CORAZONES MILENARIOS.

febrero 1, 2008

Febrero 1/2008

¿Vivir cerca del milenio?

Según referencias bíblicas, imposibles de comprender desde la razón y de la lógica humana, así como desde el limitado conocimiento de los hombres, las primeras generaciones de seres humanos murieron cuando ya estaban cerca del milenio; las citas de ese enigmático libro señalan lo siguiente:

Adán, el primer hombre, vivió 930 años; las subsiguientes generaciones, hasta Matusalén, (que duró 969), se mantuvieron todos en ese entorno casi milenario. La última referencia de esos longevos primarios fue el propio Noé, la 10ª generación, que vivió hasta 950 años; la excepción en cambio, en medio de ese árbol genealógico, fue Lamec, su padre, quien se despidió de esta vida a la mágica cifra de 777 años. Sin embargo, poco a poco, todo fue cambiando.

Estos largos periodos de vida no fueron repartidos caóticamente; son sistemáticamente mayores antes del diluvio de Noé y declinan considerablemente después de eso. ¿Por qué?

ADN nos responde; la complicada bioingeniería que encierra a la molécula de doble hélice, incluye un ‘diseño‘ que la capacita para repararse a sí misma. Seres unicelulares como los microbios, combaten la vejez mediante su división en copias de sí mismos. Primero dos, luego 4… y así repetidamente. Mas el ser humano es producto de una morfología más compleja: tenemos muchos órganos vitales que se conjugan para que podamos vivir e interactuar en este medio.

Corazón, riñones, piel, neuronas, etc., son constitutivos de millones de células individuales cuyo plan es la auto reparación, viable gracias a la información genética codificada que poseen.

Todas las partes de nuestro organismo se oxidan y mueren; sus células se regeneran por un tiempo, pero este es limitado. Después de un determinado número de sustituciones celulares, en las cuales lo viejo se excreta de todas las maneras posibles, este sistema que funciona como un cronómetro durante muchos años, sencillamente se detiene. Según estadísticas, una célula humana actual solo se dividirá entre 80 y 90 veces, no más.

Y esa obligación repetitiva corresponde a una minúscula estructura sita en el extremo de cada cromosoma: el telómero; un cronómetro con un número de piezas unidas entre sí al final, como un collar. Cada vez que se renueva la célula, es como si una de las cuentas fuera arrancada, menguándolo; al perder su última pieza, ya no habrá más restauración. A partir de ahí, de acuerdo al principio de: ‘ninguna cadena es más fuerte que su eslabón más débil‘, la falla de uno o más órganos comenzará a manifestarse y, muriendo, moriremos.

El proceso de restauración celular es controlado por un programa codificado en el ADN: el código genético. De modo que cada individuo ve limitada su vida a la capacidad de su herencia genética, fundamentalmente. Está demostrado que existen otros factores que sí dependen de nosotros, de nuestro estilo de vida: el deporte y una alimentación sana, entre otros, ayudará a sacarle el máximo partido a nuestra propia respuesta interior; pero los límites los impone la información genética que hemos heredado.

La ciencia ha dejado patente que constantemente perdemos parte de esa información codificada, fundamentalmente por mutación de nuestros propios genes; es decir, está ‘científicamente demostrado‘ que nuestro ADN declina con el tiempo, haciéndonos más frágiles. NO EVOLUCIONAMOS hacia una mejoría orgánica, sino todo lo contrario. Por lo que, desde el propio punto de vista de la verdadera Ciencia, (la que avanza, no la que retrocede, hurgando en un pasado inexpugnable) es científicamente improbable que el código genético de un ‘homínido’ haya mejorado hasta trasmutarnos en lo que somos hoy; mucho menos impensable que un alga derivó en nuestra complejidad orgánica actual.

La alternativa bíblica, en cambio, sí es congruente con las evidencias: la primera generación humana tenía genes perfectos, diseñados y recién estrenados. La Biblia no cita esos ejemplos de seres casi milenarios, desde la perspectiva del asombro, sino de lo natural; en aquellos tiempos, la genética humana no había mutado aún lo suficiente. (Debido al pecado original, aunque les parezca un cuento de niños, pues Dios creó al hombre para una eternidad, no para la muerte.). Hasta Noé, era normal vivir durante varios siglos.

Pero después, sólo quedaron 4 familias: el propio favorecido del Señor y sus tres hijos casados. Su descendencia tuvo que unirse entre ellos para volver a iniciar la multiplicación de la especie; es decir, la consanguinidad volvió a hacer acto de presencia. ¿Recuerdan lo de la mujer de Caín? (Uno de los artículos de este bloc) Pues el ciclo fue casi repetitivo.

No estoy planteando nada que vaya contra la Ciencia; está demostrado el negativo efecto genético que la unión sexual entre consanguíneos puede provocar en el feto. De ahí el que sus posteriores generaciones fueran menguando tanto en expectativa de vida:

La cronología bíblica de las siguientes descendencias, dice que Sem, primogénito de Noé, vivió menos que su padre: 600 años. (Gn 11:10-11) Nueve generaciones después, Térah, solo llegó a doscientos cinco años (Gn 11:32), y su hijo Abrahán murió a los 175. (Gn 25:7), mientras que su mujer, Sara, solo duró 127 (Gn 23:1) Durante ese tiempo, la degeneración genética se incrementó cada vez más. En la actualidad, la esperanza de vida está muy por debajo de la última cifra, y se evidencia el acrecentamiento de muchos tipos de cáncer y nuevas enfermedades, al margen del pernicioso aumento de aquellas de transmisión sexual, como el SIDA.

¿Es la Biblia coherente con los actuales descubrimientos en biología molecular y genética? A mí me parece que todo apunta en esa dirección, pero pregunten a su corazón; lean el libro de Dios sin prejuicios ni fanatismos de ningún tipo. Científicos extraordinarios del pasado, que nos legaron sus descubrimientos y constituyeron el fundamento de todos los adelantos tecnológicos actuales, tuvieron fe en Dios; incluso aquellos físicos de mentes privilegiadas como Newton, Eisntein y Descartes, el gran filósofo, matemático y físico francés que vivió en el siglo XV.

El testimonio bíblico de que los primeros humanos vivieran tanto es apoyado por los descubrimientos de la Ciencia actual; eso en líneas generales. Pero lo importante es su opinión personal: ¿cree en lo íntimo que ello fue posible? Ahí lo dejo.

Que el Señor se manifieste en su vida para que esta adquiera un nuevo sentido; gracias por su tiempo.

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¿PERMITE DIOS EL SUFRIMIENTO?

enero 23, 2008

Enero 23/2008

EL SUFRIMIENTO HUMANO Y LA PERSPECTIVA DE DIOS

Ante la muerte de un niño a manos de un pedófilo asesino, nos quedamos sin respuestas; pero si un tormentoso Tsunami arrebata de las manos de la madre impotente a su pequeño hijo, ahogado luego en el agua, los filósofos se refieren al problema como “un mal natural”: se sufre y muere entonces por causas ajenas a maldad o imprudencia alguna. Tanta pena y dolor sin sentido, hace surgir la misma pregunta formulada cuando las Torres Gemelas; no importa si la causa es natural o humana, la gente dice: “si Dios es todopoderoso y amoroso, ¿por qué permite que sucedan estas cosas?”

Responsabilizar al Eterno implica dudas alarmantes, pese a la colosal sinrazón. Aunque los inocentes, los más necesitados… todas las víctimas, han sido física y emocionalmente golpeadas más allá de lo racional, antes de especular contra el Altísimo debido a la injusticia de estos hechos, tendríamos que alejarnos un poco de lo individual y analizar la total información sobre decesos en todo el planeta.

Cada día agonizan cientos de miles de personas, pero, al no atañernos de cerca, no nos afecta mucho. Humanamente hablando: ¿qué hay de justo en ello? ¿Qué hay de “justo” en cualquier muerte? Si Dios impidiera toda defunción, excepto la de una sola persona, esa única muerte también sería “injusta”; quizá más indebida todavía. La pregunta se amplía entonces: ¿por qué existe la muerte y el sufrimiento; cualquier muerte o sufrimiento?

Los cristianos han de enfrentar esta consulta porque es parte de la responsabilidad evangélica, desde nuestro compromiso con Jesús… y porque se la hacen constantemente. Una respuesta cristiana, de integridad bíblica, tiene que fundamentarse en el Génesis: el relato de una creación perfecta, donde la muerte y el sufrimiento no fueron “originarios”, sino intrusos. Todos sabemos que ocurrieron por una rebeldía contra el Creador, inducida por el enemigo eterno. (Gén. 3). A partir de ahí, se inició una larga etapa de depuración y filtrado, para asegurar que la vieja levadura no pasara al Sión definitivo.

Mas, ¿cómo exponer eso a la madre del niño tragado por las olas? ¿O a familiares de víctimas de accidentes de tráfico, guerras, terroristas, terribles enfermedades? Si el fallecido es anciano, el impacto emocional no es tan brutal; pero si se trata de alguien joven e inocente, no hay consolación cercana al entendimiento. El mejor que podemos dar es este: ¡Dios siempre irá al corazón que sufre!

En cuanto a la angustia derivada, Jn. 16:33 repite palabras de Jesús:

“Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.”

El Señor nos enseña que cada sufrida prueba vigoriza al espíritu, una vez pasada la tragedia.

 Un verso martiano reza: ‘Una horrible confusión me arredra: ¿Cae la piedra porque pasa el hombre o pasa el hombre porque cae la piedra?’

Desde ‘causa y efecto’ podría llegar la respuesta: Si alguien limpia un colosal ventanal en un 7º piso, su posibilidad de caer aumenta con respecto al que labora frente a su ordenador; si no se cuida, irá al vacío. Lo normal es que si se desploma desde esa altura, muera; aunque ha habido casos en que un niño, ante un accidente de ese tipo o similar, salva la vida… acaeciendo un verdadero milagro. Si alguien fallece, debido a su poca precaución, el padecer del familiar siempre será inmenso, pero al final se aceptará la adversidad: la imprudencia la justifica.

Pero, ¿y los niños violados y asesinados o víctimas de desastres? ¿O el herido leve por accidente de auto que, atacado en el propio hospital por el estafilococo ‘aureus’, muere en unos días? Los padres se desgarran de dolor e incomprensión; el ‘motivo’ inexistente, si su fe no es fuerte, hace que se quebrante su relación con Dios a partir de ese instante, culpándole por ‘no haber estado allí para salvarle’

Al humano le somete la filosofía de la carencia: no ve la pérdida del familiar como un simple tránsito, sino como algo definitivo, obviando su propia muerte forzosa; pero el Señor actúa desde la abundancia:

‘Tendrás todo lo necesario en cada soplo, incluyendo mi amor, que te sosiega del mismo dolor que te fragua.’

Algunas tribus lloran al que nace, inocente de las futuras pruebas, y festejan al que muere, porque conocen la armonía inmortal; pero el hombre común sobrevalora su existencia: ¿qué significan 70 u 80 años en la vida de una persona, con respecto a la perpetuidad que el Creador promete a quienes le sean fieles? ¿Qué, el sufrir de unas horas ante la paz eterna? Sólo es una gota en el océano de Su eternidad. Dios ve la vida infinita de sus elegidos, pero las personas no perciben más allá de sus límites físicos, olvidando la promesa: “…la muerte ha sido devorada con victoria.” (1ª Co.15:54)

Él usa en el corazón del justo, el valor pedagógico del sufrimiento, mas atenuando su dolor; allí mismo instruye sumario contra el autor del mal. Su juicio es tan seguro, como que cada día el sol pone luz donde horas antes reinó la tiniebla. Coronará con gloria infinita, la angustia del casto que muere sufriendo a manos del agente de satanás: el pederasta asesino; el pasaporte del infante fue acuñado por el propio Jesús, antes incluso, de ser crucificado:

“Dejad a los niños venir a mí, no lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios”. (Mc.10:14)

En cuanto al resto de víctimas de cualquier suceso, por causa natural o accidental, si han sido buenos, nada deberán temer. El quebranto de sus allegados puede hallar consolación y  paz en otra promesa del Señor:

” De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, pues ha pasado de muerte a vida.”  (Jn. 16:33)

Cuando el Juez vista su toga, los hallados victimarios engrosarán el grupo de Judas Iscariote; mas los inocentes habrán sido bendecidos por la Gloria del Todopoderoso. Los que ya han muerto su muerte y son recibidos en el seno Divino, van al Paraíso; los que quedan con vida, tendrán que enfrentar aún ignoradas y futuras pruebas, hasta sufrir su propia defunción, porque nadie será inmune: cada cual tragará el trago inexorable.

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