MI VIAJE AL INFIERNO

24 de noviembre del 2011

Todos queremos el conocimiento; algunos esperan que les caiga encima sin esfuerzos, mientras otros lo persiguen con ahínco. Mas el conocimiento nace del buscar la verdad. Respecto a eso, Jesús nos dice: “Sigan las señales”. Y cuanto más estudio más me convenzo que hay tantas que resulta imposible no verlas. Nadie podrá decir el día de su juicio que han pasado desapercibidas por sus vidas, porque le será mostrado cada momento en que las recibieron. Y esto es Palabra del Señor.

Algunos dirán: ¿De qué señales hablas? Mas las han visto sin haber tenido que subir a avión, barco ni cohete espacial; solo que no quieren seguirlas. Y ya que no quieren seguir las que ven, daré una que no ven, por si logro prender algún motor de quebranto; de esos que rompen fecha de caducidad y llevan a la Salvación.

En la madrugada del martes 13 de sept de 2011 fui llevado al abismo. Y aprendí que la fosa empieza aquí arriba. No había querido exponer esto antes por razones obvias: temor a no ser creído y resultar humillado. Cada día me he preguntado si no habría sido una simple pesadilla, una jugada de mi subconsciente; por eso hinqué rodillas, oré sobre esto al Señor, y rogué me hiciera saber si provenía de Él, si había permitido que yo viviera aquella horrorosa experiencia para que testificara al mundo.

Oré con los ojos cerrados y luego abrí la Biblia para ver la respuesta. Fue impactante: a la izq. apareció Isaías 9; a la derecha Isaías 14, y en el medio, unidas verticalmente, como si una mano invisible las estuviera sosteniendo, el resto de páginas entre estos dos capítulos. Comencé por Isaías 14:

[‘El Seol abajo se espantó de ti; despertó muertos que en tu venida saliesen a recibirte, hizo levantar de sus sillas a todos los príncipes de la tierra, a todos los reyes de las naciones. Todos ellos darán voces, y te dirán: ¿Tú también te debilitaste como nosotros, y llegaste a ser como nosotros? Descendió al Seol tu soberbia, y el sonido de tus arpas; gusanos serán tu cama, y gusanos te cubrirán.
¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo. Mas tú derribado eres hasta el Seol, a los lados del abismo
.]

Luego leí el de la izq., Isaías 9:2, que profetiza sobre la llegada del Mesías, el Hijo de Dios que libra del infierno y de la muerte:

[El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos.
Multiplicaste la gente, y aumentaste la alegría. Se alegrarán delante de ti como se alegran en la siega, como se gozan cuando reparten despojos. Porque tú quebraste su pesado yugo, y la vara de su hombro, y el cetro de su opresor, como en el día de Madián.
Porque todo calzado que lleva el guerrero en el tumulto de la batalla, y todo manto revolcado en sangre, serán quemados, pasto del fuego.
Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.]

Su respuesta no pudo ser más categórica; un capítulo citó el infierno, y el otro a Jesús: el único que salva de él. Este es el testimonio de lo que viví:

Yo hablaba en una calle sobre el Reino de Dios a un grupo de personas. Se reían de mí; les decía que era invisible a nuestros ojos porque pertenece a otra dimensión: la espiritual. Se rieron más aun; entonces surgió de pronto un ser oscuro, sin rostro, y lo señalaron diciendo: ¡Mira, aquí está tu Dios! Y eso generó una carcajada aun mayor.

Luego varió el contexto: Yo caminaba, y un camión sin retrovisores ni puerta derecha pasó por mi lado. Lo conducía un hombre bajito, moreno; perfectamente identificable si volviera a verle, debido a la ausencia de puerta derecha. Iba a gran velocidad, y le hice señas para que aminorara, pero me dirigió una mirada de desprecio, y presionó aun más el acelerador. No oyó mi aviso ni los legados por quienes le antecedieron [de ahí la ausencia de retrovisores]. Solo miraba hacia delante, sin considerar lo cortos de vista que solemos ser los humanos, que observamos solo lo que queremos.

Y de pronto vino una visión de futuro, en una caverna lúgubre y tenebrosa. Una procesión, muy similar a la católica convencional, pasaba entre una multitud de hombres y mujeres. Unos portadores conducían un trono [no pude ver lo que había encima]; y uno de ellos, Carod Rovira apariencia bonachona, con gafas y bigotes, se dirigió al grupo de mujeres presentes y gritó, riendo con maldad, una frase bestial que no quiero repetir. He intentado contactarle para referirle la experiencia, pero me ha sido imposible.

Solo días después, la biógrafa de la realeza describió un incidente en el que se había visto involucrado el susodicho: En el viaje que hicieron a Israel  él y Maragall, en mayo del 2005, como miembros del Tripartito de Cataluña, el señor Maragall hizo una foto burlesca a Rovira mientras este reía, sosteniendo una corona de espinas sobre su cabeza, souvenir que suelen vender allí a los turistas. El rey, supuestamente cristiano, en lugar de pedir explicaciones, fue a besarle los pies a una talla hecha con manos humanas, que tiene ojos y no ve, manos que no abrazan, y pies que no andan: el Cristo de Medinaceli.

También vi algo espantoso: tras la procesión iban unas personas enyugadas a un grueso madero que ellos mismos transportaban sobre sus hombros, y del que pendían cadenas cuyos extremos se ceñían a sus cuellos. Llevaban sus ojos desorbitados de espanto, mientras daban alaridos espeluznantes.

Algo más atrás, aunque sin cadenas, arrastrando los pies y mirando al suelo, como sin poderse explicar qué hacía allí, les seguía alguien a quien considero la mejor persona de la realeza española: la reina Sofía. Pregunté por qué ella; y recibí que ‘yo no tenía que saber causas, sino solo dar testimonio, pues la causa saldrá ante los ojos de quien acepte la Palabra’. Y fui fiel; yendo contra la razón y la lógica, le envié una carta sobre la visión. Pero no tuve respuesta.

Eso ocurrió en la madrugada del martes 13 de septiembre del 2011. El  8 de noviembre, el fiscal anticorrupción de Baleares, Pedro Horrach, dirigió el registro en las oficinas de una red de sociedades vinculadas al Instituto Nóos en Barcelona… precididas por el yerno de la reina: Iñaki Urdangarín. Para mí fue una sorpresa haber recibido esa revelación sobre la implicación futura de alguien de la Casa Real Española, que saldría a la luz días más tarde. 

Hoy, 24 de noviembre 2011, ante la situación que vive la familia real, pienso además si la fatalidad que atraviesa el rey de España va más allá de sucesos azarosos. Pienso si su complicación física y las humillaciones recientes a las que están siendo sometido él y la monarquía española, no es sino una muestra del enfado de Dios por la ligereza de actuación de miembros de la familia.

Todos andan tras la gloria de hombres, recibiendo o confiriendo medallas,  sin amonestar a nadie que vulnere la moral y cívica establecida por el Señor Jesucristo. Jamás ha habido en España tanta tolerancia y apaño ante la violación flagrante y continua del Evangelio de Cristo.

Pero volvamos a lo que nos ocupa: De allí fui llevado a otro sitio donde fui partícipe directo: custodiado por gente que no conocía, yo bajaba unas escaleras con un grupo de personas perfectamente identificables, bajo una luz amarillenta y plomiza. No vi focos por ninguna parte, por lo que supuse que tal semiluz provenía de más abajo. Llegamos a una especie de descansillo franqueado por un barranco, y allí dejaron una parte del grupo, mientras el resto continuamos descendiendo.

Entonces me inquietó el corazón la convicción de que nos conducían hacia un lugar a donde nadie quería ir. De pronto, vi una vía alternativa que bajaba a la izquierda, y por allí escapé, mientras el resto continuó descendiendo. Corrí con toda la rapidez que imprime la desesperación, intuyendo que me seguían, y salí a una especie de explanada con cavernas, de unos 50 ms cuadrados. Veinte metros a mi izquierda divisé otra escalera que solo subía, y hacia ella me dirigí a toda velocidad.

Justo al pisar el primer escalón giré mi hombro y vi al que me perseguía: era un hombre alto y corpulento, de abundante pelo rizado y rojizo, identificable si volviera a verle, aunque Dios sabe que prefiero no volverle a ver jamás. Se había parado en la escalerilla del recodo que yo había bajado momentos antes; me miraba con una risa sarcástica, y supe que me decía que tenía todo el tiempo del mundo, que estaría ahí esperando por mí, que su esperanza era que yo volvería a bajar sin opciones de regreso. Comprendí que no me detuvo porque no le estaba permitido.

Salí de allí muy compungido, impelido hacia arriba; subí otro nivel, y vi más abajo al primer grupo, el separado al borde de un precipicio. Alzaron sus ojos hacia mí y uno de ellos, también perfectamente identificable, un mulato joven y fuerte, me preguntó dónde habían llevado al resto. Y en el mismo instante en que les decía que no sabía, nos llegaron gritos terroríficos, mientras la luz amarillenta subía de intensidad y se volvía rojiza.

No puedo describir la sensación de angustia tan grande que llenó mi corazón en esos instantes. ¡Jamás había sentido nada igual en toda mi vida! Y conste que he vivido situaciones donde tiembla el hierro; hasta un bombardeo, ametrallamiento incluido,  mientras aviones sobrevolaban mi cabeza.

La consternación me dio fuerzas, y seguí subiendo hasta salir a un sitio gris, sucio, pestilente, lleno de gente normal: era una calle. Reconocí una ciudad actual; había logrado salir al fin. Pero nuestras malas acciones, nuestros desatinos y violaciones constantes de la ley de Dios, quitan luz y dan una expresión lúgubre similar a la de abajo, en las calderas de satanás.

Desde esa óptica, vi que en realidad habitamos un valle de sombras, pese a estar bajo la brillante y refulgente radiación solar. Pero había salido; di gracias a Dios, y hoy doy mi testimonio. Y mi vida y mi alma pongo por prenda ante Jesús si he mentido en algo; que un camión haga asfalto conmigo si no he vivido cada situación que he descrito.

¡Qué el Señor dé a todos discernimiento y aprovechen este día, en el ya mismo! Nadie conoce su propia fecha de caducidad ni si despertará un día en ese mundo de muertos vivos. Arrepiéntanse todos los que hayan violado las leyes de Dios, pues no saben si mañana vivirán; no sea que ya tengan reservado su pasaje hacia el abismo. ¡Arrepiéntanse y sean salvos! Esto no es un juego ni un cuento del ‘coco‘, del que no saco ningún beneficio.

Doy fe [porque también lo viví en la madrugada del lunes 8 de febrero del 1994, luego de haberme bautizado en el nombre del Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo], que es real lo que advierte Efesios 5:14:

¡Despierta, tú que duermes! Sal de entre los muertos, y te iluminará Cristo.

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