ERAS GEOLÓGICAS Y EVOLUCIÓN DE LAS ESPECIES: DOS LETRAS PARA UNA CANCIÓN ANTICRISTO.

marzo 6, 2009

Desde que se inició este blog, estoy haciendo un llamado a la reflexión profunda sobre las teorías inculcadas, de generación en generación, cuyo único objetivo ha sido adulterar el hábito que caracterizó y caracteriza a los buenos investigadores. Los grandes de la Ciencia, siempre construyeron el resultado de sus esfuerzos en función de las evidencias obtenidas; o sea, para formular teorías, no se fundamentaban en ‘pareceres‘, sino en resultados con los que pudieran luego alimentarlas. Tenían muy claro lo que podía considerarse científico, y lo que no debía atravesar jamás la frontera de lo filosófico, para infiltrarse en las ciencias.

Así, bajo este esquema, la sociedad fue avanzando inexorable e imparable, en todos los campos, pero fundando su desarrollo tecnológico en 4 pilares: Matemáticas, Física, Química, y Biología. Esta última, aunque quizás la más importante, al estar vinculada directamente con la vida, siempre necesitó de las otras tres para poder prosperar, a partir del desarrollo tecnológico imprescindible.

Sin embargo, a partir del 1820, comenzó a imponerse un programa de acción que estaba destinado a cambiar radicalmente el fundamento científico: surgió el primer enfoque sobre un planeta eónico, con el único fin de desmentir lo que se había venido manejando desde los inicios del cientificismo humano: la Creación de Dios, en 6 días de 24 horas, y una edad para el planeta, que no llegaba a los 6000 años.

De esa forma, la geología, permeada por conceptos filosóficos que lucubraban según se manifestaban las distintas capas de la tierra, obvió el hecho de que la gran hecatombe húmeda, relatada en el Diluvio resultaba congruente con la presencia de fósiles, y de estratos del subsuelo, muchas veces ‘doblados’ como si fueran de goma.

Al fin, el concepto internacional sobre ‘eras geológicas’ se instauró en el 1850. Solo nueve años después, en el 1859, Darwin publica ‘El Origen de las Especies‘; pero el corredor para que ambos tomaran la velocidad prevista, ya había sido cimentado poco antes: en el 1848, cuando Marx y Engels publican el ‘Manifiesto Comunista.’ Y el anunciado antiCristo bíblico, cruzaba el umbral de la hasta entonces pulcra y honesta Ciencia, ondeando la bandera color averno, al canto de la Internacional Comunista:

No más salvadores supremos, ni César, ni burgués… ni Dios. Nosotros mismos nos haremos, nuestra propia redención…”

No voy a alargar esto más de lo necesario; al enemigo de Dios se le hacía imprescindible una herramienta que resultara convincente a los humanos, para poder infiltrarse por primera vez, en un terreno que los siglos de científicos creyentes y fieles le habían negado. Y así nació la ‘datación radiométrica.’

De modo que intentaré explicar este tema de la forma más sencilla posible, y resulte mejor dirigido el razonamiento; si aun después eligen seguir creyendo en las argucias con disfraz de Ciencia, ya no será por desconocimiento… sino por una decisión del corazón: el libro que se abre a los ojos del Señor con la claridad de un espejo. El que será abierto para juzgarnos a todos, llegado el tiempo de la justicia individual.

Veamos; a grandes rasgos, [aunque es más complicado], la palabra clave es ‘isótopo‘. Se dice que dos átomos presentan una relación de isotopía, cuando pese a tener el mismo número atómico [igual cantidad de protones en su núcleo], poseen distinto número másico; o sea: distinto número de neutrones en su núcleo, diferenciándoles.

Todo elemento químico tiene uno o varios isótopos, de los cuales: todos, algunos, o ninguno, pueden ser estables. La estabilidad se la da la fuerza de cohesión que ejerce el núcleo de cada átomo, luchando contra la energía electromagnética, que hace que los protones, de carga positiva, se repelan entre sí.

Eso establece un límite; hay un punto determinado por la cantidad de protones en el núcleo, que convierte en ineficaz a esta fuerza de cohesión; un punto en que los protones no podrán ser retenidos, y escaparán. Y el número de protones que permanecen en el núcleo determinará las propiedades químicas del átomo y qué elemento químico es.

Estos isótopos desde los que escapan protones, se convierten en ‘inestables‘, y constituyen el principio básico de la radiactividad. Mantienen excitado el núcleo del átomo, y para lograr un estado esencial deben perder energía, mediante emisiones electromagnéticas o de partículas con determinada energía cinética.

Si varían la de sus electrones, emiten rayos X; si varían sus nucleones, la radiación será gamma. Pero si desde el núcleo se emiten electrones, positrones, neutrones, protones o partículas más pesadas, durante pasos sucesivos en el tiempo, un isótopo pesado termina convirtiéndose en otro más ligero… en otro elemento químico

Un ejemplo es el Thorio232, cuya semidesintegración se ‘calcula‘  en 13.900 millones de años. O sea, pasado el doble de ese tiempo, se convierte en el elemento final: Plomo208. El número a la derecha simboliza el ‘peso atómico’ del elemento, su ‘número másico’, y constituye su ‘tarjeta de identidad’. Por eso verán que cada isótopo está identificado por ese número, que será el que ‘indique’ su característica… y su ‘edad’ de desintegración.

Para que lo vean más claro; ubicados en este Torio232 del párrafo anterior: al desintegrarse, emite una partícula alfa, [dos protones y dos neutrones], reduciendo su número atómico en dos unidades, y su número másico en cuatro. Así,  se convierte  en otro elemento químico: el radio 228 [232-4]. Posteriores desintegraciones forman la cadena natural del torio. Su gran periodo de desintegración continuaría produciendo elementos de su serie durante miles de millones de años. hasta formar finalmente el Plomo no radiactivo, y por tanto estable.

Y a su serie de desintegraciones, hasta llegar al Plomo 208, se le llama cadena del Torio232. Asímismo, existen otras dos series en la naturaleza, que se usan en dataciones: la del Uranio-238 y la del Actinio-227, que se van convirtiendo en otros isótopos radiactivos según sus etapas.

Y aquí entramos en conflicto. ¿Podemos deducir de esto, que los isótopos fueron apareciendo uno a uno, según sus desintegraciones atómicas? ¡Por supuesto que no! No hay ni una evidencia científica que diga que los elementos no aparecieron todos al mismo tiempo, sino todo lo contrario; lo razonable es que todos los elementos químicos surgieron al unísono, puesto que la vida orgánica no es más que reacciones químicas. Y lo mismo ocurre con los elementos inorgánicos:  no existen reacciones sin elementos implicados.

Tampoco existe ni una evidencia científica de que el ritmo de desintegración se haya mantenido constante en el tiempo. ¡Ni una! De modo que aunque el Torio 232, luego de 27, 800 millones de años, ‘según cálculos‘ ‘debiera‘ convertirse en Plomo 208, no quiere decir que si se lleva una muestra de roca a un espectrómetro, y este arroja una radiación espectrométrica con alto contenido en Torio232 y bajo en Plomo208,  esa roca tiene 27 800 millones de años.

Pudo perfectamente haber surgido solo 6000 años atrás, ya que no es posible saber cuándo apareció, cuánta radiación emitía al principio, si esta se ha mantenido constante en el tiempo, ni cuánto se ha perdido hasta hoy. O sea, estamos ante una función con 4 posibles variables; y ante ese hecho, la datación solo es válida en términos teóricos, para determinados cálculos standarizados en energía nuclear. Pero jamás para datar nada, pues ninguno de los factores implicados puede darse por seguro. ¿Se coge la idea?

Por otra parte, otra posibilidad de datación, es la del método Rubidio-Estroncio, válido para datar fechas menores. Así que, si todos los isótopos estaban presentes desde el inicio, ¿qué edad deducir, si esa misma muestra presenta, por ejemplo, en el mismo espectrómetro, la presencia de espectros indicando alto contenido de estroncio y bajo de rubidio, induciendo así solo unos miles de años?

¿Por qué considerarlo como ‘un error‘ de conteo, si el detector es tan capaz de ser sensible a una radiación como la otra? Yo les diré: Porque no es eso lo que se busca; las cosas en Ciencias, no se están llevando como en los tiempos de los grandes de la Física y la Química. No se busca hallar nada nuevo, sino coherencias con la teoría, al precio que sea necesario.

Ahora, se ‘quiere‘ que las cosas sean de una forma, y se dirigen todas las investigaciones en esa dirección, obviando apriorísticamente, sin detenerse un segundo para razonar, aquellas mediciones que indiquen una tierra joven, o un fósil de dinosaurio de solo unos pocos miles de años.

Ni siquiera piensan usar el Carbono14, [desintegración=5,730 años] para datar huesos de dinos, porque ‘no quieren‘ saber de una fecha que esté por debajo de los 65 millones de años. Si ocurriera algo así, la reacción es automática:

‘¡Imposible; es un hongo que ha ‘contaminado’ la muestra!’

Ese es el resultado obtenido, cuando se le permite a la filosofía incursionar en las Ciencias.

A pesar de todo, se enfrentan a un grave problema con el colágeno1 detectado en un hueso no fosilizado de Tiranosaurio Rex, porque se sabe empíricamente que, en las mejores condiciones de temperatura [7ºC], esta proteína solo dura 100,000 años; mientras que a 20ºC, lo más parecido a la normal… solo dura 2,000 años.

Y eso es una espina, pues a la coherencia con los dinosaurios mencionados en la Biblia, y los avistados por generaciones de marinos de todos los continentes, hay que sumar ahora la científica: ¡No tienen los millones de años que se pretenden achacarles!

Sin embargo, sí usan el C14, cuando interesa presentar un fósil, que cubra un ‘vacío de transición homínida‘, en un intervalo de unos miles de años. Ante tal ausencia de evidencias, entonces sí acuden al C14… ¡pues les dará lo que necesitan! Aunque asumiendo que su cantidad en la atmósfera se ha mantenido constante a través del tiempo. Pese a que nadie ha podido demostrarlo, y solo es una posibilidad, dan esa opción como hecho real: datan el fósil, obtienen los 30 o 40 mil años necesarios… ‘¡y subvención, fama, titulares y prestigio académico resuelto en un mismo paquete!

Es decir, no se usa si no resulta conveniente con lo que se busca; pero sí cuando es muy necesario presentar un ‘eslabón‘ del que se carece. Se desecha la influencia sobre la datación, que ejerce el declive exponencial que el campo magnético ha venido manifestando en los últimos años. Algo que incrementa la cantidad de radiación que penetra la atmósfera, y altera la creación de C14 en una cuantía imposible de calcular. No se considera tampoco, que, pese a la ignorancia sobre el ritmo de formación de C14 en la atmósfera desde los inicios hasta la fecha, este se asume como constante en el tiempo; toda una evidencia de intencionalidad dirigida.

Pero sobre todo, y esto es lo más importante, se desecha que cuando se somete una muestra a un espectrómetro, está dará tantas edades, como isótopos se registren en ella, cubriendo un entorno que puede ir desde los miles de años, hasta los miles de millones. Y si una es considerada como válida, las demás deben tener la misma consideración, pues han sido registradas por el mismo sistema, y por el mismo equipo.

Pero, ¿cómo se resuelve esta situación? Pues se va al ‘mapa geológico‘, el tratado místico sobre ‘los años que nunca fueron‘, se ve que el terreno ha sido considerado como de la era ‘terciaria’ y ¡voalá!: Usan el registro correspondiente al isótopo que más conviene a la fecha teórica, desechando el resto, tan científicamente válidos como el escogido… pero no el conveniente.

Así funcionan los sistemas de datación; así se dataron por ejemplo tres muestras de una única roca de dacita, sometida a polvo, cristal y fragmento. Así obtuvieron tres edades que cubrieron la ‘exactitud cronológica‘ de un periodo que cubrió desde 300, 000, hasta 2.8 millones de años, sobre una misma muestra que provenía de la erupción del volcán St Helen, Washington, y ocurrida… ¡Diez años antes!

Ese es el sistema considerado por los defensores del ateísmo geológico-evolucionista ‘científicamente‘ válido, y ‘altamente fiable‘, para ponerle muletas a un planeta que sería capaz de correr sin ellas, los 100 ms. en menos de 11 seg.

Otro recurso más, manipulador, tergiversador, anticientífico… pero altamente conveniente para apartar a Dios de su Obra, ante el ser humano. O mejor dicho, para intentarlo, porque aun quedan neuronas bien puestas en los cerebros, funcionando a tope, para identificar y denunciar la mentira, aunque traten de disfrazarla con impecables batas de laboratorio.

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EVOLUCIÓN: ABIOGÉNESIS A POR SUS FUEROS

abril 5, 2008

“Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia, la cual profesando algunos, se desviaron de la fe. La gracia sea contigo. Amén” (1ª Timoteo 6:20)

LAS NEBULOSAS DE CHARLES Y ASOCIADOS

El antiguo concepto de abiogénesis o autogénesis, en Biología, sostenía que podía surgir vida animal y vegetal de forma espontánea, a partir de materia inerte; este indicaba que germinaban gusanos del fango, moscas de la carne podrida, cochinillas de los lugares húmedos, etc. Así, la idea de que la vida se reciclaba continuamente en la Tierra a partir de restos de materia orgánica, se denominó generación espontánea.

En la segunda mitad del siglo XIX, los ensayos de Luis Pasteur probaron definitivamente que los microbios no se originaban al azar. Gracias a él, aquella absurda idea debió ser desterrada del pensamiento científico, y a partir de entonces se aceptó de forma general el principio que sentenciaba que todo ser vivo procede de otro ser vivo.

Pero, ante la insistencia atea de no reconocer el origen de la vida tal como se plantea en las Escrituras, los mismos seguidores de la antigua corriente se reincorporan al camino, aspirando dar respuestas coherentes al umbral de la existencia, con el concepto de que en un momento indeterminado, eones de tiempo atrás, la materia no orgánica generó la primera célula viva. O sea, en lugar de recapitular, dan un inmenso salto hacia delante, respondiendo ‘sus’ incógnitas, con más absurdos.

¿En qué se fundamentan? Pues de nuevo en la generación espontánea; es decir, más de lo mismo, pero aplicando la seudo ciencia para convencer que ‘esta vez sí tienen la razón.’ Mas es muy difícil visualizar las cosas inertes, ultrapasando la frontera hacia lo vivo, sin aportar ideas congruentes, porque, ¿qué funda una célula viva? ¿Que criterios deben ser cumplidos?

El propósito de todo método científico es relacionar el efecto (observación) con la causa, al tratar de reproducir el efecto, recreando las condiciones bajo las cuales este ocurrió. Cuanto más complejo es el fenómeno, mayor es la dificultad que la ciencia tiene para investigarlo, y en el caso de la investigación del origen de la vida, se topa con dos trabas: las condiciones en que ocurrió son desconocidas y se ignora la esencia original.

Pero, ¿qué es la vida? Las células son los elementos más simples de todos los seres vivos; aun los procariontes, los más elementales. ¿Han podido demostrar que una sola bacteria ha surgido de la nada? Decididamente: No. Aun así, no solo obvian esta falta de evidencia, sino que además dicen que esta bacteria, sin núcleo,  citoesqueleto, y muchos otros organelos imprescindibles, se fue abasteciendo de todo ello por sí misma, sin ayuda externa, llegándose a convertir en un organismo complejo. ¿Han aportado alguna prueba de esto? Decididamente: No, pero siguen adelante con sus elucubraciones, como si en Ciencia no fueran necesarias las evidencias.

Todos los organismos complejos se componen de células, cada una integrada por un microcosmos de entidades que la convierten en un ínfimo mundo funcional. Células únicas de vida libre, como la ameba y otros protozoarios, deben desempeñar todas las funciones necesarias para la vida, igual que individuos más complejos. Una célula posee sistema digestivo, reproductor, respiratorio, nervioso, esquelético, excretor, muscular, etc., muy minúsculo e interconectado para haber surgido por azar.

El análisis se complica si se piensa que toda célula viva ostenta características en común, consideradas fundamentales: el código primario rico en informaciones de ADN, la enzima ADN polimerasa necesaria para la reproducción de dicho código, ARN intermediarios y ARN polimerasa requerido para transcribir las precisas instrucciones metabólicas que aparecen enigmática e inexplicablemente ‘codificadas‘ en la molécula de Ácido desoxirribonucleico (ADN). El hecho concluyente de que todo elemento celular tiene garantizada su necesidad de energía de una forma u otra constituye una evidencia de diseño, no de sucesos casuísticos.

Añadamos ahora el mecanismo de síntesis de proteínas contenido en los ribosomas, los ARN transportadores y las enzimas precisas para ligar a cada uno de los aminoácidos respectivos, más la membrana celular y las vías metabólicas fundamentales para generar los materiales necesarios en las reacciones mencionadas anteriormente, implicando en ellas a cientos de fermentos participantes, de forma organizada y muy bien calculada.

Asombrosamente, una vez más, sin ninguna prueba confirmatoria, vuelven a asegurar que toda esa complejidad también sucedió por sí misma, por azar de la Naturaleza y por una selección natural controladora, que nadie ha evidenciado con referencias comprobatorias. Dicen que de la materia inorgánica surgió la orgánica, y que esta fue adquiriendo complejidad gracias a su sabiduría infinita, durante miles de millones de años, hasta el momento actual. Esa es la sopa que se da a beber en las escuelas, desde hace casi dos siglos.

Los autores de esta nueva teoría abiogénica, señalaron cuatro componentes esenciales para el origen de la vida:

1. Una atmósfera llena de moléculas gaseosas reducidas y una fuente de energía para convertir esas moléculas en precursores biológicos necesarios para la subsistencia.

2. Un océano saturado de pequeñas moléculas biológicas resultantes del punto anterior.

3. Un mecanismo que genera, a partir de este mar molecular, polímeros ricos en información, necesarios para una célula viva (ADN, ARN y proteínas)

4. Interiorizar, confiada y absolutamente, que si el paso número tres es implementado, dará como resultado, inevitablemente, la sublime formación de una célula viva.

La primera condición impone un aspecto químico. Los primeros estudios serios al respecto, datan de 1920, cuando J.B.S. Haldane y A.I. Oparin sugirieron que la vida se originó espontáneamente a partir de la materia inerte existente en la superficie terrestre en un pasado remoto, y describieron un escenario para esa ocurrencia: una química oscura, pero ampliamente aceptada entre aquellos que procuraban establecer un origen naturalista para la vida en la tierra.

Años después, en el 1953 Stanley Miller hizo sus experimentos basado en el ambiente de Oparin (CH3, NH4, H2O, y H2), y logró varios compuestos simples, incluyendo algún aminoácido, así como una cantidad de alquitrán. Miller y Urey propusieron que la luz ultravioleta y descargas eléctricas, produjeron pequeñas moléculas biológicas precursoras en la “tierra primitiva”, luego depositadas en los océanos por el ciclo hidrológico.

Más tarde, Carl Sagan propuso que la tierra primitiva estaba sometida a un flujo de rayos UV 100 veces más fuerte que los de hoy día, y que el H2S proveniente del vulcanismo fue un agente catalizador. En el inicio de la decada de los 70, Bar-Nun demostró que las ondas de choque de alta velocidad resultaban 10,000 veces más eficientes que los otros métodos, convirtiendo la atmósfera gaseosa reductora de Oparin en pequeñas moléculas, formando cuatro aminoácidos.

Actualmente, algo más de una decena de aminoácidos puede ser producida bajo condiciones de la atmósfera reductora que se ‘cree‘ existió en la tierra primitiva. Pero, como también se generan aminoácidos no proteicos, estos competirían con los veinte aminoácidos de síntesis, en cualquier hipotética reacción abiogénica, afectando la teoría.

Oparin reconoció la necesidad de excluir oxígeno o algunos otros compuestos oxidativos de la mezcla. Esto fue muy conveniente, debido a que tal mezcla probó ser capaz de generar una variedad de pequeñas moléculas de interés biológico.

Pero hubo oxígeno; Philip Abelson (1966) y J. W. Schopf (1972) concluyeron que no hay evidencias de una atmósfera inicial de metano-amonio, y desde el vuelo del Apollo 16, se supo que la fotodisociación del agua en la atmósfera superior, por inducción, es una de las fuentes mayores de oxígeno libre atmosférico, así que este se debió generar en un promedio alto en la tierra, sin la presencia de un escudo de ozono (hecho por oxígeno) para bloquear la intensa luz UV del sol. Un análisis de las rocas ‘consideradas‘ del Precámbrico parece indicar la presencia de oxígeno libre, a niveles similares de los hoy día (Walker, 1977), y que la tierra no tuvo la atmósfera reductora que apoye a estas tesis.

Por otra parte, queda la incógnita del surgimiento de biopolímeros ricos en información que provocarían la necesaria síntesis de macromoléculas imprescindibles para el desarrollo de una pre-célula. La síntesis de proteínas y ácidos nucleicos a partir de pequeñas moléculas precursoras, en el hipotético océano biótico, representa uno de los desafíos más difíciles del modelo de la evolución, ya que el agua no favorece la formación de enlaces peptídicos, sino que es su ausencia lo que beneficia la reacción.

Sidney Fox reconoció el problema y comenzó a elaborar una alternativa mediante la que logró crear una especie de sustancia polimerosa. El material polimerizado se vació en una solución acuosa, resultando en la formación de algo que llamó ‘proteinoides‘, que consideró como células. Reclamó casi todas las propiedades imaginables para su producto, incluyendo que él había alcanzado la transición de la macromolécula hacia la célula.

Fue aun más lejos, intentando  demostrar que un pedazo de roca de lava pudiera sustituir un tubo de ensayo en la síntesis de proteínas y afirmó que el proceso ocurrió en la tierra primitiva en los alrededores de los volcanes. Sin embargo sus críticos y sus propios alumnos desnudaron su credibilidad:

Se demostró que los proteinoides no son proteínas, pues contienen muchos enlaces no peptídicos y otros cruzados que no son naturales. Los enlaces peptídicos son del tipo beta, mientras que todos los enlaces peptídicos biológicos son del tipo alpha. Los materiales con los que inició el experimento fueron aminoácidos purificados, que no tenían semejanza con los materiales disueltos en la “sopa orgánica“.

Si alguien tuviera que hacer el experimento con la sopa pre-biótica, el único producto sería alquitrán. El porcentaje de 50% ácido aspártico y ácido glutamico necesario para estos experimentos no tienen semejanza al porcentaje muchísimo mayor de glicina y alanina hallados en los experimentos de síntesis de la tierra primitiva, y tampoco hubo contenido de información genética.

Todas las alegaciones expuestas por Fox fallaron en pasar las pruebas cuando fueron examinadas cuidadosamente. Aunque sus resultados iniciales parecieron coincidir mucho con su teoría, la realidad resultó catastrófica para las esperanzas de los paleontólogos, geólogos y bioquímicos involucrados en una creación casuística y natural.

También se propuso el uso de arcillas, pues en este ambiente los grupos de aminoácidos tienden a ordenarse, y se han logrado producir polímeros a partir de muchos aminoácidos. Pero, aunque estos estudios han generado el interés de los evolucionistas prebióticos, su relevancia ha sido sofocada, entre otras cosas, porque las arcillas muestran preferencia por aminoácidos básicos.

Para obtener resultados y que ocurra la polimerización, deben ser usados aminoácidos puros y activados, ligados a adenina, sin embargo, los aminoácidos adenilados no son el material flotante más común en el océano prebiótico. Si se usan aminoácidos libres, no ocurre la polimerización adecuada, pues los polímetros resultantes son en su mayoría tridimensionales y no lineales, como suelen ser los biopolímeros.

Recientemente fue abierto un capítulo final con el descubrimiento de las moléculas de ARN auto catalítico. Fueron recibidas con gran gozo por los evolucionistas, porque daban esperanza de disminuir la necesidad de fabricar proteínas en la primera célula; les llamaron “ribozimas“, pero sin embargo, estas probaron ser incapaces de responder a la expectativa, debido a dos factores:

– Aunque una ribosa puede ser producida bajo condiciones prebióticas simuladas, resulta un azúcar raro en los polímeros de formaldehído (mecanismo pre-biótico que se acredita dan origen a los azúcares). Además de la presencia de nitrógeno, los aminoácidos de la mezcla de reacción podrían prevenir la síntesis de azucares (Shapiro, 1988).

– Ninguna de las 5 bases presentes en DNA/RNA son producidas durante la oligomerización HCN (ácido cianhídrico) en soluciones diluidas (el mecanismo pre-biótico que se cree que dio origen a las bases nucleotídicas). Además de los problemas de síntesis de los precursores y de las reacciones de polimerización, todo el bosquejo depende de sintetizar una molécula de RNA capaz de hacer una copia de sí misma, pues la molécula debe también realizar alguna función vital para iniciar la fuerza de la vida; pero tal hazaña, no ha podido verse manifiesta.

Todo ese “Mundo RNA” perdura en calidad de ficción; no ofrece pistas de cómo llegar desde el esbozo del mecanismo convencional de las proteínas de ADN-ARN de todas las células vivas. Por otra parte, el que algunos científicos decidan exhibir tal entusiasmo por este esquema, revela la poca fe que tienen en los otros escenarios del origen de la vida discutidos anteriormente.

En todos los estudios experimentales sobre los inicios biológicos, la presencia del investigador condiciona siempre  la dirección y conclusión del experimento en el sentido de sus propósitos. Cuando este se propone lograr un objetivo (por ej., en la síntesis de los precursores o la polimerización de los precursores), elabora un sistema ‘previsto‘, que tenga alguna posibilidad de alcanzar la meta deseada. Se escogen las condiciones en las cuales los materiales resulten apropiados para una hipotética tierra prebiótica, de modo que lo obtenido quede envuelto en el aire de credibilidad necesario, aunque sea conseguido desde la manipulación inteligente, no desde el caos de las reacciones implícitas en los laboratorios.

Los cálculos son cuidadosamente manipulados una y otra vez, hasta lograr la meta propuesta; así, el lector da por hechas las situaciones contadas, que no tendrían probabilidad de ocurrir ni habrían sido posibles en el entorno natural del principio de la Creación. Por ejemplo, cuando Fox realizó sus experimentos para producir proteinoides a partir de aminoácidos, usando roca de lava en lugar de tubos de ensayo, guió su trabajo para dar la impresión de que este era un modelo idóneo para la tierra prebiótica. Creó una gran expectativa entre quienes le creyeron, mas sus resultados, como ya se ha sabido, constituyeron un fiasco más en las esperanzas evolucionistas.

Si el análisis científico cuidadoso nos lleva a concluir que los muchos mecanismos propuestos del ‘origen espontáneo‘ no han logrado producir ni una sola célula viva, la hipótesis alternativa de la Creación inteligente se torna más atrayente; los métodos de la ciencia no han logrado responder de forma concluyente, ni en un solo ejemplo plausible, a la pregunta del origen de la existencia del rico mundo biológico que aparece ante nuestros ojos.

Sagan y M. J. Newman fueron diáfanos al declarar que “la ausencia de la evidencia es la evidencia de la ausencia.”: Más transparente ni el agua cristalina; se ha estafado a la humanidad durante mucho tiempo y es hora de que alguien con raciocinio dé la señal de Stop… al menos hasta que la verdadera Ciencia, esa gran confirmadora y única homologadora, esté en condiciones de ofrecer una prueba definitiva.


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EVOLUCIÓN Y ENERGÍAS.

marzo 3, 2008

LA FUERZA INVISIBLE.

Una mañana del verano de 1973, me hallaba en el departamento de electrónica de un centro de investigación nuclear, cuando se escuchó la estridente señal de alarma de uno de los radiómetros instalados en los cubículos de las áreas restringidas de Radioquímica y Física Radiactiva.

La primera impresión entre los electrónicos, después de varios años en el centro sin que ocurriera nada peligroso, fue pensar que uno de los geiger Muller se había estropeado y estaba dando una falsa información: pulsos eléctricos que el aparato de control detectaba como radioactividad.

Resultó alarmante ver por vez primera a mis compañeros de control radiológico, del Departamento de Dosimetría, pasar ante nosotros, embutidos en sus trajes blancos con interior de plomo y parafina, como si de cosmonautas se trataran. Pese a la inquietud de sus rostros y la urgencia de la situación, el lastre que representaba los alrededor de 30 kilos que implicaba la tecnología de aquella época, no les permitía ir más rápido. En sus manos llevaban el radiómetro portátil previsto para usar en estos casos, capaz de medir radiaciones alfa, beta y  gamma, con sus distintos cabezales.

Uno de ellos logró desconectar la estridente sirena y dar la información a los compañeros: por accidente, se había roto el depósito de un isótopo de Radón, que no recuerdo en estos momentos si era el 222 y la contaminación era bastante alta, pese a que los extractores estaban funcionando (el radón es una emanación gaseosa producto de la desintegración radiactiva del radio). En lo personal, me sentí afectado, pues el radioquímico que se encontraba dentro era mi mejor amigo, y no se sabía nada del nivel de peligrosidad ni la radiación recibida.

El radón es muy radiactivo y se desintegra con la emisión de partículas energéticas alfa, pero su período de vida es corto,  alrededor de cuatro días, degradándose en otros componentes, menos dañinos. Al final, después de ser lavado y cepillado varias veces, con el líquido usado por sus compañeros ‘astronautas‘, el equipo medidor determinó que la dosis había sido reducida lo suficiente como para no temer por un peligro de muerte.

Mi amigo salió, y la Dirección del Centro le dio los días libres que los médicos especialistas indicaron. En resumen, aquel accidente no tuvo más consecuencia que el disfrute de unos días extras de playa.

Posteriormente se emitió un folleto, para un curso interno sobre ‘los efectos biológicos de las radiaciones ionizantes‘, dirigidos a aquellos técnicos no químicos, que no habíamos cursado Radiología.  En cuanto tuve conciencia del verdadero peligro, del daño desatroso que provocaba en el organismo una asimilación mayor del rango permitido, se incubó mi deseo de cambio de actividad.

Seis años después de haberme desvinculado del ambiente radiactivo, el 26 de abril de 1986, durante una simulación de un corte de suministro eléctrico, un aumento súbito de potencia en el reactor 4 de la Central Nuclear de Chernóbil, dio lugar al hipercalentamiento de su núcleo, generando la explosión del hidrógeno acumulado en su interior.

La cantidad de material radiactivo liberado, que se estimó fue unas 500 veces mayor que la de la bomba atómica arrojada en Hiroshima en 1945, provocó la muerte directa de 31 personas, obligó al gobierno soviético a la evacuación de unas 135.000 personas e incitó una alarma internacional, al detectarse radiactividad en diversos países de Europa septentrional y central.

Durante la evacuación, el nivel oficial de radiación alcanzó 1 Roentgen por hora. La gente dice que fue de 7 Roentgens. Esto es una gran diferencia, porque en el primer caso, la población podría morir en dos o tres meses; en el segundo, en una semana. En las primeras semanas de lluvia radioactiva, la radioactividad en la superficie de las calles fue mucho más alta que la radioactividad en el aire, a la altura de los ojos.

En Suecia, el 27 de abril se hallaron partículas radiactivas en las ropas de los trabajadores de la Central nuclear de Forsmark (a unos 1100 kms de la central de Chernóbil). Luego de convenir que no había escapes en la central sueca, dedujeron que la radiactividad provendría de la zona entre Ucrania y Bielorrusia, dados los vientos dominantes entonces. Igual ocurrió en Finlandia y Alemania; así pudo conocer el resto del mundo, parte del alcance de la tragedia. La invisibilidad del monstruo flotante, dio lugar a la sorpresa.

Inmediatamente después del accidente, la mayor preocupación fue el yodo radiactivo, con un periodo de semidesintegración de ocho días. A día de hoy, la inquietud se centra en la contaminación del suelo con estroncio-90 y cesio-137, cuyos periodos de semidesintegración llegan a unos 30 años.

Ahora bien, ¿cómo accionan las radiaciones ionizantes en la materia y cuál es su  capacidad de penetración? Las partículas ‘alfa’ emitidas por los radionucleidos naturales no son capaces de atravesar una hoja de papel o la piel humana y se frenan en unos pocos centímetros de aire. Sin embargo, si un emisor alfa como el 210Po es inhalado,  ingerido o entra en el organismo a través de la sangre, por una herida, puede ser muy nocivo.

La radiación alfa tiene menos intensidad de penetración que la beta, que consiste en la emisión de núcleos de helio: dos protones y dos neutrones. También se sabe que los rayos gamma son fotones de alta energía y que resultan los más penetrantes de los tipos de radiación descritos: atraviesan fácilmente la piel y otras sustancias orgánicas, por lo que pueden causar graves daños en órganos internos.

Los rayos X también son fotones, pero con una capacidad de daño menor que los gamma. Si bien se trata del mismo tipo de radiación, se mantiene la nomenclatura gamma y X debido a la causa que la produce: mientras que los rayos gamma son de origen nuclear (reestructuración del núcleo atómico), los rayos X tienen su origen en la reestructuración de los electrones en la corteza atómica.

A estos tipos de emisiones no perceptibles por el ojo humano, y clasificados por Rutherford, deben añadirse la de neutrones, que surge en la naturaleza por fisión espontánea, con mayor penetración que la gamma, y sólo puede detenerlos una gruesa barrera de hormigón, agua o parafina (compuestos muy ricos en hidrógeno).

Pero, generalizando, radiación es toda energía que se propaga en forma de onda a través del espacio. En este concepto se incluye pues, la luz visible, y las invisibles, como las  ondas de radio, televisión, luz ultravioleta, infrarrojos, rayos X, radiaciones ionizantes, el magnetismo, el calor, etc. ¿Podemos asegurar que son las únicas que existen?

La Biblia habla asiduamente de una no contrastada: el Espíritu. El doctor en Medicina, profesor y doctor en Filosofía por la Universidad de Virginia, Raymond A. Moody, publicó hace años el libro “La vida después de la vida”, en el que recoge los testimonios de 150 personas que afirmaban conocer esta experiencia.

Por otra parte, investigaciones de doctores holandeses, en 1962, sobre 344 pacientes con fallos cardíacos, reveló que 62 de ellos refirieron experiencias ‘post morten’. El líder del equipo, Pim Van Lomme, cree que esto cuestiona el “asumido, y nunca probado concepto de que conciencia y memoria están en el cerebro“. Van Lomme cuestiona cómo estos pacientes lograron relatar lo hablado y sucedido a su alrededor (después de permanecer cierto tiempo con electroencefalograma plano), si no es por un estado de conciencia independiente al órgano cerebral. Este estudio, que apoyaría a otro realizado el año anterior en el Hospital de Southampton, se terminó en dos años, y fue publicado por “The Lancet” una de las publicaciones médicas mas prestigiosa del medio.

Mención aparte merece el caso de China: una madrugada, de julio del 1976, el seísmo más mortífero del siglo XX, y el tercero más grande de la historia, removió a Tangshan. Una quinta parte de la ciudad murió en el trágico suceso, y miles fueron librados de la muerte. En el apoyo sociológico, algunos relataron haber visto seres especiales, túnel de luz y cosas por el estilo, conocidas como ECM (experiencias cercanas a la muerte).

Un documental cuenta el testimonio de  Pam Reynolds, compositora y cantante popular, quien fue sometida quirúrgicamente con circulación extracorpórea, debido a un aneurisma cerebral; su cuerpo quedó a 10ºC y su corazón y cerebro dejaron de emitir las señales vitales. Sin embargo, ya recuperada, detalló las conversaciones del quirófano; dijo haber sido testigo de la operación como si flotase por encima de los cirujanos.

Gordon Allen, es otro caso: un agresivo y emprendedor financiero estadounidense al que una grave neumonía llevó al borde de la muerte; una vez que se recuperó, refirió haber salido de su cuerpo hacia a un espacio habitado por seres espirituales. Cambió radicalmente de vida y dedicó todo su esfuerzo a ayudar a los demás; algo muy frecuente entre las personas que refieren experiencias de este tipo.

Existen muchísimos casos como estos, pero no es mi objetivo cansarles. La idea que deseo trasmitir es que hay suficientes testimonios, desde muy distintos puntos del planeta, que son coincidentes. Eso es lo que ha determinado que hombres de Ciencia dediquen tiempo a la investigación de los mismos, para intentar dar una respuesta coherente.

En realidad, todo queda en alegatos coincidentes; no hay forma de dar pruebas palpables en estos casos, pero, a muchos profesionales del campo de la Medicina y otros, han conseguido influirles lo suficiente para implicarles. Para los cristianos, no hay dudas de la realidad de estos planteamientos, por su coincidencia con las Escrituras. En el nuevo testamento, la palabra ‘espíritu’ aparece 370 veces, refiriéndose al espíritu de Dios, al Espíritu Santo, a los pobres de espíritu, al espíritu de los hombres, a los espíritus inmundos, etc.: una invisible energía espiritual que, como el magnetismo, las radiaciones ionizantes, y otras, no pueden verse con los ojos humanos, pero existen. Tanto, como que algunas veces resultan mortales.

Creo conveniente que todos aquellos que leen los libros evolucionistas, donde se plantea la teoría no verificada, del hombre casuístico que acaba cuando muere, estén abiertos a esta otra alternativa de una continuación espiritual. Pues ayudaría a interpretar mejor la promesa de Jesús, de una vida eterna, ganada con nuestras obras, durante los tiempos en que animamos huesos, músculos y demás elementos orgánicos.

Uno de los versículos en los que se habla de esto, refieren las palabras pronunciadas por el mismo Salvador, recién resucitado, con su propio cuerpo marcado por los clavos y la lanza. Antes de ascender como espíritu, se le apareció a sus apóstoles, aun incrédulos de lo que veían y les dijo, para que crecieran en fe y nos lo trasmitieran a nosotros:

“Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy: palpad, y ved; que el espíritu ni tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.”(Lucas 24:39)

El espíritu es vida: una energía que se manifiesta en una frecuencia invisible para el ojo humano; algo similar a lo que ocurre con las radiaciones ionizantes y otras. Está en espera del momento del juicio necesario, hasta que se establezca el Sión prometido; solo morirá la segunda y definitiva muerte, aquel que el Juez, cuya toga es de talla única, decida. Quien logre pasar el último tamiz, tendrá acceso a la experiencia más reveladora jamás imaginada. Pueden estar convencidos.

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