EVOLUCIÓN VS EVOLUCIÓN. (I)

En este blog siempre se ha debatido sobre la poca credibilidad y transparencia de la teoría evolutiva. Y el artículo que hoy ocupa aquí un espacio tocará el mismo tema, por su importancia. Se evidenciará la censura histórica de una arenisca evolutiva, donde la verdad y el conocimiento no son lo más importante, sino la negación de Dios a toda costa.

En noviembre de 1981, el afamado zoólogo y paleoictiólogo Colin Patterson apareció como ponente ante el Grupo de Discusión de Sistemática, en el Museo Americano de Historia Natural, en el ala occidental del Central Park, New Cork, E.U. Para que se entienda mejor: una reunión de la crema y nata de la defensa evolucionista de aquel momento. Y lo que se debatió allí resultó tan espinoso, que devino en censura; la información dada a la prensa, fue una transcripción mutilada y tergiversada de lo que allí ocurrió.

A finales del 1981, la Unión para las Libertades Civiles Americanas presentó un litigio en el Tribunal del Distrito Oriental de Arkansas, respecto a la Ley 590, que establecía el ‘trato equilibrado‘ de las teorías de la evolución y creación, para la enseñanza de ciencias en las escuelas públicas del estado. Y el fiscal general de Arkansas, Steve Clark, defensor estatal, recibió una transcripción de la grabación efectuada en el seminario evolutivo; cinta que, en una de sus partes, dejaba bien claro que los propios líderes evolutivos, científicos, para más datos, se rieron cuando se tocó el tema de ‘llevar la evolución a los institutos‘.

El profesor de física adjunto en la Universidad Estatal de Pennsylvania, Hilton Hinderliter, fue citado como testigo del estado… pero, inexplicablemente, nunca fue llamado a testificar durante el juicio. Defraudado, se llevó de vuelta la transcripción a Pennsylvania, con el objetivo de que la verdad saliera a la luz por alguna otra vía. El redactor Paul Nelson, entonces alumno de la Universidad de Pittsburg, la recibió de sus manos el 21 de enero de 1982. Y vio que en la esquina superior derecha de la primera página, llevaba el sello del ‘Fiscal General de Arkansas‘, con una anotación manuscrita:

“Interesante… Llamar a Patterson sobre el pleito”.

Además, en la parte superior del mismo folio, también había una nota:

“Aviso: No aprobado para publicación impresa, hasta ser cotejado por Colin Patterson»

Sin embargo, esta advertencia no impidió la inmediata publicación del material… y el posterior y casi inmediato escándalo evolutivo, pues lógicamente no se correspondía con el texto que ellos habían difundido, haciendo sus propios arreglitos, cortando aquí, adicionando allí… distorsionando la verdad según su conveniencia.

Eso, por supuesto, no sorprendió a nadie; el fraude contrastado y continuo en las filas evolutivas, desde sus inicios, les ha hecho profesionales de la argumentación: desde un molar de cerdo fósil exhibido en museo como perteneciente a un homínido, dibujaron una familia completa de ‘Hesperopithecus haroldcooki’, y la llevaron a las escuelas, encabezando carátulas del libro de estudio sobre el ‘Hombre de Nebraska’; muchos están dando vueltas aun por ahí.

Lo importante es que al final la verdad, una vez más, se impuso. La primera transcripción cotejada de dicha ponencia, hecha de la cinta de audio original, será expuesta en la 2ª parte de este artículo, pasados unos días de este, debido a su extensión. Aparecerá solo lo que considere vital, remarcando en negrita lo revelador; mas les dejo el link original a todo aquel que desee informarse a tope sobre el tema:

http://www.sedin.org/patterson/patterson00.html

¡Ese mismo!: el ‘sedin‘ que tanto molesta, porque saca a la luz lo que no conviene… Pero antes de empezar; ¿quién era el ponente? ¿Tenía el suficiente prestigio como para ser tomado en cuenta? Errol White, de la Real Sociedad y Conservador de Paleontología del Museo de Historia Natural Británico, dirigió la tesis doctoral de Patterson sobre los peces del Mesozoico, y también dispuso su publicación; de modo que el discursante Patterson no era un loco que pasaba por ahí y se puso a dar voces, sino todo un doctorado, un académico de autoridad reconocida.

En 1966, siendo presidente de la Sociedad Linneana, este White pronunció una alocución: ‘A little on Lungfishes’ [Breves consideraciones sobre peces pulmonados], cuya conclusión merece ser citada extensamente, pues encarna una interesante actitud acerca de cómo se debería entender la historia de la vida; un escepticismo acerca de la situación de la teoría evolucionista, que Patterson, al madurar, llegó a hacer suyo.

En su discurso, White describe las problemáticas características de los peces pulmonados, en relación con el registro fósil. Luego remata así:

[“Pero, sean cuales sean las ideas sobre este tema, los peces pulmonados, lo mismo que cualquier otro grupo principal de peces que conozco, tienen sus orígenes firmemente basados en nada; una cuestión de acalorada disputa entre los expertos, cada uno de los cuales está firmemente convencido de que el resto está errado.

Y esto me trae a la verdadera cuestión de este discurso, que describiría como un dilema imaginario mío: a menudo he pensado en lo poco que me gustaría tener que probar la evolución orgánica ante un tribunal de justicia. En mi experiencia sobre los peces fósiles, aunque pueda verse con facilidad la tendencia general evolutiva, cuando se trata de identificar las vinculaciones, tanto al nivel de género como al de un grupo más elevado, de manera invariable los eslabones ‘están ausentes del todo o son defectuosos‘, es decir, siempre con uno o más caracteres desfasados, incluso los ictiostégidos, que a pesar de toda su posición intermedia, superficialmente evidente entre ripidistios y anfibios, son demasiado avanzados con respecto a algunos caracteres, como la parte posterior de la cabeza, para ser ancestros de los verdaderos anfibios.

Pese a la acción en laboratorios, no se ha hallado la prueba directa de la derivación bajo circunstancias naturales, de una forma a otra. Una reciente y admirable reseña en el Times Literary Supplement, un vistoso libro ilustrado sobre la evolución, valió de brusco recordatorio de que la Evolución sigue siendo una teoría que nunca ha sido demostrada mediante experimentación, además de servir de correctivo para una descuidada forma de pensar y de hablar sobre Darwinismo; a la vez, el sucesor de Stensiö en Estocolmo: Erik Jarvik, facilitó un resumen de la situación, reconfortante por su sinceridad.

Todos vosotros estáis bien familiarizados con el árbol evolutivo comúnmente publicado, con su complejidad de ramitas representando cada grupo, a menudo conectado en la base para constituir un buen y sólido tronco de origen común. Bien, echemos un vistazo al diagrama de Jarvik: el árbol genealógico de los vertebrados inferiores. Las ramitas están ahí, desde luego, pero parecen más una valla de estacas de avellano que un árbol, pues no hay ni un solo grupo con origen común probado. Esto es algo que buena cantidad de personas ha visto con claridad durante largo tiempo, pero pocos la han descrito de una manera tan contundente antes de ahora.

…Seguimos sin saber por qué, ciertos grupos como los dipnoos, y más enigmáticos quizá, los celacantos, con su medio ambiente tan diverso, sobrevivieron sin cambios durante 300 millones de años, mientras que los emparentados ripidistios evolucionaron rápidamente hasta extinguirse.

Seguimos sin conocer los mecanismos de la evolución, pese a las confiadas pretensiones que se manifiestan en algunos sectores; ni es probable que consigamos mucho progreso adicional en todo ello mediante los métodos clásicos de la paleontología o de la biología. Y desde luego no adelantaremos en todo esto desgañitándonos a saltos con el grito de:

«¡Darwin es Dios y yo, Fulano de tal, soy su profeta!»

Las recientes investigaciones de estudiosos como Dean y Hinshelwood, ya sugieren la posibilidad de unas incipientes grietas en las paredes aparentemente monolíticas del Jericó neodarwinista.]

Hasta aquí, la opinión de White, mas: ¿cómo se indaga hoy sobre el origen de cualquier grupo de organismos? Mediante sus fósiles; después de todo, la evolución es una teoría acerca de la historia de la vida, y las relaciones evolutivas son relaciones históricas. Los fósiles se toman como la única evidencia concreta de la historia de la vida; así, ellos serían árbitros evolutivos. Y allí donde falten fósiles, o donde su interpretación es ambigua (como White argumenta que es el caso de los peces), el origen del grupo en cuestión ha de ser por tanto incierto, o desconocido, no seguro, tal cual lo plantean; sin embargo, no se hace.

Al descubrir la obra del taxónomo alemán Willi Hennig (1966), mediante la lectura en 1967 de una monografía del entomólogo sueco Lars Brundin, Patterson comenzó a replantearse tanto la pretendida primacía de los datos fósiles en la sistemática, como también (y de forma más radical) el peso de la teoría de la evolución en general sobre la comprensión de las relaciones biológicas. Quizá la sistemática no debería presuponer ninguna teoría de evolución, sino más bien mantenerse independiente de tales teorías. Patterson expresó esto en un artículo vigorosamente argumentado en 1980:

‘… con el desarrollo de la teoría cladística, se ha puesto en claro que más y más del marco evolucionista no es esencial, y se puede dejar a un lado. El principal síntoma de este cambio es la significación que se asigna a los nodos en los cladogramas. En el libro de Hennig, como en todo el trabajo pionero en cladística, los nodos se consideran como representativos de especies ancestrales. Se ha descubierto que esta suposición es innecesaria, ‘e incluso engañosa’, y se puede desechar. Platnick se refiere a la nueva teoría como «cladismo transformado» y la transformación es un alejamiento de la dependencia de la teoría evolucionista. Y Gareth Nelson, que es el principal responsable de la transformación, lo expresó así en una carta que me envió este verano:

‘En cierto modo, creo que estamos sencillamente descubriendo la sistemática pre-evolucionista; o si no, redescubriéndola, desarrollándola’.

En mi opinión, el resultado más importante de la cladística es que un método simple, incluso ingenuo, de descubrir los grupos de la sistemática; lo que se solía designar como el sistema natural, nos ha llevado a algunos de nosotros a la conciencia de que muchas de las explicaciones que se dan en la actualidad de la naturaleza, en términos de neodarwinismo, o de la teoría sintética, pueden ser retórica vacía’.

Como bien lo explican Hull y Gee, los neodarwinistas no se tomarían esta disidencia a la ligera. Y, como ya se ha observado, el escepticismo de Patterson acerca del papel de la teoría evolucionista en la sistemática se cruzó con las controversias políticas en los Estados Unidos acerca de la enseñanza de la evolución en las escuelas públicas. En las semanas posteriores a la ponencia presentada en noviembre por Patterson, por ejemplo, las páginas de la revista Science iban repletas de reportajes del escritor científico Roger Lewin acerca del desarrollo del juicio en Arkansas, respecto del ‘trato equilibrado‘: la vista celebrada ante el Juez William Overton, en el Tribunal Federal de Little Rock.

Fue en esta atmósfera cargada que Patterson encendió la antorcha de su ponencia de noviembre de 1981. Había un magnetófono en marcha; la deflagración fue inevitable. Es bien improbable que Patterson tuviera conciencia de los problemas que se iban a suscitar con sus observaciones; de hecho, algunos han especulado si su primer ataque de corazón a principios de la década de los 1980 fue causado por el estrés de tener que responder a preguntas acerca de sus opiniones tocantes a la evolución.

Sin embargo, en mi opinión personal, el Sr. Patterson tuvo la gallardía de exponer con valentía, detalles que probablemente otros no menos avispados también habrían observado, pero callaron, porque el ego se impuso. Abordó con agudeza la gran contradicción de la sistemática biológica. Ha pasado más de un cuarto de siglo desde entonces, pero muchas de sus reflexiones proféticas, (p. ej., la dificultad para definir homologías moleculares) se ven en la actualidad. ¿Será él la chispa del final evolutivo en las aulas?


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