PECADO, ESPÍRITU… Y PROMESA.

Febrero 25/2008

RELIGIÓN EN ESPAÑA.

Hablar de pecado, aquí, en España, constituye un link mental que nos lleva directamente a ‘Chiquito de la Calzada y su ‘Pecador de la pradera’ característico, en sketchs televisivos (e incluso de cine, pues este cómico ha participado en, al menos, 6 películas.

Si hay un país donde la temática cristiana tiene pocos adeptos, es este. La evidencia está en que en vísperas de las elecciones del 8 de marzo próximo (2008), las encuestas dan incluso una ligera ventaja a la izquierda socialista que asume actualmente el poder. En un reino con 44 millones de habitantes, (cerca de 32 millones con autoridad de voto), el 47% que arrojan las pesquisas como simpatizantes de la bandera roja, implican unos 15 millones de personas, incluyendo no solo los abanderados de Zapatero, sino todos los partidos de izquierda existentes en la actualidad.

Son muchos, y si pensamos que representan una línea política que autoriza el matrimonio homosexual, instruyendo a los niños en un revolucionario concepto del matrimonio que va contra las enseñanzas anteriores, y que si no ha aprobado el aborto, ha sido por la valiente presión social de miles de familias españolas en su contra, podemos decir en coherencia, que en estos momentos, más de la mitad de esta sociedad se ríe de la Palabra de Dios, de su Génesis, sus leyes… y de la propia crucifixión del Señor Jesús en la colina del Gólgota, a las afueras de Jerusalén, hace poco más de 2000 años.

Este hecho, se asume como una historieta creada y alimentada por unos fanáticos; muchas veces considerados subnormales, con escaso coeficiente cultural en el mejor de los casos, y poco inteligentes, en círculos más drásticos. Pero fue real: le crucificaron, murió y le sepultaron; después de entregarse a sí mismo como intercesor entre el Dios Padre y los seres humanos de toda raza y nación. ¿Objetivo?: La redención del pecado, que la ley de Moisés fue incapaz de detener.

Hombres y mujeres nos vemos inclinados constantemente a codiciar lo que no tenemos: se miente, se serpentea, se amenaza e incluso se mata por conseguirlo; si se nos dice que está prohibido, más aun. Nos amparamos en la nueva corriente ‘anti reprimidos‘ y nos libramos de la ley que pretende prepararnos para una vida eterna, impulsados en caída libre, a una velocidad determinada por la masa y la aceleración que impriman nuestros instintos, en el momento que decidamos actuar.

Le fallamos a nuestros padres y familiares, nuestras parejas, nuestros hijos… incluso a veces, a nuestros propios principios de conducta. Por último, como colofón, le fallamos al Espíritu.

Muchos se preguntarán qué es eso; otros, que hayan jugado con la ‘ouija’ o que suelan ‘tirarse las cartas’ o que hayan participado de sesiones espiritistas, creerán que el tema de este artículo va por ahí y pensarán comprender lo que escribo. Pero, aunque reconozco que hay una vida espiritual detrás de todos esos casos, debo alertarles que no tienen nada que ver con el Espíritu de Jesús, sino con el enemigo que tiene el poder momentáneo sobre este mundo.

El Señor resucitó al tercer día y se les estuvo apareciendo durante más de un mes a muchas personas que testificaron de este suceso. Fue una resurrección en toda regla, y sus manifestaciones no respondían a simples apariciones que los agnósticos referirán con sorna, como ‘fantasmales‘. Al revivir, el Hijo de Dios quiso demostrar que hay una vida después de la muerte física: preámbulo de la eternidad que prometió mientras instruía a sus apóstoles y hacía todo tipo de milagros, otras resurrecciones inclusive, como en el caso de su amigo Lázaro (cuatro días en el sepulcro) y la niña de 12 años, muerta en su cama.

Ubicándonos ahora en nuestro tiempo, se debe decir que ya no hay ninguna condenación para quienes decidan unirse al Espíritu de Cristo, permitiendo que entre en sus vidas, tome el control y les guíe por el camino que les llevará a una dimensión sin final, sin penas ni calamidades de ningún tipo. Un mundo de luz, fundamentado en el amor.

La primera persona a la que el Señor se presentó, ya resucitado, fue a María Magdalena, una mujer repudiada por la gente que la conocía, debido a su vida licenciosa. Eso encierra una enseñanza: Jesús no ve lo pecadores que somos, sino lo limpios que seremos cuando hayamos vencido al pecado con su ayuda.

La Biblia no categoriza las faltas humanas; no puntúa cuánto se nos quita por asesinato, proxenetismo, robo, adulterio, etc. Aun cuando habla de estos asuntos, que lo hace a menudo, nunca los pone en un mismo orden, sino que los alterna, para que el hombre no pueda evaluar ni se dedique a compararse con otros, intentando ver quién es más o menos, en lo que a estos términos respecta. La promesa del perdón es válida ante cualquier violación de la ley… salvo la blasfemia contra el Espíritu Santo.

La ley del espíritu que ofrece nueva vida en Cristo Jesús, nos libera de la antigua ley mosaica, de las faltas y de la muerte. Dios ha hecho lo que resultó imposible a los 10 mandamientos, debido a la debilidad humana. Hizo que su Hijo tomara cuerpo en la frágil contextura de hombre, para demostrar que era posible vencer al pecado. ¡Gloria a Dios, que de esa forma logró condenarle en nuestra propia debilidad!

Lo hizo para que así lográramos cumplir lo que la ley exige, pues una vez que entramos en Cristo, ya no vivimos conforme a la naturaleza inclinada a la maldad que habita en nosotros, sino acorde a los dictados del Espíritu, que se le opone con firmeza.

Vivir según las inclinaciones internas lleva a la muerte; no la 1ª, la física, sino a la 2ª y definitiva: la judicial, pues el que todos seremos juzgados no es cuento chino: cada acto nuestro está siendo grabado en una cinta indeleble y testificará en contra o a favor de nosotros, llegado el momento. El Señor se lo reveló a Pablo en Ro 8:7:

‘Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; pues no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.’

Y no vean lo de la ‘carne‘, exclusivamente como sexo, pues incluye todas las otras pasiones en las que esta nos sumerge: poder, vanidad, envidia, murmuración… etc. Es decir, vivir sometidos a todo instinto es tener desventaja en el juicio ante Él. Ante alguien sumergido en estas inclinaciones, se cierran las puertas a una vida eterna; algo lógico, pues contaminarían toda la levadura ya pasada por el tamiz.

El que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. ¿Es una conclusión? Lo es en parte, pues quien tiene la llave de la puerta principal, también deja abierta permanentemente, otra lateral; así, cualquiera podrá pasar por ella si cumple dos condiciones: el arrepentimiento de una vida apartada de las leyes de Dios y la confesión mágica, con su propia voz: ¡’Jesucristo es el Señor’!

Muchos tienen su mirada puesta en el sin sentido de la evolución de las especies: vivimos en un mundo donde se enseña que el más fuerte predomina hasta que le llegue su propio final definitivo: ¡A vivir, que son dos días!

Pero no es así; por eso he venido combatiendo esta filosofía en los 38 artículos anteriores. Hay un plan para todas las personas; hombres y mujeres son los únicos responsables de que ese proyecto fructifique. No evolucionamos de un organismo primario, unicelular, que comenzó a auto transformarse en lo que vive hoy, ya sea vegetal o animal, sino que descendemos de una pareja humana, creada por Dios: con carne y espíritu.

Somos un objeto de diseño y hay una expectativa para todos, que supera el límite de la vida según lo conoce la ciencia. Hay un ‘más allá‘, más allá; es eterno, y está a disposición de todo el que sea capaz de verlo y luchar por ello con fidelidad y constancia. Esa es la verdadera evolución, la concluyente: de carne a espíritu, para siempre, en el Sión definitivo.

¡Qué la luz del Señor Jesucristo les ilumine y puedan ser salvos!

“Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen. (Ap 14: 13.)

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