cómo logró una bacteria endosimbionte, inscribir y codificar en su ADN, datos que no posee el procariota?

Y hay varios ejemplos de esto, reflejados en dolencias. Existe una enfermedad autosómica que implica al menos un gen del ‘más allá’ nuclear, regulando la cuantía de moléculas de ADNmt: el ‘Síndrome de Reducción de ADNmt’, caracterizado por una reducción del número de copias de ADNmt en varios tejidos. El fenotipo clínico incluye miopatía y otras características típicas de las enfermedades del ADNmt… pero debidas a mutaciones en un gen del ADN nuclear.

Por otra parte, la mitocondria integra muchas señales que inician la apoptosis. Y se sabe que la apoptosis es un verdadero sistema de alerta y control, que determina ‘en qué momento’ debe producirse el suicidio celular. Un proceso en el que se también se ven implicadas proteínas diseñadas en el ADN nuclear, actuando como reguladores e interruptores genéticos… procesos que usan varios polipéptidos del OXPHOS regulador de la actividad energética mitocondrial. ¡Un servosistema biológico, innegable!

Se evidencia de nuevo la interacción programada, no ‘simbiótica’, entre mitocondria y núcleo; así como la obvia necesidad de la existencia de ambos según el programa que aparece inscrito en los dos genomas, y que les hace imprescindiblemente interactivos. No se ve azar por ninguna parte, sino una instrucción muy bien diseñada, en base a un programa armónico, perfectamente secuenciado, segundo a segundo, que aparece inscrito y codificado en cada molécula correspondiente.

Los valedores de la Creación no vamos contra la Ciencia. De hecho, estamos seguros que el Señor está orgulloso de cada investigador científico preocupado por su aporte a la sociedad, apoyándole en sus logros. Con su dedicación y sacrificios responden a sus instrucciones sobre la entrega al servicio de los demás; la Biblia los incluye:

Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta. Sin embargo, alguien dirá: ‘Tú tienes fe, y yo tengo obras.’ Pues bien, muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré la fe por mis obras.” [Santiago 2:17]

El pasaje incluye a aquellos que se confiesan agnósticos, pero pasan de buscar evidencias antiDios, y prefieren dar solución a graves problemas producidos por enfermedades. Es seguro que están más cerca del Señor que aquellos que se declaran creyentes, pero apoyan la descendencia de antropoides, negando la misma Palabra del Génesis de Dios… y convirtiendo al propio Creador en homínido:

Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza“.

Resulta innegablemente positivo el hecho del aporte científico a la humanidad, basado en investigaciones sobre ADN mitocondrial, buscando soluciones paliativas al dolor, atrofias, malformaciones y muerte, que causan sus mutaciones. Contrasta en exceso con el otro uso que no he querido mencionar hasta ahora: el denigrante empleo del ADN mitocondrial, para descubrir una virtual fósil Eva de 150000 años, momificada y paciente en el tiempo, esperando casi 100000 años por el fértil espermatozoide de su Adán… que dudo mucho que ‘emergiera’, ante el desagradable encontronazo del primer hombre, con tal esperpento impuesto por los estudios evolutivos.

Tal Eva solo fue otro pretexto del buldózer evolutivo que intenta extirpar a Dios del espíritu humano. Es decir: ningún cientificismo; solo ateísmo fanático, puro y duro… vestido con la bata blanca de los laboratorios, e intentando disfrazar de científico un disparate que va frontalmente opuesto con la necesidad de macho y hembra coincidentes en tiempo. Un dislate que niega el dictado de los cromosomas, bien establecido por la propia Ciencia.


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LA TERMODINÁMICA NO EVOLUCIONA

mayo 9, 2008

UN ESCOLLO MÁS DIFÍCIL QUE EL ESLABÓN PERDIDO

Una de las ramas de la Física que más dolores de cabeza da a la Teoría de la Evolución, es la Termodinámica, que analiza la energía desde postulados reconocidos a nivel internacional, rigiendo sus manifestaciones, ya sean los procesos naturales o industriales. Su 1ª Ley es la más difundida: “La energía, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”; por eso, también se le conoce como “principio de conservación de la energía“.

Este axioma, niega la posibilidad de que se produzcan fenómenos en los que no se conserve la energía, (solo se transforma), sin ofrecer sentido de “dirección” del proceso; sin embargo, la observación de sucesos naturales nos dice que éstos se generan en un sentido determinado y no en el opuesto; jamás son reversibles. Y precisamente, esta falta de simetría en la dirección de evolución de los sistemas naturales es el objetivo del segundo principio: la 2ª Ley de la Termodinámica, o ley de la Entropía.

En sistemas físicos compuestos por diversidad de entidades, la naturaleza beneficia al desorden y niega el orden. Si tenemos, por ejemplo, unas cuantas sustancias ordenadas de determinada forma, y se bloquea al sistema de influencias externas, la composición de dicho conjunto tenderá a desordenarse a medida que el tiempo pase.

Y aquí entramos en la ‘Entropía‘. Una magnitud cuantitativa que mide la “cantidad de desorden” de un sistema y que se suele designar “S”. Si usamos el símbolo “w” para designar el número de microestados que tiene un macroestado, decimos que S (el desorden) aumenta cuando w crece. Matemáticamente se escribe como:

S= k[Ln(w)]

Donde k es una constante de proporcionalidad (de Boltzmann) y Ln(w) es el logaritmo neperiano del número de microestados (w). Se usa la función del logaritmo neperiano, porque w suele ser una cantidad muy grande y su logaritmo da valores más prácticos.

La ecuación dicta que la entropía de un sistema aislado aumenta a medida que éste se aproxima a su macroestado de equilibrio (el de mayor desorden). Éste es uno de los enunciados de la segunda ley de la termodinámica.

Esta Ley, estatuto básico de la física, sostiene que bajo condiciones normales, todos los sistemas dejados a su propia voluntad tienden a volverse desordenados y dispersos, en relación directa con el tiempo transcurrido. Todo lo viviente o inerte se agota, deteriora,  decae, desintegra y destruye; es el fin definitivo que todo lo existente enfrentará, de una u otra manera. Y de acuerdo a esta ley, no hay retorno de este proceso inevitable.

Es algo a lo que nadie es ajeno. Por ejemplo, si llevamos a un desierto un camión con arena, cemento, ladrillos, y todo lo necesario para una cimentación; así como pintura, brochas, etc, y lo volcamos todo en un mismo punto, retirándonos luego, será imposible que si regresamos años después, topemos al menos, el inicio de una construcción. Por el contrario, seguramente que nada estará donde lo dejamos, pues el viento, el sol y tormentas de arena… todo tipo de erosión habrá cambiado el panorama.

La Ley de la Entropía sostiene que el Universo avanza ineludiblemente hacia la desorganización. De modo que niega categóricamente que las sustancias inorgánicas, en un momento X del tiempo, pudieran dar lugar a una vida orgánica organizada, tal como la básica célula procariota. La alusión evolucionista, según ensayos de Miller, a que unos aminoácidos fueron capaces de aliarse químicamente para generar vida (que representa orden), es contradictoria con lo que enseña la propia Ciencia de la Física: lo que se incrementa por sí mismo no es el orden, sino el caos.

La Segunda Ley de la Termodinámica o ley de la Entropía, se ha confirmado experimental y teóricamente. Científicos contemporáneos como Einstein, auguraron que esta ley regirá la normativa física del próximo período de la historia; de ella comentó: “es la ley principal de toda Ciencia“. Por otra parte, el astrofísico relativista, el inglés Sir Arthur Eddington, la mencionó como “la ley metafísica suprema de todo el Universo“.

Sin embargo, la teoría evolutiva, proclamada como ‘científica‘ por sus seguidores, obliga al mundo a ignorar radicalmente esa ley cardinal y mundial. Plantea que diseminados átomos inorgánicos se unieron por azar, para crear aminoácidos y moléculas complejas como las proteínas, el ADN y el ARN, obviando la imperiosa necesidad de que coincidieran en el tiempo, pues por ejemplo, se sabe que muchas proteínas de potencial interés, apenas mantienen su configuración nativa y funcional por unas horas.

Andrea Bechmair, Daniel Finley y Alexander Varshavsky, del departamento de Biología del Massachusetts Institute of Technology, MIT, dan una respuesta (Science, vol. 234 pág. 179, 1986). Según ellos, el último aminoácido de la cadena (Nitrógeno terminal) que forma la proteína, marca su supervivencia. Si es metionina, serina, alanina, treonina, valina o lisina, la vida media de la proteína es de veinte horas o más. En cambio, si el aminoácido terminal es isoleucina o glutamato, la vida media es de 30 minutos. La glutamina y tirosina, son aún más efímeras: 10 minutos. Y si son arginina, fenil, alanina, leucina o aspartato, duran apenas dos minutos.

Esto marca una gran limitación a la hora de formar las primeras; todas tuvieron que coincidir en dos minutos, pues de lo contrario, aquellas proteínas formadas en base a aminoácidos arginina, fenil, alanina, leucina o aspartato, fenecerían mientras se formaran las demás. No vale pues el criterio de los miles de millones de años, ya que el tiempo de duración de la más longeva es de menos de un día; tuvieron que ser coincidentes en un espacio breve de tiempo para ser funcionales y crear la primera célula.

Las células del organismo están constantemente sintetizando proteínas pero al mismo tiempo también se están destruyendo, lo que constituye el ciclo continuo de la vida. Las humanas sintetizan unas 100 mil diferentes, cada una de acuerdo a sus necesidades. Después de formar la primera especie viva, se originaron millones de otras, aún más complejas. Según la teoría de la evolución, ese supuesto proceso que genera estructuras más complicadas, organizadas y ordenadas en cada etapa, se formó por sí mismo bajo las condiciones naturales: una negación total de la 2ª Ley de la Termodinámica.

Es vital considerar que si algún paso del sumario evolucionista contradice la Ciencia, eso ya resulta suficiente para evidenciar que la teoría es inválida de enseñarse en las aulas. Si el azar proteico es insostenible, todas las  fantasías evolutivas derivadas de ello, también se impugnarían y agregarían al largo rosario de embustes ya citados en otros artículos de este blog.

Los científicos evolucionistas conocen perfectamente esta limitante física que se opone al criterio: ‘la vida surgió por trillones de casualidades coincidentes‘. Eso nunca sería posible; la biología existe, gracias a que se engendró un sistema inteligente que neutraliza la tendencia caótica natural, y permite un desarrollo controlado de los metabolismos. Exactamente lo que tenemos ante nuestros ojos, aunque muchos sean incapaces de reconocerlo. El físico americano J. H. Rush dice:

En el curso complejo de su evolución, la vida exhibe un notable contraste con la tendencia expresada en la Segunda Ley de la Termodinámica. Donde esta ley expresa un avance irreversible hacia una entropía creciente y desordenada, la vida se desenvuelve continuamente hacia más altos niveles de orden“.

Por su parte, el científico evolucionista Roger Lewin expresa el atolladero termodinámico de la evolución en un artículo de la revista “Science”:

Un problema que han enfrentado los biólogos es la aparente contradicción de la evolución con la Segunda Ley de la Termodinámica. Los sistemas deberían deteriorarse con el paso del tiempo, disminuyendo en vez de aumentar el orden“.

Y otro científico evolucionista, G. Stravropoulos, cita en la revista “American Scientist”

Bajo condiciones ordinarias, nunca se puede formar espontáneamente ninguna molécula orgánica compleja, sino que se desintegrará, según la Segunda Ley. En realidad, cuanto más compleja es, resulta más inestable, y lo que se confirma, más temprano o más tarde, es su desintegración. La fotosíntesis, todos los procesos de la vida, y la vida en sí misma, pese a todo lo que se dice confusamente, deliberadamente o no, no puede comprenderse en términos de la termodinámica o de cualquier otra ciencia exacta“.

La propia Ciencia constituye un freno insuperable para el ‘teatro‘ de la evolución, y los más obstinados evolucionistas, incapaces de mostrar argumentos científicos coherentes para superar el obstáculo, se imponen al mismo desde su fantasía. Jeremy Rifkin, quien ha escrito numerosos libros sobre el impacto de la ciencia y la tecnología en la economía, en la sociedad y el medio ambiente, entre ellos ‘Entropía: hacia el mundo invernadero‘, anula esta ley de la física, atribuyéndole a la selección natural un “poder mágico“:

La Ley de la Entropía dice que la evolución disipa toda la energía disponible para la vida en el planeta. Nuestro concepto es exactamente el opuesto. Creemos que la evolución, de algún modo mágico, crea un valor y orden energético más grande sobre la Tierra“.

Es decir, sus palabras señalan plenamente que la evolución es una creencia dogmática. Cuando conviene, hablan de Ciencia; cuando no, la anulan. Así actúa la soberbia. Confrontados por la verdad científica, osaron reestructurar la Ley de la Termodinámica, diciendo que la misma solo se aplica en un “sistema cerrado“, en el que la energía y sustancia inicial permanecen constantes, mientras que en un “sistema abierto“, donde la sustancia energética fluye dentro y fuera del mismo, no se cumple esa Ley.

Sustenta que nuestro sistema es abierto, continuamente expuesto a la energía que irradia el sol; que por ello, la Ley de la Entropía no es aplicable, y la vida compleja y ordenada, puede generarse a partir de sustancias inertes, simples y desordenadas.

Pero, una vez más, distorsionan la realidad. El que tenga flujo de energía no es suficiente para organizar un sistema. Por ejemplo, la célula es la unidad mínima de un organismo, capaz de actuar de forma autónoma. En su interior tienen lugar numerosas reacciones químicas que le permite crecer, producir energía, eliminar residuos y reproducirse: el vital conjunto de reacciones llamadas ‘metabolismo‘.

Es cierto que la vida deriva de la energía solar; sin embargo, esta puede mudar a energía química solo mediante sistemas de conversión complejos tales como la fotosíntesis en las plantas, y los sistemas digestivos de humanos y animales. Nada existe sin ellos. Ante su carencia, el sol no es más que una fuente de energía agresiva que quema, reseca, y produce mutaciones que culminan en cáncer.

Un medio termodinámico sin mecanismo de conversión energético, no apoya la evolución; sea abierto, cerrado o entrejunto. Una gran dificultad de su ‘teoría sintética‘, es el hecho de explicar de forma razonable cómo pudieron surgir por sí mismos esos verdaderos ‘ingenios‘: la fotosíntesis vegetal y los distintos procesos animales: digestivos, circulatorios, neuronales, respiratorios, etc, que permiten la vida de cada célula.

La influencia solar no es capaz de producir orden por sí misma. La alta temperatura no asegura que los aminoácidos se unan en ordenadas secuencias. La energía por sí sola no es suficiente para que los aminoácidos creen moléculas complejas como las proteínas ni para que éstas formen las estructuras organizadas de los orgánulos celulares.

En la ley de Entropía, la evolución halla una oposición de la que no logra huir ni a la que consigue enfrentar con un mínimo de posibilidades. Un esforzado en unir termodinámica y evolución, fue el científico ruso-belga Ilya Prigogine. Partiendo de la teoría del caos, expuso varias hipótesis mediante las cuales el orden surge del desorden. Pero, nunca fue capaz de concretar esa unión. Veamos sus palabras:

Hay otra cuestión que nos ha fastidiado durante más de un siglo: ¿qué significado tiene la evolución de un ser viviente en el mundo descrito por medio de la termodinámica, un mundo de un desorden siempre creciente?”

Prigogine supo perfectamente que las teorías a nivel molecular no son aplicables a los sistemas vivientes, como el caso de una célula viva; de ahí su opinión:

El problema del orden biológico involucra la transición de la actividad molecular al orden supramolecular de la célula. Este problema está lejos de ser resuelto“.

Es como decir: ‘Solo sé, que no sé nada‘. De ahí no pasó la Teoría del Caos.

La 2ª Ley Termodinámica, nacida de talento humano, dice ‘No‘ a la evolución; la existencia de la vida solo puede explicarse por la intervención de un poder sobrenatural. Ese poder es la Creación de Dios, quien nos dejó escrito desde los tiempos de Moisés la forma general en que creó todo el Universo de la nada.

La Ciencia ha probado, con el descubrimiento del ADN, que contiene demasiado diseño para opinar que apunta hacia el azar. La existencia de la vida no tiene más explicación que una Creación; todo esfuerzo ateo por demostrar lo contrario, será como martillar el acerado raíl con maza de goma.

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