TRILOBITES: ¿LA INVOLUCIÓN DEL OJO?

Porque las cosas invisibles de él; su eterna potencia y divinidad, se ven entendidas por la creación del mundo, y por las cosas que han sido hechas, para que no haya excusa…” [Rom 1:20]

Hace algunos días, en un debate, se me planteó la situación de la ‘evolución del ojo‘, como algo perfectamente explicado ya con argumentos científicos. Yo venía trabajando en ello, y por eso me comprometí a demostrar que tales pruebas eran cualquier cosa menos científicas. Este es el comienzo; pero no podré exponer sobre el humano, si no abro con el primer ojo de evidencia física, muy similar al de insectos modernos: el eucariota Trilobites, miembro extinto de amplio registro fósil, y clasificado en el fílum ‘Arthropoda’.

Los trilobites habitantes de océanos aparecen simétricos, segmentados, con apéndices articulados, pleódopos, antenas, cefalización [cabeza, órganos de los sentidos], sistema nervioso, y ojos con un preciso sistema de lentes compuestos… pese a haber sido datados en unos 400 millones de años, durante la ‘explosión cámbrica‘.

Cada propugnador de la teoría evolutiva enseña que fueron de los primeros animales en poblar la Tierra. En líneas generales, la evolución propone que todos los animales vivos han progresado desde cuerpos sencillos que, gracias a la ‘selección natural‘, han mejorado en el camino; de modo que, siguiendo la instrucción bajada en las aulas, al ser tan ‘antiguos‘, deberían haber sido entidades completamente simples, con características primitivas.

Sin embargo, la excesiva complejidad del ojo del trilobites, refuta tal concepto. El estudio de su extraordinario lente óptico deja a los científicos aturdidos; ninguno ha sido capaz de hallar tanta precisión y diseño, ni siquiera en la actualidad. Gozaron de un sistema visual jamás observado en ningún otro ser vivo.

Aunque se extinguió, sus fósiles evidencian Diseño Inteligente. A diferencia del cristalino en el ojo humano, compuesto de tejidos orgánicos, los ojos del trilobite eran de calcita. Por tanto, sus ‘lentes’ han podido ser analizados por los paleontólogos, y en contraste con nuestros ojos, [cristalino único], los de los trilobites, según las sub especies, tienen un sistema complejo y especial, con entre 100 y 15000 cristalinos en cada ojo.

Este especial diseño, que permitía que vieran perfectamente bajo el agua, expresa en sí mismo, el dominio de la Ley del Seno de Abbe, el Principio de Fermat, y numerosos conceptos de óptica. No reflejan haber surgido desde el azar y la ‘magia del tiempo‘, sino que ‘gritan‘ en todas direcciones, que fueron hábil y científicamente diseñados por un físico que con su Creación se ganó el derecho a ser considerado el Primer Nobel de la humanidad.

Las células del trilobites se dividieron de una manera similar a las de cualquier eucariota actual. Sus mecanismos biológicos surgen todos funcionando tal como lo hacen hoy en insectos como la mosca, pero con mayor complejidad que en esta. Y tuvieron sistemas nerviosos tan complejos como los de los insectos presentes, con sinapsis funcionando tan bien como lo hacen las de similares especies modernas.

Las lentes del ojo humano varían su forma para enfocar objetos según distancias, pero las del trilobites eran rígidas: no podían ajustar el enfoque; mas como resarcimiento a este déficit, poseían una ordenación interna de ‘doblete óptico‘, ajustada con lo conocido como ‘interface refractante‘.

Así, los lentes trabajaban juntos, y corregían los desenfoques con un par de ojos, compuestos cada uno por entre 100 y 15,000 lentes, según el tipo; una técnica coordinada de omatidios: unidades sensoriales, células fotorreceptoras capaces de distinguir entre presencia o falta de luz, y a veces, hasta colores. Formaban divisiones con aspecto de panal, tal como las presentes en invertebrados de hoy: insectos y crustáceos.

Los ejes de cada omatidio eran cristales individuales de calcita, con el eje óptico del cristal coincidente con el eje óptico del elemento del ojo. Cada omatidio con lente córnea, cono cristalino, células pigmentarias y retinianas, más un fotorreceptor: todo un ojo en miniatura; funcional y capaz de registrar una imagen por sí mismo.

Para que un ojo como éste pudiera enfocar la luz en los receptores, necesitó haber tenido esta forma de lente, con efectos ópticos requeridos e iguales a los fabricados por Huygens en el siglo XVII; sin embargo, la lente del trilobite funcionó perfectamente, usando estos principios, mucho antes de que el matemático holandés diera con ellos. Y no hay formas intermedias conocidas en el registro fósil: cuando aparece la primera lente trilobite, lo hace de forma totalmente eficaz, de forma muy similar a como se presenta actualmente.

Cada uno de los 800 omatidios de los insectos actuales, contiene ocho fotorreceptores (R1-R8), con varias células auxiliares; y estos fotorreceptores son un tipo especializado de neuronas, cuyo cuerpo celular es parte de la estructura del ojo, y cuyos axones crean conexiones con distintas neuronas del lóbulo óptico en el cerebro. Lo que da una idea de la alta tecnología que acompañó al ‘arcaico‘ ojo del trilobite.

Cada una de las 8 neuronas fotorreceptoras tiene características propias, implicando la presencia de distintos programas de diferenciación. Y los estudios moleculares de hoy, indican que el proceso de determinación neuronal y la diferenciación de estas neuronas como células fotorreceptoras, están bajo un control genético independiente, mediante las proteínas SPALT y SPALT-RELATED, codificadas por los genes ‘spalt’ y ‘spalt-related’.

Y ahora, lo más importante: estas proteínas tienen sus correspondientes genes homólogos en el ser humano, e incluso la mutación de este gen, se relaciona con el síndrome de Townes-Brocks, manifestado en retraso mental y carencia auditiva. De modo que todo indica que estas secuencias de genes de desarrollo, presentes en moscas y en humanos, también estuvieron presentes en los trilobites… ¡Hace más de 400 millones de años!

Ante esta maravilla de diseño, el experto Ricardo Levi-Setti, dijo:

Este doblete óptico es un mecanismo tan típicamente asociado con la invención humana que su hallazgo en trilobites es algo impactante. El saber que los trilobites desarrollaron y usaron tales mecanismos hace medio billón de años atrás es aun más impresionante. Y una revelación final, el que la interface refractante entre los dos elementos del lente, en el ojo del trilobites, tiene un ‘diseño similar’ a sistemas ópticos hechos por Descartes y Huygens a mitad del siglo XVII, se semeja a la ciencia ficción pura. El diseño del lente del ojo del trilobites pudiera calificar bien para una revelación patentada.’ (1993, pp. 54,57).

Ningún otro sistema visual animal, puede compararse hoy día, al del trilobites. El famoso paleontólogo evolucionista Niles Eldredge, también comentó sobre este enigma:

Estos lentes optimizan la luz recogida y la formación de la imagen, mejor que cualquier lente jamás concebida. No podemos menos que admirarnos de que estos trilobites, muy temprano en la historia de la Tierra, tuvieron el mejor diseño posible de lentes que la física óptica alguna vez haya podido formular.’ (Ellis, 2001, p. 49).

El darwinismo es incapaz de explicar tal complejidad surgida de pronto. Si reflexionamos sobre la comparación de ambos sistemas ópticos: el del trilobites datado en 400 millones de años atrás, con los mucho menos complejos de los artrópodos marinos modernos, lo que se evidencia es involución, no evolución. ¿No resulta irreflexivo intentar explicar la evolución del ojo humano, si ni siquiera pueden hacerlo con el del trilobites? Pero la respuesta es pura lógica: sencillamente ambos sistemas ópticos responden a ‘diseños distintos.

Los ojos de trilobites manifestaron toda la complejidad y desarrollo integral de las formas modernas. Se presentan funcionando completamente en los primeros animales multicelulares de los cuales hay registro. ¿Dónde y cuándo ocurrió la evolución?

Tal pregunta es siempre soslayada por los evolucionistas. Cada trilobite fósil es una denuncia de los vacíos de la teoría darwinista. Cuando paleontólogos como Stephen Gould escriben libros acerca de las formas de vida ‘ancestrales‘, evaden celosamente mencionar el problema de apariciones repentinas, tan complejas. Solo dicen: ‘Está ahí, por tanto, la evolución pudo hacerlo.’ O sea, no la refieren como Ciencia, sino como arte de magia.

Pero otro estudio lió más aun la explicación, al revelar la posición ordenada en el cromosoma, de los genes implicados. Cuando las series mayores de los genes reguladores que fijan la polaridad del embrión de un insecto moderno: la mosca Drosophila (genes HOM-C) fueron reconocidas, se vio algo prodigioso e inexplicable: los genes que controlan el desarrollo del eje embrional, desde la cabeza hasta la cola, se ubican en el cromosoma, en el mismo orden que las partes anatómicas del individuo (colinearidad) cuyo proceso estaban intentando controlar.

Hubo varias razones de pasmo, pero la mayor fue lo poco probable que resulta que este arreglo ocurra en ausencia de un diseñador, pues años atrás se había demostrado matemáticamente [Murry Eden, Massachssets Institute of Technology], la improbabilidad de lograr que miles de genes se ordenaran específicamente en el cromosoma.

Sin embargo, el hallazgo no paró aquí. Siguientes estudios en vertebrados [mayormente ratas, pero también seres humanos], dejaron ver que similares proteínas reguladoras eran las responsables de la organización del cuerpo, desde la cabeza hasta los pies.

Estos genes [Hox u homeóticos] eran muy análogos a los equivalentes en Drosophila, [en algunos, la similitud Drosophila-Humanos es del 98%] e incluso están colocados en el cromosoma, en igual orden que en los cromosomas de esta mosca de la fruta. Sin duda, estos genes muestran un origen común… y debieron también haber estado presentes en el trilobite, la forma más primitiva reconocida.

Así que en la primera forma, no solo debió estar presente toda la complejidad de la célula eucariótica, sino también todos los datos genéticos de estos seres considerados ‘primitivos‘, involucrando la interacción de los miles de genes, que todas las formas cefalizadas parecen tener en común.

Cuando el Dr. Jeffrey S. Levinton, Profesor de Ecología y Evolución en la Universidad Estatal de Nueva Cork, conferenció en la reunión de la Sociedad Geológica Americana, en Nueva Orleans, 1996, se tocaron profusamente estas cuestiones. Un par de días después se debatió sobre lo planteado, luego que cuatro científicos presentaron nuevas ideas para intentar explicar ‘la explosión cámbrica‘, y permitieran más tarde un ciclo de preguntas y comentarios por parte de la audiencia.

Hubo muchas, sobresaliendo dos; pero antes de tratarlas, es preciso exponer el contexto para que podamos ubicarnos en aquel día: Ellos propusieron que los metazoos complejos: ancestros de corales, moluscos, trilobites, vertebrados, erizos de mar, y otros, existieron quinientos millones de años antes del Cámbrico, implicando que vivieron todo ese tiempo sin dejar registro fósil.

Esto requería que muy anterior al Cámbrico, esos organismos coexistieran como gusanos blandos o larvas; con el arreglo genético de los grupos cámbricos, pero sin formato esquelético. Así que, luego de esto, la primera pregunta conflictiva fue:

‘¿Por qué los rastros fósiles (huellas, tramos y madrigueras fósiles) son muy raros antes del inicio del Cámbrico, si estos animales existieron durante quinientos millones de años?

Un experto, reconocido mundialmente en huellas fósiles, se irguió, aparentemente para responder lo cuestionado, pero solo hizo comentarios circulares, sin contestar específicamente a lo planteado.

La segunda pregunta llegó de otro científico:

‘¿Por qué todos estos tipos de animales estuvieron viviendo tanto tiempo sin esqueleto y luego presentaron esqueletos todos al unísono?

Luego, ante el silencio, insistió con fervor:

‘¿Por qué evitan la respuesta verdadera?’

Hubo una pausa, y uno de los ponentes contestó:

Porque es verdaderamente difícil‘.

Después alegó que ellos esperaban que las respuestas vinieran según lo permitiera el desarrollo de nuevos conocimientos en biología molecular.

O sea, lo de siempre, desde el inicio de la teoría: se especula, intentando aclarar una especulación anterior no demostrada.

No eran anti evolucionistas, sino científicos pro evolutivos, ávidos de una verdad siempre esquiva. Y es que la explosión cámbrica resulta uno de los mayores desafíos para creencias naturalistas que perduran sin ser resueltas, pues la teoría darwinista no es capaz de dar evidencias sobre el origen de los sistemas ricos en la información que controla el progreso embrionario de las especies.

Los primeros fósiles trilobites son complejos, más allá de la imaginación. Sus formas son incluso esculpidas finamente. Sus sistemas nerviosos y musculares eran completamente funcionales, y sus ojos se formaron con pasos no solo similares a los de artrópodos recientes, sino también al de otros vertebrados como el propio hombre.

Sus sistemas cefalizados se presentan operativos desde el inicio, sin absolutamente ninguna evidencia de evolución desde un estado simple anterior. Miles de procesos moleculares, compartidos por formas actuales, estuvieron operando. ¿De dónde vinieron estas complejidades?

Alegar que proceden de formas precámbricas no preservadas, debido a que no poseían cuerpos duros, es argumentar de nuevo con la ausencia de pruebas; y esto, en Ciencias, no puede verse sino como ausencia de la verdad.

No hay secuencia genética evolutiva precámbrica, porque no hubo evolución precámbrica. El intento de explicar la existencia de sistemas vivos complejos, desde una evolución sin dirección ni control, no pasa de resultar un credo religioso sostenido por quienes ansían que el mundo no tenga un Creador. Los trilobites son otro ejemplo más de ‘Complejidad Irreductible‘, el misil en la línea de flotación evolutiva, tan temido por Darwin, por mucho que se intente demostrar lo contrario.

La evolución debe afrontar honestamente el hecho de no poder responder a: ‘¿Quién diseñó los lentes del ojo del trilobites?’ La naturaleza no lo hizo, ya que es incapaz de crear programas con códigos genéticos. Simplemente se ve ‘lo que está ahí‘, pero: ¿Quién diseñó ‘lo que está ahí‘?

La respuesta es más simple que la inconsistente teoría evolutiva: el mismo Programador que creó el programa ADN, y que permitió la alta tecnología manifiesta en el ojo del trilobite. Y no está tan lejos como algunos piensan: se halla en el propio corazón de todo humano, pendiente de quien le solicite con afán, que se manifieste.

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