MI RAÍZ NO FUE SIMIESCA.

Febrero 1/2008

EN MI FAMILIA NO HAY ALGAS NI SIMIOS.

He entrado hoy en una página que resume un trabajo científico sobre la ‘evolución‘ del ser humano desde sus inicios. No les voy a atiborrar de datos complejos ni de palabras rimbombantes; solo diré que el autor del artículo es el australiano Max Ingman, que termina su doctorado en genética médica en la Universidad de Uppsala, Suecia, y que recientemente él y sus colegas analizaron el genoma mitocondrial completo de personas elegidas en diversas áreas geográficas, raciales y lingüísticas. También, que este estudio es considerado uno de los análisis más virtuosos hechos hasta hoy; pero aclarando conceptos: el proyecto trata sobre historias evolutivas. Nada de Creación divina.

Su conclusión más importante fue ‘que las primeras comunidades humanas se crearon en África, en una población fundadora que evolucionó alrededor de ‘170,000’ años atrás y migraron a otras partes del mundo reemplazando a otros ‘homínidos‘ anteriores’.

He leído con suma dedicación sus escritos; les aseguro, casi como si me fuera la vida en ello, tratando de ver qué parte de sus planteamientos escapan a mi inteligencia (de coeficiente normalito); buscando qué es lo que no me permite ver ‘su verdad”. Pero les afirmo que cuanto más leía, más perplejo me quedaba por la forma en que todo ese magistral trabajo solo señalaba hacia una respuesta: ¡Somos un diseño inteligente!

A grandes rasgos, su temática se desplegó partiendo de que el ADN está presente dentro del núcleo de cada célula del cuerpo; mas usaron ADN de las ‘mitocondrias de la célula‘, debido a que se heredan solo de la madre. El proceso con ADN nuclear (excepto el cromosoma Y), combina secciones de ADN de madre y padre, creando una historia genética mezclada e ilegible. Esa decisión permitió trazar líneas genéticas directas sin recombinarse; así construyeron sus ‘árboles evolutivos‘.

La definición de esos elementos de la célula más compleja es la siguiente:

‘Las mitocondrias son orgánulos presentes en casi todas las células eucariotas encargadas de suministrar la mayor parte de la energía necesaria para la actividad celular; son como centrales energéticas de la célula. Realizan además muchas otras funciones del metabolismo, como la síntesis de algunas co-enzimas. Es notable la enorme diversidad morfológica y metabólica que pueden presentar en distintos organismos, pues tienen su propio genoma de alrededor de 16,500 bases, que existe fuera del núcleo de las células, conteniendo 13 genes, codificando proteínas… y mucho más. Gran cantidad de ellas están presentes en cada célula, y tienen una tasa de substitución (mutaciones donde un nucleótido es reemplazado por otro) más alta que el ADN nuclear, lo cual hace más fácil la resolución de diferencias entre individuos cercanamente emparentados.’

Buena definición, ¿verdad? Sin embargo, ¡cuánta complejidad funcional! Se habla de ‘una sola‘ célula, cuyo tamaño varía entre ¡10 y 30 micrómetros de diámetro! Recordé entonces que la base de la teoría de la Evolución de las Especies se cimienta en que todo proceso biológico hoy, partió de un ente unicelular: un tipo de alga; así que continué simplificando y me di a la busca de una que pudiera ser la madre ancestral, siempre considerando que la ‘casuística evolución’ también tendría que crear un padre.

Hallé una posible respuesta en las algas pardas, organismos multicelulares (ya evolucionados, según criterios de este colectivo) que antes eran clasificados dentro de las plantas “no vasculares” en el reino vegetal, y que hoy son considerados los principales productores primarios de varias comunidades de animales invertebrados y microbios. (Esto mejora: hallé un ancestro más cercano: una bacteria).

Supe que esta alga posee un tamiz de tubos capaces de transportar agua y productos de la fotosíntesis, que contiene clorofila ‘a’, ‘c’ y ‘xantofila’; también que su reproducción es sexual, por óvulos y espermatozoos biundulipodiados, con un undulipodio mastigonemado dirigido hacia delante y otro liso hacia atrás. Aprendí además, que el óvulo fertilizado germina en respuesta a unas determinadas condiciones de luz y que el organismo diploide que se desarrolla a partir del óvulo fertilizado recibe el nombre de ‘esporófito‘.

De modo que ‘surgimos’ de una vida elemental, que evolucionó de un cuerpo unicelular, hasta alcanzar a tener, ¡por sí sola!, unas cuantas células ‘micrométricas‘: un tamaño impresionante: la sombra de la punta de un alfiler produciría noche sobre ella.

Sin embargo, así pequeñita y todo, contenía un sistema de transporte de agua, productos de fotosíntesis, clorofila de varios tipos (que no sé con qué instrucciones las clasifica y fabrica) y además, es una hermafrodita cachonda: se reproduce sexualmente, con óvulos y espermatozoos; aunque no me agrada mucho el nombre que le han dado a su miembro: ‘undulipodio mastigonemado‘. Es lo único que cambia, pues por lo demás, se sigue echando hacia delante, tal como lo conocemos hoy día; el liso, dirigido hacia atrás, me imagino que será ‘el receptor‘ encargado de la concepción.

Y yo pregunto: ¿cómo es posible tanta y tan precisa eficacia en un ser tan pequeño? ¿Quién logra explicar ‘racionalmente’, el paso intermedio de la célula anterior, a esta otra inteligente, ya como alga más capacitada? Porque, puestos a enseñar sobre el proceso, la ambigüedad y fantasía de los textos evolucionistas no satisfacen a la inteligencia, sino a la predisposición a aceptar todo lo que saque a Dios de la ecuación de la vida. Para resultar convincente a las neuronas, deben desgranar la instrucción debidamente .

La evolución, en el momento inicial, se sumergió en la problemática de hallar una respuesta optativa, diferente a la bíblica: ese fue el objetivo básico. No se trató de dar una réplica científica, puesto que la Ciencia que ellos encontraron, se generó precisamente de mentes creyentes portentosas como Copérnico, Galileo, Kepler, Newton, Cuvier, Pasteur y otros que también tuvieron a Dios como referencia; genios de la física cuántica tales como Heisenberg Planck, Schrodiger, Jordan y Von Braum. Científicos ateos, como Monod o Hawking, representaron una minoría. Por cierto, el gran Pasteur manifestó en una ocasión:

“Poca ciencia aleja de Dios; mucha, nos acerca a Él.”

Ubicados en el campo de la Naturaleza, cada vez más los científicos se asombran de su orden y precisión. Se ha estudiado el origen de una célula viva y se ha concluído que se compone al menos de un par de decenas de aminoácidos, cuya función depende de unas 2000 enzimas concretas. Se ha calculado la probabilidad de que un millar de enzimas diferentes se unan para formar una célula viva y el resultado fue decepcionante. F.Crick, Nobel en Biología por sus trabajos en ADN, manifestó que ‘un hombre honesto tendría que aceptar que el origen de la vida se debe a un milagro’.

Aceptamos lo que resulta ilógico e irracional para el limitado conocimiento humano, diciendo que está ahí porque sí, sin ser capaces de admitir que puede existir solo respondiendo a un diseño, al igual que las otras maravillas existentes en el hábitat… incluyendo, por supuesto, a esta fenomenal maquinaria que es el ser humano.

¡Atención! La soberbia, hija de la vanidad, acecha en el corazón de cada humano; constantemente fuimos advertidos por alguien cuyo testimonio quedó acreditado por sus curaciones milagrosas,  sus muertos resucitados y su sangre en la cruz para limpiarnos:

“De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. [Mt 18:3]

Y ya puestos, hablaré como niño: mi madre ancestral no fue un alga ni tuve tíos lejanos simiescos; según lo trasmitido por mis parientes anteriores, fue una mujer llamada Eva. (En plan familiar: Evita.) La que me parió, preciosa por cierto, se llama Ofelia y cada vez que pienso en ella, imagino lo linda que fue nuestra madre primigenia.

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