EL CREACIONISMO EN LA CIENCIA

febrero 2, 2011

1º de febrero/2011

La batalla filosófica [no científica, pues no hay Ciencia si uno de dos la evita] entre evolución y creación, entró al mundo con la primera lucubración ateísta de la escuela jónica [VI aC], sobre el origen de la vida. Tal filosofía [que no Ciencia], bebió la intuición cosmogónica adoptada hoy por la filosofía [no Ciencia], del evolucionismo. 

El ateísmo aceptó una evolución natural y continua; el elemento primario variaba, según el gallo cantor de aquel gallinero indocto en cuanto a orígenes. Tales de Mileto la achacó al agua; Anaxímenes al aire, y Heráclito de Efeso dijo que toda existencia está en continuo cambio. Pero Anaximandro fue el pionero evolutivo: según él, los primeros animales surgieron del agua, y pasaron luego a tierra firme. Fue el primero en pensar que el hombre nació de un animal. O sea, la misma película de hibridismo ficción que obligan a ver milenios después, en salas académicas del mundo.
Galeno (130-201 d.C.), demostró desde la raíz del evolucionismo que no se trataba de una problemática científica, sino de contradecir a cómo fuera, el relato del Génesis:

Es precisamente en este punto que nuestra propia opinión y la de Platón y otros griegos que siguen el recto método de las ciencias naturales difieren de la posición adoptada por Moisés. Para este último parece suficiente declarar que simplemente Dios ordenó que la materia se estructurase en su debido orden, y que así sucedió; porque él cree que todo es posible para Dios… Nosotros, sin embargo, no sostenemos tal cosa; decimos que ciertas cosas son de natural imposibles y que Dios ni siquiera intenta tales cosas, sino que él elige lo mejor de la posibilidad del devenir
Ese ‘nosotros’ exhibe al ateísmo desmarcándose de quienes protegían la conservación de las especies según el Antiguo Testamento aceptado durante milenios. Luego, en el siglo XIX, en 1809 [¡año Darwin!], renunciando a ciencia, al Caballero de Lamarck [Jean Baptiste Monet], le dio por leer libros viejos, e incitó un retroceso histórico en Ciencias, publicando su obra pro-jónica “Filosofía Ecológica”.

Apuntaló dos leyes anticientíficas, amparando la generación espontánea como suceso frecuente: ‘Todo ser tiene un instinto interno que le lleva al autoperfeccionamiento’, y ‘Generan nuevas necesidades cuando se producen cambios en el ambiente’. O sea, la filosofía [no Ciencia] que prevalece hoy: la selección natural hace/crea el órgano. Absurdas propuestas del azar creador, saltarín e irracional, que todos saben cómo destruyó científicamente el inmenso Pasteur. Dios le tenga en Su Gloria.

Luego, Darwin indujo cópula demagógica: la selección natural, supuestamente mejorando al azar rasgos ya existentes, llegaría a estructuras más y más complejas, hasta crear nuevas especies. Pero la utopía de la selección natural siempre evita el origen de lo que supuestamente selecciona, pues lo real es que al tratar el origen de nuevos órganos y funciones [visión, oído…], no se seleccionan y mejoran estructuras, sino que hay que crearlas. Y, ¿acaso se puede crear el ojo sin saber de óptica, o el oído sin el saber acústica y mecánica? Solo con argumento filosófico, no desde Ciencias.

Ese antiCristo, y anticiencia, contorneó ojos ante el pico de pinzones, con sus ‘híbridos fértiles’, pero los pinzones, y las 10000 especies de aves conocidas, no procrean si no coinciden hembras y machos de igual especie. E igual ocurre con los más de 2 millones de especies sexuadas que existen: no hay gametos si no coinciden en tiempo machos y hembras de la misma especie. El mundo híbrido de Darwin, de algas a mamíferos terrestres, a ballenas, a simios y a humanos, solo puede existir en una imaginación prejuiciada, no en una mente científica.

Pero no hacía falta más; poco importaba ir contra Ciencia; había surgido un líder que guiaba hacia la emancipación de Dios y de su Hijo Jesús, el juez que vendrá. A partir de ahí, a todo defensor de la Creación se le llamó despectivamente ‘creacionista’.

Pero el hecho es: ¿El creacionismo implica Ciencia? Veamos: En Lingüística, la parte de la gramática que estudia las funciones de las palabras en el contexto de una oración, se denomina sintaxis. Así, ‘creacionismo’ halla raíz en un verbo reconocido por la Real Academia Española, de múltiples usos en el idioma: ‘crear’. Y su significado etimológico, no el teológico, sino el sintáctico, dice que es:

Producir algo de la nada”. Ej: Se creó el primer computador, sin aun existir. Está la evidencia: ausencia de computadores; nadie les conoce, hasta que el primer prototipo inteligentemente cavilado, diseñado, y creado, vino al mundo para su comprobación, como nueva creación. Así, en este caso, el creacionismo es la corriente de pensamiento científico que sigue la pauta irrefutable que deja un diseño, desde su obra, hasta llevar al diseñador inteligente: el ingeniero del computador.

Un dato: si alguien dice que una célula procariota se convierte por sí misma en eucariota; o que salen alas de los lagartos o que los simios trasmutan en humanos o que las calabazas se vuelven carrozas, sin presentar evidencias de ninguno de los pasos, no se habla de Ciencias, sino de argumentación transformista. Se cuenta que lo que ya existía evolucionó hacia otra cosa, sin que ese tránsito se pueda comprobar.

Pero, por ej, si se analiza científicamente la proteína ‘distrofina’, se ve que de ella depende la estabilidad de las membranas de las células musculares. Y hay algo que certifica que no sale al azar: la receta inscrita en el ADN para elaborarla. Pero aun hay más: la orden solo se activa cuando un factor genético detecta la deficiencia proteica, e indica a otra instrucción en el ADN, la de su síntesis, que tiene que ponerse las pilas y volver a fabricar distrofina por un tubo, hasta que se le diga stop. Y eso evidencia un Diseño científico que incluso prevé imprevistos. Es una prueba de DI.

Y veamos algo aquí: la mutación génica en tal instrucción, , es producida al azar; y ese azar, al ser anticientífico o no previsto, causa dolencias como la distrofia muscular de Duchenne y la de Becker. O sea, el empirismo científico dice que la mutación en ese gen conduce al caos, no a la mejora genética; por lo que la alteración azarosa se descarta como vía transicional a algo mejor. Es lo que se llama en Ciencias ‘evidencia negadora’.

¿Cuánto diseño ha hallado la Ciencia en esta proteína? Veamos: 1-En el núcleo de las células musculares, las instrucciones enteras de las regiones de los exones e intrones del gen de la distrofina son copiadas en el ARN premensajero. 2-Los intrones, que no codifican la síntesis, son eliminados entonces de esta copia o trascripción, mientras los exones son empalmados juntos uno tras otro, al ARN mensajero. 3-Ese ARNm con el mensaje genético almacenado en 79 exones, viaja a los ribosomas, las fábricas de proteínas, en el citoplasma de las células, y allí es donde la unión de los 3 685 aminoácidos adecuados crean la distrofina.

4/5- La proteína es llevada bajo la membrana de la célula muscular, donde forma parte de un complejo con muchas otras; algo necesario para trasmitir la fuerza muscular y para la estabilidad de la membrana celular bajo tensión mecánica.

6- Otro diseño gestiona más transporte proteico si el músculo persiste en necesidad de tensión. 7- Mientras, factores genéticos reguladores están pendientes por si es necesario extender la síntesis de distrofinas o detenerla, pues, aunque los científicos hablan de las cosas con que trabajan como si fuera sólo una de cada: ‘una proteína’, ‘la distrofina’, ‘el gen’, ‘la fibra muscular’… en realidad, actúan miles de millones de ellas. Hay 114 mil millones de moléculas de distrofina en un gramo de tejido de músculo. O sea, 7 diseños previendo la necesidad celular para una sola proteína, expresada miles de millones de veces.

Se crean 10000 distintas, no una sola; ¡una grandeza de Diseño! ¿A cuánto asciende el total de todas, actuando en el organismo? Y el esquema del programa ADN prevé la instrucción para sintetizarlas todas; no solo los billones de distrofinas, sino el total de proteínas existentes en el cuerpo, pentatrillones, funcionando con armonía y rigor.

Como pueden apreciar, este rastreo no ha sido filosófico, sino científico y empírico. Jamás verán este análisis por parte de ningún equipo evolucionista, que solo siguen la flecha del azar y la ‘homología orgánica’ en sus conclusiones. Solo vayan al trabajo seudocientífico del genoma hombre-chimpancé, y lo comprobarán: ‘genes homólogos, polimorfismos debidos a la evolución…’ Hacen todo lo anticientífico que esté en sus manos para lograr apuntalar las lucubraciones que caracterizan la teoría; incluso cogen los cromosomas 12 y 13 del chimpa, los recortan en brazos largos y cortos, y luego los pegan, intentando franquear la sólida barrera genética que impone la realidad: esos simios tienen 48 cromosomas, mientras el humano solo tiene 46. Aun sabiendo las funestas consecuencias que la experiencia señala en el caso de los humanos con aneuploidías, cambio del número de cromosomas.

 Es decir: buscan aquello que necesitan hallar para apuntalar su teoría, en una inducción circular. Pero aunque lo niegan en la Creación de Dios, la propia defensa evolutiva depende de diseño; sin él, nadie logra solución. Solo que el evolucionista lo usa para intentar apoyar una teoría decadente, a como sea. Y en eso fundamenta su plan de acción.

Yo participé durante años como miembro de un equipo de investigación, y sé que luego de la jornada laboral, por las noches, ya en familia, el cerebro está procesando, buscando para el día siguiente un nuevo diseño o plan que permita el éxito, que no nos haga parecer a la zaga del resto, que no retrase el trabajo investigativo. Así, este análisis de la distrofina rastreó las evidencias científicas identificables por experimentación; siguió cada proceso celular desde su instrucción ADN. Y a quienes usan esta técnica de pesquisa, buscando conclusión objetiva, les llaman, despectivamente, ‘creacionistas’.

Quienes hayan seguido esta flecha biológica paso a paso, no tienen otra opción que reconocer en el diseño a un Creador que perfila su prototipo, pues en la fórmula de la vida resulta científicamente contrastado que la información antecede a la obra final. Y a esta corriente científica, que siguiendo paso a paso los procedimientos científicos implícitos en el ADN de cada célula, de cada organismo viviente en este planeta, hasta llegar al Diseñador que acabó siendo Creador, se le llama ‘Creacionismo’.

El creacionismo pues, no es un pensamiento vulgar, sin reglas, aferrado solo a una fe y una filosofía, sino el final de un razonamiento científico, que en cada obra conduce hacia la inconmensurable Ciencia de Dios, el Creador de toda Ciencia. Es la sistemática de análisis de todo defensor de la Creación, que acude a las Ciencias para defender la verdad científica del Diseño Inteligente de nuestro Dios. Llegados aquí: ¿puede alguien decir que el creacionismo no es Ciencia? Solo desde el capricho y la enorme necesidad de desautorizar la verdad.

El DI tiene en el creacionismo la causa fundamental. Dios diseñó, no para que el azar actuara, sino para que [como el todopoderoso ingeniero que es], pudiera llevar a término el producto: la Creación de un mundo física y químicamente armónico, desde la Tierra hasta las profundidades más recónditas del espacio cósmico, donde vemos más de 25 tipos diferentes de órbitas, sin que ningún defensor del azar sea capaz de determinar, no el teórico big bang, sino de dónde brota esa colosal fuerza que aun hoy, en este mismo instante en que Ud. lee, mantiene a ese multimillonario conglomerado flotando armónicamente en el espacio.

Son materialistas, se guían por la física, y la física enseña que la energía no se crea ni se destruye, sino que se transforma; pero también dice que no existe la máquina de movimiento perpetuo, de modo que el materialismo ateo debería explicar la fabulosa e inconmensurable maquinaria cósmica de movimiento perpetuamente sincrónico que Dios ha presentado al mundo, poniéndole a los sabios ateos los pelos de punta al verse impotentes para dar una respuesta científica satisfactoria. Y además, deben hacerlo mediante el uso de la reflexión, una entidad inmaterial e intangible, de la que ningún defensor evolutivo es capaz de señalar su ‘trasmutación animal‘.

Sin embargo, algunos cristianos yerran al presentar el DI como una entidad independiente, desmarcándose con temor de la palabra creacionismo. El ‘coco’ ha sabido meter el miedo a la ofensa, a la descalificación y al ostracismo científico. El ‘coco’ sabe mucho; sabe por dónde meter la punta de su lanza, y sabe que el ser humano no presenta una fisura mayor que su propia vanidad. Y el ser humano quiere desmarcarse siendo dubitativo: “bueno sí, creacionismo… pero no exactamente… sustentamos la idea de defender el Diseño Inteligente de Dios, pero no hablamos del cómo ni del cuándo…”

Y el coco gana esa batalla ideológica, por abandono del contrario. ¡A pesar de que el contrario [el creacionista] tiene a Dios de su parte! ¡Pues no! El coco, que sabe leer perfectamente en el corazón humano, debe ver que no hay fisuras en la cadena del espíritu, que no tememos ser avergonzados, porque el propio Señor Jesucristo nos lo advirtió: “En el mundo tendréis aflicción, pero no temáis, Yo he vencido al mundo”.

Así que, sí el Señor Jesucristo siempre llamó al pan ‘pan’ y al vino ‘vino’, comportémonos dignamente ante Él. Digamos sin tapujos que el Diseño Inteligente no es una maquinaria humana; no es un artefacto creado por el cristiano para marginarse del creacionismo, sino que es la consecuencia de seguir una pauta analítica que conduce irreversiblemente hacia una entidad Creadora Inteligente.

Tal como Jesús no intentó vender coches a nadie, sino que habló claro, propugnando la unidad de su iglesia, no continuemos siendo separatistas por miedo al coco, sino tomemos la senda que Cristo trilló, y digamos con orgullo que el Diseño Inteligente al que conduce el análisis científico de cada célula, fue el precursor de la Creación Inteligente de Dios. Y que el creacionismo no es más que la corriente de pensamiento científico que defiende ese Diseño. Sin miedo, pues no es poca cosa lo que tenemos: nada más y nada menos que el apoyo del Señor Jesús. ¿Quién puede contra Él?

Sí, somos científicamente creacionistas; la Ciencia nos avala. Pero más aun Jesús, partícipe directo de la Creación de Dios, y para quien fueron creadas todas las cosas. Nuestro Gobernador eterno, Dios mediante, en el Sion definitivo e inexpugnable que esperamos habitar.

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DARWIN A POR LAS OLIMPIADAS.

agosto 17, 2008

En estos días en que toda la humanidad confraterniza mientras compite, se me ocurre que hay una práctica que a fuerza de ser repetitiva y exigida, se ha convertido de hecho en un deporte. Dado el tiempo que la teoría de la evolución de las especies lleva de permanencia y prevalencia entre la raza humana, involucrando a la mayoría de los países del globo, se ha hecho merecedora de ser incluida también en los juegos olímpicos.

Y pienso que muy bien podría hacerlo dentro de una disciplina que podríamos llamar: ‘SALTO DE LA VERDAD CON OBSTÁCULOS‘. No hay duda que todos los defensores evolutivos se encontrarían a sus anchas y en inmejorables condiciones de supremacía, dentro de una especialidad en la que indudablemente resultan expertos, y en la que, inexorablemente, no hallarán alternativa competente, ante la opción de la codiciada medalla dorada. Saldrían como favoritos al oro olímpico.

Se ven muy favorecidos por su constancia en el error de la inopia: no enterarse de lo que sucede en el entorno, mientras se declaran emisarios de la Ciencia… aunque esta señale en cada nuevo descubrimiento, hacia una dirección contraria a sus análisis. La inopia es consecuencia de ostracismo; algo ya castigado en la cultura helena. La palabra griega oστρακισμoς (ostrakismos) significa exactamente ‘destierro por ostracismo‘. Se deriva de la palabra oστρακoν (ostrakon): cáscara de huevo, caparazón de tortuga, caparazón en general… todo lo que indique ‘enclaustramiento‘, impidiendo libertad de acción.

La ley del ostracismo surgió por decreto en Atenas, en el año 510 a.C., y no fue más que una coyuntura legal para poder desterrar temporalmente a ciudadanos no gratos o peligrosos para la sociedad… una ley que vendría en estos tiempos, que ni pintada, para permitirle a la verdadera Ciencia, esa escrita con mayúscula, que ocupe el lugar que le corresponde en la mentalidad racional de todos los escolares del planeta.

Visto desde esta perspectiva, la teoría evolutiva se autocondena al ostracismo; se inventa un cuento, y luego se auto impide mirar en cualquier otra dirección, aunque las evidencias les estén indicando constantemente que van por el camino erróneo. Ante cualquier situación de tropiezo obvio, no analizan, sino que se esfuerzan en buscar la forma de tergiversar la realidad, para hacer creíble la inverosímil historia del génesis darwinista.

El agnosticismo que propugna la mayoría del mundo evolutivo, al confesarse ‘agnóstico’, en realidad les define, pues este vocablo proviene del griego a: ‘no’ y gnosis: ‘conocimiento’. O sea, es la postura filosófica del ‘no conocimiento’. Sustentan su posición, alegando que el valor de verdad de las afirmaciones metafísicas respecto a la Creación por parte del Inteligente Yahveh, es ‘incognoscible‘; pero en realidad, lo que hacen es cerrar los ojos ante las múltiples manifestaciones de diseño que muestra la propia Biología de su Creación, para que no les resulte evidente: el acostumbrado error del avestruz, cabeza en agujero protector, pensando que así podrá librarse del peligro.

Todas las revelaciones que evidencian el diseño de la vida, van brotando una a una; salen a la palestra del conocimiento científico, en la misma medida que los investigadores serios no ‘alteran‘ los datos de sus trabajos, para acomodarlos a lo que ellos piensan de la vida, sino manteniéndose libres de cualquier influencia de pensamiento, y subordinándose exclusivamente a las verdades nacidas de sus experimentos.

Horatio H. Newman, pionero en genética, pro-evolutivo, manifestó en una ocasión: “Aunque parezca difícil, el evolucionista honestamente se ve compelido a admitir que no hay prueba absoluta de la evolución orgánica”.

Apoyándole constantemente, la verdadera Ciencia acorrala cada vez más a la Teoría Evolutiva: Jacques Miller es un reconocido investigador científico, célebre por haber descubierto las funciones del timo, por la identificación en especies de mamíferos de dos tipos de linfocitos: ‘T’ y ‘B’, y por las labores de estos. Y aquí se hace indispensable recordar que el timo es el mismo que el ‘desconocimiento agnóstico evolucionista‘ [permítanme la redundancia, como licencia prosista], clasificó desde siempre como ‘residuo y evidencia de la evolución‘, trasmitiendo esa ‘irresponsable ignorancia‘, durante más de un siglo, a millones de estudiantes de Biología de los distintos centros educativos del planeta.

Y este oscurantismo alcanza niveles estratosféricos, cuando se sabe que en realidad, el timo es una glándula que resulta uno de los ‘controles centrales‘ del sistema inmunitario del organismo. Algo muy importante, pues si hablamos de control, implica que se ‘conoce y define‘, qué es lo que hay que controlar… ¡Un programa; una evidencia de diseño! De nuevo, un hallazgo científico niega la absurda casuística evolutiva, que para resultar creíble hace matrimonio de conveniencia con la otra ‘ignorante‘ teoría geológica, de miles de millones de años de transición. Tesis eónicas, por demás fundamentadas en sistemas de datación que en la práctica han demostrado resultar muy falibles, arrojando datos erróneos finales con millones de años de diferencia, al ser usados sobre pruebas, cuyas fechas eran ‘conocidas y recientes‘.

Como dato adicional sobre el Timo, debe decirse que su estructura aparece totalmente conformada en el 3er mes de embarazo, con 12 o 15 g, y sigue creciendo hasta que el individuo logra la capacidad de reproducción sexual; su máximo aumento: unos 30 ó 40 g. Pero, y ahora viene lo más importante, a partir de aquí ‘involuciona‘, atrofiándose poco a poco; el tejido tímico va convirtiéndose en adiposo y conectivo areolar, disminuyendo a unos 10 ó 15 g, hasta casi transformarse por completo… en una bola de sebo.

Es decir, no necesita de la fantasía de millones de años evolutivos, sino solamente lo que ‘Su programa‘ considera: la necesidad de su nacimiento, debido a su manifiesta influencia sobre el desarrollo y maduración del sistema linfático, y sobre la respuesta defenso-inmunitaria del organismo; así como su activa participación en el desarrollo de las glándulas sexuales y el crecimiento del individuo. Una vez realizada esta importante función, el programa de la vida, contenido en las células, determina su final, ordenando su atrofia… pero manteniendo la necesaria información en el ADN, para que el ciclo se reinicie una vez que el ya adulto sea capaz de generar una nueva criatura.

Otra evidencia de DI; para quien no comprenda: DISEÑO INTELIGENTE. Programa, Instrucción y Disciplina; todo lo contrario del caos aliado a la casualidad… y la excesiva y absurda por innecesaria, temporalidad evolutiva, incapaz científicamente, de generar la complejidad de la vida.

Otro ejemplo de negligencia y desidia evolutiva ante la verdad, lo constituye los linfocitos, conocidos como ‘células T’, pertenecientes al grupo de los glóbulos blancos. Son los responsables de coordinar la respuesta inmune mediada por células, así como de funciones de cooperación para que se desarrollen todas las formas de respuestas inmunes, incluida la de anticuerpos proporcionados por los linfocitos ‘B’. Precisamente, la ‘T’ de su nominación proviene del timo, el órgano que los científicos consideraron el sitio de la ‘educación/programación’ de los linfocitos T: su diferenciación a partir de células madre del sistema linfático. Es decir, la experiencia en laboratorios había dejado patente ¡un programa diseñado!; ante  situación de peligro: ¡Respuesta inteligente!

Normalmente, el núcleo de la célula T se comunica con el resto de orgánulos celulares, al transformar ADN en el ARNm que actúa como mensajero entre el núcleo y el resto de la célula… según el programa establecido en la información que aparece ‘inscrita y codificada‘ en la hebra del genoma. Siempre siguiendo esas instrucciones, el ADN fabrica ARN y lo envía fuera del núcleo, al ribosoma, para que distribuya las ‘instrucciones de la vida‘ codificadas y transcritas en este.

Y recientes trabajos de investigadores no parcializados, revelan los ‘pasos de instrucción’ de las células T, capacitándose para su labor de inmunología. Gracias a esto, se vislumbra el desarrollo de medicinas que potencien o impidan su acción en tejidos específicos, según sea necesario, tanto para mejorar el sistema inmunitario como para paliar males auto inmunes.

A finales de la década del 1970, un equipo de inmunólogos llegó a un vital hallazgo: A una oveja le extrajeron líquido linfático de la piel y el intestino. Marcaron sus linfocitos, y luego los reinyectaron en la sangre del mismo animal. El resultado fue contrario al esperado: los linfocitos no custodiaron los diversos tejidos del animal, sino que en su mayoría volvieron a sus sitios originales. Los que provenían del líquido linfático de la piel, allí se dirigieron; y los que provenían del intestino, a ese punto de partida… como si tuvieran un mapa.

Esto causó sorpresa; hasta ese entonces se creía que las células T del sistema inmunológico nacían en el timo y que desde allí circulaban por el torrente sanguíneo y por la linfa, para detenerse en el sitio que detectaran algún problema. ¿Cómo explicar que estas células T procedentes de distintos lugares, viajaran por la sangre hasta hospedarse en el mismo tejido específico que les correspondía a cada una? La pregunta interesó a los inmunólogos porque a partir de esta observación se pensó que se podría aprovechar esta especificidad de las células T para instalarlas en lugares específicos donde fuera necesario combatir tumores, o curar enfermedades auto inmunes de determinados tejidos.

En el 1983, intentando aclarar esta mística conducta de las células T, Eugene Butcher e Irving Weisman [Escuela de Medicina, Universidad de Stanford], trazaron investigaciones distintas, y observaron que algunos grupos de células T, como soldados exploradores, podían distinguir entre pequeños vasos sanguíneos ubicados en distintos tejidos, ya fuera en la piel, o cerca del intestino. Luego, se identificó una docena de receptores celulares y diversas señales químicas solubles, [quimocinas o citoquinas], que auxiliaban a las células T en su penetrar y patrullar tejidos específicos. Una muestra más de un ‘programa de auxilio ‘, un diseño cognoscitivo.

En la década de 1990, Butcher y otros biólogos llegaron a descubrir un ‘código molecular‘ (una combinación de receptores y quimosinas), que orientaba a las células T, para ir a la piel o al intestino. ¡Nueva evidencia de ‘diseño y programa ‘! Sin embargo aun quedaba un misterio crucial. ¿Cómo una célula T recién nacida, sin pasar por el timo, reaccionaba ante la información de receptores que le dictaban alojarse en un área específica?

En los últimos años este misterio ha ido viendo la luz; se reconoció y valoró mejor un grupo de células que actuaban como efectivos centinelas: las células dendríticas, hasta entonces no bien detectadas, pero obviamente ‘programadas‘ para instruir a las células T, orientándolas a destinos fijados. Otra vez, una manifestación de creación inteligente a nivel microscópico.

En la medida que las investigaciones han avanzado, ha ido creciendo el interés por lograr compuestos capaces de modular más específicamente a las células T, evitando que al mismo tiempo no produjeran daños colaterales. El sondeo intenta dirigirlas hacia tejidos con tumores y neutralizarlos, mejorar la producción de vacunas, e incluso tratar males auto inmunes, ya sean de causa viral o genética.

Estos resultados fueron publicados en Science, volumen 316, página 191, 2007.

Tres décadas atrás, se pensaba que la Timosina era una hormona del timo, con efectos clínicos prodigiosos. Ahora se sabe que no es exactamente así, ya que se produce en profusas células, con gran variedad de efectos a distintos niveles. Recientemente, científicos del Instituto de Salud Infantil del Reino Unido la identificaron como capaz de ayudar al corazón a repararse a sí mismo, tras un infarto. Descubrieron que moviliza células del exterior del corazón, hacia su interior, en clara operatoria ‘diseñada y pre-concebida‘, para recuperar el estado saludable; otra evidencia de diseño inteligente.

La timosina beta 4 es una proteína muy conocida en el campo investigativo, por su capacidad de minimizar la pérdida de células musculares cardiacas al producirse un infarto. Ahora también se sabe que la proteína en cuestión repara el corazón, estimulando el crecimiento de nuevos vasos sanguíneos, con la colaboración de las células que se encuentran albergadas en la capa más externa del corazón. Consecuencia de un programa calculado, en el que se involucra a varios agentes.

Y no es por casualidad, ni por la sabiduría de una ‘selección natural ‘ solo existente en los libros de ciencia-ficción evolutivos… sino obedeciendo al estudio y cálculo inteligente; un diseño del Gran Programador del Universo que muchos niegan, y que pacientemente, está esperando por todo aquel que decida volverse a Él:

“Buscas la Verdad donde no cabe:
tiempos eónicos, lechos de rocas
y fósiles de oscuridades.
¿Tan ciego estás?…
¡Solo tienes que volverte… y mirarme!

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EVOLUCIÓN Y SUS ÓRGANOS VESTIGIALES QUE NO LO SON.

mayo 2, 2008

“Es más fácil desintegrar un átomo que un preconcepto”.  Albert Einstein

Desde hace algún tiempo vengo meditando sobre la apatía existente, por parte de las instituciones responsables, en sacar de circulación la abundante literatura supuestamente científica, que o está ya obsoleta o resulta deficiente de las evidencias necesarias para que formen parte del plan educativo. Supongo que puede deberse a simple indolencia, sumada al perjuicio económico que se generaría contra las distintas editoriales implicadas, con millones de ejemplares afectados.

Un ejemplo de ello es que no han sido retirados de las bibliotecas, ni de muchas librerías del mundo, libros que hablan de fraudes evolutivos confirmados que no quiero repetir, porque ya han sido suficientemente difundidos en este blog, pero que todos conocen, y de  otra línea, no menos engañosa, sobre la que creo importante advertir a los padres. Otra situación que se está dando en las escuelas: los órganos ‘vestigiales evolutivos‘.

En 1893, Robert Wiedersheim publicó una lista de 86 órganos humanos de los que se desconocía su función. Teorizando que eran vestigios evolutivos, les llamó “vestigiales”, definiendo así a piezas cuya función original ‘se perdieron durante la evolución‘.

Pero la verdadera Ciencia, esa escrita con mayúscula, una vez más se ha constituido en enemiga del evolucionista. El aumento del conocimiento científico redujo más y más la lista de Weidersheim, reportando la utilidad de la mayoría de los órganos falsamente considerados como ‘vestigios‘.

Hoy, solo unas pocas de esas ‘presencias‘ están por revelar aun su función; sin embargo, la tozudez evolucionista dicta: ‘¡Los otros no, pero estos sí!‘ En lugar de aprender modestia de la experiencia, la soberbia y la incapacidad o el temor de declararse culpables de jactancia, les arrastra a la persistencia en el error de la inopia.

Por ejemplo, el clítoris ha sido descrito como un pene vestigial por algunos científicos, como el reconocido evolucionista Stephen Jay Gould; y casualmente hoy, buscando informes para este artículo, entré en un forum de alumnos de Fisiología de la Universidad de Madrid, cuyo tema consistía en una clase recibida de una profesora a la que, parabólicamente, le cortaban las tiras del pellejo. Una chica resultaba la más indignada; me llamó mucho la atención la vehemencia con la que defendía su condición de mujer, así que me permití el cortar y pegar en las siguientes líneas:

‘Suelta una señora profesora de buena familia, en sus clases de Fisiología, y se queda mas ancha que larga (nunca mejor dicho):Clítoris: Vestigio del pene“. La perlita conceptual de esta mujer parte del falocentrismo puro y duro de los fisiólogos del siglo pasado y el anterior, y se sigue enseñando a día de hoy, en una facultad de ciencias aplicadas, con el 70-75 % de alumnado femenino, sin que nadie levante la cabeza de los apuntes, y menos aún la mano para protestar.

Para quien le interese, el clítoris no es un pene vestigial, sino un órgano con entidad propia. En los seres humanos (un ejemplo cercano) a las 4 semanas de gestación, un embrión posee estructuras genitales indiferenciadas, compuestas por un tubérculo genital, una tumefacción labioescrotal y un surco y pliegue uretral. El desarrollo de estas estructuras hacia genitales femeninos o masculinos, vendrá determinado por el de las gónadas (que también en ese momento son indiferenciadas), y el de éstas a su vez (en el caso de los mamíferos) por la dotación cromosómica sexual XX o XY.

Para simplificar mucho las cosas: Si el embrión tiene en su dotación genética un cromosoma Y, producirá una proteína denominada Factor Determinante Testicular, que provocará que las gónadas evolucionen a testículos, y la producción hormonal de éstos a su vez, que el tubérculo genital crezca y se transforme en un glande, que el surco uretral quede rodeado por el cuerpo del pene, y que la tumefacción se fusione por su línea media para formar la bolsa escrotal.

En ausencia de este factor, las gónadas derivan hacia ovarios, el tubérculo genital forma un clítoris; el pliegue uretral, el meato urinario y la tumefacción se transforma en los labios mayores de la vulva.’

Luego de leer su opinión, no dudo que esta joven tiene las ideas claras y nadie podrá desvirtuarla de la verdad, por mucha cátedra que tenga frente a sí. Pero, ¿y el resto?; el problema de una mentira es que arrastra con ella a los menos preparados o a aquellos que son incapaces de razonar, terminan una carrera, y están dispuestos a perder un brazo en defensa de los conceptos que tanto trabajo les costó cementar en sus neuronas, para poder aprobar así los necesarios exámenes que le confirieran el título.

Las librerías y bibliotecas están saturadas de publicaciones evolucionistas anunciando que el cuerpo humano contiene cerca de un centenar de órganos que no realizan ninguna función. Citan entre ellos el cóccix, las amígdalas, el bazo, el apéndice, la glándula pineal, el oído externo, y los molares del juicio.

Sin embargo, la Ciencia demostró la superstición existente en las ‘probados hechos evolucionistas‘. Actualmente, gracias a sus hallazgos, desde la toga de la verdad, se descubrió que el bazo desempeña funciones tales como la Hematopoyesis, que durante la gestación le convierte en un importante productor de sangre en el feto. Tras el nacimiento desaparece esta función, pero puede volver a desempeñarla en caso de necesidad.

También actúa como filtro, encargándose de la maduración de los glóbulos rojos y de la destrucción de estos cuando resultan viejos o anómalos, así como de mantener las plaquetas saludables. Además posee una función inmunitaria, produciendo anticuerpos con capacidad para destruir bacterias mediante fagocitosis. En resumen, el bazo es parte vital del sistema inmunitario y del sistema circulatorio humano, escoltando a los capilares, vasos, venas y otros elementos de este sistema; jamás ha sido el ‘vestigio‘ de quién sabe qué ancestros estrafalarios inducidos por el oscurantismo evolucionista.

Asimismo, otra vieja víctima supuestamente ‘vestigial‘, desechada por la demente teoría de la ‘selección natural‘, la glándula pineal, (epífisis o ‘tercer ojo’), de solo unos 5 mm de diámetro, hoy se reconoce que se activa cuando no hay luz, produciendo melatonina, e implicándose en la regulación de los ciclos de vigilia y sueño. Se ha comprobado que esta hormona actúa, contrarrestando los efectos del síndrome de diferencia de zonas horarias. Se reconoce además como poderoso antioxidante, y se ha comprobado que participa en la apoptosis (muerte programada) de células cancerosas en el timo.

Con respecto al cóccix, aunque este no participa con el resto de la columna para soportar el peso corporal en bipedestación, cuando alguien se sienta, se flexiona anteriormente de forma ligera, lo que indica que amortigua parte del peso. Además, ofrece inserciones de apoyo a los músculos glúteo mayor y coccígeo y al ligamento anococcígeo, así como a la intersección fibrosa de los músculos pubococcígeos, lo que evidencia que no es el ‘rabo‘ prehistórico que la evolución propugna, sino que tiene una participación activa en su función articular y de sostén muscular.

Ya puestos, diremos que la oreja u oído externo, tiene un papel cardinal en la identificación de procedencia del sonido. Como un radar, pues estos se copiaron de su diseño, está estructuralmente ‘pensado‘ para, durante el proceso de audición, recoger las ondas sonoras y dirigirlas hacia el interior.

En cuanto a las amígdalas, situadas en la faringe, son tejido linfoide, y protegen la entrada de las vías digestiva y respiratoria, de la invasión bacteriana. En el anillo linfático de Waldeyer, los linfocitos contactan en seguida con los gérmenes patógenos que penetren por nariz o boca, librando una pronta respuesta defensiva por parte de nuestro organismo.

Otro de los órganos ignorantemente definidos como estructura “vestigial” por los estudios de la evolución, fue el apéndice. Se había establecido, desde mucho tiempo atrás, que la ruptura del apéndice causaba la peritonitis, una infección letalmente peligrosa. La combinación de la ignorancia en cuanto a la función, + la severidad de una apendicitis aguda, hicieron que muchos consideraran al apéndice como peor que inútil. Los evolucionistas se aprovechaban de esta opinión para declarar que era un órgano vestigial, evidenciando (a su parecer) que su teoría era fidedigna.

Hasta finales del siglo XX, que la revista New Scientist manifestó en uno de sus artículos que, ‘aunque se solía creer que el apéndice no tenía función y era un vestigio evolutivo, ya no se piensa igual, pues se le atribuye una función inmunológica hacia el embrión que se desarrolla, y que continúa funcionando incluso en el adulto‘. A día de hoy, se deduce que actúa de forma que el sistema inmunológico reconozca como ‘amigo‘ a las bacterias y otros organismos que cohabitan en el intestino, diferenciándolas de todo intruso que sí debe ser eliminado, según ‘está programado‘ por el Creador.

En resumen, se ve que la única base para la idea de la existencia de “órganos vestigiales” fue la ignorancia, sumada al enorme deseo de ‘neutralizar‘ la Ciencia de Dios. Pero, en vez de proveer sostenimiento para la evolución, una vez conocida su funcionalidad, mostraron las tinieblas de sus promotores, y la insolencia ateísta que abrigándose en ideas erróneas, lo que ha conseguido es una autocondena al ostracismo.

Aunque algunos evolucionistas renunciaron al argumento de estructuras “vestigiales” como evidencia evolutiva, aun aparecen en libros de textos de todo el planeta, formando parte activa de distintos planes de estudios y en disímiles medios de comunicación. Otros insisten en usarlos como pruebas.

Los molares de juicio representan otro de los temas; pero hay tanto para hablar de ello, que mejor lo dejamos para una próxima presentación del blog. Prefiero cerrar este capítulo con una expresión que nos dejó Horatio H. Newman, evolucionista y pionero en genética:

“Aunque parezca difícil, el evolucionista honestamente se ve compelido a admitir que no hay prueba absoluta de la evolución orgánica”.

Y es que lo de los órganos vestigiales constituye una burrada comparable a la de: “El ser humano desciende del mono“; cosa radicalmente falsa… a menos que una persona vaya sobre los hombros de un gorila o gran orangután domesticado, y decida bajarse porque su oreja, ese radar objeto de diseño, le anuncia que desde el oeste, están sonando truenos, y que si no articula rápido su cóccix, enderezándole, el agua terminará calándole la ropa.

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EVOLUCIÓN: ABIOGÉNESIS A POR SUS FUEROS

abril 5, 2008

“Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia, la cual profesando algunos, se desviaron de la fe. La gracia sea contigo. Amén” (1ª Timoteo 6:20)

LAS NEBULOSAS DE CHARLES Y ASOCIADOS

El antiguo concepto de abiogénesis o autogénesis, en Biología, sostenía que podía surgir vida animal y vegetal de forma espontánea, a partir de materia inerte; este indicaba que germinaban gusanos del fango, moscas de la carne podrida, cochinillas de los lugares húmedos, etc. Así, la idea de que la vida se reciclaba continuamente en la Tierra a partir de restos de materia orgánica, se denominó generación espontánea.

En la segunda mitad del siglo XIX, los ensayos de Luis Pasteur probaron definitivamente que los microbios no se originaban al azar. Gracias a él, aquella absurda idea debió ser desterrada del pensamiento científico, y a partir de entonces se aceptó de forma general el principio que sentenciaba que todo ser vivo procede de otro ser vivo.

Pero, ante la insistencia atea de no reconocer el origen de la vida tal como se plantea en las Escrituras, los mismos seguidores de la antigua corriente se reincorporan al camino, aspirando dar respuestas coherentes al umbral de la existencia, con el concepto de que en un momento indeterminado, eones de tiempo atrás, la materia no orgánica generó la primera célula viva. O sea, en lugar de recapitular, dan un inmenso salto hacia delante, respondiendo ‘sus’ incógnitas, con más absurdos.

¿En qué se fundamentan? Pues de nuevo en la generación espontánea; es decir, más de lo mismo, pero aplicando la seudo ciencia para convencer que ‘esta vez sí tienen la razón.’ Mas es muy difícil visualizar las cosas inertes, ultrapasando la frontera hacia lo vivo, sin aportar ideas congruentes, porque, ¿qué funda una célula viva? ¿Que criterios deben ser cumplidos?

El propósito de todo método científico es relacionar el efecto (observación) con la causa, al tratar de reproducir el efecto, recreando las condiciones bajo las cuales este ocurrió. Cuanto más complejo es el fenómeno, mayor es la dificultad que la ciencia tiene para investigarlo, y en el caso de la investigación del origen de la vida, se topa con dos trabas: las condiciones en que ocurrió son desconocidas y se ignora la esencia original.

Pero, ¿qué es la vida? Las células son los elementos más simples de todos los seres vivos; aun los procariontes, los más elementales. ¿Han podido demostrar que una sola bacteria ha surgido de la nada? Decididamente: No. Aun así, no solo obvian esta falta de evidencia, sino que además dicen que esta bacteria, sin núcleo,  citoesqueleto, y muchos otros organelos imprescindibles, se fue abasteciendo de todo ello por sí misma, sin ayuda externa, llegándose a convertir en un organismo complejo. ¿Han aportado alguna prueba de esto? Decididamente: No, pero siguen adelante con sus elucubraciones, como si en Ciencia no fueran necesarias las evidencias.

Todos los organismos complejos se componen de células, cada una integrada por un microcosmos de entidades que la convierten en un ínfimo mundo funcional. Células únicas de vida libre, como la ameba y otros protozoarios, deben desempeñar todas las funciones necesarias para la vida, igual que individuos más complejos. Una célula posee sistema digestivo, reproductor, respiratorio, nervioso, esquelético, excretor, muscular, etc., muy minúsculo e interconectado para haber surgido por azar.

El análisis se complica si se piensa que toda célula viva ostenta características en común, consideradas fundamentales: el código primario rico en informaciones de ADN, la enzima ADN polimerasa necesaria para la reproducción de dicho código, ARN intermediarios y ARN polimerasa requerido para transcribir las precisas instrucciones metabólicas que aparecen enigmática e inexplicablemente ‘codificadas‘ en la molécula de Ácido desoxirribonucleico (ADN). El hecho concluyente de que todo elemento celular tiene garantizada su necesidad de energía de una forma u otra constituye una evidencia de diseño, no de sucesos casuísticos.

Añadamos ahora el mecanismo de síntesis de proteínas contenido en los ribosomas, los ARN transportadores y las enzimas precisas para ligar a cada uno de los aminoácidos respectivos, más la membrana celular y las vías metabólicas fundamentales para generar los materiales necesarios en las reacciones mencionadas anteriormente, implicando en ellas a cientos de fermentos participantes, de forma organizada y muy bien calculada.

Asombrosamente, una vez más, sin ninguna prueba confirmatoria, vuelven a asegurar que toda esa complejidad también sucedió por sí misma, por azar de la Naturaleza y por una selección natural controladora, que nadie ha evidenciado con referencias comprobatorias. Dicen que de la materia inorgánica surgió la orgánica, y que esta fue adquiriendo complejidad gracias a su sabiduría infinita, durante miles de millones de años, hasta el momento actual. Esa es la sopa que se da a beber en las escuelas, desde hace casi dos siglos.

Los autores de esta nueva teoría abiogénica, señalaron cuatro componentes esenciales para el origen de la vida:

1. Una atmósfera llena de moléculas gaseosas reducidas y una fuente de energía para convertir esas moléculas en precursores biológicos necesarios para la subsistencia.

2. Un océano saturado de pequeñas moléculas biológicas resultantes del punto anterior.

3. Un mecanismo que genera, a partir de este mar molecular, polímeros ricos en información, necesarios para una célula viva (ADN, ARN y proteínas)

4. Interiorizar, confiada y absolutamente, que si el paso número tres es implementado, dará como resultado, inevitablemente, la sublime formación de una célula viva.

La primera condición impone un aspecto químico. Los primeros estudios serios al respecto, datan de 1920, cuando J.B.S. Haldane y A.I. Oparin sugirieron que la vida se originó espontáneamente a partir de la materia inerte existente en la superficie terrestre en un pasado remoto, y describieron un escenario para esa ocurrencia: una química oscura, pero ampliamente aceptada entre aquellos que procuraban establecer un origen naturalista para la vida en la tierra.

Años después, en el 1953 Stanley Miller hizo sus experimentos basado en el ambiente de Oparin (CH3, NH4, H2O, y H2), y logró varios compuestos simples, incluyendo algún aminoácido, así como una cantidad de alquitrán. Miller y Urey propusieron que la luz ultravioleta y descargas eléctricas, produjeron pequeñas moléculas biológicas precursoras en la “tierra primitiva”, luego depositadas en los océanos por el ciclo hidrológico.

Más tarde, Carl Sagan propuso que la tierra primitiva estaba sometida a un flujo de rayos UV 100 veces más fuerte que los de hoy día, y que el H2S proveniente del vulcanismo fue un agente catalizador. En el inicio de la decada de los 70, Bar-Nun demostró que las ondas de choque de alta velocidad resultaban 10,000 veces más eficientes que los otros métodos, convirtiendo la atmósfera gaseosa reductora de Oparin en pequeñas moléculas, formando cuatro aminoácidos.

Actualmente, algo más de una decena de aminoácidos puede ser producida bajo condiciones de la atmósfera reductora que se ‘cree‘ existió en la tierra primitiva. Pero, como también se generan aminoácidos no proteicos, estos competirían con los veinte aminoácidos de síntesis, en cualquier hipotética reacción abiogénica, afectando la teoría.

Oparin reconoció la necesidad de excluir oxígeno o algunos otros compuestos oxidativos de la mezcla. Esto fue muy conveniente, debido a que tal mezcla probó ser capaz de generar una variedad de pequeñas moléculas de interés biológico.

Pero hubo oxígeno; Philip Abelson (1966) y J. W. Schopf (1972) concluyeron que no hay evidencias de una atmósfera inicial de metano-amonio, y desde el vuelo del Apollo 16, se supo que la fotodisociación del agua en la atmósfera superior, por inducción, es una de las fuentes mayores de oxígeno libre atmosférico, así que este se debió generar en un promedio alto en la tierra, sin la presencia de un escudo de ozono (hecho por oxígeno) para bloquear la intensa luz UV del sol. Un análisis de las rocas ‘consideradas‘ del Precámbrico parece indicar la presencia de oxígeno libre, a niveles similares de los hoy día (Walker, 1977), y que la tierra no tuvo la atmósfera reductora que apoye a estas tesis.

Por otra parte, queda la incógnita del surgimiento de biopolímeros ricos en información que provocarían la necesaria síntesis de macromoléculas imprescindibles para el desarrollo de una pre-célula. La síntesis de proteínas y ácidos nucleicos a partir de pequeñas moléculas precursoras, en el hipotético océano biótico, representa uno de los desafíos más difíciles del modelo de la evolución, ya que el agua no favorece la formación de enlaces peptídicos, sino que es su ausencia lo que beneficia la reacción.

Sidney Fox reconoció el problema y comenzó a elaborar una alternativa mediante la que logró crear una especie de sustancia polimerosa. El material polimerizado se vació en una solución acuosa, resultando en la formación de algo que llamó ‘proteinoides‘, que consideró como células. Reclamó casi todas las propiedades imaginables para su producto, incluyendo que él había alcanzado la transición de la macromolécula hacia la célula.

Fue aun más lejos, intentando  demostrar que un pedazo de roca de lava pudiera sustituir un tubo de ensayo en la síntesis de proteínas y afirmó que el proceso ocurrió en la tierra primitiva en los alrededores de los volcanes. Sin embargo sus críticos y sus propios alumnos desnudaron su credibilidad:

Se demostró que los proteinoides no son proteínas, pues contienen muchos enlaces no peptídicos y otros cruzados que no son naturales. Los enlaces peptídicos son del tipo beta, mientras que todos los enlaces peptídicos biológicos son del tipo alpha. Los materiales con los que inició el experimento fueron aminoácidos purificados, que no tenían semejanza con los materiales disueltos en la “sopa orgánica“.

Si alguien tuviera que hacer el experimento con la sopa pre-biótica, el único producto sería alquitrán. El porcentaje de 50% ácido aspártico y ácido glutamico necesario para estos experimentos no tienen semejanza al porcentaje muchísimo mayor de glicina y alanina hallados en los experimentos de síntesis de la tierra primitiva, y tampoco hubo contenido de información genética.

Todas las alegaciones expuestas por Fox fallaron en pasar las pruebas cuando fueron examinadas cuidadosamente. Aunque sus resultados iniciales parecieron coincidir mucho con su teoría, la realidad resultó catastrófica para las esperanzas de los paleontólogos, geólogos y bioquímicos involucrados en una creación casuística y natural.

También se propuso el uso de arcillas, pues en este ambiente los grupos de aminoácidos tienden a ordenarse, y se han logrado producir polímeros a partir de muchos aminoácidos. Pero, aunque estos estudios han generado el interés de los evolucionistas prebióticos, su relevancia ha sido sofocada, entre otras cosas, porque las arcillas muestran preferencia por aminoácidos básicos.

Para obtener resultados y que ocurra la polimerización, deben ser usados aminoácidos puros y activados, ligados a adenina, sin embargo, los aminoácidos adenilados no son el material flotante más común en el océano prebiótico. Si se usan aminoácidos libres, no ocurre la polimerización adecuada, pues los polímetros resultantes son en su mayoría tridimensionales y no lineales, como suelen ser los biopolímeros.

Recientemente fue abierto un capítulo final con el descubrimiento de las moléculas de ARN auto catalítico. Fueron recibidas con gran gozo por los evolucionistas, porque daban esperanza de disminuir la necesidad de fabricar proteínas en la primera célula; les llamaron “ribozimas“, pero sin embargo, estas probaron ser incapaces de responder a la expectativa, debido a dos factores:

– Aunque una ribosa puede ser producida bajo condiciones prebióticas simuladas, resulta un azúcar raro en los polímeros de formaldehído (mecanismo pre-biótico que se acredita dan origen a los azúcares). Además de la presencia de nitrógeno, los aminoácidos de la mezcla de reacción podrían prevenir la síntesis de azucares (Shapiro, 1988).

– Ninguna de las 5 bases presentes en DNA/RNA son producidas durante la oligomerización HCN (ácido cianhídrico) en soluciones diluidas (el mecanismo pre-biótico que se cree que dio origen a las bases nucleotídicas). Además de los problemas de síntesis de los precursores y de las reacciones de polimerización, todo el bosquejo depende de sintetizar una molécula de RNA capaz de hacer una copia de sí misma, pues la molécula debe también realizar alguna función vital para iniciar la fuerza de la vida; pero tal hazaña, no ha podido verse manifiesta.

Todo ese “Mundo RNA” perdura en calidad de ficción; no ofrece pistas de cómo llegar desde el esbozo del mecanismo convencional de las proteínas de ADN-ARN de todas las células vivas. Por otra parte, el que algunos científicos decidan exhibir tal entusiasmo por este esquema, revela la poca fe que tienen en los otros escenarios del origen de la vida discutidos anteriormente.

En todos los estudios experimentales sobre los inicios biológicos, la presencia del investigador condiciona siempre  la dirección y conclusión del experimento en el sentido de sus propósitos. Cuando este se propone lograr un objetivo (por ej., en la síntesis de los precursores o la polimerización de los precursores), elabora un sistema ‘previsto‘, que tenga alguna posibilidad de alcanzar la meta deseada. Se escogen las condiciones en las cuales los materiales resulten apropiados para una hipotética tierra prebiótica, de modo que lo obtenido quede envuelto en el aire de credibilidad necesario, aunque sea conseguido desde la manipulación inteligente, no desde el caos de las reacciones implícitas en los laboratorios.

Los cálculos son cuidadosamente manipulados una y otra vez, hasta lograr la meta propuesta; así, el lector da por hechas las situaciones contadas, que no tendrían probabilidad de ocurrir ni habrían sido posibles en el entorno natural del principio de la Creación. Por ejemplo, cuando Fox realizó sus experimentos para producir proteinoides a partir de aminoácidos, usando roca de lava en lugar de tubos de ensayo, guió su trabajo para dar la impresión de que este era un modelo idóneo para la tierra prebiótica. Creó una gran expectativa entre quienes le creyeron, mas sus resultados, como ya se ha sabido, constituyeron un fiasco más en las esperanzas evolucionistas.

Si el análisis científico cuidadoso nos lleva a concluir que los muchos mecanismos propuestos del ‘origen espontáneo‘ no han logrado producir ni una sola célula viva, la hipótesis alternativa de la Creación inteligente se torna más atrayente; los métodos de la ciencia no han logrado responder de forma concluyente, ni en un solo ejemplo plausible, a la pregunta del origen de la existencia del rico mundo biológico que aparece ante nuestros ojos.

Sagan y M. J. Newman fueron diáfanos al declarar que “la ausencia de la evidencia es la evidencia de la ausencia.”: Más transparente ni el agua cristalina; se ha estafado a la humanidad durante mucho tiempo y es hora de que alguien con raciocinio dé la señal de Stop… al menos hasta que la verdadera Ciencia, esa gran confirmadora y única homologadora, esté en condiciones de ofrecer una prueba definitiva.


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