BAUTISMO DE BEBÉS: SACRILEGIO APÓSTATA.

Ayer, durante un discurso en Brasil, el papa pidió que oraran por él, pues lo necesita mucho. Quiero imaginar que es sincero y no se contamina de la gloria de hombres que reina en el Vaticano; quiero pensar que está de verdad resuelto a limpiar la cúpula eclesiástica de perversos hábitos. Y alzo mi oración al Padre para que le ayude a ser valiente en la Verdad, y a morir incluso defendiendo el legado de Cristo, antes que permitir la continuidad del servilismo que durante siglos la ciudad de las siete colinas ha mostrado ante el padre de la mentira, la distorsión… la apostasía.

Una apostasía es el bautismo de niños pequeños. Es abominación irreverente ante los ojos de Dios, pues el bautizo se fijó para el perdón de los pecados a través del arrepentimiento. Los cristianos cimentados en las enseñanzas de Jesús priorizan Sus órdenes antes que la de los hombres; así, deberían proclamar esto con diligencia, para no ser acusados luego de tibieza por Jesucristo. Día sí y día también debe enfrentarse esa costumbre que se aleja de lo sagrado para caer en la profanación. Y si el nuevo papa siente arraigado en su corazón el concepto de fidelidad a Jesús, debería luchar para extirpar definitivamente esa tradición diabólica del bautismo de bebés.

En general el bautismo por aspersión, a la forma y método de la iglesia católica, niega frontalmente la instrucción de inmersión en las aguas que el propio Salvador experimentó en su cuerpo para dar ejemplo. Pero más allá de ese error inicial, quien ha sentido la visitación del Espíritu Santo sabe que el bautismo de un bebé es abominación a los ojos del Creador del Universo y de las Leyes que lo rigen. Jesús no vino al mundo para llamar a los justos al arrepentimiento, sino a los pecadores. Y un recién nacido, que ni conoce ni practica el pecado, aun no tiene necesidad de perdón.

La maldición de Adán es quitada a los recién nacidos; en ellos pierde su poder. Por tanto, es una solemne burla ante Dios el bautizarlos. En Mar 1:4 se deja claro:

“Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados…”

O sea: la función del bautismo es activar el perdón por los pecados cometidos… luego que la persona se arrepiente de culpas pasadas. En Luc 24: 47, cuando Jesús se exhibe resucitado, con cuerpo glorificado de carne y huesos (igual que se tendrá si se es considerado fiel a Él por fructificar al 100% en nuestra etapa como cristianos), el Señor repite la orden respecto a quiénes deben ir al bautismo:

“…y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones,  comenzando desde Jerusalén.”

Y: ¿cómo puede haber arrepentimiento si no hay pecado? Esa orden de Jesús exime a los sin conciencia de pecado; por ej: los niños aun inocentes. Según Él, el arrepentimiento por las faltas lleva al deseo de ser acreedores de su promesa de salvación, mediante la inmersión en las aguas, tal como Él ejemplificó en sí mismo, para la remisión de pecados… con la condicionante de obediencia:

Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado…” (Mat 28:19-20)

De modo que son los padres quienes deben arrepentirse de sus pecados, no los bebés. Son los padres, quienes deben sentir contrición en sus corazones, y ser bautizados a la manera que Jesús instruyó, y a ninguna otra manera ni instrucción humana. Como niños pillados en falta deben humillarse; así se salvarán ellos con sus pequeños, pues estos ya viven en Cristo. Sus espíritus existen aun antes de la fundación del mundo… que fue primero espiritual, antes que humano:

“Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gen 1:26)

Si los pequeños no vivieran en Cristo, nuestro Padre Celestial sería un Dios parcial y voluble, que haría acepción de personas, porque: ¿cuántos pequeños mueren sin bautismo? Miles de millones de niños han muerto sin bautismo (y millones mueren cada día), en China, India, Pakistán, Medio Oriente, África… etc; si ellos no pudieran ser salvos sin ser bautizados tendrían que ir al infierno. ¡Y Dios no lo permitiría!

Quien supone que los bebés y párvulos tienen necesidad de bautismo, está sumido en hiel de iniquidad, pues no tiene fe en que Dios no permitiría tal cosa, ni esperanza en Su bendita misericordia, ni caridad en el corazón. Por tanto, a quien así juzgue, si muere con tal juicio, le alcanzará tal regla de justicia… y tendrá que bajar al infierno, porque terrible es la iniquidad de suponer que Dios salva a un niño por su bautizo, en tanto otro debe ir al infierno porque no tuvo la oportunidad de ser bautizado.

¡Ay de aquellos que pervierten las ordenanzas del Señor y las vías establecidas por Él para efectuar tales ordenanzas! Y me hago responsable ante Dios por lo escrito, pues de Él lo he recibido. Yo sé que Dios no es parcial ni variable, sino que es inmutable de eternidad en eternidad. Otra cosa es que por Su misericordia decida otorgar, en un contexto concreto de arrepentimiento, una dispensación de Su justicia para salvación.

Los niños pequeños, al no tener conciencia del pecado, no pueden arrepentirse de lo que no conocen. Por tanto, es una terrible iniquidad negarles las misericordias puras de Dios; y quien diga que niños y bebés necesitan bautismo niega la misericordia de Cristo, y desprecia tanto el objeto de Su Expiación, como el poder de su Redención.

¡Ay de esos, pues están en peligro de infierno y tormento sin fin! Lo digo porque he sido enviado testimoniar de ello. Oíd y obedeced, todo el que lea y practique estas costumbres, ya como padre, ya como cura, o responderá ante el tribunal de Jesús.

El bautismo se concibió para salvar a pecadores; los padres, no los hijos pequeños sin conciencia de pecado. El bautizo sigue al arrepentimiento; se toma por fe para cumplir los mandamientos. Y el cumplimiento de estos ratifica el perdón de los pecados, y ese esfuerzo en pureza por cumplir con la Ley es lo que trae la remisión de los pecados. Y esa remisión de pecados, el saberse deudor de Dios, es lo que trae la humildad de corazón; no la falsa humildad mental, sino la que brota del corazón.

Y solo en humildad de corazón visita el Espíritu Santo; es imposible, por ley celestial, que more en corazón impuro. Es ese espíritu, del que dijo Cristo que nos dejaría en su partida, quien llena de esperanza y amor perfecto. Y solo perdura por diligencia en la oración, hasta que venga el fin, cuando todos los santos moren con Dios.

De modo que, si alguien quiere obrar en el Evangelio, debe trasmitirlo con fidelidad del 100% al que nos legó por escrito nuestro Señor Jesucristo, el único autorizado por el Creador para asentar leyes, precedentes y tradiciones. Quien lo altere, deberá responder por cada ‘reforma’ humana ante el tribunal del gran Yaveh; y sin dudas pagará el precio que determine ese juez con toga de talla única al que es peligroso intentar suplantar. ¡Cuidado con alterar las órdenes y métodos del Cristo!

¡Restauración de Su Evangelio; no reformas! Lo Perfecto no necesita ser reformado. Lo recibí en el 2007, mi año de oración y ayuno, siendo amonestado en el espíritu.

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