LA SABIDURÍA NECESARIA

Frecuentemente, incluso en aquellas personas que no son miembros de una iglesia (y a menudo entre agnósticos), ante cualquier impreviso doloroso, molesto o preocupante, muchas veces nos acordamos de Dios; entonces, no volvemos a Él y, más o menos, le decimos:

‘De acuerdo, dime exactamente lo que necesito hacer para aprender de las pruebas.’

Pues, ante este planteamiento, debes darte cuenta que la sabiduría que necesitas para tratar las pruebas correctamente, viene del Señor. Por este motivo, después de hablar Pedro, en 1ª Pedro 4:12:

“Carísimos, no os maravilléis cuando seáis examinados por fuego, (lo cual se hace para vuestra prueba), como si alguna cosa peregrina os aconteciese; mas antes en que sois participantes de las aflicciones de Cristo, gozaos, para que también en la revelación de su gloria os gocéis en triunfo. Si sois vituperados por el Nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque la gloria y el Espíritu de Dios reposan sobre vosotros. Cierto, según ellos, él es blasfemado, mas según vosotros es glorificado.”

Sobre esta temática, se nos instruye, en Santiago 1:5:

“…Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, (el cual da a todos abundantemente, y sin reproche) y le será dada.”

Ahora bien, esto no es una invitación para interrogar al Señor sobre el ¿por qué? de tus pruebas. Esta información tal vez no la obtengas en este lado del cielo; si Dios no se lo dijo a Job, el patriarca, es muy probable que tampoco te lo diga a ti. Tal cuestionamiento es muy humano, pero generalmente es muy poco productivo.

En lugar de preguntar ¿Por qué me ocurre tal cosa… o tal otra?, debes orar:

‘Padre Celestial, ¿Cómo quieres utilizar esta prueba para que me desarrolle espiritualmente? ¿Cómo quieres que colabore contigo para obtener el máximo beneficio? ¿Qué cambios quieres que produzca en mí?

Estas si son preguntas que nuestro Dios contestará; pero no solo se trata de de cuestionarnos ante Él cómo podemos responder a sus espectativas con nosotros ni hacer las preguntas correctas, sino que hay que hacerlo, además, con un corazón dispuesto a la entrega, libre de egoismos y segundas intenciones.

También puedes pedir a Dios sabiduría y luego argumentar, excusándote de mil maneras, andando con rodeos o perdiendo el tiempo en tonterías, mientras decides si lo obedeces o no; esto está definido en las Escrituras como ‘persona de doble ánimo’, en Santiago 1: 7-8:

“Pero pida en fe, no dudando nada; porque el que duda, es semejante a la onda del mar, que es movida del viento, y es echada de una parte a otra. Ciertamente no piense el tal hombre que recibirá ninguna cosa del Señor. El hombre de doble ánimo, es inconstante en todos sus caminos.”

Está claro el resultado para quienes pidan sin fe; cuando pidas sabiduría a Dios, tu única oración debe ser, tal como instruye 1ª Samuel 3:9:

“Y dijo Elí a Samuel: Ve, y acuéstate; y si te llamare, dirás: Habla, SEÑOR, que tu siervo oye.”

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