DIOS Y EL DINERO.

¿MALOS Y BUENOS CRISTIANOS?

Hoy he estado mirando las estadísticas de los post más visitados en Internet. Creo que todo el mundo conoce quien se lleva la palma; ¿es necesario que mencione al sexo?… No, no lo creo; a día de hoy, es lo que más dinero y gentes mueve en el mundo entero. Lo religioso y lo espiritual no ‘mola‘; en este plano en el que la economía acapara el principal interés de las personas (muchos llegan con dificultad a fin de mes), proclamar la Palabra de Dios es provocar una corriente migratoria en el entorno.

Sin embargo, la situación cambia ante la promesa de solución financiera a los problemas particulares, si se es fiel en diezmos y ofrendas; entonces se elevan las expectativas y la esperanza individual. Y es cierto que está escrito que ese es uno de los principales deberes del creyente; en Las Escrituras abundan los versículos donde el Señor promete que rebosará la economía de aquel que cumpla su compromiso con la iglesia. Veamos dos de esos ejemplos: (Uno del Antiguo y otro del nuevo Testamento)

“Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y vaciaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde”. Malaquías 3:10

“Y el que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia, para que estéis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual produce por medio de nosotros acción de gracias a Dios.”  (2ª Co 9:9)

Pero, por otra parte, también vemos que Jesús alerta constantemente sobre el peligro del dinero ‘sobrante‘, es decir, el que un cristiano favorecido por Dios, recibe como ‘gracia‘ del Todopoderoso. La palabra ‘dinero‘ se repite 120 veces en la Biblia, ‘riquezas‘: aparece en 98 ocasiones; siempre dejando patente que ni uno ni la otra son lo más importante y alertando sobre el uso que debe de hacer el favorecido del Señor en dones materiales.

El dinero solo nos dignifica ante Dios, cuando lo usamos para cubrir las necesidades de otros semejantes. Un ejemplo de desprecio a las riquezas, en favor de mantener una actitud con la vista puesta en la vida eterna prometida, se observa en Hebreos 11:24:

“Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón.”

¿Cómo se relaciona esto, con la vida real? Hace unos días, un hermano de la iglesia me comentó que a veces pensaba que Él no le era agradable a Dios, por lo dura que resulta su vida en lo material, mientras a otros cristianos les va muy bien. Entonces le recordé la situación de una hermana, miembro de nuestra congregación, que ha sufrido durante años varias cirugías, en su lucha personal contra las metástasis del cáncer que la asola, y que ya le ha hecho perder un brazo.

Juntos recordamos cómo ha afrontando su mal con valor y fe constante; la última ocasión muy reciente, cuando se le dijo a la familia que se preparasen para lo peor, y que sin embargo, de ser la más grave en el área de cuidados intensivos, donde todos esperaban su muerte, fue trasladada a sala y dada luego de alta, debido a la mejoría experimentada. ¿Podemos pensar que Dios está disgustado con ella, y de ahí su mal? ¡Claro que no!

Las personas le damos a esta vida más importancia de la que tiene; la consideramos valiosa debido al miedo a un final inexorable. Pero, ¿qué representan los hipotéticos 75 años que duramos en condiciones normales, con respecto a la eternidad?: Menos de una gota de agua en el océano, pues este es finito, mientras que la vida bajo el reinado mesiánico permanecerá para siempre.

Nuestra existencia no es más que una gran prueba que todos debemos afrontar; cada uno en las condiciones que le toque. De la actitud de respuesta dependerá nuestro futuro. Quien es rico, tendrá que responder por cómo consiguió su capital y la forma en que ha hecho uso del dinero; las diferencias sociales nada tienen que ver con los planes del Señor. ¡Muy mal lo tendrían en ese caso todos los habitantes de los países más pobres! Nadie puede ni siquiera insinuar que ya están descalificados para Dios, pues sus conclusiones, solo a Él le pertenecen.

Mi hermano y amigo quedó más tranquilo luego de escuchar esto, pues le resultaba traumático que otros cristianos dispongan de un flamante 4X4 y él ni siquiera puede acceder al crédito de un banco para comprarse un coche de segunda mano. Como reza el proverbio: “A quien Dios se lo dio, San Pedro se lo bendiga.” La desazón, y mucho menos la envidia, pueden tener cabida en el corazón de los seguidores de Cristo; nuestro deber es alegrarnos por cada motivo de júbilo en nuestros hermanos, pues así abrimos la puerta al futuro don divino que también nos favorecerá. 

La alerta bíblica de Jesús: ‘El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán‘, patentizan que debemos tener muy en cuenta sus enseñanzas con respecto a la actitud que debe mantener el ser humano ante lo material; mucho recalca sobre el peligro del dinero y lo difícil que la tienen los ricos para adquirir la vida eterna. La bonanza económica de un cristiano debe ser recibida siempre con acción de gracias, pues se trata de una dádiva de Dios, pero también como una tentadora prueba de fidelidad, pues el Altísimo estará pendiente del uso que se hará con los ‘talentos‘ regalados.

Tenemos la certidumbre de que Dios quiere lo mejor para sus hijos; en mi iglesia se ve cómo han sido prosperados muchos de sus miembros; pero sería un error pensar que aquellos menos afortunados, de alguna manera no resultan gratos al Señor. Hay muchísimos ejemplos en la propia literatura bíblica: hay muchos ‘grandes‘ de la fe que vivieron y ejercieron un fuerte ministerio apostólico, lejos de las riquezas materiales, pasando hambre, pasando frío y múltiples necesidades.

Ya hablamos de Moisés, que prefirió estar dando vueltas durante 40 años por el desierto, bajo la guía del Creador, entre el polvo, el sol y las necesidades que fueron fortaleciéndole el espíritu, a disfrutar de la cómoda vida del palacio egipcio, donde había sido adoptado por una princesa.

También está el caso de Elías; cuando fue perseguido por Jezabel, el propio Dios le ordenó que se fuera a vivir a una cueva, junto a una fuente de agua. Allá los cuervos le llevaron pan por la mañana y carne por la tarde. El profeta vestía pobremente: una tosca piel de camello y una correa. Cuando el Señor consideró cumplidos sus propósitos, no miró como vivía ni como vestía, sino la lealtad probada de su servidor, llevándoselo al cielo en un carro de fuego, según el testimonio de otro ‘pobre en finanzas, pero rico en espíritu‘: Eliseo, que heredó su capa y sus poderes.

Por otra parte, vemos el enigmático suceso de Juan el Bautista, que renunció a todo, vistiendo en condiciones similares a Elías, de quien usó los mismos métodos de ataque directo contra los pecados y vicios de sus contemporáneos. Con igual austeridad, se alimentó de miel silvestre y de las langostas de la región. Habló como él, siendo su aspecto exterior, el mismo del antiguo profeta; de él, nuestro Señor Jesucristo sentenció la misteriosa reencarnación espiritual, en Mateo 11:11-15:

“De cierto os digo, que no se levantó entre los que nacen de mujeres otro mayor que Juan el Bautista. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan.Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir. El que tiene oídos para oír, oiga.”

Según las crónicas hebreas, a los 16 años ya medía más de 1.80 ms; llegó a ser un robusto y pintoresco hijo de la naturaleza, predicador intrépido y temeroso de la rectitud. Juan no era iletrado, conocía las sagradas escrituras judías, aunque distaba de ser un hombre culto; era un pensador claro, un orador poderoso y un denunciador fogoso. Al igual que Elías, resultó una censura elocuente y constante, incluso para el propio rey Herodes, a quien nunca temió, pues jamás le preocupó resultar agradable a los hombres, sino al que reina sobre ellos.

Merece renglón aparte la instrucción recibida sobre Pablo de Tarso, uno de los apóstoles más fieles de Cristo, que asimismo decidió vivir lejos de opulencias y poderes terrenales, sufriendo prisión, injurias, latigazos, hambre, naufragios y ataques de todo tipo hasta su muerte en martirio.

¿Podemos decir que estas personas no fueron agradables a Dios y que por esa razón la pasaron tan mal mientras vivían? La respuesta nos la da el propio Jesucristo, según leemos en Marcos 10:42:

“Pero Jesús, llamándolos, les dice: Sabéis que los que se ven ser príncipes entre las gentes, se enseñorean de ellas, y los que entre ellas son grandes, tienen sobre ellas potestad. Mas no será así entre vosotros: antes cualquiera que quisiere hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor… “

Es decir, ante los ojos de quien escudriña en el corazón humano, lo importante no es el éxito material alcanzado entre los hombres, sino la fidelidad y la entrega, con la vista puesta en la vida que vendrá. Fuera quedará, tanto la mercadería, como los propios mercaderes, y entonces valdremos según lo que el Rey decida; cada cual disfrutará esa vida especial en el lugar que le corresponda: el adquirido en función de sus obras cuando alimentaba carne. Según su profecía, los primeros serán los últimos, y los últimos, los primeros.

¿Significa esto que es preferible vivir en estrechez? ¡De ninguna manera! Si el Todopoderoso nos quiere hacer partícipes de comodidad económica, debemos considerarlo un privilegio y darle gracias constantemente por ello, precisamente por el conocimiento que tenemos de las necesidades de muchos de nuestros hermanos en la fe.

Pero también debemos razonar sobre que el dinero va y viene: hoy podemos tener mucho y mañana nada. Lo único importante es la forma en que lo empleamos mientras permanece entre nosotros; pues si lo usamos mal, tendremos que responder por ello. Que no haya duda sobre esto.

No debemos caer en la tentación de explicar la bonanza económica, identificándola como la mejor muestra de que el favorecido es agradable al Señor; la Biblia nos enseña sobre esto en el libro de Job: alguien de quien el propio Dios se sentía orgulloso, debido a su humildad y buen corazón, pese a ser un hombre poseedor de grandes riquezas. En un abrir y cerrar de ojos, todo cambió para él; apareció la prueba y muchas dificultades se le vinieron encima de golpe, perdiendo hijos, riqueza y salud, a un mismo tiempo.

Sin embargo, su respuesta ante el cambio fue buena ante los ojos del Altísimo, quien volvió a favorecerle, haciendo desaparecer todos sus males físicos, multiplicando su capital y dándole una nueva familia. Una enseñanza que debemos asumir todos, imbuidos en la certeza de lo efímera que puede resultar la bonanza económica, y de la poca importancia que esta reviste ante la realidad de una vida eternamente próspera, manifestada en la promesa del Todopoderoso, mediante la sangre de Jesús en la cruz.

Lo más importante no es tener o no solvencia económica, sino ser buenas personas y no auxiliar a nadie esperando recibir algo a cambio. Tratemos siempre de buscar dónde podemos resultar útiles a los demás; sin miedo. La mirada del Omnipotente, como el águila que vela por su prole, está tan pendiente de nosotros, como de aquellos que nos embisten, sea murmurando, planeando en contra nuestra o atacándonos directamente.

En estos casos, la nobleza de nuestro perdón nos enriquecerá, allí donde no existen casas que acuñen monedas, pues todos los pagos se realizarán con las fortunas amasadas en el corazón, durante esta vida en que nadie es superior a nadie, por mucho que alguien lo piense. Solo el gran evaluador de las auditorías finales, establecerá los niveles definitivos, en cada área de destino; hasta entonces, debemos prepararnos con ahinco.

De nosotros saldrá música agradable al Señor, cuando seamos capaces de dejar libres las cuerdas del buen angel que todos llevamos dentro.

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4 Responses to DIOS Y EL DINERO.

  1. jolimu dice:

    Una buena palabra; si señor.

    El día que toda la iglesia de Cristo interiorice lo propugnado por el propio Jesús al respecto, entonces es que se habrá captado Su mensaje en toda la dimensión.

    Nos lo enseñó, cuando entró con sus discípulos al templo de Capernaúm y se acercaron los cobradores de impuestos, preguntando si ‘el Maestro no pagaba’:

    Mat 17:27: “… vete al lago y echa el anzuelo. Saca el primer pez que pique; ábrele la boca y encontrarás una moneda. Tómala y dásela a ellos por mi impuesto y por el tuyo.”

    Hizo el milagro sobre el dinero, solo para pagar lo justo. ¡Ahí nos enseña cuál debe ser nuestro comportamiento respecto al dinero! Ratificó con su obra de milagro, la instrucción que desde siempre iba dando, por donde quiera que pasara: pudiendo dar un tesoro material, solo le dio a Pedro la moneda para estar al día ambos.

    Sea quien sea, bienvenido al blog. Gracias por su comentario.

  2. anonimo dice:

    El peligro del dinero consiste en que puede volvernos carnales, separarnos de Dios. Eso puede ocurrir cuando un hermano es bendecido por Dios económicamente y él empieza a utilizar el dinero para su propia gloria, no para la gloria de Dios. Vemos el caso de cierto obispo fundador de una gran iglesia en el Brasil. Al principio su iglesia era profundamente espiritual, una poderosa iglesia pentecostal llena de bendición y liberación. Luego, cuando se hizo poderoso y rico empezó a desviarse de tal manera que empezó a ensoberbecerse y a utilizar la riqueza para su propia gloria, comprándose mansiones de lujo y viviendo en extremado ostento. Ahora esta iglesia se ha convertido en un gran organismo empresarial y se ha enfriado. Se le ha visto a este obispo en un video de Youtube.com enseñando a sus pastores colaboradores a engañar a la gente para que den su dinero. Hasta eso ha llegado.

    El apóstol Pablo manda a los ricos a que no sean soberbios y que sean ricos en buenas obras; no les manda que se deshagan de sus riquezas sino que las utilicen correctamente conforme a la voluntad de Dios para ayudar a los necesitados, a la iglesia, etc.

    Si somos ricos, nuestro deber es utilizar el dinero para apoyar a los pastores pobres, misioneros, ayudar a los huérfanos, las viudas, los pobres, etc. y, para nosotros, solo utilizar lo mínimo necesario para sustento y abrigo, evitando los vanos deleites del lujo y el ostento. En la Biblia vemos cómo se enseña que las mujeres deben evitar los peinados ostentosos y los vestidos lujosos. Ese es un principio válido tanto para las mujeres como para los hombres: evitar todo lo que sea lujo y ostento. El lujo y el ostento enaltece a nuestra persona por sobre la persona de Dios, sirve para llamar la atención de la gente sobre nosotros mismos. El lujo y el ostento son una manera de auto divinizarnos a nosotros mismos para ser admirados por los demás, para ser el centro de atención. Hoy vemos a tantos religiosos viviendo rodeados de lujo y ostento extremo y no se dan cuenta que se están cavando su propia fosa en dirección al infierno. Vemos a ciertos religiosos que son adorados por sus seguidores y ellos no hacen nada por impedirlo, sino que agradecen a sus admiradores. Si ellos fueran modestos como lo eran los apóstoles de Cristo no serían tan “amados” por tanta multitud. En realidad esas multitudes no los aman sino que los idolatran, los admiran. Ellos se engañan a sí mismos y a muchos diciendo que todo lo que hacen lo hacen “para la gloria de Dios”, pero esa es una mentira, pues sus seguidores les admiran a ellos y no a Dios.

    Lo malo de llegar a este nivel de ostento es que esa persona puede empezar a creer que se trata de un ser divino, de algo muy especial y único; sufre de una extrema egolatría o enaltecimiento extremo del YO. Y para peor, sus colaboradores y seguidores cercanos les ayudan a creer en estos errores adulándoles. Pero Dios sabe castigar ese grave pecado, porque el que se enaltece será humillado. Así vemos a muchos de esos falsos dioses sufrir largas y dolorosas enfermedades hasta un agónico y desesperante final.

    Dios podría bendecirnos económicamente si sabemos estas cosas y aprendemos a aborrecer el lujo y el ostento. Para eso él nos hace pasar por periodos de grandes necesidades, para que aprendamos a depender de él por completo y para que aprendamos a no malgastar sus bendiciones en vanidades. Cuando aprendemos esa lección, él podrá confiarnos grandes bendiciones materiales, sin que éstas nos causen tristeza.

  3. jolimu dice:

    Saludos desde España, hermano David. ¿Cómo va tu defensa de la Creación?
    Un amén a eso de Jehová me dio, Jehová me quitó. ¡Bendito sea nuestro Señor, que nos cambia lo material corruptible por fortaleza de espíritu incorruptible!
    Si nos deja en 0 en el campo de la economía, es para hacernos crecer donde lo necesitamos, para que confiemos en Él y persistamos en lo verdaderamente importante.
    Mientras, siempre podremos regocijarnos que a nuestros hermanos en la fe les vaya bien, para que a través de ellos la gloria de Dios se pueda manifestar en misiones humanitarias a niños, enfermos, y a muchos necesitados de Angola, Paraguay, El Salvador… donde quiera que sea necesario que llegue la presencia del Señor.

  4. David Vargas dice:

    Hermano Jorge!!

    Un gran amen!! a esta enseñanza. Gloria a Dios por la claridad con que ves el tema y espero su Espiritu te siga manteniendo encendido para que alumbres a las naciones.

    Jehova me dio, Jehova me quito. Bendito sea Jehova!

    Lo importante es sabes quienes somos en Cristo y que donde debemos tener una buena cuenta es en los cielos donde ni la polilla ni el orin la corrompen.

    Bendiciones desde Costa Rica!!

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